lunes, 25 de marzo de 2019

CORRECCIÓN, EDICIÓN LITERARIA Y OTRAS HIERBAS

Llevo ya una temporada dándole vueltas. Quizá porque el tema me ha acabado resultando como una piedrecita en el zapato, que no impide caminar pero que ahí está, molestando, arañando un poco. Haciéndome torcer el gesto, en definitiva. El problema es que esta piedrecita no me la puedo quitar porque no depende de mí y, hasta el momento, lo único que puedo hacer es resignarme a necesitar una tirita cada cierto tiempo. Y no es cómodo. También es algo que he comentado con otros blogueros y con lectores impenitentes y hemos coincidido en apreciaciones, aunque cada uno desde su perpectiva, como no puede ser de otra manera. Me refiero a los errores que, con demasiada frecuencia, detecto en los libros que leo. Errores no sólo ortográficos y tipográficos, sino saltos imposibles en la línea temporal, por ejemplo. O referencias a situaciones o cosas que es imposible que el personaje sepa o vea en un determinado momento. O fallos, a veces graves, en lo que se refiere a trámites administrativos, legales o policiales. Voy a intentar explicarme lo mejor posible.

Siempre he creído que un libro, cualquier libro, es un hallazgo feliz y una parte importante de la vida de quien lo escribe. Un regalo. Y, por ello, debe estar cuidado casi con mimo. No solo hablo de una bonita portada, un maquetado perfecto, un buen papel; hablo también del contenido, de lo que se escribe. Escribir bien, sin erratas ni faltas de ortografia, conociendo la gramática y la sintaxis al menos desde su vertiente más básica, es obligatorio si quieres publicar. Informarse y documentarse, fundamental. Buscar ayuda para solventar las dudas, muy importante. Es cierto que una corrección profesional de un texto puede suponer un desembolso que, quizá, el autor no pueda realizar pero ello no le exime de tratar de que su libro llegue a los posibles lectores pulido y lo más brillante posible.

Seguramente lo primero que viene a la cabeza a quien pueda estarme leyendo es que esos errores son más que habituales en autores autopublicados. Pues sí y no. La llegada al mercado digital de gigantes como Amazon (sin ser el único), a quien le importa un higo, literalmente, el contenido de los libros que allí se publican no ayuda a la calidad. Para muchos "autores" es mucho más interesante ver su nombre en una portada y presumir de que han escrito un libro, aunque en toda tu vida no hayas leído ni los folletos del supermercado, que el contenido. De ahí las cosas que se perpetran con la autopublicación. No quiero decir, en absoluto, que todo lo que encontremos allí o en otras plataformas de autoedición sea malo, hay obras muy buenas, algunas extraordinarias, pero el volumen de textos sin calidad, con historias que no se sostienen, mal escritas, mal redactadas, con personajes de cartón piedra y diálogos imposibles es abrumador. Incluso se llegan a publicar plagios de novelas, que están disponibles en otro idioma, traducidas con el Google Translator. Eso ya roza el terror puro y duro. 

A estas alturas de la película, y siento decirlo así, ya no me descargo libros de Amazon a no ser que sean ediciones digitales de alguna novela que me interesa y no tengo presupuesto para la edición de papel. Hasta no hace mucho sí que lo hacía de cuando en cuando, bien porque me llamase la atención el título o porque tuviese buenas críticas. Ahora ni por una cosa ni por otra y creo que me entendéis. Es un tema ya muy tocado y no quiero repetirlo. Pero sí contar, al hilo del tema de los errores, algo que viví en primera persona con una novela autoeditada en Amazon. Me la descargué confiando en el resumen, que estaba bien escrito, y prometía una historia de intriga. Resumiendo mucho para no aburrir: la autora se permitió el lujo de escribir, sin sonrojarse ni nada, que en un pueblo perdido en la montaña, durante la Guerra Civil española, tenían a los enfermos más graves con respiración asistida, además de otras joyas de apariciones paranormales para olvidar. Cuando escribí la reseña, en la página en que lo hacía hace unos años, tanto la autora como su corte de palmeros me pusieron a caer de un burro afirmando que en una ficción vale todo. Pues no, no vale todo.

Dejando a un lado el siempre espinoso tema de la autoedición, mi mayor enfado en este momento es encontrarme errores flagrantes y fallos (en ocasiones clamorosos) en libros publicados por editoriales de renombre. Vaya por delante que respeto y admiro a quienes trabajan en cualquier editorial y mucho más a los editores y editoras que pelean por sus autores, los cuidan y siempre se muestran entusiastas con sus obras. Por eso no lo entiendo. No entiendo, por ejemplo, que el editor o editora de turno asegure haber seguido el proceso de escritura de una novela casi día a día y se le cuelen ciertas inexactitudes o equivocaciones. O los que tienen la suerte de descubrir a un autor que es un diamante en bruto, que se encarguen de su libro para corregirlo, pulirlo y mejorarlo en todo lo posible, y les pasen bajo la nariz fallos de cierto nivel. He tenido la suerte de escuchar a unos cuantos editores hablando acerca del trabajo que hacen, cómo a veces pelean con el autor para acortar una escena, para dar más intensidad a un personaje o cambiar algún capítulo. Me fascina y emociona la pasión que suelen poner en ello. Por eso, insisto, no lo entiendo.

Obviamente no pretendo que un editor sea un absoluto erudito de todos los temas posibles. Para nada, sobre todo porque es imposible. Pero si ese editor se dedica a la novela romántica, por ejemplo, debe estar al cabo de la calle respecto a los recursos narrativos usados en ese género, paisajes, personajes y, si me apuráis, algunos datos históricos básicos sobre la época y el lugar en que se ambiente la novela. Qué sé yo, Escocia por ejemplo. Si el editor es de novela negra (que, quizá, es el asunto que más me escuece), es de esperar que conozca, al menos a nivel general, qué puede hacer un policía y qué no, cómo funciona (aunque sea por encima) la justicia, cuál es el papel de un investigador, de un juez, de un fiscal o cómo se estudian las pruebas. No pido un máster en criminología, ni tres carreras, sólo ser capaz de discernir si lo que el autor ha escrito es correcto. Sí, me pueden decir que no tienen por qué saberlo (de hecho ya me lo han dicho en varias ocasiones) y que se fían de lo que los asesores del autor le han contado. No comprueban. No se cuestionan nada. Y el resultado puede acabar chirriando mucho. Eso es lo que me enfada y, en cierto modo, me indigna como lectora.

Quiero decir que si un autor dice que un análisis de ADN se hace en doce horas, el editor debe saber que no es posible. Que un policía no puede llevarse por las buenas algo que considere una prueba sin más. Que la vida real no es CSI ni las series de abogados estadounidenses. Que nuestro sistema judicial está muy tasado, cuadriculado y reglado. Que no es real que en un juicio los abogados se levanten y caminen por la sala, porque eso en España no se puede hacer. O que se presenten pruebas o testigos sorpresa en medio de un juicio. Que lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible.

Igual ocurre, y también me hace salirme de la lectura y enfadarme lo mío, cuando la línea temporal de la narración salta por los aires, como si el autor no hubiese repasado el texto. Por ejemplo, y es un caso sonado que me viene a la cabeza el primero, que si la protagonista del libro ha tenido un tórrido romance a lo largo de noviembre, no puede decir a continuación que están a 30 de octubre y es su cumpleaños y, un capítulo más allá, estar en enero y ser de nuevo su cumpleaños. El editor o editora de la novela tendría que haberse dado cuenta de ese despropósito y corregirlo porque "cantaba mucho" incluso para un lector poco avezado. Y si hablamos de novela histórica, que es quizá en la que menos errores he detectado, no podemos hacer que los personajes caminen por un lugar que se demolió tiempo antes antes al momento en que sucede la acción.

Puedo comprender que un editor tenga mucho que leer y mucho trabajo con cada libro del que se encarga, sobre todo de cara a la promoción. Es un trabajo minucioso y quiero pensar que muy gratificante. Pero si yo, que no soy experta en el tema, puedo detectar esas cosas ellos, que sí son expertos, que están hartos de leer y de corregir y de aconsejar, deberían verlas a distancia. El motivo por el que se les pasan se me escapa. Quizá, y lo digo con todas las reservas, se deba a que no se especializan en una categoría concreta y eso no tiene que ser malo a priori, pero es que no le encuentro una explicación viendo, como veo, el compromiso que parecen tener con autores y editoriales.

