martes, 19 de mayo de 2026

HE VENCIDO AL MUNDO de Christian Gálvez

 Cuando Christian Gálvez publicó su novela anterior, Te he llamado por tu nombre, ya dije que me parecía un acto de valentía. Sobre todo porque con la polarización y el encono que hay imperando en la sociedad actual, seguro que había mucha gente que no entendía, que lo cuestionaba o que, directamente, lo echaba a los leones. Sigo defendiendo aquella novela, me pareció un estupendo ejercicio literario en el que se ponía el foco en el después, en la duda, en la fe perdida y recuperada, pero sin dar lecciones de nada. Y también en un momento histórico complicado, con una Jerusalén amenazada por lo romanos y rota por dentro. 

En He vencido al mundo, Christian nos regala una precuela para narrarnos solo una semana: la que va del Domingo de Ramos al Domingo de Resurrección. Y sí, claro que Jesús de Nazaret es el centro, pero las voces y los ojos importantes, los que de verdad nos tocan el corazón, son los de su madre, María, y los de Judas, el hombre que, más de dos mil años después, sigue siendo el símbolo de la traición. Hay también otra serie importante de secundarios, como os contaré después, que terminan de tejer un tapiz lleno de matices y humanidad. Hace un par de días leía en el post de una "instagramer" que había dejado el libro casi al principio porque "le contaba lo que ya sabía, la misma historia de siempre y se aburría" y me volví a ratificar en lo de que la comprensión lectora se está perdiendo. Y la lectura, como ejercicio reposado, íntimo, personal y tranquilo, también. Tanta prisa y tanta inmediatez roban la delicia de perderse durante horas en las páginas de un libro. Pero esta es otra historia de la que algún día hablaré. Ahora nos vamos al siglo I.

"LO QUE VAS A HACER, HAZLO PRONTO" - JUAN 13:27

La Pascua está próxima y Jesús de Nazaret sabe bien que sus días sobre la Tierra están contados. Conoce su cercano final y, sin embargo, decide entrar en Jerusalén a pesar de las amenazas del Sanedrín que sobre él se ciernen. Los discípulos no acaban de comprender el mensaje del Maestro y, contemplándolo todo, hay un centurión romano que se debate internamente entre su obligación y lo que el corazón le grita. En medio de la tensión creciente, dos de las personas más importantes en la vida del Nazareno van a cambiar el curso de los acontecimientos: Judas Iscariote, uno de sus mejores amigos, cuya alma se encuentra sacudida por mil tormentas, y María, su madre, que, a pesar de saber de la misión de su hijo, no puede soportar la idea de perderle. La cuenta de los días es implacable y el viernes se acerca.

Antes de meterme en la reseña propiamente dicha, quería contaros que este libro me ha llevado a los fríos días previos a la Navidad de 1988, cuando con tres de mis mejores amigos fui a los Cines Renoir de la Plaza de España de Madrid para ver La última tentación de Cristo. Ahora todo lo que pasó ha caído en el olvido, pero la película fue aborrecida por muchos. Hubo amenazas, pintadas en los cines que la exhibían, grupos de gente que imprecaban a los que acudían a verla... Recuerdo que el cartel de la fachada de los cines estaba lleno de manchurrones de pintura y que los cuatro íbamos con cierta prevención. Al final, en la sala apenas estábamos veinte personas. Pero lo que más recuerdo es cómo me impresionó que, en la película, Jesús le pide a Judas que le venda. Que es necesario para cumplir el propósito para el que ha venido.

He vencido al mundo nos lleva a vivir los últimos días de Jesús de Nazaret, su muerte y su resurrección. Pero no es una narración al uso, no se trata de una relación de hechos conocidos que se van encadenando ante nuestros ojos. Vamos a vivirlos desde dentro de los muros de las casas y desde las calles de Jerusalén pero, sobre todo, vamos a vivirlo desde el interior de los protagonistas. En esta novela los sentimientos están en carne viva y, a pesar de que el final es de sobra conocido, la zozobra y la angustia te van ganando página a página.

Si bien, como os decía, Judas y María son quienes nos marcan el camino, hay otros muchos personajes que nos permiten llegar a entender la carga de profundidad que suponía el mensaje de Jesús de Nazaret para la sociedad del momento. Para el Sanedrín era un blasfemo y alguien que socavaba los cimientos de su poder y sus creencias; para los romanos, a quienes el tema religioso les importaba más bien poco, era un agitador y temían por posibles disturbios, pero tampoco le daban demasiada importancia. Sus discípulos han comenzado a temer lo que sucederá cuando Jesús no esté con ellos y el miedo campa libre en sus corazones.

