lunes, 26 de abril de 2021

CRUZADOS de Agustín Tejada

Conocí a Agustín Tejada en el marco del Certamen de Novela Histórica de Úbeda, cuando acudió a presentar la segunda entrega de su trilogía sobre la Hispania Romana, el general Sertorio y Kalaitos, el celtíbero. Nos habló de El último celtíbero con pasión contenida, metiéndonos en la época y en las luchas de poder que existían en aquel momento. Para mí fue un descubrimiento, porque nunca había leído nada de este autor, aunque no tardé en ponerme al día. La publicación, tiempo después y también con la Editorial Pàmies, de la tercera parte, Hispania. El sueño de un rebelde, trajo a Agustín a Madrid para su presentación. Eran otros tiempos, que ahora parecen casi de otra era (aunque los atesoro con cariño), y hubo casi lleno en la sala del Centro Riojano, donde se celebró. Y tuve el honor y la responsabilidad de presentarle por auténtica casualidad: quien debía encargarse de esta tarea tuvo un compromiso ineludible de última hora y el autor me lo pidió. Por suerte, Agustín tiene recursos suficientes para salir de estas situaciones y, al final, creo que el acto no quedó nada mal.

La noticia de que había decidido cambiar de época para su nueva novela, yéndose hasta la Edad Media, me alegró. La época siempre me resulta fascinante y la narrativa de Agustín tiene fuerza de sobra para el reto. Además Pàmies lo editó con una portada maravillosa, cosa que en ellos es ya marca de la casa, que la convertía en irresistible. Lo cierto es que la novela es de las que crean afición entre los amantes de la histórica, yo la he disfrutado hasta el final, y hoy quiero compartirlo con vosotros.

DEUS VULT

En el año 1096 y desde Toledo, parten cuatro hombres y una mujer hacia la Primera Cruzada, pero cada uno lo hace por motivos muy diferentes. Para Alonso de Liébana volver como un héroe supondría salvar la vida de su padre y hermanos, acusados de vender caballos a los infieles. A fray Genaro, maestro de novicios de San Servando, el obispo le ha encargado la misión de traer reliquias de Tierra Santa y a él se va a unir, sin que el obispo lo sepa, Moraima, su amante, una joven mudéjar que solo busca escapar de la miseria. La protección del grupo recae en Hervé, un caballero de pocas palabras pero de increíble habilidad con la espada, que carga a la espalda con un pasado oscuro. El quinto expedicionario es Hameth, esclavo que ha de atender las necesidades de todos.

Pero los planes trazados por el grupo se van al traste al cruzar Francia, ya que fray Genaro pierde a los dados el dinero, más que suficiente, que el obispo le había entregado para el viaje y avituallamiento del grupo. Volver en esas circunstancias a Toledo sería un deshonor, por lo que al monje se le ocurre la idea de que todos de enrolen en las huestes de Pedro el Ermitaño, el predicador y visionario de Amiens que ya ha reclutado a más de cincuenta mil fieles en la llamada Cruzada de los pobres, y está dispuesto a recuperar Jerusalem antes que los príncipes y nobles de Europa.

Con este arranque es difícil decir que no a una novela. Ya en la trilogía anterior me había gustado especialmente el carisma del que había dotado Agustín a Kalaitos y Sertorio y lo fácil que hacía la narración de la época. En Cruzados el contexto histórico es rotundamente distinto, con otras complejidades y lleno de hechos que, cada uno por su lado, darían para más de un libro. Personalmente creo que la Edad Media, en muchos casos, ha sido injustamente maltratada por quienes la consideran oscura, analfabeta, llena de pobreza, violencia y de enfermedades. Pero aunque mucho de eso hubiera, fueron también siglos de belleza, de cultura, del nacimiento de lenguas, libros y leyendas, de desarrollo, de luz. 

