viernes, 8 de febrero de 2019

YO NUNCA de Eduardo Soto-Trillo

Conocí a Eduardo Soto-Trillo en la pasada edición de Getafe Negro. Participó en la mesa titulada "El detective en el diván: transtornos mentales y género negro" y pude charlar con él en la presentación que del certamen se hacia en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés. Me habló de esta novela, Yo nunca, que era su primera incursión en el género, ya que anteriormente sólo había publicado libros de ensayo en los que contaba su experiencia en países en guerra. Y lo que me contó sobre ella me llamó poderosamente la atención porque me pareció diferente y a tener muy en cuenta. Amablemente me ofreció un ejemplar que me llegó a casa a los pocos días, remitido por Ediciones B. Por fin he podido leerlo con calma y perderme en las calles de Ramil, un pueblo gallego que guarda en sus gentes y en sus calles más de un secreto y muchas historias que permanecen dormidas pero muy presentes. 

Antes de meterme más a fondo en mi opinión de la novela, he de decir que me ha sorprendido lo que he encontrado en ella: una historia que parece a priori sencilla pero que se va complicando y adquiriendo matices cada vez más inquietantes, sostenida por un elenco de personajes a los que no sabes bien cómo catalogar y que se alejan mucho de los habituales. Un estudio psicológico poderoso de cómo lo vivido y lo que no contamos o no asimilamos nos marca y nos hace ser lo que somos.

PORTAZOS AL PASADO


Luis acaba de aprobar el primer examen de las oposiciones a juez después de varios y desatrosos intentos. Su vida lleva años centrada en el estudio del amplísimo temario y en el cuidado de su madre, con la que ha mantenido siempre una relación compleja y dependiente. Tras la muerte de esta, en un accidente fortuito, y haber conseguido dar el primer paso para lo que él considera su sueño, ser juez, decide volver a la casa de la familia de su madre en Ramil para aislarse de todo y preparar a conciencia la segunda prueba, tan exigente o más que la primera. Cree que allí encontrará la tranquilidad necesaria y que podrá concentrarse rodeado de naturaleza y en un ambiente diferente al de Madrid.

En el caserón familiar, Merlachoca, vive ya solo su tía, una mujer que jamás se ha casado y que pasa los días delante de la televisión viendo un programa de corazón detrás de otro. No parece excesivamente feliz por la llegada de su sobrino. Hace mucho que no se ven y la relación con él y con su fallecida madre, su hermana, dejó de ser buena y fluida hace tanto que casi son dos extraños. Ramil ha cambiado también. Muchos son los vecinos a lo que Luis recuerda y que siguen viviendo en una especie de burbuja temporal, pero también han llegado habitantes nuevos que, de alguna manera, han alterado el microcosmos habitual del lugar. 

Luis los irá conociendo gracias a sus visitas al bar del pueblo, ahora regentado por Pablo, un joven homosexual peculiar y simpático a su manera, que ha remodelado es aspecto del local al que siguen yendo los de siempre y también los nuevos. Conocer a Carmen, una mujer ya en la cuarentena pero con un atractivo que a Luis le resulta irresistible, hará que de pronto todo lo que quiere y lo que busca gire en torno a ella. Carmen ejerce de fisioterapeuta en Ramil y parece tener una relación muy cordial con sus pacientes y vecinos. En el bar también suele pasar muchas horas otro forastero, Javier, escribiendo un libro sobre filosofía y que jamás habla con nadie. En sus largas sesiones de estudio, perdido por los parajes que rodean Ramil, también conocerá a Laura, una joven restauradora que está devolviendo el color a las pinturas de una ermita abandonada.

Luis arrastra una existencia gris y que nunca ha sido fácil. Su madre padecía constantes depresiones, su padre los abandonó y jamás volvió a tener contacto con él. Una mezcla de amor y odio hacia su progenitora le sigue siempre como una sombra oscura y los constantes encontronazos con su tía no ayudan a mejorar su ánimo. Solo Carmen parece ofrecerle un remanso de paz, olvido y amor desbocado, pero ella se le escapa siempre de entre los dedos. Comienza a darse cuenta de que las relaciones entre los nuevos vecinos son extrañas y que hay muchas cosas que no sabe y que ellos parecen esconder o contar solo a medias.

