martes, 10 de enero de 2017

LA CAPITAL DEL MUNDO de Gonzalo Garrido

Había escuchado hablar muy bien de Gonzalo Garrido tras su novela Las flores de Baudelaire, pero no me había estrenado con su prosa. Pero gracias a Pepa Muñoz Escudero del blog Que locura de libros y a la Editorial Alrevés he podido llegar a La capital del mundo y perderme en las calles de Bilbao junto a su protagonista, Ricardo Malpartida. En alguna otra ocasión he comentado que es una estupenda idea sacar la novela negra de los escenarios de ciudades grandes y llevarlos a otras más pequeñas. Incluso a pueblos. La maldad o los crímenes no están sólo en las grandes avenidas o en los barrios marginales de las capitales, a veces es más sencillo encontrarlos entre los muros de casas de adobe, en esos rencores enquistados durante años por unas tierras o unas cabezas de ganado. Y pueden ser mucho más crueles.

He de reconocer que mi conocimiento de Bilbao es escaso y además de hace unos cuantos años, pero creo que el autor ha sabido hacer un retrato fiel de la ciudad actual, no sólo de su geografía sino, especialmente, de sus gentes, de sus políticos, sus bajos fondos, eso que no se ve entre quienes visitan el Guggenheim. Además lo hace dándole, en ocasiones, un matiz irónico que no es necesariamente amable, quizá porque a Malpartida también la ironía se le ha vuelto algo amarga.

EL AUTOR: GONZALO GARRIDO


Bilbaíno de nacimiento, Gonzalo es escritor y consultor de comunicación. Administra el blog Literatura basura y es promotor del Encuentro de Blogs Literarios así como del Encuentro de Novela Criminal y Negra de Bilbao. Durante su trayectoria profesional ha vivido por temporadas en Estrasburgo y Bruselas.

Su primera novela fue Las flores de Baudelaire, publicada por Alrevés en 2012 con la que quedó finalista en la Semana Negra de Gijón de 2013. En 2014 publicó El patio inglés, también con Alrevés. En ella deja a un lado la novela negra para centrarse en una trama más intimista sobre la vida. La capital del mundo es, por ahora, su última novela.

LA MUERTE DEL CATEDRÁTICO


Ricardo Malpartida es un detective privado de Bilbao, profesión a la que llegó después de años de taxista. Tiene su despacho en un barrio de no demasiada buena reputación en la ciudad y sobrevive a duras penas, con encargos de poca monta y sin brillo. Pero quizá su carrera vaya a dar un giro positivo. La viuda de Ángel Mato, un científico que ha aparecido muerto entre los escombros de un edificio que se estaba derribando, le visita para que investigue qué ha ocurrido ya que no está de acuerdo con la versión oficial dada por la policía.

Su contacto en el sindicato policial y la ayuda de Francisco, portero de su edifico y un poco su "hombre para todo", colaboran para intentar encajar las piezas de un puzle que no tiene una imagen clara.  Su vida personal tampoco ayuda a que esté totalmente centrado en lo que investiga, que resulta no ser tan sencillo como parecía a primera vista. Hay demasiadas cosas ocultas en la vida de Mato.

BILBAO IS WONDERFUL


Quizá lo primero que llama la atención en la novela, un poco como lo que me sucedió con La maniobra de la tortuga de Benito Olmo, es ese matiz "clásico" del detective que Malpartida tiene. Se mueve bien en los bajos fondos, bebe y fuma en exceso, su despacho está en una zona nada glamurosa y es casi más una cueva en la que recogerse que una zona de trabajo. Tiene una hija de 16 años a la que ha criado solo porque su mujer les abandonó y la relación con ella es complicada por decirlo de una forma suave. Su relación actual (con una mujer profesional y triunfadora) se ve desgastada, ya no le ilusiona ni le llena, pero el sexo para él es importante y al menos con ella lo tiene garantizado.

Y aquí es dónde, quizá, me meto en terreno pantanoso porque, lamentándolo mucho, aunque la novela en su conjunto me ha gustado bastante, el personaje de Ricardo Malpartida no lo ha hecho en exceso. Sí, es un antihéroe con muchas características de los del cine o la novela negros. Cierto que no es más que una creación literaria y como tal tiene todo permitido, pero esos tics machistas ("tener una hembra en la cama", por ejemplo, o lo de la pistola como incentivo sexual) no favorecen mis simpatías precisamente. Tampoco hace ascos a mantener relaciones más o menos esporádicas con alguna que se cruce por delante. Cae además Garrido en algo que ya he señalado en otras reseñas, como en la de Obscena. Trece relatos pornocriminales: Ricardo Malpartida no es un hombre especialmente atractivo, al menos tal y como se describe a sí mismo, sin embargo las mujeres con las que acaba teniendo una relación o un simple lío son guapas, con buen tipo, deseables en conjunto. Es algo que siempre me llama poderosamente la atención. Con ello no quiero decir que Malpartida sea un mal personaje, al contrario. Es complejo, tiene sus momentos de flaqueza y sabe sacar partido de las peores situaciones, aunque personalmente le afecten. 


Salvando este detalle, que además es una apreciación muy personal, la novela sabe mantener el interés y la intriga en todo momento acerca de lo que ha podido sucederle a Ángel Mato. Su cadáver, que ha aparecido sorpresivamente al derribar un edificio antiguo, no muestra señales de violencia, por lo que la investigación oficial no tarda en calificar su muerte de suicidio. Pero ¿qué hacía Mato en ese edificio? Mato era un catedrático muy bien considerado en círculos académicos y científicos, un hombre, al parecer, modélico en su vida personal. Partidario de la independencia del País Vasco, su círculo social era amplio y de cierto nivel. Pero su esposa no está de acuerdo con la tesis de la policía y acude a Malpartida para que investigue: antes de aparecer muerto, Mato llevaba una semana desaparecido y el modo y el lugar en el que han encontrado su cuerpo no tienen lógica para ella.

