jueves, 21 de mayo de 2020

EL CASO LORCA. FANTASÍA DE UN MISTERIO de Manuel Ayllón

Hay ocasiones en que los libros te llegan por cauces insospechados, como el que hoy os traigo. Ahora que ha regresado la maravillosa serie El Ministerio del Tiempo, tras la emisión del primer capítulo de esta temporada, le estaba contando a mi hija pormenores de la vida y muerte de Federico García Lorca. Y, de repente, recordé un episodio del programa de Telemadrid, El punto sobre la Historia, en el que alguien había contado qué fue de los restos del poeta y el motivo por el que nunca han sido hallados, con una teoría muy plausible. Pero no me venía a la memoría el conjunto de su intervención, así que le puse un whatsapp a David Botello (creador y presentador, junto a Lorenzo Gallardo, del programa y que siempre está dispuesto a echar una mano) y él me facilitó el capítulo, el nombre de Manuel Ayllón y hasta un podcast de la radio en el que también explicaba sus certezas. Y gracias a todo ello y a mi charla con David, llegué a este libro que, durante unos días, me ha llevado a la Granada de agosto de 1936, en pleno estallido de la Guerra Civil, una ciudad llena de miedos, venganzas, asesinatos y silencios

Manuel Ayllón, arquitecto y profesor de arquitectura en la Universidad Pontificia de Salamanca, combina la docencia con la investigación y la literatura. Ha publicado ensayos sobre diferentes épocas de la Historia de España, sobre Goya y el Greco e, incluso, sobre la masonería y, previamente a El caso Lorca, había visto la luz Granada 1936 en el que relataba la muerte del poeta y quienes fueron asesinados con él. El caso Lorca. Fantasía de un misterio, en palabras de su autor, "no es un ensayo histórico ni el fruto de una investigación documental estricta, pero sí auténtica (...); es una mera presunción novelada de algo que pudo ocurrir, algo verosímil, un ejercicio literario desde la lógica de lo razonable."

NOS HUNDIREMOS EN UN MAR DE LUTO


La muerte de Federico García Lorca es un pasaje muy negro de los muchos que jalonan la crónica de la Guerra Civil española. No sólo porque se trataba de una figura cultural de referencia, un escritor admirado, conocido y respetado, sino porque a ojos de la mayoría (incluso de los sublevados) era inofensivo y contaba con amigos tanto falangistas como republicanos. Los "motivos" de su fusilamiento en Viznar, la madrugada del 17 de agosto de 1936, están, supuestamente, en la denuncia que Ruiz Alonso, perteneciente a la CEDA, hizo sobre él, acusándole de rojo, masón, homosexual y de ser un enlace con Rusia. Pero Manuel Ayllón en este libro va un paso más allá, tras haber investigado y conocer bien la Granada de la época y el entorno de la familia del poeta.

Mezclando a lo largo de sus páginas la novela, el ensayo y algo de reportaje histórico, Ayllón elabora una teoría muy verosimil acerca de por qué tanto la familia de Federico García Lorca como quienes podrían tener algo que decir o exigir en el tema, siempre se han negado a que se busquen sus restos. De hecho, hasta en cinco ocasiones, tanto por inicitiva oficial como privada, se ha tratado de localizar la posible fosa común y jamás se ha encontrado nada. Federico fue fusilado junto con un maestro y dos banderilleros, pero a fecha de hoy sigue siendo un misterio el lugar exacto de su enterramiento.