En los alrededores de Ramil comienzan a aparecer perros degollados y lo que en principio parecían muertes aisladas, casi normales en un entorno rural , se va convirtiendo en una preocupación porque no hay un sospechoso claro ni tampoco motivos para que los animales estén siendo tan brutalmente asesinados.

Como decía antes, es muy complicado catalogar a los personajes. Siendo Luis el protagonista principal, me ha resultado muy difícil empatizar con él. No resulta simpático, está lleno de contradicciones, sus reacciones a menudo resultan desasperantes. Pasa del cielo al infierno en segundos, con "pataletas" o enfados que casi catalogaría de pueriles. Saca conclusiones sin pararse a pensar dos veces y, sobre todo en su relación con Carmen, puede mostrarse ciego de amor o tildarla de "zorra" cuando su imaginación le juega malas pasadas. Está muy bien dibujado, eso es cierto. Llegamos a conocerle muy bien, aunque jamás sabremos cómo va a reaccionar ante ciertas situaciones.

Las extrañas relaciones entre Carmen, Pablo, Javier, Guillermo (un escultor excéntrico que vive en las afueras del pueblo), Laura y Miguel, un médico de la zona, confunden a Luis, siempre dispuesto a ponerse en lo peor. A medida que pasan los días, irán saliendo a la luz también muchos secretos de la propia familia de Luis, de los que él no tenía idea ya que su madre se apartó de ellos y jamás compartió con su hijo su historia más íntima. Su obsesión por Carmen, la tensa relación con su tía, las certezas que va descubriendo sobre su familia, lo que ve y lo que imagina, le van metiendo en un laberinto intrincado, casi angustioso y lleno de interrogantes, que Luis se ve incapaz de resolver.

Siempre he sentido debilidad por las tramas que suceden en los pueblos, en el mundo más rural, proque creo que, como ya dije en la reseña de Los Caín, en sus calles y en sus gentes se puede encontrar lo peor del ser humano. No siempre las grandes urbes tienen ese oscuro privilegio. Allí los odios se enquistan y el mal puede encontrarse detrás de cualquier visillo que se cierra de golpe. Ramil se nos presenta cargado de preguntas que pueden tener respuestas perturbadoras. O quizás es que Luis no sabe cómo formularlas, perdido como está en su propio tormento interior, ese que no quiere reconocer y que, poco a poco, irá saliendo y tomando otras formas. 

Yo nunca es un magnífico tratado de la condición humana, de la psicología de sus personajes. Una novela que te va atrapando sin remedio y metiéndote de lleno en el mismo desasosiego que atrapa a Luis, haciendo que te mantengas alerta en todo momento. Lo que Luis va descubriendo y viendo es lo que el lector descubre y ve, aunque esté narrada en tercera persona. Los silencios, los extraños vínculos que parecen atar a algunos habitantes de Ramil, lo que se va revelando de su madre, su tía y su abuelo van consiguiendo que necesites y quieras saber más. Los paisajes son también fundamentales en la historia. El verde del Galicia que se va agostando con la llegada de un calor insospechado, las calles de Ramil, la ermita abandonada, las ruinas de la antigua finca familiar. Todo tiene una segunda lectura que a mí me ha mantenido pegada a sus páginas hasta el inesperado final.