Malpartida utilizará su contacto con un amigo que está en el sindicato de la policía (amigo que, aunque está "felizmente" casado y es otro tipo del montón, se acostó en su día con la inspectora encargada del caso, mujer capaz, inteligente y especialmente atractiva... de nuevo el tópico) para saber qué es lo que en la investigación oficial se cuece. También contará con la ayuda de Francisco, una especie de hombre para todo y que trabaja como conserje en el edificio en el que Malpartida tiene su despacho. Malpartida suele pagarle sus servicios de formas diferentes, incluso buscándole alguna noche de placer y Francisco sabe moverse bien entre la gente. Si he de buscar un paralelismo, no he podido evitar, salvando las distancias, recordar a Biscúter, ese hombrecillo que se mueve a la sombra de Pepe Carvalho y que es un genio de los fogones. Biscúter provoca una especie de ternura triste en el lector, no así Francisco, mucho menos sombrío, de quien a veces nos preguntamos cuándo cumple con sus funciones de conserje cuando está ayudando a Malpartida.

Malpartida irá tirando de hilos diferentes y la mayoría parece no llevar a ninguna parte. Sí que descubrirá detalles curiosos al hablar con los vecinos del inmueble derruido y con el propietario del piso en el que apareció el cadáver de Mato. Pero nada cuadra con lo que la esposa le ha contado del catedrático ni con la imagen respetable que de él se tenía. Los barrios y calles de Bilbao están bien descritos y es sencillo imaginarlos aunque no los conozcas. También el ambiente de los bares que frecuenta Malpartida, que tienen ese aire decadente y desgastado que tan bien acompaña al detective. La ciudad se está modernizando a pasos agigantados en los últimos años, trata de dejar atrás épocas muy oscuras, pero esa modernización a Malpartida muchas veces le parece ridícula, como ese eslogan de "Bilbao es Wonderful" que lucen hasta los autobuses urbanos. Los políticos no salen muy bien parados en la novela, en su afán por medrar y conseguir mantenerse en la poltrona. Pero esa modernización no puede ocultar los barrios más grises de Bilbao, esos en los que aun quedan muchos cabos sueltos de épocas pasadas, con calles escondidas que parecen la tramoya de un teatro: son la parte de atrás de un decorado con aspecto actual, renovado, que es el que todos ven. Pero están ahí, Malpartida las conoce, y sabe que son realmente el alma de la ciudad.

El tema de ETA está tratado de forma tangencial, aunque no deja de ser una pesadilla de la que no acaban de despertarse, y también la política local. Garrido utiliza en ocasiones una fina ironía para hablar de ella y de los deseos independentistas de una parte de la población, de las falsas apariencias, del propio trabajo de detective. Hay guiños especialmente simpáticos como usar el apellido Dolz (de Gregory Dolz, director de la editorial Alrevés) para uno de los personajes o el de Lapena para un juez, con la connotación sarcástica que conlleva.

Escrito en tercera persona, pero centrándose en Malpartida como protagonista absoluto, Garrido hace gala de un estilo muy personal pero cuidado, dosificando la intriga en su punto justo y mostrándonos cada paso que el detective da. De vez en cuando se intercalan páginas sueltas escritas en cursiva que parecen hacer referencia a algo completamente ajeno a la narración, pero que tendrá su explicación al final. El caso, además, se complicará cuando parece más estancado, haciendo que Malpartida deba cambiar muchas de sus conjeturas mientras su vida privada se va yendo al garete de forma irremediable.

La capital del mundo, en resumen, es una novela interesante, con una intriga eficaz y bien llevada y un desarrollo perfectamente medido para no dar respiro al lector. En eso Gonzalo Garrido demuestra maestría, al igual que en dotar de tintes clásicos tanto a Malpartida como a los ambientes en los que se mueve. Recomendable, sin duda.







lunes, 2 de enero de 2017

EL REGRESO



Se miró otra vez las zapatillas deportivas que llevaba en los pies, pero seguían sin darle pistas. Deben ser caras, se dijo, aunque no supo exactamente por qué. A su alrededor se extendía una enorme pradera verde que iba a morir en un alto acantilado, donde las olas se rasgaban sangrando espuma. Por encima de su cabeza el cielo estaba gris y pesado, como amenazando tormenta sin llegar a decidirse. El blanco inmaculado de sus zapatillas se le hacía extraño en los ojos y en el corazón, porque la hierba estaba mojada y, en su parcial vacío de memoria, sabía que la hierba mojada ensucia y es muy difícil quitar el rastro que deja.


Comenzó a tener frío. Se abrochó la cazadora hasta arriba y echó a andar sin rumbo fijo. Sentía las piernas extrañamente pesadas y le costaba caminar, pero se esforzó en ello. Sabía que debía seguir adelante y, de todas formas, no veía que tuviese nada mejor que hacer. Allá a lo lejos divisó el perfil blanco y negro de una casa. Tenía dos chimeneas, una a cada lado del tejado, y ambas humeaban. El contraste de la sobria casita contra el verde del suelo y el gris de las nubes le daba al paisaje el aspecto de acuarela recién pintada. La sonrisa complacida que esbozaba se rompió de repente por un pinchazo doloroso y sordo en mitad de su espalda. Suspiró.