La primera parte de El caso Lorca es la que tiene más estructura de novela, aunque va intercalando información necesaria acerca de su familia, sus amistades, la familia Rosales y algunos episodios de la vida de Federico. Aproximadamente el último tercio del libro adquiere cierta forma de ensayo para tratar de dejar un paisaje al lector mucho más diáfano. Esa primera parte, que arranca en el momento en que a Federico se lo llevan de casa de su amigo Luis Rosales, donde se había refugiado por miedo a lo que pudiese ocurrirle, va adquiriendo en cada capítulo tintes de angustia. Desde dentro de la familia García Lorca y de la familia Rosales, las horas van corriendo sin que ninguna gestión consiga sacar a Federico del Gobierno Civil, lugar al que ha sido llevado. Para el lector es una cónica de una muerte anunciada, remedando al gran Gabo, porque todos sabemos lo que ocurrió, pero es muy duro enfrentarse con la desesperación de sus padres (que la misma tarde de la detención de Federico habían enterrado al marido de la hermana del poeta, también fusilado), de su hermana, de sus mejores amigos que, a pesar de sus influencias, nada pudieron hacer para salvarle. Acabas por vivir esa inquietud de forma muy real, especialmente cuando eres consciente de que quien le denunció y sus acólitos tenían motivos que escapaban bastante de la política, aunque la usaron en su favor.


Las relaciones familiares de la familia García Lorca están en el telón de fondo de esta tragedia. En esa España (y más concretamente Andalucía y Granada) en la que las afrentas y los agravios, los asuntos de tierras, herencias y negocios pasan de una generación a otra y nada se olvida ni se perdona. Además Federico había tocado la fibra sensible, por decirlo de una forma suave, a parte de la familia de su padre, con la que las relaciones ya estaban más que tensas, al escribir La casa de Bernarda Alba, en la que algunos de sus personajes eran personas reales que se irritaron profundamente al reconocerse porque el poeta utilizó apellidos y nombres sin esconderlos. 

Los primeros días del alzamiento, con toda su represión, su sangre y sus muertes, los odios familiares, el rencor de Ruiz Alonso contra la familia Rosales, el "matonismo" de bandas de hombres armados dispuestos a llevarse por delante a cualquiera que, según su parecer, no colmulgase con sus ideas, les debiese algo o, simplemente, odiasen, el ambiente opresivo y terrible en la ciudad está muy bien narrado. Al igual que la teoría, plausible y ya esbozada por equipos de investigación de las fosas de Viznar como el encabezado por Miguel Caballero, de por qué los restos de Federico García Lorca ni han sido hallados jamás y los motivos por los que la familia se ha negado siempre, de forma tajante, siquiera a que se busquen.

El caso Lorca se agarra al estómago del lector. Especialmente cuando reconocemos los odios y las inquinas que pueden matar cuando quien las sufre se hace con armas y poder. Cuando nos damos cuenta de que hay cosas (y no hay más que vernos en la actualidad) que no cambian, que unas tierras, una afrenta personal o un modo de pensar o actuar diferente son capaces de despertar lo peor en nosotros. Una vez leí que los españoles llevamos dentro, todos, el germen de una guerra civil y que de nosotros depende que brote o no. Leer El caso Lorca estremece por poner ante nuestros ojos cómo y a qué altura brotaron esas semillas

Los peros que, en mi opinión, tiene este libro son, en primer lugar, la continua repetición de ciertas frases o calificativos para algunos protagonistas. En multitud de ocasiones se refiere al padre de Federico como "el viejo chaladí" y os aseguro que he sido incapaz de saber qué significa esa palabra. Ni en el diccionario de la RAE, ni en el de lengua caló aparece. Ni siquiera amigos andaluces lo conocen, así que cualquier sugerencia sería una gran ayuda. También es complejo seguir el árbol genealógico de Federico García Lorca, porque la profusión de nombres, parentescos y cómo se relacionaban entre ellos a veces resulta abrumadora, al igual que la relación de mandos militares, políticos y facciosos de la Granada del momento. No estaría de más un "dramatis personae" al principio o al final que nos ayudase a clarificarlo todo. 