No me considero nadie especial, ni estoy en posesión de una inteligencia fabulosa. Pero sí fui una lectora muy precoz porque los libros se convirtieron en mi refugio cuando mi vida era zona hostil. Siempre he leído mucho y de todo, incluso libros que, en su momento, no llegaba a entender bien. Estudié Derecho, es verdad, y eso me ha dado conocimientos específicos sobre algunos temas. Otros los he investigado por mi cuenta. Siempre he creído que el saber no ocupa lugar y, además, cuento con una aliada fundamental que a veces es una maldición: mi memoria. Por eso puedo estar leyendo un libro y detectar que algo no va bien en la narración, algo que me hace levantar la vista del libro buscando el motivo, hasta que recuerdo algo que pasó en el capítulo 1 y contradice de plano lo que sucede en ese momento.

Que nadie considere este post una crítica frontal al trabajo, innegable y fantástico, que hacen los editores y correctores. Sólo quería manifestar mi extrañeza y compartirla con vosotros. Obviamente los fallos o los errores no están en la inmensa mayoría de los títulos que se publican, que son muchos al año, pero quizá sí en un porcentaje al menos representativo de todos ellos. Me encantaría poder sentarme a charlar con calma con alguno de esos profesionales y que me diese su versión porque, seguro, tendría mucho que aprender y es posible que acabase por entender los motivos. Pero me mantengo en mi tesis: un libro tiene que brillar. ¿Por qué no intentarlo?







lunes, 11 de marzo de 2019

SANGRE DE MI SANGRE de Rebeca Tabales

Sangre de mi sangre es el primer thriller de Rebeca Tabales quien, en 2008, ganó el premio Ateneo Joven de Sevilla con la novela Eres bella y brutal. Como no suelo leerme los resúmenes de la contraportada de los libros (ha habido veces que me han desguazado todo el argumento sin piedad) no sabía muy bien a qué me enfrentaba cuando comencé la lectura. Y es cierto que la primera escena tiene una gran fuerza, resulta muy impactante, lo que me animó considerablemente para seguir leyendo. La historia que Rebeca Tabales va desgranando en la novela no es fácil, ya que toca temas muy sensibles y plantea cuestiones que hacen pensar, pero también hay unos cuantos secretos familiares que permanecen escondidos y que van a ir aumentando la intriga a medida que avanzamos en sus páginas. La psicología de los personajes se vuelve fundamental para entender lo que está sucediendo, porque nada resulta lo que en principio parecía.


PARA QUIEN TIENE MIEDO, TODO SON RUIDOS


En una jornada cualquiera de un colegio, tras la hora del recreo, Javier, de ocho años, remolonea en el patio. No quiere entrar en clase. Está perdido en sus pensamientos, ninguno especialmente agradable. Cuando su profesor acude para pedirle que vuelva con él al aula, Javier sufre un inesperado ataque de rabia y le ataca subiéndose a su espalda y mordiéndole en el cuello con saña. Rut, que trabaja como psicóloga auxiliar en un despacho forense, aunque siendo una "falsa autónoma", recibe el encargo de su jefa de que acuda al hospital a hablar con el profesor y el niño para tratar de saber qué ha sucedido. Su primera sorpresa es que el profesor no quiere presentar ninguna denuncia contra el pequeño ni contra la madre, solo que alguien se encargue de él. Parece tenerle un gran cariño. Javier es sordo y tampoco habla, comunicarse con él va a ser difícil.

Pero la sordera de Javier no es el muro más sólido con que choca Rut. La madre del niño, Alberta, que le cría sola, se muestra abiertamente hostil hacia Rut y hacia cualquiera que intenta ayudarles. Cuando Rut se acerca al niño, que permanece sedado en una cama del hospital, detecta lo que parece la costra de una herida que asoma por encima del cuello de su camiseta, pero no puede comprobar nada más.

Rut comienza a implicarse personalmente en el caso a pesar de no contar con el apoyo de su jefa. Y a pesar también de que su vida no es un camino de rosas. A la precariedad laboral y unos ingresos reducidos hay que sumar que es madre soltera de una niña de 9 años, Ali, que muestra ya la rebeldía de la preadolescencia, y una reciente ruptura con el que había sido su pareja, Ger, que trabaja para una agencia de detectives. Su apoyo incondicional es su padre, divorciado de su madre y vuelto a emparejar, un expolicía que hace lo posible por ayudar a su hija y a su nieta incluso llenándoles la nevera. Gracias a su insistencia Rut volverá a contactar con Miguel Acero, inspector jefe de la Policía Judicial, con quien también podrá contar para algunas pesquisas.

Sangre de mi sangre es, ante todo, la historia de una maternidad complicada, esa que no sale en las revistas, la que puede causar dolor y desapego. Una historia de malos tratos, de recuerdos que duelen, de hechos que se esconden en lo más profundo en un intento desesperado de que desaparezcan. Rut no quiere quedarse solo en su papel de psicóloga, quiere ir más allá, descubrir lo que realmente pasa y pasó en casa de Javier y Alberta. Y lo hace moviéndose al margen de los protocolos armando una investigación que a cada paso saca a la luz cosas cada vez más inquietantes. Alberta, un personaje roto de muchas maneras, desencantada de todo y de todos, ya no se fía de las ayudas que puedan darle y se niega a recibirlas. Realmente no sabe cómo encajarlas en su vida. Supone una reveladora vuelta de tuerca al prototipo de mujer maltratada. Javier, una vez pasada la crisis, es un niño tranquilo e inteligente, que empatiza bien con Rut, pero que vive con un miedo oculto que es incapaz de contar.

Escrita en tercera persona, excepto los capítulos en los que Rut va elaborando el perfil de Alberta, iremos junto a Rut en todo momento, descubriendo lo que ella descubre y metiéndonos con ella en una espiral compleja en cuyo centro hay mucho dolor y muchos secretos que cuesta sacar a la luz. También iremos conociendo la vida de la propia protagonista, una mujer llena de agujeros, con una autoestima baja, muchas veces incapaz de dominar su vida o las situaciones que esta le pone delante pero que sigue adelante con cabezonería, deseando ayudar... pero casi siempre sin ayudarse a si misma.

Sangre de mi sangre es una novela que se lee bien, que se sigue con interés después de un comienzo impactante y que tiene la dosis de intriga suficiente para mantener el interés. Personalmente, no he conseguido simpatizar con Rut. Quizá tampoco con la mayoría de personajes, exceptuando Javier. No he acabado de comprender, como madre, que Rut permita a su hija de solo 9 años que se pase la vida colgada a juegos online y que se relacione con gente, a través de ellos, que no conoce. Es cierto que pasa muchas horas fuera trabajando, pero la niña suele quedar al cuidado de su abuelo y parece no tener demasiadas normas. Sí, es un caso bastante habitual hoy día pero la corta edad de la niña es lo que me chirría. Y la actitud de ella ante su propia vida resulta un poco enervante, como remedando el conocido aforismo de "consejos vendo, que para mí no tengo". El padre de Rut es cariñoso y cómplice con su hija y su nieta, pero resulta curioso que se empeñe en emparejarla con un policía casado y con hijos que tiene una vida bastante feliz. Ger, la expareja de Rut, me ha dejado sin saber muy bien de qué pie cojea. Me parece que, simplemente, se acomoda a lo que tiene, no es de grandes demostraciones de afecto y casi le conoceremos más por lo que dicen de él. Miguel Acero es el que me ha resultado más estereotipado, un poco cliché del policía que ha ido ascendiendo y tiene muy clara su importancia y si valía. Lo del parche en el ojo reconozco que me sorprendió y esta es una opinión muy personal que en nada supone una crítica a la autora a la hora de crearlo ni mucho menos: es su personaje y su decisión pero no me pareció necesario colocarle el parche. Le resta realidad, como un remedo de John Wayne en Valor de ley, el hombre fuerte en el que Rut podría apoyarse y a quien pedir ayuda.