La figura de Judas, siempre controvertida y siempre, desde entonces, denostada y aborrecida, se nos muestra arrastrando una dolorosa tortura personal interna. Sí, tiene fe en el Maestro y le ama, pero hay cosas que no entiende y que le atañen directamente. La angustia es una serpiente que le va ahogando por dentro. María, por el contrario, se nos muestra como fundamentalmente como madre, una madre que conoce bien quién es su hijo y cuál es su misión, pero que no puede dejar de recordarle siendo un niño, jugando, buscando su abrazo. Sabe que va a enfrentarse a horas terribles y también sufre una angustia demoledora. Ambos son dos caras de una misma moneda, solo que, en este caso, una de las dos cae siempre debajo.

He vencido al mundo es una novela de sentimientos profundos, tanto para lo bueno como para lo malo. El odio visceral que los miembros del Sanedrín y sus seguidores profesan a Jesús les cierra los ojos a la compasión. Se convierten en guardianes de lo que ellos considera la verdad absoluta, de la pureza de la religión y, sin embargo, esconden su cobardía detrás de las lanzas y del poder romano. Pilatos, como cabeza de este poder, no entiende a qué tanta inquina con alguien que se limita a predicar, demostrando que, a su vez, él tampoco comprendía a quienes gobernaba.

A lo largo de las páginas iremos reconociendo objetos y señales y otros aparecen para quedarse con nosotros: las palmas al viento en la entrada de Jesús en Jerusalén, el lienzo que cubrió a Jesús, el paño de la Verónica, la lanza de Longinos, las treinta monedas de plata, la sala de la Última Cena, la corona de espinas, el madero de la cruz... y un burrito de madera que va a simbolizar todo el amor, la esperanza y la certeza. 

Christian Gálvez nos habla de sacrificio y de pesar, pero también de esperanza, de verdad, de confianza. Y lo hace con un lenguaje cuidado, a veces casi preciosista, en el que consigue que sintamos el calor, el polvo, los olores de la ciudad, de la comida. Que veamos la luz con la que despierta Jerusalén y la oscuridad que cae sobre ella. Hay buenas descripciones de edificios y lugares, pero no se recrea en ellas, deja que el lector complete los huecos al meterle dentro de la historia. Tampoco nos describe las torturas previas a la crucifixión que padeció Jesús, solo contemplamos los resultados, y eso me ha parecido un acierto, porque no creo que hiciera falta añadir más dolor ni recrearse en el suplicio. Es importante también cómo reivindica el papel de las mujeres que acompañaban a Jesús, pero siempre desde el respeto a la realidad histórica y a cómo era su vida en aquel momento.

He vencido a mundo nos habla de una historia conocida, sí; con un final sabido por todos. Pero no lo hace desde el dogma ni con la pretensión de dar una lección: nos pone sobre la mesa los sentimientos de quienes iban a perderlo todo y lo hace hablando de compasión y de sacrificio; de piedad, de ternura y pesar; de confianza y de fe. Muchos de nosotros podemos sentirnos identificados con cada uno de los protagonistas, porque, como dijo el propio Christian en la presentación del libro, no hubo ningún apóstol que, de una manera u otra, no traicionara a Jesús. Todos nos equivocamos, negamos, nos escondemos y dudamos en algún momento de nuestros mejores amigos y hasta de miembros de nuestra familia. Somos humanos, al fin y al cabo, como lo fueron ellos

Os animo a que leáis esta novela y a que os dejéis llevar por todo lo que hace sentir. Tanto si sois creyentes como si no, el mensaje de fondo sirve para todos. A veces solo es necesario escuchar.



martes, 12 de mayo de 2026

LA VENGANZA DEL APÓSTOL de Isabel San Sebastián

  Isabel San Sebastián se propuso, hace ya siete libros, narrar a sus lectores lo que supuso la Reconquista y cómo los reinos cristianos fueron recuperando el territorio y el poder perdido desde la invasión musulmana del 711. Y lo ha hecho buscando hitos importantes y fundamentales, ante los que coloca a sus protagonistas, tanto reales como ficticios, para recrear algo más que una época: un sentimiento de unidad perdida que ha de recobrarse, a pesar de las mucha dificultades, guerras, sangre y muerte que se encuentren en el camino. En el fondo, el finísimo hilo de una saga familiar que, aunque se nombre, es como un eco de raíces que no se pierden. Cada una de las novelas puede leerse de forma completamente independiente, pero merece mucho la pena hacer el recorrido completo.

En La venganza del Apóstol, el viaje nos lleva al siglo XIII y vamos a ser testigos de hechos que cambiaron el rumbo de la Reconquista, de otros que supusieron la revancha de un pasado doloroso y, como es habitual, lo haremos de la mano de un personaje central que va creciendo y cambiando ante nuestros ojos, adaptándose a lo que le toca vivir. 

Coged la espada y el escudo, nos adentramos en terreno peligroso.