Se miró las manos y las descubrió pequeñas y regordetas. Casi tenía conciencia de sí mismo como adulto, aunque el descubrimiento le agradó especialmente. Pero dejaba de tener importancia porque acababa de saber que podía correr, que ya no le resultaba fatigoso tenerse en pie. Sí, soy un niño, rió feliz mientras atravesaba la pradera corriendo, saltando, revolcándose en una hierba mojada que no mojaba. Una sensación de felicidad exultante le estallaba en el pecho mientras sus carcajadas retumbaban bajo las nubes. Se estaba olvidando hasta del dolor de espalda, pero regresó con fuerza. Como una pedrada. Me habré caído, se resignó. Aunque me gustaría acordarme.


Ahora había un hilo de cometa en su mano derecha, un pájaro de tela sutil y de mil colores que jugaba con el aire a mantenerse erguido. Y siguió corriendo, sosteniendo firme la cometa, consiguiendo que las gotas saladas que la brisa traía atrapadas en su fuerza le chocaran contra los ojos, contra las mejillas, contra la garganta al gritar. 


Tengo que volver a casa, le susurró una vocecita que parecía brotar de su propia frente. Se giró y tomó el camino de arena que llevaba a la de las dos chimeneas. Mi casa. El recuerdo del sabor del pan de canela le llegó potente y sin avisar. Siempre dejaba que le acariciase la boca como un caramelo antes de tragarlo y dar otro bocado. Pero lo que más deseaba en aquel momento era estar en su cama caliente, llena de mantas que le abrazaban y le protegían de los malos sueños, aunque fuese incapaz de recordar ninguno. Tuvo la certeza de que no los había tenido jamás. Seguía caminando inquieto, casi saltando sobre ambos pies, para alejar el dolor punzante como un mordisco que se le había concentrado entre los omoplatos. Soy un niño feliz, pensó con toda su alma. Siempre lo he sido y siempre lo seré. Y si no sé nada más no me importa. Sólo me gustaría saber por qué ahora el cielo es casi rojo y no hay estrellas.


Las ventanas de la casa se encendieron en amarillo y naranja, depositando trozos de sí mismas en el porche y en la pradera, así que se atrevió a mirar por una de ellas. Una mujer se afanaba colocando primorosamente platos y vasos sobre la mesa decorada, mientras hablaba con alguien que permanecía sentado en un sofá y al que no podía ver. Mamá. Hoy no quiero cenar, mamá, apenas murmuró cruzando la estancia rumbo a su cuarto, rozando al pasar las bolas rojas del gran abeto de Navidad. Se refugió entre las sábanas, contento con su suerte y buscando con picardía el mazapán que tenía escondido bajo el colchón. No podía tumbarse boca arriba, que era como le gustaba, porque el dolor se lo impedía, pero, a pesar de ello, se durmió sonriendo a la noche.


- Deberías dejar de poner su plato, mujer – dijo el hombre del sofá con ternura – Sé que te ilusiona, pero sigue doliendo y ya has sufrido bastante. Han pasado casi quince años....
- Quizá, pero creo que se lo debo y además me encanta recordarle. Cada año enciendo las luces del árbol con la esperanza de que iluminen su felicidad, para que siempre tenga esa expresión… ¿te acuerdas? La que puso cuando abrió la caja de las zapatillas de deporte nuevas o cuando descubrió el paquete con la cometa. Sólo espero que se fuera sabiendo que hicimos lo posible para que viviese feliz.


Y encendió la guirnalda luminosa y las siete velas de la mesa, las mismas que años tenía el niño tenía cuando un golpe de aire le lanzó a los dientes del acantilado.


Soy feliz, mamá.


La chaqueta del pijama apretaba demasiado y se la quitó. El dolor que le destrozaba la espalda cesó de repente y sintió como un renacer explosivo que se abría paso a través de la piel, creciendo algodonoso y suave. Ahora ya sabía quién era y a donde iba. Sólo tuvo que extender las alas.

viernes, 30 de diciembre de 2016

LA CARRETERA de Cormac McCarthy



Nunca he tenido muy claro de dónde viene esta vena mía de sentir auténtica atracción por los escenarios postapocalípticos. Me fascinan de un modo intenso. Quizá porque en ellos ya no eres lo que eras, ya no hay lo que había y el olvido es casi dueño y señor de todo. Sí, los protagonistas de estas historias recuerdan, pero los recuerdos son como fotografías en blanco y negro que se van difuminando por efecto del tiempo y su contenido casi deja de tener sentido. También me apasionan narraciones y películas de  desastres y cataclismos, sean naturales o provocados. Incluso, por muy malas que sean, esas cutrecillas de invasiones extraterrestres con mala baba que lo dejan todo convertido en un erial.

Llegué a “La carretera” por un profesor de literatura de mi hijo mayor, que estaba empeñado es descubrirles lecturas diferentes. Es un libro extraño al menos, con una manera de narrar distinta y una forma de presentar los diálogos que a veces es casi descarnada. Desde luego no es una novela que guste a todos y provoca sentimientos encontrados: o te entusiasma o no te gusta en absoluto, pero jamás te deja indiferente. Ni frío. Pero frío es lo que destila cada una de las páginas, un frío gris, sucio, inclemente y aterrador. Quizá lo mejor sea caminar nosotros también en La carretera para entender ese mundo desolado que Cormac McCarthy dibujó con maestría.



EL AUTOR: CORMAC MCCARTHY


Nacido en 1933 en Providence pero criado en Knoxville (EEUU), su padre era abogado y tuvo una educación católica y bastante conservadora antes de ingresar en la universidad. Pasó unos años en el ejército del aire de Estados Unidos sin haber terminado sus estudios. Muy influido por William Faulkner escribió su primera novela, El guardián del vergel, en 1965, con una ambientación muy rural. Tres años después publicó La oscuridad exterior, que mezcla algunos toques góticos con un “western” casi crepuscular.