Yo nunca es también una novela que, como sus personajes, resulta complicado catalogar, pero quizá ese es su encanto. Hay mucho de almas rotas en sus páginas, de querer dejar atrás el pasado, un pasado que puede ser aterrador. Cómo seguir adelante cuando todo se te ha derrumbado con estrépito... Dadle una oportunidad, creo que encontraréis algunas respuestas sorprendentes que, incluso, os resultarán un poco sobrecogedoras. O que os surja más de una pregunta incómoda. Descubridlo.






lunes, 28 de enero de 2019

COMANCHE de Jesús Maeso de la Torre

Conocía la trayectoria de Jesús Maeso de la Torre desde hace tiempo, aunque reconozco que sólo había leído dos libros suyos y hace ya unos años: Tartessos y El auriga de Hispania. Su fama como narrador y como referente de la novela histórica en España es un hecho y el pasado mes de noviembre tuve la fortuna de conocerle en persona en el Certamen de Novela Histórica de Úbeda, en el que está "implicado" de muchas maneras. Descubrí a un hombre culto, encantador y con un fantástico sentido del humor al que da gusto escuchar y con quien compartí más de una interesante conversación. También compartí con él un pequeño secreto, si se le puede llamar así, para aliviar sus migrañas que, espero, le haya seguido viniendo bien.

Aproveché mi estancia allí para comprar un ejemplar de Comanche, su última novela, y traérmela firmada y puedo aseguraros que me ha tenido pegada a sus páginas hasta el final. Primero por su manera de escribir, de contar y de meternos de cabeza en una aventura fascinante y, después, por descubrir detalles de la Historia, con mayúsculas, que no conocía y que me han hecho interesarme más por todo lo que se narra en ella. Con esta manía que hay en ciertos sectores de nuestra sociedad de echar por tierra, ningunear e, incluso, mancillar la memoria de lo que fuimos, libros como Comanche se convierten en imprescindibles. En este caso para recordar que, cuando se produjo la llamada "conquista del Oeste" por parte de los nuevos colonos estadounidenses, los españoles ya llevaban tres siglos en esas tierras fundando ciudades, mercados y fortificaciones, favoreciendo los intercambios con los indios nativos y ayudándoles cuando las tribus más violentas trataban de arrasar todo a sangre y fuego. Recordar que el auténtico genocidio de los nativos de los actuales Estados Unidos se produjo por los colonos ingleses, que fueron ellos quienes los masacraron hasta dejarlos reducidos a indignantes reservas como animales en zoos. Recordar que fue Fernando de Gálvez, gobernador español de Luisiana, quien negoció en nombre de España con Thomas Jefferson la ayuda de nuestro país para apoyar la Guerra de Secesión contra Inglaterra (para que luego los franceses se pongan la medalla, como es su costumbre) y que fue determinante en las victorias militares de los sublevados, como en Pensacola. Allí se le reconoce como héroe y tiene un monumento en su recuerdo. El Senado de los EEUU le nombró en 2014 ciudadano honorario y un cuadro suyo adorna las paredes del Congreso estadounidense. Incluso la ciudad de Galveston, en Texas, lleva ese nombre en su honor. Os recomiendo buscar y leer la biografía de este hombre extraordinario. Quizá convendría que muchos, con perdón, dejasen de cogérsela con papel de fumar y reconociesen nuestros logros.

TRAS LOS PASOS DE LOS DRAGONES DE CUERA

 

Finales del siglo XVIII. En los territorios de Nueva España que pertenecen al Imperio español desde hace tres siglos, los ataques de los comanches contra la población civil crecen en intensidad y crueldad. Los dragones del rey, soldados de frontera, tratan de contener los ataques y proteger tanto a los españoles que viven allí como a la población india asentada en el territorio. Martín de Arellano, hijo de uno de esos dragones de cuera que murió tras un ataque comanche, buscará hacerse un hueco entre sus filas para honrar su memoria. A lo largo de las páginas de Comanche, Martín de Arellano, la apache Wasakie y Aolani, princesa de Alaska, nos llevan de su mano para mostrarnos la vida en aquellas tierras, las relaciones entre indios y españoles, las sangrientas y crueles correrías del jefe comanche Cuerno Verde. Pero también viajaremos a las cortes del Virrey de México y la de Madrid, con todas las intrigas entre los partidarios del conde de Aranda y los de Floridablanca bajo el reinado de Carlos III.