Obviamente no es una novela al uso, pero tampoco un ensayo tal y como lo entendemos. Pero sí es una lectura más que recomendable para conocer un periodo de tiempo que no ha de olvidarse para no repetirse. A Federico no vamos a olvidarle, su obra y su voz estarán siempre en nuestra memoria.




jueves, 14 de mayo de 2020

SUPERSTICIÓN Y FE EN ESPAÑA de María Ángeles Arazo

Se me está haciendo muy cuesta arriba conseguir concentración en el momento actual. Siempre me he fabricado, incluso en mis años más oscuros, esa burbuja propia que me aislaba del mundo y en la que podia leer sin parar. Me perdía sin dificultad en las historias y las horas se me iban una tras otra. Pero desde que estamos confinados, es como si todo me funcionase al ralentí. Duermo mal, tengo sueño todo el día, se me han trastocado los horarios y miro la tele sin ver, sólo por el ruido que hace. El bloqueo es monumental: ni leo, ni escribo, ni fantaseo. Un horror. Al hilo de esto puse un post en Facebook y un amigo me recomendó releer, volver a los espacios conocidos, a lecturas que me gustaron o emocionaron. Y lo cierto es que, sin llegar a haber recuperado mi voracidad lectora, al menos he conseguido zambullirme y disfrutar.

Superstición y fe en España fue un regalo de mi tía la mayor, que estaba convencida (y con razón) de que me iba a gustar. Me contó que lo había comprado años atrás en la Cuesta de Moyano y ya me llegó ajadito pero cuidado y con su carga de tiempo encima. Me enamoré de este libro casi desde su primera página, quizá por lo mucho que me gusta y me fascina el mundo rural, las costumbres, la raigambre de tradiciones que perduran. Algunas de las que encontramos aquí se mantienen desde la Edad Media, manteniendo su esencia. Pero lo que más me agarró fuerte el corazón fue descubrir una España que ya no existe, que empezaba a salir de una dictadura para respirar aire libre. Una España posiblemente más inocente pero también mas gris, en la que la televisión era un lujo o algo muy lejano, la pobreza campaba a sus anchas en los pueblos, las calles no conocían el asfalto y muchos vecinos ni siquiera sabían leer ni escribir, aunque encontraban alegría en las pequeñas cosas, en sus certezas.

GEOGRAFÍA HUMANA DE FE Y TRADICIÓN


Superstición y fe en España se publicó en 1978, pero las experiencias recogidas en él por su autora, María Ángeles Arazo, lo están, en su mayor parte, en el año 1975. Ese año bisagra en el que todo empezó a cambiar. Es un ensayo cargado de emotividad que acaba dejando un poso de compasión admirativa por lo que aquellas gentes vivieron, vivían y llevaban a sus espaldas. Arazo se pasea por toda la geografía española buscando ceremoniales religiosos peculiares o llamativos, muchos entroncados en rituales mágicos que se pierden siglos atrás. Hoy día persisten, aunque algunos se ven como auténticos anacronismos y se llenan de curiosos que sólo buscan la fotografía, el detalle morboso. Únicamente quienes viven con ellos, también viven para ellos, incluso en estos tiempos de tecnología y pragmatismo. Otros siguen siendo manifestaciones intensas de fe y creencias comunes.

Pero este libro no es solo una exposición de estos ceremoniales, es un auténtico desfile de seres humanos del año 1975, con su manera de pensar, sus historias (muchas de ellas duras y terribles), sus pérdidas, sus creencias, su fe limpia a pesar de las calamidades. Un catálogo de vivencias y de costumbres envueltas en el modo de pensar de la época que, al leerla, parece tan lejana como Marte, pero que para muchos puede acoger recuerdos de la infancia, de los pueblos de los padres o los abuelos. Esos pueblos en los que sus habitantes se endomingaban para las fiestas o para la misa, que veían ya entonces cómo los jóvenes se marchaban por falta de oportunidades, en los que el campo, la pesca o la vendimia marcaban la economía y el calendario. Una España en la que aún los jornaleros llamaban "amo" al terrateniente y que tenía mucho de aquella que tan maravillosamente reflejó Miguel Delibes en Los santos inocentes.