Hay también, aunque no son importantes, algunos fallitos en algunas escenas concretas provocados, imagino, por ser el primer thriller de Rebeca Tabales. Quizá lo que menos me ha gustado es que utilice al profesor al que Javier muerde en la primera escena como excusa para montar el andamiaje de la novela, por ser quien pide ayuda al despacho en el que trabaja Rut, y luego desaparezca por completo. En toda la investigación que Rut lleva a cabo jamás se entrevista con él excepto cuando le conoce en el hospital y, sinceramente, creo que hubiese sido necesario porque es una de las personas que mejor conoce a Javier. Lo usa y lo aparta una vez que ha tendido la red para captar la atención de Rut y del lector. Sí que es evidente la formación en Psicología de Rebeca Tabales, porque todo lo que se refiere a perfiles y el trabajo de Rut está detallado incluso con el lenguaje que se requiere para ello.

Un thriller entetenido, que mantiene bien el interés del lector y que, aunque con algunas costuras visibles, queda bien rematado. Y tiene un planteamiento original. Merece una oportunidad.





viernes, 8 de febrero de 2019

YO NUNCA de Eduardo Soto-Trillo

Conocí a Eduardo Soto-Trillo en la pasada edición de Getafe Negro. Participó en la mesa titulada "El detective en el diván: transtornos mentales y género negro" y pude charlar con él en la presentación que del certamen se hacia en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés. Me habló de esta novela, Yo nunca, que era su primera incursión en el género, ya que anteriormente sólo había publicado libros de ensayo en los que contaba su experiencia en países en guerra. Y lo que me contó sobre ella me llamó poderosamente la atención porque me pareció diferente y a tener muy en cuenta. Amablemente me ofreció un ejemplar que me llegó a casa a los pocos días, remitido por Ediciones B. Por fin he podido leerlo con calma y perderme en las calles de Ramil, un pueblo gallego que guarda en sus gentes y en sus calles más de un secreto y muchas historias que permanecen dormidas pero muy presentes. 

Antes de meterme más a fondo en mi opinión de la novela, he de decir que me ha sorprendido lo que he encontrado en ella: una historia que parece a priori sencilla pero que se va complicando y adquiriendo matices cada vez más inquietantes, sostenida por un elenco de personajes a los que no sabes bien cómo catalogar y que se alejan mucho de los habituales. Un estudio psicológico poderoso de cómo lo vivido y lo que no contamos o no asimilamos nos marca y nos hace ser lo que somos.

PORTAZOS AL PASADO


Luis acaba de aprobar el primer examen de las oposiciones a juez después de varios y desatrosos intentos. Su vida lleva años centrada en el estudio del amplísimo temario y en el cuidado de su madre, con la que ha mantenido siempre una relación compleja y dependiente. Tras la muerte de esta, en un accidente fortuito, y haber conseguido dar el primer paso para lo que él considera su sueño, ser juez, decide volver a la casa de la familia de su madre en Ramil para aislarse de todo y preparar a conciencia la segunda prueba, tan exigente o más que la primera. Cree que allí encontrará la tranquilidad necesaria y que podrá concentrarse rodeado de naturaleza y en un ambiente diferente al de Madrid.

En el caserón familiar, Merlachoca, vive ya solo su tía, una mujer que jamás se ha casado y que pasa los días delante de la televisión viendo un programa de corazón detrás de otro. No parece excesivamente feliz por la llegada de su sobrino. Hace mucho que no se ven y la relación con él y con su fallecida madre, su hermana, dejó de ser buena y fluida hace tanto que casi son dos extraños. Ramil ha cambiado también. Muchos son los vecinos a lo que Luis recuerda y que siguen viviendo en una especie de burbuja temporal, pero también han llegado habitantes nuevos que, de alguna manera, han alterado el microcosmos habitual del lugar. 

Luis los irá conociendo gracias a sus visitas al bar del pueblo, ahora regentado por Pablo, un joven homosexual peculiar y simpático a su manera, que ha remodelado es aspecto del local al que siguen yendo los de siempre y también los nuevos. Conocer a Carmen, una mujer ya en la cuarentena pero con un atractivo que a Luis le resulta irresistible, hará que de pronto todo lo que quiere y lo que busca gire en torno a ella. Carmen ejerce de fisioterapeuta en Ramil y parece tener una relación muy cordial con sus pacientes y vecinos. En el bar también suele pasar muchas horas otro forastero, Javier, escribiendo un libro sobre filosofía y que jamás habla con nadie. En sus largas sesiones de estudio, perdido por los parajes que rodean Ramil, también conocerá a Laura, una joven restauradora que está devolviendo el color a las pinturas de una ermita abandonada.

Luis arrastra una existencia gris y que nunca ha sido fácil. Su madre padecía constantes depresiones, su padre los abandonó y jamás volvió a tener contacto con él. Una mezcla de amor y odio hacia su progenitora le sigue siempre como una sombra oscura y los constantes encontronazos con su tía no ayudan a mejorar su ánimo. Solo Carmen parece ofrecerle un remanso de paz, olvido y amor desbocado, pero ella se le escapa siempre de entre los dedos. Comienza a darse cuenta de que las relaciones entre los nuevos vecinos son extrañas y que hay muchas cosas que no sabe y que ellos parecen esconder o contar solo a medias.

En los alrededores de Ramil comienzan a aparecer perros degollados y lo que en principio parecían muertes aisladas, casi normales en un entorno rural , se va convirtiendo en una preocupación porque no hay un sospechoso claro ni tampoco motivos para que los animales estén siendo tan brutalmente asesinados.

Como decía antes, es muy complicado catalogar a los personajes. Siendo Luis el protagonista principal, me ha resultado muy difícil empatizar con él. No resulta simpático, está lleno de contradicciones, sus reacciones a menudo resultan desasperantes. Pasa del cielo al infierno en segundos, con "pataletas" o enfados que casi catalogaría de pueriles. Saca conclusiones sin pararse a pensar dos veces y, sobre todo en su relación con Carmen, puede mostrarse ciego de amor o tildarla de "zorra" cuando su imaginación le juega malas pasadas. Está muy bien dibujado, eso es cierto. Llegamos a conocerle muy bien, aunque jamás sabremos cómo va a reaccionar ante ciertas situaciones.

Las extrañas relaciones entre Carmen, Pablo, Javier, Guillermo (un escultor excéntrico que vive en las afueras del pueblo), Laura y Miguel, un médico de la zona, confunden a Luis, siempre dispuesto a ponerse en lo peor. A medida que pasan los días, irán saliendo a la luz también muchos secretos de la propia familia de Luis, de los que él no tenía idea ya que su madre se apartó de ellos y jamás compartió con su hijo su historia más íntima. Su obsesión por Carmen, la tensa relación con su tía, las certezas que va descubriendo sobre su familia, lo que ve y lo que imagina, le van metiendo en un laberinto intrincado, casi angustioso y lleno de interrogantes, que Luis se ve incapaz de resolver.

Siempre he sentido debilidad por las tramas que suceden en los pueblos, en el mundo más rural, proque creo que, como ya dije en la reseña de Los Caín, en sus calles y en sus gentes se puede encontrar lo peor del ser humano. No siempre las grandes urbes tienen ese oscuro privilegio. Allí los odios se enquistan y el mal puede encontrarse detrás de cualquier visillo que se cierra de golpe. Ramil se nos presenta cargado de preguntas que pueden tener respuestas perturbadoras. O quizás es que Luis no sabe cómo formularlas, perdido como está en su propio tormento interior, ese que no quiere reconocer y que, poco a poco, irá saliendo y tomando otras formas. 

Yo nunca es un magnífico tratado de la condición humana, de la psicología de sus personajes. Una novela que te va atrapando sin remedio y metiéndote de lleno en el mismo desasosiego que atrapa a Luis, haciendo que te mantengas alerta en todo momento. Lo que Luis va descubriendo y viendo es lo que el lector descubre y ve, aunque esté narrada en tercera persona. Los silencios, los extraños vínculos que parecen atar a algunos habitantes de Ramil, lo que se va revelando de su madre, su tía y su abuelo van consiguiendo que necesites y quieras saber más. Los paisajes son también fundamentales en la historia. El verde del Galicia que se va agostando con la llegada de un calor insospechado, las calles de Ramil, la ermita abandonada, las ruinas de la antigua finca familiar. Todo tiene una segunda lectura que a mí me ha mantenido pegada a sus páginas hasta el inesperado final.