Su tercera novela tuvo que esperar hasta 1973, Hijo de Dios. En ella el estilo es ya más directo, muy áspero pero con una gran intensidad lírica y una atmósfera inimitable, como es seña de identidad también en La carretera. Meridiano de sangre, en 1985, da una vuelta de tuerca más a su incursión en el “western” más sucio y brutal protagonizado por un grupo de pistoleros que se dedican a exterminar indios. Cormac cambió de registro completamente con Todos los caballos bellos en 1992, ya que la novela puede considerarse romántica, y con la que ganó el National Book Award.

En 2005 publica No es país para viejos retomando de nuevo ese estilo de “western” crepuscular, que tan buenas críticas había cosechado, en la que el asesino a sueldo que la protagoniza es absolutamente aterrador. Ya en 2006 llega La carretera, por la que ganó el Premio Pulitzer, en la que narra la historia de un padre y un hijo en un mundo devastado. También ha probado suerte en el teatro, aunque con menos éxito. En 2013 Ridley Scott estrenó El consejero, protagonizada por Michael Fassbender, en la que Cormac había escrito el guión. Se acusó a Scott de no haber entendido la filosofía de Cormac ni a sus personajes y la película pasó casi sin pena ni gloria. 

FRÍA Y GRIS DEVASTACIÓN

 

El mundo, tal y como lo conocemos, ha desaparecido. Un apocalipsis del que nada se nos cuenta ha convertido el planeta en un páramo gris y helado, en el que los ríos no tienen vida, la vegetación ha muerto y los pocos supervivientes que van quedando se arrastran buscando cómo seguir vivos un día más. La mayoría están solos o en pequeños grupos, intentando encontrar comida y refugio. Pero muchos se han unido en grupos brutales que han optado por el canibalismo como modo de vida.


Camino al sur, un padre y un hijo caminan siguiendo la carretera. Confían en que, al borde del mar, las cosas irán mejor. Ambos sólo se tienen el uno al otro pero tratan, sobre todo, de no perder su humanidad. Huyen a veces. Se alegran otras con pequeñas alegrías inesperadas. A menudo tienen miedo y siempre el frío les muerde la carne. El amor del padre por su hijo y la devoción de éste por su padre son lo único cálido que vamos a encontrar.



LOS RELOJES SE PARARON A LA 1:17



“Al despertar en el bosque en medio del frío y de la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo.”


García Márquez dijo en una ocasión que lo más difícil de una novela era escribir la primera frase, que lo demás saldría más fácilmente. Con estas tres comienza La Carretera, presentándonos la realidad en la que viven los protagonistas, un padre y su hijo pequeño, exactamente como ellos la ven. Tenebrosas tinieblas. Días grises. Frío y oscuridad. A pesar de semejante escenario La carretera es completamente adictivo, emocionante, distinto, único, desasosegante, duro y luminoso dentro del escenario gris y deprimente que nos presenta. Puedo asegurar que La carretera me llegó dentro como un impacto duro pero potente como pocos. Fue capaz de darme imágenes tan vivas, de transmitirme sentimientos tan intensos, que pude sufrir el frío mordiente y crudo que los protagonistas llevan calado hasta los huesos. He podido estremecerme con sus miedos, con cada paso que daban en pos de un posible futuro mejor, de un lugar donde vivir a pesar de que la esperanza parece tan lejana como el centro de la Vía Láctea. La relación entre el padre y el hijo, dentro de un universo hostil y peligroso, es tierna y cómplice. Sólo se tienen el uno al otro y eso es lo que les da fuerzas para continuar.



El mundo que conocemos ya no existe. Un cataclismo ha asolado la humanidad dejándola convertida en un universo gris, inhóspito y desolado. En el libro no se cuenta el origen de ese cataclismo ni qué es exactamente lo que ha ocurrido. La única referencia a ello es que “Los relojes se pararon a la 1.17. Un largo tijeretazo de claridad y luego una serie de pequeñas sacudidas.” Y en otro momento, como de soslayo, dice que esa noche “vieron arder ciudades a lo lejos”. Cuando sucede el desastre el hombre se halla junto a su mujer, embarazada. Pocos días después, ya sin luz eléctrica, ni agua, ni suministros de ningún tipo, el niño viene al mundo sobre la cama de sus padres.

Cuándo y cómo decidieron echar a andar hacia el sur no se nos muestra, pero debía ser la única opción posible. A través de los recuerdos del hombre sabremos que empezaron a seguir la carretera, como única vía de escape, los tres. Pero ahora la madre ya no está con ellos y el recuerdo de lo que ocurrió con ella aparecerá como un fantasma. Hay una enorme tristeza en esos párrafos, una sensación de soledad desgarradora. Hombre y niño la recuerdan de formas distintas, pero igual de intensas; una imagen de lo que tuvieron y se perdió. 

Los dos siguen, tiempo después, caminando por la carretera hacia el sur. Buscan calor, lugares con vida, comida, futuro. Llevan todas sus pertenencias en un carrito metálico de supermercado, incluso juguetes que le gustan al niño. Cubiertos con capas y capas de ropa sucia y ajada que ya casi ni les abriga, los pies tapados con zapatos destrozados y ajenos y envueltos en harapos. Pero siguen adelante, día tras día. Cuando cae la noche, se alejan de la carretera para acampar escondidos. Huyen de cualquier otra presencia humana pues la experiencia les ha enseñado que no puede esperarse nada bueno de ellos. Algunos se han vuelto caníbales, otros matan a quien se encuentran en su camino sin mediar palabra. 