A través de los ojos y de las conversaciones que la autora mantiene con los habitantes de los lugares elegidos, se va formando ante nuestros ojos una radiografía que muchas veces nos araña el alma, pero que resulta acogedora sin remedio. Son diálogos intensos, en muchas ocasiones llenos de las muertes que rodearon al protagonista, de sus miserias, de sus viviendas sin luz con una olla que calienta un guiso sobre el fuego de la chimenea. Y luego describe cada una de las fiestas y ceremonias poniéndolos en ellas, como un contraste de alegría efímera que compense meses y meses de trabajo y precariedad. Arazo bucea en quienes mejor conocen cada tradición y cada rito, se documenta y lo trae ante nuestros ojos, pero no juzga, no se posiciona, ni siquiera ante las mezclas más intensas de religión y paganismo.

Sentiremos el frío mordiente del 2 de febrero en Almonacid del Marquesado, en Cuenca, para asistir al rito de Los Diablos que se mezcla con la procesión de la Candelaria y la veneración a San Blas. Acompañaremos el penoso caminar de los "picaos", los Disciplinantes de San Vicente de la Sonsierra, en La Rioja, que se azotan hasta sangrar para expiar los pecados el jueves y viernes santo. Se nos encogerá el alma con el ceremonial de "las caixas" en Puebla de Caramiñal, la procesión de ataúdes tras la que caminan los "ofrecidos" con sus familias, aquellos que estuvieron a punto de morir y se salvaron encomendándose al Nazareno. La festiva procesión marinera de la virgen negra de Guadalupe en Rianxo con el recuerdo de aquellos que el mar se llevó. La impresionante peregrinación de Les Useres, en Castellón, el último viernes de abril, cuyas raíces nacen en el siglo XIV, en la que trece peregrinos caminan a pie 35 kilómetros hasta San Juan de Peñagolosa, en completo silencio, para pedir por la salud, la paz y la lluvia. Los exorcismos de San Campio, en septiembre, para curar a los "ameigados" y La Balma, para expulsar al diablo de "les malignes". El riesgo de los danzantes de Anguiano, que se lanzan sobre sus zancos y girando sobre sí mismos por las calles empinadas como homenaje a la Magdalena. 


María Ángeles Arazo, con una larguísima trayectoria como periodista y abundantes títulos sobre extraordinarias semblanzas humanas, consigue en este libro que, a pesar de los años transcurridos, nos sintamos muy cerca de aquellas gentes que hoy son sólo un recuerdo. Los ritos y las tradiciones se mantienen y siguen muy vigentes, pero ellos pasaron. Y, sin embargo, sus palabras y sus vidas dan un barniz especial cuando hablan sobre sus creencias, llenas de piedad, tristeza y gozo, de recuerdos, de nacimientos y muerte. 


Superstición y fe en España es un libro que nos muestra otra visión de nuestro país, que tanto ha cambiado pero que mantiene sus tradiciones con fuerza. Una auténtica curiosidad, interesante, ameno, capaz de tocarnos el corazón y de crearnos interés por conocer más acerca de lo que cuenta. Es un viaje en el tiempo a un pasado no tan lejano pero que, en muchas cosas, hemos superado. En otras nos vamos a reconocer o nos servirán para recordar parte de nuestra propia historia. Me ha alegrado inmensamente volver a este libro, es de los que llenan y se quedan contigo.

lunes, 24 de febrero de 2020

ELLAS de Esteban González Pons

Cuando me llegó la noticia de la publicación de este libro, me sorprendió muchísimo ver a un político en la posición de narrador de algo que no fuesen sus memorias, un manual de política comunitaria (al ser Esteban González Pons miembro del Parlamento Europeo) o alguna suerte de ensayo sobre estrategias electorales. Pero no, se trataba de una novela que, en su resumen de presentación tenía una frase que me llamó profundamente la atención: "una historia de amor sobre las segundas oportunidades en la que se sentirán representados quienes nacieron en la España de los 60 y los 70". Quienes me conocéis, sabéis bien cómo huyo de cualquier novela de las llamadas "de amor". Y eso incluye películas también. Jamás he visto Pretty woman ni Titanic, pero disfruto a lo grande con Depredador. Es solo por poner un ejemplo gráfico. Pero yo nací cuando ya morían los 60 y, además, la editorial nos iba a facilitar un encuentro con el autor, así que me puse con ella con la mejor disposición.