Yo nunca es también una novela que, como sus personajes, resulta complicado catalogar, pero quizá ese es su encanto. Hay mucho de almas rotas en sus páginas, de querer dejar atrás el pasado, un pasado que puede ser aterrador. Cómo seguir adelante cuando todo se te ha derrumbado con estrépito... Dadle una oportunidad, creo que encontraréis algunas respuestas sorprendentes que, incluso, os resultarán un poco sobrecogedoras. O que os surja más de una pregunta incómoda. Descubridlo.






lunes, 28 de enero de 2019

COMANCHE de Jesús Maeso de la Torre

Conocía la trayectoria de Jesús Maeso de la Torre desde hace tiempo, aunque reconozco que sólo había leído dos libros suyos y hace ya unos años: Tartessos y El auriga de Hispania. Su fama como narrador y como referente de la novela histórica en España es un hecho y el pasado mes de noviembre tuve la fortuna de conocerle en persona en el Certamen de Novela Histórica de Úbeda, en el que está "implicado" de muchas maneras. Descubrí a un hombre culto, encantador y con un fantástico sentido del humor al que da gusto escuchar y con quien compartí más de una interesante conversación. También compartí con él un pequeño secreto, si se le puede llamar así, para aliviar sus migrañas que, espero, le haya seguido viniendo bien.

Aproveché mi estancia allí para comprar un ejemplar de Comanche, su última novela, y traérmela firmada y puedo aseguraros que me ha tenido pegada a sus páginas hasta el final. Primero por su manera de escribir, de contar y de meternos de cabeza en una aventura fascinante y, después, por descubrir detalles de la Historia, con mayúsculas, que no conocía y que me han hecho interesarme más por todo lo que se narra en ella. Con esta manía que hay en ciertos sectores de nuestra sociedad de echar por tierra, ningunear e, incluso, mancillar la memoria de lo que fuimos, libros como Comanche se convierten en imprescindibles. En este caso para recordar que, cuando se produjo la llamada "conquista del Oeste" por parte de los nuevos colonos estadounidenses, los españoles ya llevaban tres siglos en esas tierras fundando ciudades, mercados y fortificaciones, favoreciendo los intercambios con los indios nativos y ayudándoles cuando las tribus más violentas trataban de arrasar todo a sangre y fuego. Recordar que el auténtico genocidio de los nativos de los actuales Estados Unidos se produjo por los colonos ingleses, que fueron ellos quienes los masacraron hasta dejarlos reducidos a indignantes reservas como animales en zoos. Recordar que fue Fernando de Gálvez, gobernador español de Luisiana, quien negoció en nombre de España con Thomas Jefferson la ayuda de nuestro país para apoyar la Guerra de Secesión contra Inglaterra (para que luego los franceses se pongan la medalla, como es su costumbre) y que fue determinante en las victorias militares de los sublevados, como en Pensacola. Allí se le reconoce como héroe y tiene un monumento en su recuerdo. El Senado de los EEUU le nombró en 2014 ciudadano honorario y un cuadro suyo adorna las paredes del Congreso estadounidense. Incluso la ciudad de Galveston, en Texas, lleva ese nombre en su honor. Os recomiendo buscar y leer la biografía de este hombre extraordinario. Quizá convendría que muchos, con perdón, dejasen de cogérsela con papel de fumar y reconociesen nuestros logros.

TRAS LOS PASOS DE LOS DRAGONES DE CUERA

 

Finales del siglo XVIII. En los territorios de Nueva España que pertenecen al Imperio español desde hace tres siglos, los ataques de los comanches contra la población civil crecen en intensidad y crueldad. Los dragones del rey, soldados de frontera, tratan de contener los ataques y proteger tanto a los españoles que viven allí como a la población india asentada en el territorio. Martín de Arellano, hijo de uno de esos dragones de cuera que murió tras un ataque comanche, buscará hacerse un hueco entre sus filas para honrar su memoria. A lo largo de las páginas de Comanche, Martín de Arellano, la apache Wasakie y Aolani, princesa de Alaska, nos llevan de su mano para mostrarnos la vida en aquellas tierras, las relaciones entre indios y españoles, las sangrientas y crueles correrías del jefe comanche Cuerno Verde. Pero también viajaremos a las cortes del Virrey de México y la de Madrid, con todas las intrigas entre los partidarios del conde de Aranda y los de Floridablanca bajo el reinado de Carlos III.


Jesús Maeso, con una narración brillante, nos transporta a aquella época fascinante y llena de peligros pero también vibrante y única. Descubriremos hechos olvidados pero que deberían reconocerse como grandes gestas, como la llegada de los españoles a Alaska y California. La fundación de ciudades como San Francisco, la vida en los presidios, el esfuerzo incansable de los dragones por mantener la influencia española a pesar de todas las dificultades. También habrá ocasión para el amor y la pasión aunque no sean tiempos propicios.

Es inmegable la labor de documentación del autor, tanto a nivel histórico como en cuanto a las costumbres y modo de vida de las diferentes tribus indias, sus enfrentamientos y odios y hasta el modo en que se vestían. También las relaciones entre españoles e indios, de la que es buen ejemplo la de Martín y Wasakie, criados juntos desde niños, lo que provoca que ambos entiendan mejor la posición del otro a lo largo de los años. Wasakie fue la única superviviente de su poblado cuando fue masacrado por los comanches y el padre de Martín decidió llevarla a su casa y criarla como a una hija. Fueron muchos los pueblos indios que decidieron pactar con los españoles y vivir en paz, comerciando con ellos y buscando su protección frente a comanches y apaches, mucho más violentos y despiadados.

Si he de poner un "pero" a Comanche, y lo digo con cierta reserva, es cuando la acción se traslada a Madrid, bajo el reinado de Carlos III, monarca empeñado en renovar y mejorar el reino. La época es fascinante y los cambios que se produjeron remodelaron tanto la fisonomía del país como el modo de hacer política, pero dentro de la novela es como si te sacara de situación. Una especie de ruptura algo brusca cuando más metido estás en las aventuras de los dragones  y las correrías de Cuerno Verde. Supongo que la intención del autor era definir aun más el marco histórico y las abismales diferencias entre lo que se vivía en la capital, donde se tomaban las decisiones, con respecto a Nueva España.

La recreación histórica de la época es impecable y muy visual, con descripciones que nos trasladan sin dificultad a los lugares por los que transcurre la acción, y nos va sumergiendo a lo largo de sus páginas en los paisajes americanos, en el honor y la valentía de los dragones españoles, en las sanguinarias incursiones de los comanches que apostaban por no dejar nada vivo a su paso. Conoceremos cómo funcionaban los presidios de frontera que, pese a su nombre, no eran cárceles sino fortificaciones militares españolas para el acuartelamiento de tropas y que sirvieron como baluartes de defensa y de amparo.

Aunque novelados, los hechos más importantes que se narran en Comanche sucedieron así, solo que hemos preferido olvidarlos. La presencia española en lo que ahora es Estados Unidos, alcanzando horizontes impensables teniendo en cuenta los pocos efectivos con los que se contaba y los muchos obstáculos que tuvieron que sortear, fue un hito que es necesario reconocer y admirar. Como es necesario rendir homenaje a quienes lo hicieron posible y favorecieron la negociación con los pueblos indígenas como Juan Bautista de Anza, fundador de San Francisco, que firmó con los principales pueblos indios, al mando del gran jefe Ecuerapaca, la Paz de Anza, un pacto de concordia que se mantuvo vigente más de un siglo y que jamás volvió a repetirse.

Por cosas como esta merece la pena leer Comanche pero también para disfrutar de una novela con todos los ingredientes para revivir una época apasionante. Aventuras, acción, amor e historia convierten a Comanche en una gran elección para los lectores amantes de la novela histórica en la que, además, encontramos en ella motivos para la curiosidad y para querer saber más. Y eso, creo, es todo un regalo.

"Cuenta lo que fuimos", le dice Sebastián Copons a Iñigo Balboa en la adaptación al cine de las aventuras del Capitán Alatriste. Aquí Jesús Maeso lo ha contado. Como decía más arriba, no podemos dejar de recordarlo.