Jesús Maeso, con una narración brillante, nos transporta a aquella época fascinante y llena de peligros pero también vibrante y única. Descubriremos hechos olvidados pero que deberían reconocerse como grandes gestas, como la llegada de los españoles a Alaska y California. La fundación de ciudades como San Francisco, la vida en los presidios, el esfuerzo incansable de los dragones por mantener la influencia española a pesar de todas las dificultades. También habrá ocasión para el amor y la pasión aunque no sean tiempos propicios.

Es inmegable la labor de documentación del autor, tanto a nivel histórico como en cuanto a las costumbres y modo de vida de las diferentes tribus indias, sus enfrentamientos y odios y hasta el modo en que se vestían. También las relaciones entre españoles e indios, de la que es buen ejemplo la de Martín y Wasakie, criados juntos desde niños, lo que provoca que ambos entiendan mejor la posición del otro a lo largo de los años. Wasakie fue la única superviviente de su poblado cuando fue masacrado por los comanches y el padre de Martín decidió llevarla a su casa y criarla como a una hija. Fueron muchos los pueblos indios que decidieron pactar con los españoles y vivir en paz, comerciando con ellos y buscando su protección frente a comanches y apaches, mucho más violentos y despiadados.

Si he de poner un "pero" a Comanche, y lo digo con cierta reserva, es cuando la acción se traslada a Madrid, bajo el reinado de Carlos III, monarca empeñado en renovar y mejorar el reino. La época es fascinante y los cambios que se produjeron remodelaron tanto la fisonomía del país como el modo de hacer política, pero dentro de la novela es como si te sacara de situación. Una especie de ruptura algo brusca cuando más metido estás en las aventuras de los dragones  y las correrías de Cuerno Verde. Supongo que la intención del autor era definir aun más el marco histórico y las abismales diferencias entre lo que se vivía en la capital, donde se tomaban las decisiones, con respecto a Nueva España.

La recreación histórica de la época es impecable y muy visual, con descripciones que nos trasladan sin dificultad a los lugares por los que transcurre la acción, y nos va sumergiendo a lo largo de sus páginas en los paisajes americanos, en el honor y la valentía de los dragones españoles, en las sanguinarias incursiones de los comanches que apostaban por no dejar nada vivo a su paso. Conoceremos cómo funcionaban los presidios de frontera que, pese a su nombre, no eran cárceles sino fortificaciones militares españolas para el acuartelamiento de tropas y que sirvieron como baluartes de defensa y de amparo.

Aunque novelados, los hechos más importantes que se narran en Comanche sucedieron así, solo que hemos preferido olvidarlos. La presencia española en lo que ahora es Estados Unidos, alcanzando horizontes impensables teniendo en cuenta los pocos efectivos con los que se contaba y los muchos obstáculos que tuvieron que sortear, fue un hito que es necesario reconocer y admirar. Como es necesario rendir homenaje a quienes lo hicieron posible y favorecieron la negociación con los pueblos indígenas como Juan Bautista de Anza, fundador de San Francisco, que firmó con los principales pueblos indios, al mando del gran jefe Ecuerapaca, la Paz de Anza, un pacto de concordia que se mantuvo vigente más de un siglo y que jamás volvió a repetirse.

Por cosas como esta merece la pena leer Comanche pero también para disfrutar de una novela con todos los ingredientes para revivir una época apasionante. Aventuras, acción, amor e historia convierten a Comanche en una gran elección para los lectores amantes de la novela histórica en la que, además, encontramos en ella motivos para la curiosidad y para querer saber más. Y eso, creo, es todo un regalo.

"Cuenta lo que fuimos", le dice Sebastián Copons a Iñigo Balboa en la adaptación al cine de las aventuras del Capitán Alatriste. Aquí Jesús Maeso lo ha contado. Como decía más arriba, no podemos dejar de recordarlo.



 

lunes, 14 de enero de 2019

LA MELODÍA DE LA OSCURIDAD de Daniel Fopiani

El final de 2018 no ha sido, a nivel personal, ninguna bicoca. Diciembre, en su conjunto, se me ha hecho tan duro que eran muchos los días en que salir de la cama resultaba un esfuerzo titánico. Y leer, que es lo que me reconcilia con el mundo, quedaba apartado por esa especie de desidia triste que lo envolvía todo. Quería haber aprovechado las vacaciones navideñas para ponerme un poco al día y, al final, ni siquiera eso pudo ser. Pero sí me leí, en un fin de semana perezoso y de completa soledad, La melodía de la oscuridad, el libro que hoy os traigo, y que Espasa me había facilitado de forma anticipada.