Mi sorpresa fue aumentando: no solo estaba muy bien escrita, con unos recursos narrativos de alta calidad y un desarrollo original, sino que, realmente, no era una historia de amor al uso. Encerraba muchas sorpresas y acabé bebiéndome, literalmente, los capítulos para saber hacia dónde nos quería llevar el autor. Obviamente, no voy a destripar ni la trama ni el final, eso es mejor que lo descubráis vosotros. Y creedme, es mucho más de lo que parece

FOTOGRAFÍAS, RECUERDOS, VIDA


Jaime Monzón nunca ha destacado por nada en especial. Es un funcionario de vida gris, trabajo gris, aspecto gris y con un matrimonio finiquitado de bastante mala manera a sus espaldas. Sus dos hijos ya son mayores y no le necesitan, su ex mujer se volvió a casar con un tipo al que llaman el Genio y ha tenido otro bebé. No hay nada en la existencia de Jaime que le impulse a querer seguir viviendo, así que toma la decisión de suicidarse. Pero, antes de hacerlo, se atreve a escribir a la que fue su amor de verano, aquella niña rubia de trece años que le robó el corazón y a la que, de un modo u otro, jamás a podido olvidar a pesar de que nunca volviese a verla. 

En lo que Jaime escribe a Marina, a Eme, como él la llama, hay mucho de nostalgia por el tiempo perdido y por aquellos veranos de la infancia. Pero también hay toques de humor y hasta de ternura. La muerte de Jaime va a provocar un pequeño cataclismo en sus hijos, de quienes está muy distanciado: Luisa, a la que todos llaman Pelarañas (mote que le puso su padre), y Pablo, que vive con su novia Mariola y que están en plena fase de ebullición amorosa. El telón de fondo lo pone Valencia, esa ciudad luminosa que lo tuvo todo y que ahora parece diluirse.

Ellas habla de amor pero no solo del amor romántico. Hay muchos tipos de amor en ella. El amor a los recuerdos, a lo que pudimos ser, a los hijos, a los amigos... incluso a los lugares. Jaime, que es un hombre culto y con una sensibilidad especial, ha acabado por refugiarse en sí mismo y eso le ha convertido en un ser extremadamente común, con poco protagonismo incluso en su propia vida. Pero el amor, ese que le cambió y le marcó cuando apenas salía de la infancia, es lo que le hace diferente porque, recordándolo,  se siente y se sabe excepcional. Eme siempre estuvo ahí, dentro de él, como un ancla que le sujeta a los momentos más bonitos de su vida,.

Me han gustado especialmente las páginas en las que Jaime recuerda sus veranos en Frontera de Aragón, en un complejo de apartamentos en los que pasaba los tres meses de vacaciones. Ha sido sencillo recordar mis propios veranos, porque Esteban convierte la memoria en una película en la que cualquiera podría verse deflejado. Quizá sus colores están algo desvaídos por el paso del tiempo, pero lo que nos hace sentir llega con una potencia inesperada. Aquellos meses que se nos hacían eternos, en los que cabía una vida entera. Los días largos y calurosos, que no acababan nunca. Los amigos, los rincones propios, el primer amor.