Agustín nos lleva al momento en que Urbano II llama a la Cruzada para recuperar Jerusalem de manos de los infieles. Pero esta llamada, al igual que llega a gobernantes, reyes y nobles, alcanza también a los más pobres, cuya fe es lo único que los mantiene en pie. Pedro el Ermitaño era un clérigo francés de Amiens que recogió el mensaje y consiguió exaltar y reclutar a miles de cristianos con rumbo a Constantinopla para conseguir tomar la ciudad santa. No eran nobles, apenas tenían nada más que sus propias ropas y, desde luego, nada que perder. Ni siquiera estaban formados militarmente, pero escapaban de las sequías, la pobreza y la hambruna y estaban dispuestos a cualquier cosa por defender Jerusalem. La intención podía ser buena, pero no dudaron en saquear y asesinar para conseguir armas, comida, dinero y todo lo necesario para el viaje, con el visto bueno de Pedro el Ermitaño.


El protagonista principal es Alonso de Liébana, un joven al que su padre obligó a profesar como novicio en el monasterio de San Servando, lugar que le es completamente extraño y al que no consigue adaptarse. La acusación a su padre y hermanos de vender caballos a los infieles da con ellos en prisión y la única opción para salvarles la vida y su honor es regresar victorioso de la Cruzada. Alonso, que comienza la novela con la inocencia típica de un chico de su edad, irá madurando y endureciéndose para convertirse en un soldado de Cristo. Fray Genaro, por el contrario, es ruin y desalmado. Tiene en su haber todos los pecados y las malas prácticas en las que podían caer los religiosos de la época y solo busca su beneficio. Tener una amante, aunque fuese una mudéjar no bautizada como Moraima, era casi la menor de sus faltas.

Moraima, a pesar de vivir sometida y usada por fray Genaro, es un personaje con una gran fortaleza y una ideas muy claras. A lo largo de la novela tendremos ocasión de comprobar su valentía y determinación, porque ser mujer embarcada en la locura violenta y llena de sangre en la que se convirtió la Cruzada de los pobres es ya una heroicidad en sí misma. Quiere mantenerse viva, como sea. Hervé, el caballero misterioso y de oscuro pasado, es, sin embargo, el prototipo del caballero medieval y por quien no he podido evitar sentir una gran admiración y simpatía. Aunque ya sabéis cómo me gusta a mí un buen caballero de férreas convicciones. Y Hameth es la sorpresa, el en apariencia secundario que se va comiendo escena tras escena y va creciendo en importancia y en personalidad. Musulmán pero muy crítico con las religiones, llega a asegurar en un momento que tanto Mahoma como Cristo son inventos de los hombres para enfrentarse entre ellos, para levantar guerras. Viaja con la intención de conseguir dinero para su libertad y demuestra, a lo largo de toda la novela, que la amistad y el amor son sentimientos que están por encima de cualquier consideración.

Narrada en primera persona por Alonso de Liébana, Agustín nos va llevando a buen ritmo por toda la historia gracias a capítulos cortos, que te hacen querer seguir leyendo, y a diálogos vivos y reales, en los que es fácil ponerse en el lugar de los personajes. La recreación de la época es brillante, con todas sus luces y sus sombras. La fe enfrentada a los desmanes más terribles, el honor, la amistad, quedan grabadas a fuego en el lector. Como también los olores, los paisajes, la brutalidad, las batallas... todo está descrito con detalle pero sin resultar pesado o innecesario. Me ha encantado también el dibujo que hace de la sociedad del momento y de la religión. De cómo contrapone lo mejor y peor del ser humano.

Encontraremos a lo largo de la novela, como o puede ser de otra manera, a personajes históricos reales, como Bernardo de Seridac, obispo de Toledo; el propio Pedro el Ermitaño que, aunque Agustín no se recrea en su figura (y tampoco la cuestiona ni la ensalza), resulta fascinante. Alejo I, el emperador bizantino y Kilij Arslan, el sultan turco, tienen gran protagonismo en la segunda parte de la novela, al igual que Anna Commeno, hija de Alejo I, una mujer inteligente y muy formada y también muy desconocida, cuyos escritos son la mejor fuente para conocer los detalles de la llegada de los ejércitos de Europa a aquellas tierras.