Todo es gris y negro a su alrededor. Abrasado antes de estar helado. La capacidad del autor para describir infinidad de matices en ese gris roza la maestría. Las noches se convierten en una negrura insondable, no hay nada que ofrezca ni el más ligero destello. Cuando empieza a nevar, la nieve también es gris. El sol, cubierto eternamente de nubes oscuras, es sólo un recuerdo olvidado. Los ríos no tienen vida, los campos están muertos, los pueblos que encuentran a su paso son ruinas abandonadas y arrasadas por el caos que se produjo tras el cataclismo. Cuando consiguen llegar a una playa, el mar tiene la apariencia del mercurio y ya no alberga nada en su interior. Incluso el aire que respiran es veneno, cargado como está de cenizas. Ambos llevan máscaras hechas con trapos, pero el hombre, aunque lo oculta a su hijo, se ahoga por la tos y escupe sangre cada vez más a menudo.



“Una hora después estaban sentados en la playa contemplando el horizonte cubierto de niebla tóxica............ En la arena de la caleta que había más abajo hileras como caballones de pequeños huesos entre las algas. Más allá los costillares blanqueados por la sal de lo que podían haber sido reses. En las rocas una escarcha de sal gris. Soplaba el viento y unas vainas secas correteaban por la arena y se detenían y volvían a correr.”


Es difícil describir mejor y con menos palabras la desolación. 


El hombre lleva una pistola con sólo dos balas. Y sabe muy bien qué hará con esas balas si llegase el caso. Pero siempre le asaltan las dudas de si será capaz de acabar con la vida de su hijo: le ve tan frágil, tan desvalido, tan delgado que su única obsesión es ponerle a salvo de todo. Habla con él razonablemente, sin eludir las respuestas a las dudas del pequeño pero tratando de adaptarlas a lo que él pueda entender:


“¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos, papá?
No mucho.
¿Eso cuánto es?
No lo se. Quizás un día más. Tal vez dos.
Porque es peligroso.
Sí.
¿Crees que nos encontrarán?
No, no nos encontrarán.
Podrían encontrarnos.
No, seguro que no nos encontraran.”


Los diálogos no llevan los consabidos guiones al principio de cada frase, pero son sencillos de seguir, sin artificios, sin adornos. A veces el hombre es duro con el niño, pero siempre es para ponerle a salvo, para protegerle aunque cuando el pequeño deja de hablarle, enfadado por su dureza, hace lo imposible para que vuelva a dirigirle la palabra. Es como si no soportara aumentar la soledad que les rodea con el silencio de su hijo. 


Hay detalles de una ternura especial, como cuando el hombre encuentra una lata llena de Coca Cola y se la da al niño. El pequeño no sabe lo que es, jamás ha visto o bebido algo semejante y se sorprende de que tenga burbujas y de que le hagan cosquillas en la nariz. O cuando encuentran un bunker de supervivencia en el jardín de una casa completamente intacto, lleno de comida, ropa y camas y el primer deseo para cenar del niño son peras, porque es la primera lata que ha visto al bajar. Incluso existe esa ternura cuando siente lástima de otros humanos con los que se cruzan y quiere ayudarlos de algún modo, a pesar de que su padre le insiste en que no es buena idea.


Por supuesto, no pienso destrozaros los detalles de la novela ni su final, creo que es algo que merecéis descubrir vosotros. Pero si de algo estoy segura es de que os impresionará más de lo que podáis pensar antes de empezar sus páginas, porque a mí me ha ocurrió. Las frases cortas, directas y tremendamente emotivas que Cormac McCarthy utiliza para narrar el viaje del padre y su hijo hacia un futuro y un lugar que no saben si existen son fascinantes. Te convierten en un espectador privilegiado de un mundo que podría ser el nuestro si por un azar todo se va al garete. Y muchas veces sufres la impotencia de no poder ayudar a los protagonistas. O, al menos, de no poder abrazarles como consuelo. 


“El hombre se volvió y le miró. Estaba sumamente concentrado. El hombre pensó que parecía un triste y solitario niño huérfano anunciando la llegada al condado de un espectáculo ambulante, un niño que no sabe que a su espalda los actores han sido devorados por los lobos”

“Sólo sabía que el niño era su garantía. Y dijo: si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca.” 

No, no hay ninguna errata, ni falta la coma. Los pensamientos no usan signos de puntuación.

viernes, 16 de diciembre de 2016

ENCUENTRO CON BLANCA RIESTRA, PREMIO DE NARRATIVA TORRENTE BALLESTER

A pesar de que me encuentro en un mes en el que apenas puedo sacar tiempo debido al trabajo, intento dejar espacio para acudir a algúna presentación literaria o, como el caso que hoy os traigo, algún encuentro interesante. El pasado martes, organizado por Pepa Muñoz Escudero y con la colaboración de Alianza Editorial, nos reunimos en el Espacio Leer con Blanca Riestra, ganadora del XXVII Premio de Narrativa Torrente Ballester con su novela Greta en su laberinto


Los que estuvimos en el encuentro, que habíamos leído la novela previamente, teníamos ciertos sentimientos encontrados con ésta, ya que no es una novela con una temática habitual y su ténica narrativa resulta diferente. Quizá, como se expuso en la charla con ella, no sea para todos los públicos y haya lectores que tengan problemas para entenderla, pero sí coincidimos en su originalidad y en su habilidad para crear un universo distinto, una distopía basada en la teatralización de la vida pública. Pero es, como Blanca señaló, sobre todo una novela de vampiros, aunque vampiros que tienen poco que ver con los que conocemos o con los clásicos.