El resto de personajes que acompañan en recorrido vital de Jaime son todo un hallazgo. Están muy bien perfilados, llenos de matices. La ex mujer de Jaime, que parece haberle borrado hasta de sus recuerdos y ni siquiera es capaz de un mínimo de empatía ante su pérdida. Pablo, el hijo mayor, tan distante de su padre por muchos motivos (casi todos suyos e intransferibles) pero que se rompe en lágrimas al perderle. Pero es Luisa, Pelarañas, la hija pequeña, la que se nos mete en el bolsillo por completo. Deslenguada, malhablada y hasta faltona, con un modo de vestir "peculiar", es la única que siente de corazón lo sucedido con Jaime, la única que nota que le han arrancado un trozo de sí misma. La única que parece ser capaz de recordar con cariño a su padre. La que es capaz, en su desgarro, de plantarse ante la Virgen de los Desamparados, la Mare de Deu, para rezar por él, aunque la religión y ella no vayan precisamente de la mano.

He estado leyendo aquí y allá algunas críticas sobre Ellas en las que califican la novela poco menos que de erótica por ciertas escenas en las que el sexo se hace presente. Pero ¿qué es el amor sin sexo? Además se trata de un amor maduro, con más de media vida ya detrás, del descubrimiento de lo que puede sentirse cuando ya creías que ese renacer te estaba vedado. Es cierto que Esteban González Pons habla de él con libertad y valentía, sin perderse en escenas azucaradas pero tampoco cayendo en la procacidad o el mal gusto. Quedarse solo con estas escenas, dentro de una novela en la que hay tanto por descubrir, es hacer una lectura muy sesgada. 

Hay tiempo también en Ellas para la crítica, como cuando se abordan los episodios de lo sucedido en el metro de Valencia y el despilfarro y la locura que trajo la visita del Papa a la ciudad. Es de agradecer que Esteban se meta en esos charcos, por decirlo de alguna manera.

Escrita con calma, con un ritmo que permite una lectura tranquila, disfrutando de los matices y hasta de los colores, los olores y la luz, Ellas tiene muchos ingredientes para hacer disfrutar al lector. Nada es lo que te esperas a priori y, para los que ya tenemos una edad, encontramos en ella la oportunidad de reconocernos y mirar hacia dentro. Recordar lo que fuimos y ver en lo que nos hemos convertido. Y sonreir, quizá, al volver a vernos tostados por el sol, con el sol cayendo por el horizonte y con los ojos clavados en quien te robó el corazón aunque solo fuese durante un verano.

Me quedo, para finalizar, con una reflexión que Esteban nos hizo el día de nuestro encuentro: "Historias de amor todos tenemos unas cuantas, pero amores verdaderos seguramente no. El amor verdadero es excepcional. Y, al final, es lo que justifica la vida de cada uno porque consigue que nos sintamos inmortales. Es lo más grande que nos pasa en la vida". Dicho queda.




martes, 18 de febrero de 2020

LA CHICA A LA QUE NO SUPISTE AMAR de Marta Robles

En los últimos tiempos suelo huir de las sagas y de las series de libros con el mismo protagonista, pero no porque no me gusten, sino porque tengo que elegir. Y ante un tiempo limitado, me suelo decantar por novelas autoconclusivas, más que nada por economía de emociones: me evito estar expectante hasta la salida del siguiente. Que no es que sea nada malo, desde luego, es solo que prefiero quedarme con el presente porque nunca se sabe dónde la vida te va a hacer torcer una esquina que no esperabas. No, no voy a ponerme trascendente. Y sí, en este post reseño la tercera parte de una serie, la del detective Tony Roures, porque me gusta el personaje, por su autora y por su argumento, así que ya veis la firmeza de algunas de mis convicciones. 

La chica a la que no supiste amar, como os decía, es la tercera entrega de las "aventuras y desventuras" (si se me permite la licencia) de Tony Roures, un personaje que ha ido creciendo, y de qué manera, en las sucesivas novelas de Marta Robles y que ya cuenta con la solidez suficiente para marcar terreno. Esta vez se verá metido hasta el cuello en un asunto oscuro y cruel, el de la trata de mujeres, en el que se ve implicado por ayudar a un amigo. Un asunto que nos lleva a descubrir las facetas más sórdidas de la prostitución, un lucrativo "negocio" para algunos que, además, tiene largas ramificaciones y muchas voluntades compradas. 