Aventuras, saqueos, amistad, batallas, crueldad y amor, todo tiene cabida en Cruzados, una estupenda novela llena de Historia, con mayúsculas, y de pequeñas historias que nos hablan de hombres y mujeres de la época, de fe, de sangre derramada y de lo peor del ser humano; pero también de lo mejor: el honor, el valor y el poder de la amistad. Una novela viva y apasionante de luz y oscuridad. Solo puedo recomendarla, preparaos para disfrutarla.




miércoles, 21 de abril de 2021

PASIONES CARNALES de Marta Robles

Si hay algo que siempre he tenido claro es que la Historia interesa cuando nos la saben contar. Cuando nos alejamos de los arquetipos y los formalismos, de los cuadros, de las imágenes fijas que se nos quedaron ancladas en la mente cuando empezamos a estudiarla y nos vamos a su cara B. Hoy son una rareza, pero aquellos vinilos pequeños, que se reproducían en el tocadiscos a 45 revoluciones por minuto, solían tener el tema famoso del grupo o el cantante de que se tratase en la cara A y otro poco o nada conocido en la cara B, que es donde, en muchas ocasiones, encontrabas auténticas joyas. Con la Historia pasa lo mismo. Hace años que me di cuenta de que lo divertido, lo apasionante, era lo que no se contaba. O de lo que menos se hablaba. Sí, os reconozco que las batallas me enardecen (sobre todo si son navales), que las intrigas políticas me fascinan y adoro conocer episodios que han quedado un poco en el olvido. Pero ¡ay, esa cara B! Durante los años que di clases en una academia, para "recuperar" a alumnos con repetidos suspensos en Historia, Literatura y Lengua, me di cuenta de que a ellos era más fácil interesarles con amoríos, matrimonios, conjuras... Siempre les decía que había que sacar el "HOLA" de la época y cotillear. Mi relato del Dos de Mayo madrileño todavía me lo recuerdan algunas de las chicas, que ya han acabado sus carreras y son mujeres maravillosas. 

Por eso he disfrutado cada capítulo y cada página de Pasiones carnales (subtitulado como Los amores de los reyes que cambiaron la Historia de España), porque está lleno de caras B, porque está contado de forma amenísima y porque he sumado un buen número de anécdotas a mi particular "cuaderno de notas". Me he divertido, he recordado, he aprendido, me he sorprendido y hasta he rezongado en voz baja con ciertos episodios, pero qué bien me lo he pasado. ¿Venís y os lo cuento?

"CON LAS PASIONES UNO NO SE ABURRE JAMÁS; SIN ELLAS SE IDIOTIZA" (STENDHAL)

En Pasiones carnales visitaremos la trastienda de nuestra Historia para conocer las aventuras amorosas y sexuales de reyes, reinas, ministros, poderosos y otros miembros de las diferentes cortes, desde don Rodrigo hasta Alfonso XIII. La Historia no son solo las decisiones de gobierno, las guerras, los tratados o las conquistas, también han tenido importancia los matrimonios, las y los amantes, los secretos de alcoba y las pasiones en general. Al fin y al cabo, todos ellos eran humanos y como tal se comportaban. En este libro, en 24 fantásticos capítulos, vamos a descubrir muchos de esos secretos de alcoba y, quizá, acabaremos entendiendo que, en el espaco reducido de un lecho, se pueden tomar las más grandes decisiones o forjar las más profundas alianzas. O dinamitarlas...

Pasiones carnales es un ensayo atípico. Más bien es un ensayo novelado que contiene muchas partes que escapan del género para irse a una narrativa dramatizada, consiguiendo una mezcla realmente interesante. En sus páginas es tan importante lo que se cuenta, con toda su base histórica, la documentación y los hechos reales, como el modo en que se cuenta y aquí es donde Marta ha desplegado sus "armas" de escritora. Incluso vamos a encontrar pedazos de leyendas y algunas partes ficcionadas, pero basadas en la realidad que las sustentan.