Nacida en La Coruña, Blanca tiene ya un amplio bagaje como escritora, con un buen número de obras publicadas. Con su segunda novela, La canción de las cerezas, ganó el Premio Ateneo Joven de Sevilla en 2001. Vivió durante varios años en Madrid y trabajó como crítica literaria en el Blanco y Negro Cultural, como articulista de opinión para La Voz de Galicia y de viajes en El País y El Mundo. Entre 2005 y 2007 dirigió el Instituto Cervantes de Albuquerque, Estados Unidos. Actualmente es profesora universitaria en La Coruña.  


Lo primero que nos contó Blanca es que había disfrutado mucho escribiendo Greta en su laberinto. Le gustó jugar con los géneros, con lo siniestro, con Madrid. El Madrid que refleja aquí no es el actual sino el de un futuro que ya se está forjando por todo lo que lleva sucediendo desde hace tiempo. Se mostró convencida de que vivimos en una especie de circo, en una sobreexposición, en el que los medios de comunicación y las redes sociales mandan. Por todo ello escribirla fue un poco una "gamberrada" con cierto toque canalla. La novela tiene mucho que ver con la crisis económica y social en la que llevamos inmersos los últimos años, con las movilizaciones del 15M de Sol y con esa sensación actual de que todo se va a pique.

Los protagonistas son individuos perdidos porque se ha olvidado por completo el sentimiento de comunidad, por eso se mueven en el colmo del desengaño. Ya no creen en nada.  

Uno de los comentarios que se hicieron es que la novela provoca cierta sensación de que los capítulos pueden ser leídos de forma individual. O releerlos para formar una imagen de conjunto. Blanca aseguró que no es consciente de esa peculiaridad pero que es factible porque en realidad todos los capítulos y todo lo que sucede va encaminado a un final que redondea todo y que explica todo

Acerca de la idea de la que surgió la novela, nos dijo que fue gracias a la relectura de un cuento de Marguerite Yourcenar, El tiro de gracia, que es la historia desgarradora de un triángulo amoroso marcado por el signo de la muerte. Es un cuento que expresa muy bien el final de una época y está desarrollado como una tragedia clásica en un ambiente muy opresivo y fantasmal. También reconoció que le influyeron mucho las películas de vampiros, que le encantan, y su inmortalidad, que ellos ven como una maldición.

Su primer interés al empezar a escribirla fue crear un mundo compacto que absorbiese al lector. Crear un universo que funcionara en sí mismo. Quería también reflejar la sociedad actual, el modo en que vivimos que no deja de ser una sociedad teatral en la que importan sobre todo las apariencias. El Madrid (Agar en la novela) que nos encontramos está deteriorado, es catastrófico. Realmente no es un retrato fiel de la ciudad porque es un Madrid diferente al actual y al que conocemos. 


Preguntada acerca de cómo escribió la novela, cómo se planteó su desarrollo, Blanca nos explicó que realmente empezó por el principìo, por la parte de Nación que es la que más tiene que ver con el relato de Yourcenar y después pensó que Nación debía estar cerca de una gran ciudad apocalíptica. Lo que resultó fue algo realmente compacto, por eso decidió subdividir la trama para que no resultase complicado de leer. No escribe linealmente, a veces vuelve para atrás y añade cosas o las corrige. Escribir Greta en su laberinto le llevó un año, aunque lo alternó con su trabajo, su familia  y las correcciones necesarias del texto. 

Como suele ser habitual, Pepa lanzó la pregunta obligada: además de la escritora ¿quién es Blanca Riestra? Creo que no se esperaba la pregunta porque, entre risas, apenas pudo definirse como una persona que escribe, que da clases en la universidad y que ha trabajado en distintos medios. Cuando quiere terminar una novela, cerrar bien una historia, no tiene horarios para escribir. Intenta hacerlo siempre que puede aunque con las interrupciones lógicas.

Comentamos también algunas de las razones que el jurado dio para otorgarle el premio. Se incidió mucho en la fuerte crítica social que supuestamente contiene aunque Blanca confesó que su intención original no era esa. No quería hacer una crítica social ni moral aunque reconoció que, personalmente, ella es pesimista, cree que el mundo es bastante catastrófico. En la novela subyace una visión de lo que es nuestra España pero no ha pretendido dar una visión reformista. Greta en su laberinto no es una fábula moralizante sino una distopía descriptiva. Lo cierto es que le resultó complicado describir a Madrid, una ciudad que conoce muy bien, pero con la perpectiva de una ciudad devastada y de los personajes, tan distintos. En ese Madrid-Agar hay un poco de la película Blade Runner, al igual que los vampiros protagonistas tienen muchas similitudes con los cinematográficos. 