"TODA BENDICIÓN NO ACEPTADA SE TRANSFORMA EN MALDICIÓN" (PAULO COELHO)

 
En plena madrugada e inesperadamente, Tony Roures recibe la alterada visita de su antiguo amigo Alberto Llorens. Hecho un manojo de nervios, le confiesa a Roures que su matrimonio (en apariencia feliz y cómplice) hace tiempo que naufragó y que, por ese motivo, comenzó a visitar un famoso club de alterne de Castellón. Allí comenzó a tratar con Blessing, una nigeriana prostituida, joven y hermosa, que , según cuenta, le hizo recuperar la ilusión. Pero a Blessing le detectaron un cáncer de mama y un médico "colaborador" de los proxenetas que manejan el club le hizo una auténtica carnicería, amputándole los dos pechos y dejándole dos enormes y feas cicatrices. Eso convirtió a la chica en "mercancía defectuosa" a ojos de sus explotadores. Llorens confiesa a Roures que quiso ir a sacarla del club, pero que ella había desaparecido y, al poco, se enteró de la noticia del hallazgo del cadáver de una chica negra. Llorens tiene la certeza de que es Blessing y más aún cuando ha comenzado a recibir amenazas muy directas de ciertos tipos negros, amenazas con elementos de vudú en las que también incluyen a su mujer, porque, al parecer, le culpan de su muerte.

Roures, movido por lealtad a su amigo, se traslada a Castellón para empezar a investigar lo sucedido y qué esta pasando en la vida de Llorens. Pero se va a dar de bruces con un asunto tenebroso y de una crueldad casi inconcebible en el que las mujeres nigerianas captadas y sometidas por las redes de prostitución son el escalón más cercano al infierno de todos los que pueden descenderse. 

Son especialmente desgarradores los capítulos en los que "escuchamos" la historia de Blessing, desde su dura infancia hasta ser vendida por su propia madre. El horror de su viaje y lo que se encuentra al llegar, la deuda contraída que no para de crecer porque se le cobran hasta los tampones que usa. El terror al vudú que se le ha practicado para tenerla sometida, un terror que nuestras mentes del primer mundo desprecian pero que para ella y tantos miles de personas es una realidad muy peligrosa y, si llega el caso, mortal. Su tristísima soledad en esa habitación en la que le han enclaustrado tras la operación, llena de dolores, sin entender nada, sin una mano amiga. Y, a pesar de ello, siente los recuerdos de su niñez como felices, a pesar de los golpes. Esos recuerdos son su único refugio.

Tony Roures, como personaje, ha crecido en las tres entregas de la serie y en La chica a la que no supiste amar es más sólido, más "real" (si se me permite la licencia). Ya conocemos su historia, buena parte de su pasado y en esta novela parece haber alcanzado un cierto equilibrio personal, gracias a una actividad profesional más estable y a su relación con Carlota, la juez. Sus autorreflexiones acerca del amor, sobre saber amar y cómo y, sobre todo, respecto a la realidad de la trata de mujeres en España, con todas sus cifras terribles, son de las mejores páginas de la novela por el modo en que son capaces de llegar al lector. Golpean duro.

La pareja formada por Roures y Carlota nos brinda pasajes intensos y de gran complicidad. Marta Robles ha creado dos personajes  que se complementan a la perfección y que, además, enganchan al lector: él seduce a las mujeres y cae bien a los hombres y ella cae bien a las mujeres y seduce a los hombres. No necesariamente en ese orden, pero sus personalidades y el modo en que encajan y se comportan, en que nos hacen formar parte de su intimidad, les convierten en cercanos y nos convierten en privilegiados testigos. Sin embargo Roures siente que hay cosas de Carlota que no sabe, que se le escapan. Como esa canción que recordamos perfectamente la melodía pero la letra se resiste a venir a la memoria.