Me apetecía mucho volver a Fopiani después de La carcoma, que me sorprendió gratamente por su originalidad. Y además venía recomendado por Benito Olmo y César Pérez Gellida, de quienes me fío mucho. Que el protagonista fuese invidente me llamaba poderosamente la atención, porque investigar crímenes sin el sentido de la vista me parecía una vuelta de tuerca interesante. Y así fue: me bebí la novela casi sin respirar hasta la última página y puedo adelantaros que me gustó. Solo fruncí el ceño en un par de ocasiones con fallitos de procedimiento que os contaré un poco más adelante.

"ENTRE CIEGOS, EL ÚNICO QUE NO VEÍA ERA YO" (Alejandro Lanús)


Adriano es un antiguo sargento de la Guardia Civil que sufrió en sus carnes un atentado en el cuartel de Intxaurrondo. La explosión le dejó ciego al reventarle los globos oculares, además de otras secuelas físicas que le han convertido en una sombra de sí mismo, un ser doliente, amargado y sin ilusiones ni esperanzas. Ahora vive en Cádiz con su mujer, Patricia, de la que es absolutamente dependiente para todo, una situación que los está destrozando también como pareja porque Patricia carga con más peso del que puede soportar. Además no han tenido hijos y ese es, para ella, un dolor añadido a su vida.

En el Museo Arqueológico de Cádiz, uno de los vigilantes nocturnos aparece asesinado y salvajemente mutilado y el teniente Román, al cargo de la investigación y antiguo amigo de Adriano, solicita la ayuda de este ya que años atrás trabajó en el museo. Nadie se explica cómo pudo entrar y salir del lugar sin ser visto. Adriano no puede negarse. Además algo en su interior parece iluminarse ante la posibilidad de volver a ser útil. Sin embargo para Patricia la situación le supone una angustia extra. Pronto aparece una segunda víctima, también con una sangrienta puesta en escena, en uno de los parques gaditanos más visitados. Adriano, atando cabos, se percata de que el asesino está llevando a cabo un remedo de los doce trabajos de Hércules y que, posiblemente, no ha hecho más que empezar.


Con un planteamiento como este es imposible no sentir una curiosidad irrefrenable. ¿Cómo va a ser capaz un hombre invidente de sacar conclusiones o ayudar en una investigación criminal? Y ese es uno de los méritos de la novela, haber conseguido transmitir cómo "ve" y siente una persona sin el sentido de la vista, no solo a nivel físico sino también emocional. Y cómo el teniente Román es capaz de describir de la manera más certera posible los escenarios y a las víctimas para que Adriano se haga su propia composición de lugar.  Un Román que no puede evitar sentirse culpable por no haber estado pendiente de Adriano desde que sufrió el atentado y que, ante las secuelas físicas que sufre su amigo, no sabe qué hacer ni qué decir. Sin embargo confía plenamente en la sagacidad y en la capacidad de análisis de Adriano y sabe que es su mejor aliado ante lo que se les ha venido encima.

En esta novela no es necesario averiguar quién es el asesino que va dejando un rastro de cadáveres por Cádiz. Se nos presenta casi desde el principio, narrándonos su vida desde su infancia en flashbacks intercalados en los primeros capítulos y, posteriormente, contándonos cómo vive las "resacas" de sus crímenes. Alceo, el asesino, es un psicópata lleno de demonios internos que busca la redención a través de sus actos. Un hombre con una historia personal terrible que le ha convertido en lo que es. Y, a pesar de ello, es imposible sentir por él ni la más mínima simpatía, como en otras ocasiones me ha podido suceder. Hay "malos" con los que se puede empatizar o llegar a entender, pero Alceo no provoca nada de esto, solo una frialdad absoluta, casi desprecio.

