lunes, 2 de enero de 2017

EL REGRESO



Se miró otra vez las zapatillas deportivas que llevaba en los pies, pero seguían sin darle pistas. Deben ser caras, se dijo, aunque no supo exactamente por qué. A su alrededor se extendía una enorme pradera verde que iba a morir en un alto acantilado, donde las olas se rasgaban sangrando espuma. Por encima de su cabeza el cielo estaba gris y pesado, como amenazando tormenta sin llegar a decidirse. El blanco inmaculado de sus zapatillas se le hacía extraño en los ojos y en el corazón, porque la hierba estaba mojada y, en su parcial vacío de memoria, sabía que la hierba mojada ensucia y es muy difícil quitar el rastro que deja.


Comenzó a tener frío. Se abrochó la cazadora hasta arriba y echó a andar sin rumbo fijo. Sentía las piernas extrañamente pesadas y le costaba caminar, pero se esforzó en ello. Sabía que debía seguir adelante y, de todas formas, no veía que tuviese nada mejor que hacer. Allá a lo lejos divisó el perfil blanco y negro de una casa. Tenía dos chimeneas, una a cada lado del tejado, y ambas humeaban. El contraste de la sobria casita contra el verde del suelo y el gris de las nubes le daba al paisaje el aspecto de acuarela recién pintada. La sonrisa complacida que esbozaba se rompió de repente por un pinchazo doloroso y sordo en mitad de su espalda. Suspiró.


Se miró las manos y las descubrió pequeñas y regordetas. Casi tenía conciencia de sí mismo como adulto, aunque el descubrimiento le agradó especialmente. Pero dejaba de tener importancia porque acababa de saber que podía correr, que ya no le resultaba fatigoso tenerse en pie. Sí, soy un niño, rió feliz mientras atravesaba la pradera corriendo, saltando, revolcándose en una hierba mojada que no mojaba. Una sensación de felicidad exultante le estallaba en el pecho mientras sus carcajadas retumbaban bajo las nubes. Se estaba olvidando hasta del dolor de espalda, pero regresó con fuerza. Como una pedrada. Me habré caído, se resignó. Aunque me gustaría acordarme.


Ahora había un hilo de cometa en su mano derecha, un pájaro de tela sutil y de mil colores que jugaba con el aire a mantenerse erguido. Y siguió corriendo, sosteniendo firme la cometa, consiguiendo que las gotas saladas que la brisa traía atrapadas en su fuerza le chocaran contra los ojos, contra las mejillas, contra la garganta al gritar. 


Tengo que volver a casa, le susurró una vocecita que parecía brotar de su propia frente. Se giró y tomó el camino de arena que llevaba a la de las dos chimeneas. Mi casa. El recuerdo del sabor del pan de canela le llegó potente y sin avisar. Siempre dejaba que le acariciase la boca como un caramelo antes de tragarlo y dar otro bocado. Pero lo que más deseaba en aquel momento era estar en su cama caliente, llena de mantas que le abrazaban y le protegían de los malos sueños, aunque fuese incapaz de recordar ninguno. Tuvo la certeza de que no los había tenido jamás. Seguía caminando inquieto, casi saltando sobre ambos pies, para alejar el dolor punzante como un mordisco que se le había concentrado entre los omoplatos. Soy un niño feliz, pensó con toda su alma. Siempre lo he sido y siempre lo seré. Y si no sé nada más no me importa. Sólo me gustaría saber por qué ahora el cielo es casi rojo y no hay estrellas.


Las ventanas de la casa se encendieron en amarillo y naranja, depositando trozos de sí mismas en el porche y en la pradera, así que se atrevió a mirar por una de ellas. Una mujer se afanaba colocando primorosamente platos y vasos sobre la mesa decorada, mientras hablaba con alguien que permanecía sentado en un sofá y al que no podía ver. Mamá. Hoy no quiero cenar, mamá, apenas murmuró cruzando la estancia rumbo a su cuarto, rozando al pasar las bolas rojas del gran abeto de Navidad. Se refugió entre las sábanas, contento con su suerte y buscando con picardía el mazapán que tenía escondido bajo el colchón. No podía tumbarse boca arriba, que era como le gustaba, porque el dolor se lo impedía, pero, a pesar de ello, se durmió sonriendo a la noche.


- Deberías dejar de poner su plato, mujer – dijo el hombre del sofá con ternura – Sé que te ilusiona, pero sigue doliendo y ya has sufrido bastante. Han pasado casi quince años....
- Quizá, pero creo que se lo debo y además me encanta recordarle. Cada año enciendo las luces del árbol con la esperanza de que iluminen su felicidad, para que siempre tenga esa expresión… ¿te acuerdas? La que puso cuando abrió la caja de las zapatillas de deporte nuevas o cuando descubrió el paquete con la cometa. Sólo espero que se fuera sabiendo que hicimos lo posible para que viviese feliz.


Y encendió la guirnalda luminosa y las siete velas de la mesa, las mismas que años tenía el niño tenía cuando un golpe de aire le lanzó a los dientes del acantilado.


Soy feliz, mamá.


La chaqueta del pijama apretaba demasiado y se la quitó. El dolor que le destrozaba la espalda cesó de repente y sintió como un renacer explosivo que se abría paso a través de la piel, creciendo algodonoso y suave. Ahora ya sabía quién era y a donde iba. Sólo tuvo que extender las alas.

9 comentarios:

  1. Un cuento de lo más emotivo. Me ha gustado mucho, Yolanda.

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  2. Ay, es precioso. Me ha encantado, y ahora mismo hasta tengo un nudo en la garganta... Qué bonito.

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  3. Aunque no sea la mas objetiva, porque sabes que soy tu fan número uno y me encanta todo lo que escribes, solo puedo decir que es precioso y que según lo leía se me iban escapando unas lagrimitas, que se me siguen cayendo cada vez que pongo los ojos en esta página del blog. No tengo palabras...

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    1. Te pagaré en echuchones el día 6. Gracias por estar siempre ahí y por ser tan generosa.

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  4. Qué bonito! Estoy llorando. Eres fantástica!! Besos

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