Se nos habla de Historia y de hechos contrastados, pero no se pìerde en justificaciones ni en ese, para mí, detestable "presentismo buenista" que últimamente nos golpea. Los hombres y las mujeres que aquí aparecen son hombres y mujeres de su tiempo y actúan como era normal actuar entonces. Hicieron lo que hicieron porque en aquel momento era lo que se hacía, aunque suene a perogrullada Aunque haya cosas que hoy nos chirríen o nos parezcan impensables, el papel de la mujer estaba reservado a ciertas facetas, no podemos tratar de juzgarlo ni maquillarlo. Era el que era, no hay más. A saber lo que opinarán de nosotros dentro de un par de siglos, me mata la curiosidad. Y, sobre todo, es muy de agradecer que Marta no se empeñe en poner etiquetas actuales, ni que nos convierta cada capítulo en una imagen fija, acartonada y sin vida. Utiliza un lenguaje ágil, muy vivo, muy directo pero también muy literario, lo que transforma cada episodio en una feliz sorpresa.


 Tengo una gran querencia por la historia de don Rodrigo y Florinda la Cava, que descubrí en mis años de instituto gracias a esa maravilla que es la Flor nueva de romances viejos. La obsesión de Rodrigo por Florinda, a la que acaba violando, provocará, dicen, la invasión árabe de la península. Y desde este episodio iremos viajando en el tiempo para conocer a reyes que jamás tuvieron arrebatos carnales, como Alfonso II el Casto, o que no podían tenerlos, como Enrique IV el Impotente. Conoceremos pasiones largas en el tiempo que influyeron grandemente en la política y en el devenir de los reinos, como la de Alfonso XI y Leonor de Guzmán o la de Pedro I el Cruel y María de Padilla. Los celos y la locura de Isabel de Portugal, madre de la Católica, locura que acabó llegando a su nieta Juana y a su descendiente Carlos, hijo de Felipe II. Hasta tendremos noticias de miembros viriles extraños y leeremos cartas de un futuro rey de España contando a sus padres cómo va la "cohabitación física" con su recién estrenada esposa.

Los capítulos tienen la extensión perfecta para mantenernos interesados y Marta no cae en dogmatismos ni en arquetipos, todo fluye, es ameno, divertido y, como lectora, me he deleitado tanto con la parte histórica pura como con los párrafos más narrativos. Creo que Pasiones carnales es un ejemplo fabuloso de cómo meternos hasta el cuello en la Historia y gozar del baño sabiendo que saldremos de él con una gran sonrisa. 

Y qué demonios, hay mucho amor en Pasiones carnales, pero también hay traiciones, celos, amantes despechados, concubinas que supieron mover muy bien sus piezas, espías, enredos cortesanos, odios, maquinaciones y algún misterio. Mucho mejores, todos, que la mayor parte de las películas o series de ese corte. El cóctel, desde luego, es de los que te llaman a repetir. Ha sido una delicia beberlo hasta el final.


viernes, 16 de abril de 2021

LA REINA SOLA de Jorge Molist

Leer a Jorge Molist es siempre garantía de calidad, de rigor histórico y de saber que vas a disfrutar hasta la última página de sus novelas. Tiene una manera de narrar tan natural, tan poco impostada, que los personajes se convierten en compañeros de lectura, sus andanzas pasan a ser las tuyas y acabas siendo transportada a la época como si las páginas de sus libros fuesen una suerte de puerta temporal. Realmente, mientras lees, estás allí. En La reina sola, Jorge Molist me ha trasladado sin dificultad al siglo XIII, a cómo eran las ciudades, los caminos, las gentes y los conflictos de entonces. Este libro puede considerarse una continuación de Canción de sangre y oro, porque empieza donde acaba este, pero pueden leerse los dos de forma independiente.