El contrapunto a tantas historias que duelen es Acho, el perro guía de Adriano, que a veces tiene hasta sus propias páginas y del que me enamoré sin remedio. En muchas ocasiones parece tener más sentido común que los humanos que le rodean y se toma su vida con una filosofía perruna muy particular.

Respecto a las cosas que me hicieron fruncir un poco el ceño, como os decía antes, se refieren al procedimiento forense y pericial. Ya conocéis mi odiosa habilidad para detectar este tipo de detalles, aunque es cierto que es un tema que conozco bien. Quizá para un lector menos avisado o que no tenga conocimiento sobre ello pueden pasar desapercibidas o que no se les de importancia. Pero estoy segura de que a quienes fascina la novela negra y suelen leerla habitualmente, aun sin tener conocimientos técnicos específicos, llamarán la atención. Es cierto que no empañan el conjunto, pero sí hacen que el engranaje de los plazos y de la práctica de las pruebas chirríe y no cuadren con la realidad, al igual que ciertas filtraciones a la prensa que jamás se producirían en un caso real de tales características. Pero, como digo, es algo puntual.

Lo que sí ha hecho Daniel Fopiani con maestría es dibujar unos personajes poderosos, diferentes. Personajes que están rotos de muchas maneras, que han perdido pedazos de sí mismos por el camino y que casi no se reconocen. Adriano, roto por fuera y por dentro, a quien la bomba terrorista despedazó físicamente pero también en su interior, hundido en su rabia por saberse dependiente, por considerarse inútil, por tener la certeza de que su mujer puede decidir en cualquier momento dejarle y eso le destroza. Sin embargo su propia amargura le hace tratarla mal, hablarle con dureza, incluso con desprecio. Patricia, rota por la onda expansiva de la bomba que, sin haber estado presente, le llegó hasta ella en forma de un marido al que ama pero que ve convertido en un tullido resentido con la vida y con su suerte. Patricia necesita vivir, necesita respirar, necesita volver a ser una mujer completa. El teniente Román, roto y recosido, con unos cuantos años ya a sus espaldas, viudo y solo, sobrepasado por unos crímenes que se salen por completo de lo que está acostumbrado y que, cuando se mira al espejo, ve algo parecido a una ruina. Alceo, el asesino, roto desde los años en que debería haber sido cuidado y amado y sólo encontró dolor, golpes y miedo y que intenta recomponerse destrozando a otros. 

Son muy gráficas también las descripciones de los crímenes y los cadáveres, con detalles que dan fe de la crueldad con que se han cometido. No son escenas agradables, pero sí necesarias para el desarrollo de la novela y para explicar lo que el asesino pretende decir con esa puesta en escena. La luz de Cádiz, tan brillante, se convierte en un contraste perfecto, iluminando con su calor el escenario más horrible, como una metáfora de que la vida, a pesar de todo, sigue su curso, indiferente a lo que sucede mientras sigue caminando.

La melodía de la oscuridad alterna la investigación de los asesinatos de Alceo con la vida personal de sus protagonistas, sobre todo Adriano y Patricia. A ella es fácil comprenderla. Cualquiera que haya pasado por el trance de tener que lidiar con le enfermedad grave de tu pareja o, en su caso, con las secuelas de un atentado, sabe bien lo que es luchar también por no mandarlo todo al carajo. Por anteponer al otro negándose a sí misma. Por no dejar que la ira y el resentimiento se apoderen de ti cuando quien depende de tu ayuda se comporta como un perfecto desagradecido. Pero también Adriano lleva lo suyo a cuestas. A la ceguera y las secuelas de la bomba se suma una soledad interior que siente como una losa, la certeza de que no sirve ya para casi nada. La suma de los dos abre capítulos que pueden llegar a ser desgarradores.

Con menos de 300 páginas, La melodía de la oscuridad resulta una lectura que te mantiene interesado y en tensión hasta el final. Que te deja el regusto de haber leído algo diferente y que está esrita con vigor. Merece la pena dejarse llevar por sus notas.