 

lunes, 14 de enero de 2019

LA MELODÍA DE LA OSCURIDAD de Daniel Fopiani

El final de 2018 no ha sido, a nivel personal, ninguna bicoca. Diciembre, en su conjunto, se me ha hecho tan duro que eran muchos los días en que salir de la cama resultaba un esfuerzo titánico. Y leer, que es lo que me reconcilia con el mundo, quedaba apartado por esa especie de desidia triste que lo envolvía todo. Quería haber aprovechado las vacaciones navideñas para ponerme un poco al día y, al final, ni siquiera eso pudo ser. Pero sí me leí, en un fin de semana perezoso y de completa soledad, La melodía de la oscuridad, el libro que hoy os traigo, y que Espasa me había facilitado de forma anticipada.

Me apetecía mucho volver a Fopiani después de La carcoma, que me sorprendió gratamente por su originalidad. Y además venía recomendado por Benito Olmo y César Pérez Gellida, de quienes me fío mucho. Que el protagonista fuese invidente me llamaba poderosamente la atención, porque investigar crímenes sin el sentido de la vista me parecía una vuelta de tuerca interesante. Y así fue: me bebí la novela casi sin respirar hasta la última página y puedo adelantaros que me gustó. Solo fruncí el ceño en un par de ocasiones con fallitos de procedimiento que os contaré un poco más adelante.

"ENTRE CIEGOS, EL ÚNICO QUE NO VEÍA ERA YO" (Alejandro Lanús)


Adriano es un antiguo sargento de la Guardia Civil que sufrió en sus carnes un atentado en el cuartel de Intxaurrondo. La explosión le dejó ciego al reventarle los globos oculares, además de otras secuelas físicas que le han convertido en una sombra de sí mismo, un ser doliente, amargado y sin ilusiones ni esperanzas. Ahora vive en Cádiz con su mujer, Patricia, de la que es absolutamente dependiente para todo, una situación que los está destrozando también como pareja porque Patricia carga con más peso del que puede soportar. Además no han tenido hijos y ese es, para ella, un dolor añadido a su vida.

En el Museo Arqueológico de Cádiz, uno de los vigilantes nocturnos aparece asesinado y salvajemente mutilado y el teniente Román, al cargo de la investigación y antiguo amigo de Adriano, solicita la ayuda de este ya que años atrás trabajó en el museo. Nadie se explica cómo pudo entrar y salir del lugar sin ser visto. Adriano no puede negarse. Además algo en su interior parece iluminarse ante la posibilidad de volver a ser útil. Sin embargo para Patricia la situación le supone una angustia extra. Pronto aparece una segunda víctima, también con una sangrienta puesta en escena, en uno de los parques gaditanos más visitados. Adriano, atando cabos, se percata de que el asesino está llevando a cabo un remedo de los doce trabajos de Hércules y que, posiblemente, no ha hecho más que empezar.


Con un planteamiento como este es imposible no sentir una curiosidad irrefrenable. ¿Cómo va a ser capaz un hombre invidente de sacar conclusiones o ayudar en una investigación criminal? Y ese es uno de los méritos de la novela, haber conseguido transmitir cómo "ve" y siente una persona sin el sentido de la vista, no solo a nivel físico sino también emocional. Y cómo el teniente Román es capaz de describir de la manera más certera posible los escenarios y a las víctimas para que Adriano se haga su propia composición de lugar.  Un Román que no puede evitar sentirse culpable por no haber estado pendiente de Adriano desde que sufrió el atentado y que, ante las secuelas físicas que sufre su amigo, no sabe qué hacer ni qué decir. Sin embargo confía plenamente en la sagacidad y en la capacidad de análisis de Adriano y sabe que es su mejor aliado ante lo que se les ha venido encima.

En esta novela no es necesario averiguar quién es el asesino que va dejando un rastro de cadáveres por Cádiz. Se nos presenta casi desde el principio, narrándonos su vida desde su infancia en flashbacks intercalados en los primeros capítulos y, posteriormente, contándonos cómo vive las "resacas" de sus crímenes. Alceo, el asesino, es un psicópata lleno de demonios internos que busca la redención a través de sus actos. Un hombre con una historia personal terrible que le ha convertido en lo que es. Y, a pesar de ello, es imposible sentir por él ni la más mínima simpatía, como en otras ocasiones me ha podido suceder. Hay "malos" con los que se puede empatizar o llegar a entender, pero Alceo no provoca nada de esto, solo una frialdad absoluta, casi desprecio.

El contrapunto a tantas historias que duelen es Acho, el perro guía de Adriano, que a veces tiene hasta sus propias páginas y del que me enamoré sin remedio. En muchas ocasiones parece tener más sentido común que los humanos que le rodean y se toma su vida con una filosofía perruna muy particular.

Respecto a las cosas que me hicieron fruncir un poco el ceño, como os decía antes, se refieren al procedimiento forense y pericial. Ya conocéis mi odiosa habilidad para detectar este tipo de detalles, aunque es cierto que es un tema que conozco bien. Quizá para un lector menos avisado o que no tenga conocimiento sobre ello pueden pasar desapercibidas o que no se les de importancia. Pero estoy segura de que a quienes fascina la novela negra y suelen leerla habitualmente, aun sin tener conocimientos técnicos específicos, llamarán la atención. Es cierto que no empañan el conjunto, pero sí hacen que el engranaje de los plazos y de la práctica de las pruebas chirríe y no cuadren con la realidad, al igual que ciertas filtraciones a la prensa que jamás se producirían en un caso real de tales características. Pero, como digo, es algo puntual.

Lo que sí ha hecho Daniel Fopiani con maestría es dibujar unos personajes poderosos, diferentes. Personajes que están rotos de muchas maneras, que han perdido pedazos de sí mismos por el camino y que casi no se reconocen. Adriano, roto por fuera y por dentro, a quien la bomba terrorista despedazó físicamente pero también en su interior, hundido en su rabia por saberse dependiente, por considerarse inútil, por tener la certeza de que su mujer puede decidir en cualquier momento dejarle y eso le destroza. Sin embargo su propia amargura le hace tratarla mal, hablarle con dureza, incluso con desprecio. Patricia, rota por la onda expansiva de la bomba que, sin haber estado presente, le llegó hasta ella en forma de un marido al que ama pero que ve convertido en un tullido resentido con la vida y con su suerte. Patricia necesita vivir, necesita respirar, necesita volver a ser una mujer completa. El teniente Román, roto y recosido, con unos cuantos años ya a sus espaldas, viudo y solo, sobrepasado por unos crímenes que se salen por completo de lo que está acostumbrado y que, cuando se mira al espejo, ve algo parecido a una ruina. Alceo, el asesino, roto desde los años en que debería haber sido cuidado y amado y sólo encontró dolor, golpes y miedo y que intenta recomponerse destrozando a otros. 

Son muy gráficas también las descripciones de los crímenes y los cadáveres, con detalles que dan fe de la crueldad con que se han cometido. No son escenas agradables, pero sí necesarias para el desarrollo de la novela y para explicar lo que el asesino pretende decir con esa puesta en escena. La luz de Cádiz, tan brillante, se convierte en un contraste perfecto, iluminando con su calor el escenario más horrible, como una metáfora de que la vida, a pesar de todo, sigue su curso, indiferente a lo que sucede mientras sigue caminando.

La melodía de la oscuridad alterna la investigación de los asesinatos de Alceo con la vida personal de sus protagonistas, sobre todo Adriano y Patricia. A ella es fácil comprenderla. Cualquiera que haya pasado por el trance de tener que lidiar con le enfermedad grave de tu pareja o, en su caso, con las secuelas de un atentado, sabe bien lo que es luchar también por no mandarlo todo al carajo. Por anteponer al otro negándose a sí misma. Por no dejar que la ira y el resentimiento se apoderen de ti cuando quien depende de tu ayuda se comporta como un perfecto desagradecido. Pero también Adriano lleva lo suyo a cuestas. A la ceguera y las secuelas de la bomba se suma una soledad interior que siente como una losa, la certeza de que no sirve ya para casi nada. La suma de los dos abre capítulos que pueden llegar a ser desgarradores.