Ello nos llevó a comentar que en la novela es fácil encontrar esos paralelismos con el mundo del cine. Algunos rasgos de Los juegos del hambre en esa exposición a los medios, la sed de los vampiros de Blade, el mundo devastado en el que hasta la geografía cambia de tantas cintas de corte postapocalíptico. Finalmente estuvimos de acuerdo en que, aunque la novela resulta cuanto menos peculiar, una vez que nos metemos en el argumento la lectura se hace más intensa hasta desembocar en un final inesperado pero que redondea y da explicación a todo lo que hemos vivido junto a Greta


Conocer a Blanca Riestra y la charla con ella fue una ocasión cálida, en la que la conversación fluyó de forma amena. Una agradable sorpresa, ya que personalmente nada sabía de ella como autora, que hará que lea alguna obra suya más. Gracias a Pepa Muñoz Escudero por organizar el encuentro y a Alianza Editorial por facilitarlo, ha sido todo un placer.



viernes, 2 de diciembre de 2016

VIAJE EL CENTRO DE MIS MUJERES de Alicia Domínguez

A veces llegas a un libro en un momento muy concreto de tu vida y, en cada página, vas tropezando con pedazos que parecen ser de ti misma. No siempre es una experiencia gozosa pero sí suele ser reveladora, aunque te deje llaguitas de esas que escuecen al tacto. Y eso es lo que me ha pasado con Viaje al centro de mis mujeres, un libro al que llegué sin tener muy claro qué me iba a encontrar en su interior. Además, aunque había reseñas sobre él, alguna de amigos con buen criterio, preferí no leer ninguna, como suelo hacer habitualmente. No quiero que me influyan ni que puedan colorearme de forma diferente la obra de la que voy a disfrutar. A medida que iba leyendo me sorprendía porque de una historia con un punto de partida aparentemente sencillo, surge una suerte de "road movie" literaria que nos lleva no sólo por los paisajes postugueses, sino por las vidas de sus dos protagonistas. Y decidí viajar con Lola y con Sara hasta el final. 

LA AUTORA: ALICIA DOMÍNGUEZ


Gaditana, aunque nacida en Madrid, es Doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la Universidad Abierta de Cataluña. Su línea de
investigación histórica versó sobre el análisis de la violencia social y política del franquismo. Fruto de ella son sus trabajos La represión franquista de la guerra y la postguerra en Cádiz 1936-1945, La causa 259/45: un ejemplo de represión en la posguerra en el Campo de Gibraltar y La superación de la guerra civil española, una aproximación desde la perspectiva de la conflictología.

Es autora de El verano que trajo un largo invierno, editada por Quorum Editores en 2005 y Viaje al centro de mis mujeres, editada por Círculo Rojo en 2015. También es coautora de Las puertas de la memoria y de dos libros colectivos: 102 razones para recordar a Salvochea y 65 Salvocheas.

RUMBO A LA MENUÍTA


Lola, que atraviesa un triste momento personal tras la ruptura con su pareja, se ve de pronto sacudida por la noticia de que un hombre se ha suicidado el mismo día que iban a desahuciarle de su vivienda. Un desahucio que ella, como responsable de la entidad financiera para la que trabaja, ordenó. En ese momento toda su vida parece derrumbarse, cae en una crisis profunda y decide tomarse unos días de vacaciones que, en principio, sólo dedica a dormir y a lamerse sus heridas escondida en casa. Haciendo un esfuerzo de voluntad y con la cercanía de las fechas navideñas, decide hacer un viaje a la aventura a Portugal al que, en última instancia, se unirá su prima Sara. Sara, fotógrafa y algo más joven que Lola, se ha presentado en su casa de forma intempestiva después de haber discutido con su abuela a causa de su activismo en el movimiento 15M y por estar encausada por la ocupación de una casa en Cádiz. 

Las dos parten en coche sin prisa y sin planes previos, aunque con la idea de llegar a Lisboa. El viaje servirá para que ellas retomen una relación que se había fracturado en los últimos tiempos, para que se sinceren, para que hablen. Pero también para poner en orden sus fantasmas personales y familiares, lastradas como están por la mala relación de ambas con sus respectivas madres. En su familia las mujeres son las importantes pero, de una manera u otra, nunca han alcanzado la felicidad.

En su periplo irán topándose con personajes curiosos llenos de historias, con parejas unidas incluso a su pesar, con un hombre capaz de hacer brotar flores en el desierto que es ahora el alma de Lola. Cada uno dejará su impronta en ellas y en los que viajamos a su lado. Hasta que lleguen a un hostal regentado por Amelia y allí entiendan por qué entre sus paredes realmente "se calma el dolor".

ARROZ CON LECHE COCIÉNDOSE A FUEGO LENTO


Es sencillo ponerse en la piel de Lola porque es ella la que, en primera persona, nos va narrando cada paso que da. Sola o acompañada. La que nos sumerge en sus sentimientos, en su desgarro, en sus deseos, en sus decepciones. Pero también en sus recuerdos más amables, en la historia de su familia, en esas mujeres de las que lleva sangre y piel pero con las que nunca termina de encajar, como si hubiese demasiados cabos cueltos. Su relación con Ernesto, que hace poco que ha terminado, aunque con un principio apasionado y prometedor, acabó siendo gris, tensa, con una ex omnipresente y zancadillas constantes. Incluso hubo decisiones unilaterales por parte de él que minaron aun más la confianza. Ernesto va a estar presente también en ese viaje pero sólo como voz o mensajes al otro lado de la línea de teléfono. Y, en muchas ocasiones, Lola se negará a responder porque sabe que sólo servirá para echar sal en la herida.

La única aparición de un narrador en tercera persona es en las tres primera páginas, con un anciano cuya memoria es sólo un páramo azotado por una tormenta de olvido. Ese anciano tomará importancia casi al final de la novela y sobre eso no voy a desvelar nada, merece la pena que lo descubráis vosotros. Pero sí puedo contaros que la suya es una historia de amor que trasciende el tiempo, a pesar de no haber sido correspondido con plenitud, y los pocos recuerdos que aun regresan a su mente son para la mujer a la que amó.