Y quiero añadir, antes de meterme en más profundidades, que la parte naval la he disfrutado especialmente. No solo porque me apasionen las batallas navales (aquí contadas de forma increíble), sino porque en las de La reina sola están protagonizadas por galeras, unas embarcaciones de las que hay poca información. Muchos ya sabéis que tengo la suerte de que mi tío el aventurero sea un maquetista prodigioso y uno de sus últimos proyectos fue un modelo de galera del siglo XIII que donó, para su exposición, a la Universidad de Murcia. Os pondré un par de fotos en este post porque es maravillosa.

EL TABLERO DEL MEDITERRÁNEO

Es el año 1283 y Pedro III de Aragón, hijo de Jaime el Conquistador, corona a su esposa Constanza como reina de Sicilia para, inmediatamente, partir a Burdeos. Allí tiene concertado un duelo de honor que él considera inapelable y necesario para evitar que el Papa Martín IV y el rey Felipe III de Francia se apoderen de sus reinos. Constanza queda sola en Sicilia y tiene que vérselas de frente con los nobles locales, muchos completamente hostiles, y a la tensión que surge de todo ello. Lo que ni Pedro ni Constanza saben es que los tiempos que se avecinan van a ser terribles: que Pedro será engañado y excomulgado y el Papa llamará a cruzada contra él y la Corona de Aragón, lo que provocará que el ejército francés, diez veces mayor que el aragonés, invada sus tierras a sangre y fuego. Constanza sacará fuerza y determinación gracias al apoyo de sus más leales, como lo fue el gran almirante de la flota aragonesa Roger de Lauria, y enfrentarse tanto a enemigos declarados como a quienes tejen intrigas a su espalda. Improvisa, es decidida, va modificando sus tácticas en función de quién se enfrente.

El periodo histórico me ha parecido apasionante. No es de los más tratados en la literatura a pesar de que supuso un cambio total en el destino de Europa y el Mediterráneo se abrió para Aragón y después para España. Realmente lo tiene todo: amor, pasión, combates navales, defensas, batallas terrestres, ejecuciones, saqueos, intrigas políticas... La ambientación está cuidadísima, hasta en los detalles más pequeños. La corte en la que Constanza queda está llena de conjuras, hay revueltas populares y se verá enfrentada, como su marido, al empeño que Francia y el papado tienen de hacerse con Sicilia al precio que sea. 

Constanza es una mujer fuerte, decidida. En una época en que las mujeres contaban poco en el mundo de la política (y, en general, en todos los ámbitos), ella sabe mover sus piezas. Enfrente tendrá a una siciliana de armas tomar: Macalda de Scaletta, seductora, inteligente, que encabeza a su ejército portando, incluso, armadura y es capaz de matar con sus propias manos. La tercera mujer importante de la novela es Suria que, al contario que las anteriores, sí es un personaje de ficción y que simboliza el espíritu de los almogávares, los guerreros que en su tiempo provocaron pánico y admiración en el Mediterráneo. La reina sola es, así, una feliz reivindicación de las mujeres del momento, que cuando habían de enfrentarse a las peores situaciones sabían liderar y tomar decisiones.

Como lectores, vamos a vibrar con todo lo que Jorge Molist nos cuenta y acabamos descubriendo muchas de las huellas de la presencia aragonesa y española en Sicilia, Malta y otros enclaves del Mediterráneo. Es, ante todo, una historia épica que sucedió tal cual se cuenta. Y cómo lo cuenta Jorge Molist... su estilo es elegante, cuidado pero también brutalmente visual y apasionante. Sabe envolver al lector, crearle una burbuja de tiempo perfecta sin dejar que se note la tremenda labor de investigación que ha debido llevar a cabo. Nos lleva allí y nos hace participes de todo. Además, para que sea más sencillo ubicarnos y tener más información, al principio y al final del libro hay una serie de mapas e ilustraciones que nos colocan muy bien en el contexto histórico. 