Con menos de 300 páginas, La melodía de la oscuridad resulta una lectura que te mantiene interesado y en tensión hasta el final. Que te deja el regusto de haber leído algo diferente y que está esrita con vigor. Merece la pena dejarse llevar por sus notas.


jueves, 20 de diciembre de 2018

AUTOFOBIA de Juan Ramón Biedma (RESEÑA Y ENTREVISTA)

Conocí a Juan Ramón Biedma hace unos años, en Getafe Negro. Presentaba, en aquella ocasión, su novela Tus magníficos ojos vengativos cuando todo ha pasado (que se ha retitulado para las ediciones más actuales, a mi pesar, como Londres, 1891). Por entonces no había leído nada de este autor y me fascinó el título y lo que se contaba en la charla, así que me hice con él y desde ese día me enamoré del modo de escribir de Juan Ramón. De la ambientación que es capaz de crear, llena de nieblas y frío aunque luzca un sol espléndido. Todo en la narrativa de Juan Ramón es extraordinariamente original, diferente a nada que hayamos podido leer antes. No tiene miedo a tocar temas que puedan resultar incómodos o levantar ciertas ampollas. Tampoco a dejar un regusto de pellizco en el estómago al terminar de leer algunas de sus páginas. Pero eso es lo que a sus fieles, que somos muchos, nos encanta.

Gran conocedor la de literatura gótica y de terror, Biedma es capaz de dar una vuelta de tuerca incluso a los clásicos para hacerlos más turbadores por el simple hecho de hacerlos más próximos. Es posible que tengamos el mito del vampiro ceñido a las capas negras y a los Cárpatos o, los más jóvenes, a bisoños estudiantes de instituto que pegan saltos entre los árboles. Pero qué diferente puede verse cuando nos contempla desde debajo de unos cartones, apestando a alcohol y pidiéndonos una ayuda, por favor. Seguramente no sea una moneda lo que busque.

ES IMPOSIBLE QUE ESTEMOS ESCUCHANDO UN COLUMPIO EN LA BUHARDILLA


Autofobia es una selección de relatos que Juan Ramón Biedma ha elegido de su abundante producción de este tipo de narraciones. Pocos como él son capaces de provocar un escalofrío en apenas dos líneas. Es cierto que su estilo y el modo descarnado de presentar personajes y hechos que se salen por completo de lo habitual no sean para todos los públicos. O la manera en que nos hace caminar por el filo de la navaja entre la realidad y los miedos, tan comunes para todos y, a la vez, tan ocultos detrás de nuestras miradas. Quizá por eso es difícil sustraerse una vez que caes dentro, porque reconocemos pequeños pedacitos de nuestras pesadillas.

En Autofobia vamos a conocer a un monstruo de Frankestein en plena Guerra Civil española. La noche de Reyes de un pederasta. La búsqueda que Gaspar hace de su amigo Antón en una ciudad dirigida y hasta reconstruída por la masonería con el frío del invierno mordiendo los huesos. Y conoceremos a uno de los personajes más inquietantes con los que he tenido la suerte de dar: el padre Full, un sacerdote sin fe que conoce todos los infiernos. 

Juan Ramón Biedma tiene una inquietante capacidad para hacernos mirar hacia aquellos rincones oscuros  que no queremos ver, hacia lo más roto de la sociedad, hacia las mentes enfermas que viven en mundos que nada tienen que ver con el nuestro. Nos enseña las calles abandonadas, los edificios en ruinas en los que se hacinan los que ya no tienen nada que perder, porque hasta el alma han vendido al mejor postor. Las perversiones más bajas, la locura, la aterradora indefensión de los más débiles, las palabras que no curan ni salvan porque quien las pronuncia sabe de su falsedad, los demonios que llevamos dentro listos para saltar o lo que se acercan a un confesionario en una iglesia. 

Hay una enorme calidad literaria en cada uno de los relatos. El oficio de escritor es algo que el autor parece llevar en el ADN. Y ese es solo uno de los motivos por los que podría recomendar la lectura de Autofobia o de cualquier otro libro de Biedma. El principal es que nos saca de nuestra zona de confort, nos hace salir de la experiencia habitual y conocida de leer un libro para llevarnos un paso más allá y que levantemos los ojos de la última página con la sensación de que hemos traspasado un umbral diferente. Puede que no muy confortable y que salgamos arañados, pero merece la pena. Siempre merece la pena.

La autofobia es, en realidad, el miedo a nosotros mismos, a la soledad, a ser conscientes de lo que somos en realidad. Y descubrirnos quizá no sea un ejercicio muy placentero porque todos tenemos esquinas en las que no queremos que entre la luz, en las que escondemos lo peor de nosotros mismos. Esas mismas esquinas que Juan Ramón Biedma convierte en recodos reales de calles reales habitadas por gentes capaz de lo peor. Sí, exactamente como podemos llegar a ser cualquiera si se tocan las teclas adecuadas. 

Aunque penséis que no es vuestro tipo de lectura, dadle una oportunidad. A veces es mejor bajar un poco al inframundo. Se sube, en cierto modo, renovado.

Para terminar os dejo una pequeña entrevista con Juan Ramón. Puede parecer que alguien capaz de escribir cosas como las que él escribe nos haga pensar que vamos a encontrarnos con una especie de señor oscuro sentado en un salón en tinieblas y apenas amueblado. Pero es todo lo contrario: un hombre que emana una calidez que envuelve, generoso, con un enorme sentido del humor y capaz de abrazarte solo con la mirada. 


1.      Los relatos contenidos en “Autofobia” los has ido escribiendo en los últimos años y han sido publicados en medios muy diferentes ¿Cómo surge la idea de recopilarlos en este libro?
En realidad han sido los lectores los responsables de su gestación, por eso este libro tiene ese carácter tan particular, una especie de encargo de todos. Hace mucho tiempo que me preguntaban dónde podían encontrar ciertos relatos que fueron editados en antologías hoy descatalogadas, además de la dificultad que supone buscar en muchas fuentes distintas,
De ahí que cuando Grupo Tierra Trivium me propuso el proyecto, me pusiera rápidamente manos a la obra.

2.      Tus novelas han sido catalogadas en muchos casos como inclasificables por la mezcla de géneros que suelen albergar (negra, policíaca, de ficción, sobrenatural…), algo que también podríamos afirmar de tus relatos, en los que te mueves con mucha soltura. Pero ¿prefieres uno de los géneros sobre el otro?
No puedo decir que lo prefiera pero sí es cierto que el policíaco prevalece sobre los demás aunque también debería decir que, fusionado con ellos, los articula, los refuerza y los compacta.
Aún no me tropezado con ningún tema o peripecia que no puedan ser presentados al lector bajo la forma de una novela delictiva.

3.      Conociendo la intensa planificación con la que afrontas tus novelas ¿qué es lo que te inspira a la hora de escribir un relato? ¿Algo que ves, que te llama la atención? ¿Una noticia, una imagen?

Tu pregunta me hace retroceder y analizar un proceso en el que raramente reparo y me deja un poco descolocado, hasta concluir que aunque es cierto que en ocasiones hay determinados estímulos del exterior que me turban lo suficiente como para ser susceptibles de terminar convertidos en narración, la mayoría de las veces se trata de una búsqueda de los elementos que conforman una historia cuyo origen termino olvidando en la transición.
Es necesario tener que presente que algunos de estos relatos parten del requerimiento de antólogos que ya me proponen un tema o un género; mi trabajo consiste entonces en respetar esos parámetros pero hacer saltar los límites en pedazos para que no sofoquen mi propio estilo.

4.      El padre Full es protagonista de varios de los relatos. Un sacerdote que podríamos denominar “peculiar” y que puede provocar cierto escalofrío. ¿Quién es el padre Full? ¿De dónde sale? ¿Qué le mueve?
El padre Full surge de los guiones de una serie radiofónica que se emitía de madrugada en Canal Sur hace quince años. Ya en aquella época llegamos él y yo a un buen entendimiento y de vez en cuando sigue resurgiendo entre mis páginas.
Al contrario de lo que se podría pensar, Full no tiene problemas de conciencia -ahí estriba su singularidad-. De ninguna clase. Hace ya tanto que dejó de creer en Dios que Dios ha dejado no sólo de ser un problema para él, sino hasta un componente de su ecuación. Le queda el resto de la gente y un tedio interminable, así que se dedica a ponerse y a ponernos a prueba para ver qué es lo que ocurre.