A medida que el viaje de Sara y Lola avanza, contemplamos los paisajes portugueses, las ciudades y los hoteles, pero también escuchamos los pensamientos de Lola, contados con intensidad y las conversaciones con Sara. Si bien al principio la comunicación entre ellas va más a trompicones, debido a su poca relación en los últimos tiempos, y parecen sentirse extrañas, a medida que pasen los días se van haciendo hueco los recuerdos y las conversaciones. El viaje a Portugal es para las dos una profunda catarsis personal que les va a ayudar a enfrentarse a las vidas que han dejado aparcadas hasta su vuelta. Y también a su propias "mochilas", cargadas por su historia familiar, por la constante presencia de sus madres y su abuela a las que quieren y no. A las que admiran y no. A las que pueden alcanzar a entender y no. Sin embargo cada día que pasan juntas les acerca más a ellas sin que sean conscientes de ello.

Todos aquellos con quienes se van cruzando dejan en ellas y en quienes leemos un poso diferente. Unos servirán para mostrarnos historias y recuerdos. Otros para mostrarnos que el amor y la pareja, aunque parezcan plenos y completos, no son anuncios de unos grandes almacenes y tienen sus rincones oscuros. Si hay un pero en todo el magnífico desarrollo de la novela que pudiera ponerle es el intento de Javier, uno de los miembros de la pareja homosexual con la que traban una amistosa relación, de llegar a algo más con Lola. Es meramente personal, como todo lo que interpreto al leer, pero me pareció una situación forzada, quizá en un intento de mostrarnos a una Lola muy atractiva, capaz aun de levantar pasiones. Algo que después, con Mauricio, será una realidad. Las expliaciones de Javier no me llenaron y más con la historia vital que comparte con Neal. Pero ya os digo que esto es completamente subjetivo.


Las charlas y confidencias entre Lola y Sara van profundizando en sus vidas y en las vidas de su familia. Los hombres que pasaron o estuvieron en ella se han convertido casi en entelequias y, aunque cargados de amor, buenas intenciones o valentía, se despidieron de la vida quizá demasiado pronto. Sus mujeres quedaron en pie, prestas a hacer frente a lo que viniera. Duras en apariencia pero fágiles como el cristal. Y el cristal se rompió en más de una ocasión haciendo que sus aristas cortantes dañasen a quienes las rodeaban, como Lola y Sara. Lola porque su madre era un espíritu libre que podía pasarse meses sin volver a casa y a la que su hija apenas le importaba, aunque la quería a su modo. Esa ausencia es aun un agujero maloliente en el corazón de Lola. Para Sara, el victimismo de su madre, siempre enferma de forma real o imaginaria, y la rigidez de su abuela la han convertido en más rebelde de lo que ya es por naturaleza. Ambas sufrieron las ausencias paternas, que han conservado idealizadas y envueltas en algodones de recuerdos amables.

Qué fácil resulta entenederlas cuando hablan sobre su familia. Sobre todo porque es muy fácil también encontrar zonas de fricción entre sus recuerdos y los nuestros. Creo que cada uno de nosotros puede verse reflejado en alguna de las situaciones que en la novela se viven o reviven. Incluso sacarnos una lágrma de reconocimiento o de autocompasión. Si para Lola y Sara el viaje es una catarsis personal, leer Viaje al centro de mis mujeres puede serlo también para quienes nos perdemos en sus páginas. Lola y Sara coinciden en estar solas cuando emprenden el viaje. Las dos han padecido la enfermedad de sus madres y el desamor ha cuajado en ellas, si bien Sara parece haberse zafado mejor de sus consecuencias.

Los diálogos son naturales, nada forzados, como los que cualquiera de nosotros mantendríamos con una hermana o una prima. Bien construidos, sin resultar nunca artificiales ni buscando el efecto de cartón piedra teatral, hacen más por la creación de los personajes que la descripción que de ellos hace Alicia a lo largo de la novela, que es más bien somera y a trazos gruesos, como para darnos ocasión de que imaginemos nosotros. Sí detecté, y es algo que ya he comentado con la propia Alicia, alguna palabra de corte escatológico colocada donde no debería estar. Si se nos cuenta, con cierta delectación, una escena en la que prima el placer y todo parece acogedor y privado decir a continuación "necesidad imperiosa de mear" es un anticlimax que, además, me hizo torcer el gesto. No es la única ocasión en que sucede, pero Alicia ya me ha confirmado que en la próxima edición estos detalles van a quedar subsanados y mejorados.

Lola y Sara saben que el viaje tendrá un final. Saben que volverán a sus vidas, a enfrentarse a lo que han dejado atrás sólo temporalmente, pero los días de viaje juntas y lo mucho que han compartido, les otorgan una fuerza suplementaria para encararse con lo que sea. Han abierto un paréntesis en su rutina, en sus dolores, en sus círculos mentales para limitarse a vivir y disfrutar. Eso les da un bagaje de fortaleza y de autoconocimiento del que antes de partir carecían. Y todo rodará hacia un final de los que no esperamos pero que, al cerrar el libro, sabemos que es el que tenía que ser. Por eso Viaje al centro de mis mujeres nos deja con una sonrisa. En muchas páginas la sonrisa habrá sido amarga; en otras nos habrá llegado un pellizco doloroso al corazón. Pero el viaje con Lola y Sara habrá merecido la pena. 

Estoy segura de que dentro de unos meses volveré a leer esta novela. O al menos partes de ella. Porque es de las que llegan dentro, de las que cuentan cosas que pueden ser las de cualquiera. Que, a veces, hace que nos reconozcamos en alguno de sus párrafos como si nos estuviésemos mirando en un espejo. Como decía antes, puede que no sea agradable o que duela, pero al pensarlo después resulta extrañamente satisfactorio y se queda con nosotros. Este es sin duda el gran mérito de la novela.

Gracias, Alicia, por descubrírmelo.