Jorge Molist utiliza dos narradores en La reina sola: la primera persona para Constanza, que nos va desgranando todo lo que está sucediendo en la corte Siciliana y en sus tierras, y la tercera, el narrador omnisciente, para lo referido a Pedro III, un rey audaz, valiente y osado que cambió el rumbo no solo de su reino, sino de Europa entera. Fue una época riquísima en hechos historicos, brillante en la cultura, la música, la arquitectura y la clave de bóveda de nuestra cultura mediterránea, cuna de nuestra Historia con mayúsculas. Me declaro admiradora incondicional del almirante Roger de Lauria y he detestado mucho y muy fuerte a Carlos de Anjou, la mano ejecutora del Papa e intrigante como pocos. 

Creo que es evidente cuánto me ha gustado La reina sola. Me he bebido sus páginas, literalmente. Qué delicia poder disfrutar así de una buena novela histórica, porque es de las que se quedan contigo tiempo después de haberla acabado. Haceos con ella, leedla, vividla, seguro que me daréis la razón.


                        Modelo de galera del siglo XIII realizada por mi tío Félix Moreno Sorli

                            




martes, 6 de abril de 2021

EL GRAN ROJO de Benito Olmo

Los que me conocéis sabéis bien de mi lealtad a mis amigos. Incluso a quienes lo fueron y, por circunstancias de la vida y las más de las veces por mi culpa, ahora no lo son. Seguro que habrá alguien que no lo crea, pero jamás traicionaré la confianza de quien la depositó en mí, en eso soy rocosa. Desde que leí La maniobra de la tortuga, me hice fan de Benito Olmo y de su Bianquetti, el grandullón con pinta de comerse a los tigres sin pelar pero con un fondo más amable y tierno de lo que su aspecto anticipa. Me encantó, como en la siguiente, La tragedia del girasol, ese ambiente medio patibulario de la soleada Cádiz, alejado de las playas y las cervezas en los chiringuitos, en el que se movían gentes de todo pelaje y condición. Y, sobre todo, ese tono de novela negra más clásica, de tabaco, alcohol y antros oscuros, de pasados que pesan. A raiz de ellas conocí a su autor, a quien hoy tengo la suerte de poder llamar amigo, y haber podido leer su nueva novela es un regalo.

Sigue habiendo mucho de esa pátina negra más "académica" en El gran rojo. Esta vez lleva la ambientación a Frankfurt, una ciudad cosmopolita y multicultural, que Benito conoce bien por llevar viviendo en ella ya una larga temporada, y está protagonizada por un español que se busca la vida como detective privado y una adolescente inmigrante de origen turco, con más años en el alma de los que jamás marcará su partida de nacimiento, que necesita averiguar cómo y por qué murió su hermano mayor. Pocos alemanes de pura cepa vamos a encontrar. Y pocos puntos geográficos de lo que se recomiendan en las guías de viajes, porque nos vamos a pasear por las calles más peligrosas de la ciudad. Vamos allá.

RASCACIELOS DE CRISTAL Y CALLES EN SOMBRA

Mascarell lleva tiempo pateándose las calles de Frankfurt atendiendo encargos de poca monta para ir saliendo adelante. Conoce bien las narcosalas, las plazas en las que se trapichea con droga, las calles que hay que transitar para conseguir lo que pueda hacer falta, los tipos a los que preguntar cuando es necesario. No le va demasiado mal, pero su situación no es para tirar cohetes aunque se ha labrado cierta reputación. Y esa reputación es la que le hace recibir un encargo peculiar, muy bien pagado: encontrar a un joven desaparecido del que apenas le darán información.

De forma paralela conoceremos a Ayla, que a sus dieciseis años ya ha vivido mucho y poco bueno. Inmigrante, con su padre enfermo de Alzheimer y un hermano mayor que acaba de morir en circunstancias no muy claras, su única obsesión en saber qué le ocurrió y en qué estaba metido para haber acabado así. Ayla también es una experta en caminar por el filo de la navaja y tendrá que hacer muchos y peligrosos equilibrios en su búsqueda de la verdad.