5.- En todos los relatos de “Autofobia” aparecen personajes que parecen sacados de algún infierno cercano. También calles o lugares que van más allá de lo marginal, casi propios de una pesadilla. ¿Te inspiras en la realidad o más bien optas por crearlos, por dibujarlos con palabras?
La realidad está aquí, más pujante, envolvente, chirriante, asquerosa, amenazante, adictiva y enloquecedora que cualquiera de mis personajes o escenarios, pero es que salimos poco.

6.- Una nota común en lo que escribes es tu capacidad para estremecernos con apenas dos pinceladas. Con la descripción de un sonido, tal vez. O con una sombra que no sabemos si va a moverse. ¿Está el miedo en nosotros mismos? ¿Qué es lo que a ti te da miedo?
No creo que tuviera más de seis o siete años la última vez que experimenté miedo artístico (ese terror delicioso provocado por novelas, cómics o películas). Desde entonces me paso la vida observando e intentando desentrañar los mecanismos que provocan esa clase de miedo en los demás, que, por cierto, constituye una de las emociones más fascinantes del ser humano, por su cualidad de atracción / rechazo.

7.      No temes enfrentarte a temas tan delicados como la pederastia, la prostitución, las drogas, los gustos sexuales extremos. ¿Hay algún límite a la hora de trasvasarlos al papel? ¿Te impones tú algún límite?
No sólo procuro no censurar ningún tema, por extremo, odioso o inaceptable que sea, sino que considero que cualquier escritor está obligado a manejarlos si sus tramas los conducen hasta ellos.
El problema no está en el tema sino en el tratamiento con el que lo presentemos. Encontrar ese punto en el que, sin faltar a lo que nosotros consideremos verdad, podemos  vencer las convenciones sociales y espolear al lector, sin caer en excesos ni en torpes sobreactuaciones es lo auténticamente complicado.

8.      “El sueño de la razón produce monstruos” ¿Lo ratificas o lo desmientes?
La estupidez produce aberraciones. Esto, sin duda es una gran verdad. Algunas de las más implacables. Pero la inteligencia también produce monstruos, monstruos con poderes muy refinados con una capacidad de transformación que los hace aún más peligrosos.

9.      ¿Qué autores son tu referencia, a los que te gusta volver, esos que hacen que te sientas como en casa?
Me encanta como me formulas la pregunta, porque no quieres saber cuáles son mis autores preferidos (cuestión que en cada ocasión respondo con una terna distinta).
Verás, me siento perfectamente acogido en las novelas y en la obra dramática de Enrique Jardiel Poncela, en los policíacos de Edgar Wallace y de Sax Rohmer -tan próximos al folletín, tan de otra época-, en los cuentos de Arthur Machen y de Juan García Hortelano... Todos medio olvidados, todos muertos.

10.   ¿En qué estás trabajando ahora? Hasta donde puedas contar…
Pues trabajo en diversos frentes, querida Yolanda.
Reviso una novela que está a punto de publicarse, un policíaco situado entre Sevilla y México. Escribo a cuatro manos una obra de no ficción con una estupenda compañera y preparo la documentación de mi nueva novela: una actualísima historia de fantasmas ubicada en la Sevilla del siglo pasado.





lunes, 17 de diciembre de 2018

LOS CAÍN de Enrique Llamas (RESEÑA Y ENTREVISTA)

Llegué a Los Caín por la recomendación de mi buen amigo Óscar, con el que suelo coincidir en apreciaciones en lo que a lecturas se refiere. En otras ocasiones ya he dejado caer que el mundo rural me fascina sobre todo cuando se trata de novela negra porque creo, sinceramente, que en pocos lugares como en los pueblos pueden entenderse los odios que se pierden atrás en el tiempo. Odios que pueden acabar desembocando en sucesos terribles, en crímenes que nos dejan sin aliento por su brutalidad, como hemos podido vivir en nuestro país en muchas ocasiones. Solo hay que recordar los oscuros, y aún no resueltos, asesinatos de Los Galindos o la matanza de Puerto Hurraco, por poner dos ejemplos conocidos. No solo eso: uno de mis escritores favortios de siempre es Miguel Delibes, que supo reflejar como nadie ese microcosmos que puede ser un pueblo, en el que dificilmente se olvidan las cosas que han pasado e, incluso, se anticipan las que están por llegar. El camino y Los santos inocentes son dos de mis lecturas de cabecera, a las que vuelvo de cuando en cuando. Tan diferentes y tan parecidas. Tan brutalmente sinceras. Un poco de Delibes hay en Los Caín, tanto en la ambientación como en el dibujo de los personajes y en algunas descripciones. Pero Enrique Llamas, además, ha sabido crear una novela negra diferente, inquietante, misteriosa, que hunde sus raíces en el pasado de un pueblo que parece incapaz de escapar de sí mismo.

FLORES EN LA TUMBA DE LA NIÑA ESTHER


"Dicen que Dios hizo el mundo en seis días y el séptimo descansó. Por eso, a veces, las cosas más horribles ocurren en domingo. Mientras Dios duerme."
                                                                          De la película El séptimo día, dirigida por Carlos Saura.

Héctor Cruz, un joven e inexperto maestro madrieño, es destinado como profesor a la escuela de Somino, un pueblo perdido en la meseta castellana del que jamás ha oído hablar. La oportunidad de hacerse cargo de una clase durante un curso completo es el mejor aliciente, a pesar de la lejanía. Son los últimos años del franquismo y, aunque en Madrid las cosas empiezan a modernizarse, en Somino todo sigue como siempre, anclado. Cuando llega a Somino todo le es extraño y Héctor se siente por completo fuera de lugar. Los ciervos, que abundan en los alrededores, empiezan a morir sin que haya una explicación y el joven profesor no comprende a los habitantes, que viven con rencores de los que nadie ya recuerda el motivo. El pueblo está dividido en dos: son quienes son y sienten lo que sienten por haber nacido en una parte u otra de Somino y, como marcado en el ADN, crecen con el odio a los de enfrente. Héctor irá desbrozando parte de la historia del lugar y descubrirá muertes que siguen sin explicación: el extraño accidente de una adolescente que trataba de huir; una niña ahogada veinte años atrás, a cuya tumba llevan flores vecinos de las dos partes del pueblo. La llegada del invierno y la nieve encierra todavía más a los vecinos y a Héctor, que no puede conducir a Madrid, y a quien no le queda sino la rutina y la inquietud.



Si hay una cosa que me llamó la atención de Los Caín es la sorprendente juventud de su autor, Enrique Llamas, que ha escrito una novela madura, oscura, que contiene un retrato absolutamente real del mundo rural de aquellos años. Ha sido capaz de crear una ambientación única y absorbente, que te traslada a las calles de Somino y que te hace querer saber más, indagar en los motivos que aquellas gentes tienen para hacer lo que hacen y ser como son. Eran tiempos (y eso se mantiene en la actualidad) en que en los pueblos no había las distracciones que podían encontrarse en las ciudades, de ahí que observar al vecino fuese el mejor entretenimiento.

Las gentes se rebautizan de acuerdo con la familia en la que ha nacido. El único teléfono de la localidad está en casa de las chicas de teléfonos, que siguen siendo las chicas aunque casi estén ya en edad de jubilación. Hay un general temor mezclado con odio hacia la Guardia Civil, a los que miran con recelo y como si fuesen invasores. La muerte de los ciervos está dejando sin su medio de vida a quienes conseguían dinero vendiendo su carne y eso enrarece más la atmósfera que rodea al pueblo.

Enrique ha escrito una novela fantástica, en la que es muy fácil caer dentro. Una novela que trata, sobre todo, de la maldad humana y de cómo hay personas que disfrutan siendo malas. De como en el mundo rural hay esos enfrentamientos que pueden durar años y años, ese "germen de Guerra Civil" que definió Arturo Pérez Reverte en una ocasión. De que hay cosas que suceden, incluso las más terribles, porque no hay nada más en lo que pensar. La prosa es magnífica, con descripciones tan intensas que puedes sentir el frío de la nieve caída, el temor de Héctor ante todo lo que no entiende, la soledad de las calles apenas iluminadas, las ventanas que esconden, tras sus cortinas, miradas que buscan y juzgan. Y la ambientación, como decía antes, impresionante. Nada sobra. Es sencillo hacer propios los miedos y las preguntas de Héctor. Incluso las carreteras se confabulan para convertir a Somino en un mundo aparte: es largo y complicado llegar y casi imposible abandonarlo, incluso para quienes ya se han ido.