"VOS Y YO AQUÍ MURAMOS" - ALFONSO VIII DE CASTILLA

Beltrán López de Cazorla es el hijo menor de una familia ligada y cercana al rey Alfonso VIII de Castilla. Su padre luchó en la batalla de las Navas de Tolosa y su hermano mayor, Fadrique, es un portento de fuerza y habilidad guerrera. La sangre de Beltrán arde en deseos de mostrar al mundo y a su padre que es digno de su estirpe, pero la naturaleza no le ha regalado poder físico ni destreza con las armas. A pesar de ello, participa en una cabalgada comandada por Álvar Pérez de Castro para caer herido en el primer encontronazo. El regreso a casa es doblemente triste. Su hermano mayor no deja de zaherirle por su debilidad; su padre parece avergonzarse de él. Y la actitud sobreprotectora de su madre, que opina que su futuro está en la Iglesia, no le ayuda en absoluto. Es tal su humillación, que escapa del hogar familiar dispuesto a encontrar fama y fortuna.

Optará por dirigirse a Martos, al castillo de Álvaz Pérez de Castro, pero su admirado guerrero no está allí. Será uno de sus hombres de confianza, Tello Rodríguez, quien le ofrecerá una solución: ya que el arte de la guerra no parece hecho para él, quizá haya otras labores que pueda llevar a cabo para colaborar en la derrota del enemigo. Y le propone ser espía en Sevilla, para comprobar desde dentro sus defensas y los posibles puntos débiles de la ciudad. A pesar de sus reticencias iniciales, Beltrán acaba aceptando y, con ello, sellará su destino.

Siendo Beltrán el protagonista central de la novela, Isabel San Sebastián aprovecha la figura de su padre para narrarnos, el principio de la novela, el desastre de Alarcos, primero, y, a continuación, la Batalla de las Navas de Tolosa y la importante victoria frente a los almohades de Miramamolín. Particularmente he disfrutado mucho de la escenificación de la batalla, tanto de sus prolegómenos como de su desarrollo: me ha parecido brillante. Cruda y terrible, pero épica. Ese espíritu y ese resultado son los que Beltrán desea para sí mismo, a pesar de sus limitaciones. Aspira al honor y la gloria, a la victoria por las armas, a ser recordado por su valentía.


Beltrán, a lo largo de la novela, va cambiando y dándose cuenta de que puede ayudar sin coger una espada. Si bien al principio la propuesta de Tello Rodríguez le parece ofensiva (hacerse pasar por comerciante lo toma como un insulto personal, ya que los nobles consideraban esa tarea como algo innoble), y solo decide participar de ella como una huida hacia adelante que le lleve a conseguir lo que anhela, poco a poco se dará cuenta de que su misión es trascendental para el bando cristiano. La vida le va moldeando y deja atrás al adolescente rebelde, malencarado y cargado de resentimiento, para convertirse en una pieza muy valiosa en el tablero de la guerra.

La novela también utiliza, como en el caso del padre de Beltrán, a su madre para hablarnos de la reina Berenguela y de su importancia como figura política en la sombra, además de traer al primer plano las intrigas cortesanas, las anulaciones (en ocasiones bastante cogidas con alfileres) matrimoniales por parte del Papa y las luchas de poder. La política en los reinos cristianos vivía en una continua tensión y, si bien es este momento histórico eran los musulmanes los que se encontraban en franco declive, esa tensión influía también en las decisiones que se tomaban. Aparecerán otras figuras históricas importantes, como Fernando III o Ruy Pérez, quien, años después, tendría una importancia capital en la toma de Sevilla.

La ambientación es otro de los puntos fuertes de la novela. Isabel nos regala una recreación del interior de las ciudades de Sevilla y Córdoba fascinante, en la que los colores y los olores, las esquinas menos soleadas, las viviendas, las calles y los edificios públicos se hacen fuertes en nuestra imaginación. Asimismo, el modo de vida de los musulmanes, la mayoría alejados del integrismo salvaje de los almohades, queda reflejado de forma muy auténtica. Es interesante comprobar el contraste de las dos sociedades, la musulmana y la cristiana, y las aspiraciones de una y otra. 

El regreso de las campanas robadas por Almanzor a Santiago de Compostela marca una parte importante de la novela. El viaje, en el que los Caballeros de Santiago cobran una gran importancia, nos lleva a recordar el que el protagonista de Las campanas de Santiago, Thiago, tuvo que sufrir en su día. La afrenta sufrida por los cristianos queda vengada. Y en este punto insisto en que nos olvidemos de mirar al pasado con los ojos de hoy, aunque estoy convencida de que habrá quien lo haga.

Isabel San Sebastián ha ido ganando en fortaleza narrativa a lo largo de esta saga de novelas. El encuadre histórico es sólido, real, lo trabaja y lo conoce perfectamente. Y, además, sabe transmitirlo. Pero la parte ficcionada gana peso, porque de eso se trata en la novela histórica. La humanidad de los personajes, un estilo ágil, con capítulos que terminan en alto, y un ritmo que mantiene hasta el final el interés del lector, convierten la lectura en todo un viaje en el tiempo. Y en toda una aventura a lado de Beltrán. ¿Os embarcáis?