Quizá algunos de vosotros recordéis las columnas que Benito Olmo fue colgando en Zenda contando sus experiencias cuando llegó a Frankfurt a vivir. Aquel Proyecto Mainhattan está muy presente en las páginas de El gran rojo, en su mirada a los lugares menos recomendables, en sus esfuerzos por adaptarse a las costumbres y al idioma, en el contraste abismal entre la zona financiera de gigantes de acero y cristal y las calles más sórdidas. Todas las ciudades tienen un puñado de calles así, esas que apenas miramos a reojo cuando pasamos cerca porque seguramente no nos gustará lo que veamos. Pero están vivas. Y a veces muerden. El paisaje que Benito Olmo nos pone ante los ojos no es el del turista asombrado, sino el del desencanto, la suciedad, los críos que aprenden a ganar dinero fácil jugándose incluso su porpia integridad, el de los olvidados.

Para darle aún mayor viveza a la narración, Benito va alternando dos narradores: utiliza la primera persona para Mascarell, un tipo que querría estar de vuelta de todo pero que sigue anclado, de muchas maneras, al motivo que le llevó a Frankfurt. Iremos sabiendo muchas cosas de él, pero poco a poco, calándonos como la lluvia fina, para entenderle. Mascarell, a pesar de su sarcasmo y su ironía, cae bien al lector. Nos va a sacar más de una sonrisa, especialmente con su habilidad de tocar las narices incluso en los peores momentos. Una máscara que oculta muchas cicatrices, tanto físicas como del alma. Vive enganchado al Omeprazol, fuma sin parar y, a pesar de todo, tiene su propio código de honor.

La tercera persona narrativa está en todos los capítulos en los que Ayla es protagonista. Un chiquilla que ha tenido que crecer demasiado deprisa y a la que el mundo y la vida le dan todas las patadas posibles. Pero mantiene intacta su capacidad para querer, para cuidar de su padre enfermo y para hacer cualquier cosa con tal de saber la verdad sobre la muerte de su hermano, que no está nada clara. Está tan acostumbrada a recibir palos que el hecho de que alguien quiera ayudarla la pone a la defensiva, le cuesta un mundo confiar en nadie. Es una superviviente y no se para ante nada. Y, al igual que Mascarell, sabe moverse en los peores lugares de Frankfurt.


A lo largo de cuatro jornadas intensas, Mascarell y Ayla se mueven sobre el tablero que es la ciudad de Frankfurt de forma paralela. Y a cada paso que dan, las respuestas que buscan se esconden detrás algo que no deja de crecer y que ni siquiera imaginan hasta dónde llega. El peligro se acerca cada vez más porque ninguno de los dos es consciente de dónde se están metiendo. Este es otro de los grandes valores de la novela: cómo toda la trama se va enrevesando y oscureciendo ayudada por unos secundarios que, aún cuando sus apariciones sean cortas, saben darle el matiz justo, la frase adecuada. No vamos a encontrar descripciones físicas detalladas, son sus actos, sus frases, lo que hacen y no hacen los que nos dan un mapa completo de su personalidad.

Todo en El gran rojo acaba siendo mucho peor de lo que podíamos intuir al principio y Benito Olmo ha ido encajando piezas en cada capítulo para no dejarse nada en el tintero. A lo largo de sus páginas podremos, incluso, sentir los olores, ser conscientes de cómo cambia la luz entre los edificios, y caminar a la espalda de los protagonistas intentando, con ellos, hallar una solución, respuestas a las preguntas. La forma de escribir de Benito Olmo ha dado un salto adelante, ha adquirido mucha más fluidez, más ritmo, dosifica muy bien la información y la tensión de las escenas más intensas

El gran rojo es un estupendo thriller que nos mantiene en tensión hasta el final y en el que muchas de las cosas que demos por sentadas van a saltar por los aires cuando menos lo esperemos. Tiene el poso del género negro más clásico pero llevándolo a la actualidad y al hoy, manteniendo cierto encanto crepuscular en la figura de Mascarell y todo lo que le rodea. Dejaos llevar en ese viaje a Frankfurt, seguro que os lleváis más de una sorpresa.

"Y supo que por muy mal que anduvieran las cosas, siempre hay tiempo para un abrazo". Aquí va el mío, Benito.