Los Caín me ha supuesto un brillante descubrimiento, una novela que se sale por completo de los cánones de la novela negra pero que lo es por derecho propio. Muchas de sus páginas te provocan un escalofrío muy real en la espalda. Ha sido una de mis lecturas más impactantes de este año y os la recomiendo encarecidamente. Somino os está esperando y, con este inicio, querreís llegar cuanto antes:

         "Nadie supo nunca que aquella noche la tumba de Arcadio Cuervo quedó mal cerrada. Y nadie, ni siquiera sus hijas, supo que siempre habría de estarlo porque en la tarde del entierro ya anochecía, y la cerraron deprisa y a ciegas. No sirvió de nada que al día siguiente, cuando la mañana apenas clareaba, la persona encargada intentase sellarla con la tranquilidad de quien sabe que, entre los vivos, los muertos solo dejan herencias."

ENTREVISTA A ENRIQUE LLAMAS


Debo agradecer, por encima de todo, la amabilidad de Enrique que, después del encuentro que mantuvimos con él, aceptase contestarme a estas preguntas con su mejor disposición.


-        - ¿De dónde parte la idea de escribir este libro? ¿Cuál fue la primera idea que te surgió y de la que nació el germen de esta novela?

En el verano de 2010, los ciervos de la sierra de la Culebra (en Zamora) empezaron a morir de forma masiva y sospechosa. Las autoridades tardaron en ponerse manos a la obra para saber qué era lo que pasaba, y parecía importarles poco que gran parte de la población de la zona viviera del comercio de esa carne de ciervo. Al final todo desembocó en que morían por una enfermedad relacionada con las altas temperaturas de aquel verano. En lo que tardaron en averiguarlo yo ya me había construido la historia de Los Caín en la cabeza, donde buscaba otra explicación más escabrosa, que es la que aparece en la novela. Esta idea estuvo bastante tiempo en mi cabeza, hasta que empecé a escribir.

-        - Sin definir detalladamente el marco temporal, sitúas la acción en los últimos años del franquismo, en un pueblo bastante aislado, y muestras con bastante realismo la España rural de ese momento. Por tu edad, es obvio que no has vivido esa época. ¿Cómo te documentaste? ¿Contaste con testimonios reales, con historias vividas por otras personas?

Mi documentación no viene de las bibliotecas, sino de las conversaciones que mantengo con mis padres y de recoger expresiones que oigo a gente mayor. Durante el proceso de escritura fui anotando nombres de colonias, coches, tabacos ya en desuso que me podían servir para esta ambientación. Todo lo que aparece existe o existió fuera de los libros.

-    - Tu novela es un tratado sobre la maldad y el odio. Muchos de los personajes viven con esos sentimientos enquistados, son incapaces de sortearlos o superarlos. ¿Crees que en las zonas rurales este tipo de situaciones son más habituales que en las ciudades o es que, quizá, se viven de otra manera?

Esas situaciones son comunes en cualquier zona. ¿Cuál es el problema? Que en un lugar pequeño donde todo el mundo conoce a todo el mundo se nota más, hay menos espacio para ocultarse, la mentira es descubierta antes. Me interesaba por eso un lugar pequeño, una geografía que, además, conozco bien debido al entorno en el que crecí: mis cuatro abuelos son de pueblos pequeños.

-        - También en Somino, el pueblo en que se desarrolla la acción, conviven esas eternas dos Españas. Las de “conmigo o contra mí”. Las que te colocan en un lugar de nacimiento y este determina a quién has de amar u odiar toda tu vida. ¿Hasta qué punto crees que aún perdura este sentimiento?

Ese sentimiento está presente en todos los lugares, y no todo el mundo es capaz de enfrentarse y sobreponerse a ellos, de trazar su propio camino independientemente del que le ha marcado su entorno. Es un tema universal de la literatura, lo es, por ejemplo, en Romeo y Julieta.

-       - Todavía hoy, en pleno siglo XXI, hay pueblos en los que hay familias enfrentadas desde que tienen memoria. Incluso que no van a misa si la otra familia ha llegado antes a la iglesia. Este año he conocido un pueblo así, en la provincia de Soria. ¿En el mundo rural no está permitido el olvido?

En el mundo rural es más difícil ese tipo de olvido porque la tradición oral tiene una presencia mucho más potente que en las ciudades. Además hay menos entretenimientos, y en consecuencia la vida de las calles y las viejas historias cobran gran importancia. En las ciudades, para bien y para mal, nos olvidamos de eso.

-     - Hay dos tumbas en el cementerio de Somino que reflejan muy bien los secretos que el pueblo guarda: la de Arcadio, que se cerró mal tras el entierro, y la de la niña que murió años atrás ahogada en una alberca. ¿Has buscado hacer de ellas metáforas en sí mismas o son el reflejo de lo que allí se lleva viviendo desde que tienen memoria?

Las dos tumbas son metáforas. La tumba que no se cierra bien nos habla de los asuntos mal curados, que con el tiempo se pudren y huelen. La otra tumba, la que cuida todo el mundo, nos habla de la culpa, de sucesos que se podrían haber evitado y no se evitaron debido a la ignorancia, a la falta de cuidado. Todo son fantasmas.

-        - ¿Cuáles son tus influencias a la hora de escribir? ¿Qué autores o qué paisajes están en “Los Caín”?

El paisaje más reconocible es el de Miguel Delibes, que a su vez es el mío. Me impresionó mucho leer sus novelas de niño, porque comprobé en ellas que la literatura puede estar hecha con lo cercano, no sólo con lugares que no conocía. Por eso este autor está siempre presente. Está también gran parte de su generación, como son Ana María Matute o  Martín Gaite… pero en “Los Caín” se ven obligados a convivir con otras influencias más propias de mi generación: la cultura de la ficción televisiva, como puede ser “Twin Peaks”. Un cóctel extraño.

- Para terminar voy a proponerte una suerte de ejercicio acerca de imágenes, frases e ideas que me han venido a la cabeza mientras leía tu novela. Te las presento y me argumentas qué te cuentan a ti: 

               1.- Miss Marple, protagonista de muchas novelas de Agatha Christie, decía que la maldad humana era la misma en todas partes y que, viendo el comportamiento de los habitantes de un pueblo pequeño, podría saber cómo es cualquiera en cualquier parte.

No puedo estar más de acuerdo. Tenemos que partir de la base de que todos somos humanos, es decir, de la misma raza. Y que como decía Ortega “yo soy yo y mis circunstancias”. Y las circunstancias de un pueblo pequeño nos hacen mostrarnos tal y como somos… en toda nuestra bondad y en toda nuestra maldad.              

               2.- Tras el crimen de Los Galindos, que aún está por resolver, y que también sucedió en la España más rural, apareció una pintada en el muro de la finca que decía: “Aquí mataron a cinco”

La España Negra me parece fundamental a la hora de conocer la historia de nuestro país. Revela como es el ser humano, más allá de la imagen de modernidad que hemos querido transmitir desde la transición y que muchos otros países se esfuerzan por aparentar. Esa pintada en Los Galindos nos habla de una persona que la hizo porque se sentía fascinada, atraída, por ese suceso, por ese lado oscuro de las personas. Como bien dices, es un suceso nunca resuelto…

               3.- Miguel Delibes dijo: “Cuando a las gentes les faltan músculos en los brazos, les sobran en la lengua”.

Que es lo  mismo que decir “qué osada es la ignorancia”. Pero con elegancia, con la elegancia sobria que caracterizaba a don Miguel Delibes.

               4.- También de Delibes y leída en “El Camino”, una de mis novelas favoritas: “Cada individuo del pueblo preferiría morirse antes que mover un dedo en beneficio de los demás. La gente vivía aislada y sólo se preocupaba de sí misma. Y a decir verdad, el individualismo feroz del valle sólo se quebraba las tardes de los domingos, al caer el sol”.

Eso es precisamente lo que he querido retratar en la novela, algo que él ya hizo con una sencillez y una maestría digna de ser admirada. Aunque también hay gente buena, como lo era el propio Delibes. Para darse cuenta de esto sólo hay que leer lo que todos sus compañeros decían de él y, también, leerlo a él, su prosa es un acto de bondad.