Siempre se ha dicho que una novela negra, para serlo, debe contar con una profunda denuncia social. Y, en este caso, la norma se cumple hasta las últimas consecuencias, porque pocos temas hay tan sangrantes como la trata de mujeres, su explotación sexual, la existencia de burdeles que se exhiben sin pudor, las redes de captación que convierten a las mujeres en esclavas, la compra-venta de carne humana. Los proxenetas que se mueven a sus anchas a pesar de que el proxenetismo está penado por el Código Penal, sus relaciones que llegan a los más altos niveles y que les ayudan a seguir prosperando en un negocio basado en el sufrimiento, la violencia e, incluso, la muerte. Y los puteros, que son quienes realmente mantienen y hacen crecer este espanto, que cada vez son más jóvenes y más crueles y que suelen esconder su faceta más sucia y oscura detrás de fachadas más o menos intachables. Una ambigüedad moral que da hasta miedo.

Pero en La chica a la que no supiste amar vamos a encontrar también otras subtramas inesperadas que abren frentes delicados para Roures y que colaboran a darle más profundidad como personaje. Personalmente, creo que en esta novela, la mejor de la serie en mi opinión, la manera de narrar de Marta fluye con fuerza, no hay esquinas ni recodos que interrumpan una corriente que nos lleva casi sin respirar hasta su última página. Sin forzar, con los giros más sorprendentes dosificados y colocados en los lugares correctos.

Basándose en el relato real de mujeres prostituidas nigerianas, Marta Robles nos lleva allí donde ellas acaban siendo arrastradas. Un pozo negro, lleno de dolor y humillaciones del que nunca van a salir. Nunca van a ver la luz. Ellas solo quieren lo que todos queremos: que nos quieran, tener una vida tranquila, ser felices, pero acaban en un universo paralelo y atroz al que, quizá por costumbre o porque ya nos afectan pocas cosas, no prestamos ninguna atención aunque pasemos por delante de muchos de esos "bares de lucecitas" que jalonan nuestras carreteras y que encierran tanta miseria moral. 

Se nota que La chica a la que no supiste amar ha sido escrita desde las tripas, desde el convencimiento y desde la verdad. Desde su inicio, con una escena durísima, nos hace reflexionar y estremecernos, al tiempo que nos mantiene en una constante intriga que no deja de retorcerse. Y nos veremos reflejados, seguramente, en el modo en que el amor nos nubla la vista o la amistad nos hace dejar de lado las señales de que algo va mal. Ojalá esta novela sirva para remover conciencias además de para disfrutar de una estupenda trama que esconde muchas sorpresas. Descubridla.












lunes, 10 de febrero de 2020

LOS AÑOS IMPARES de María Sirvent

A estas alturas decir que mis géneros favoritos, en lo que a lecturas se refiere, son la novela negra y la histórica es señalar lo obvio. Pero nunca he estado cerrada a leer lo que cayese en mis manos, algo que llevo haciendo desde una edad muy temprana porque era mi forma de escapar de una realidad muy poco acogedora. Adoro a Cortázar, por ejemplo, y me gusta retomar los clásicos de cuando en cuando (de hecho estoy calibrando la posibilidad de darles hueco en este blog). Los cuentos, los relatos cortos, el teatro y hasta el ensayo: no suelo apartar un libro sin más. Que después los acabe o no, ya es otra cosa. Tampoco me gusta fiarme mucho de las contraportadas de los libros, porque últimamente me he llevado más de una sorpresa desagradable, pero en el caso de Los años impares la leí volviendo en el tren a casa y me quedé enganchada al fragmento que allí se reproducía. 

"Mi madre es ese tipo de mujer a la que siempre le sobra día.", comenzaba el párrafo. Y ahí me quedé, queriendo saber más. Al ser una novela corta, apenas me llevó un par de días terminarla y os confieso que, sin ser una lectura fácil (sin el sentido peyorativo del término), sin ser lineal, hablando muchas veces a base de sentimientos y no en palabras o diálogos, la novela de María Sirvent me descolocó para volver a colocarme al llegar a su final. Y me ha gustado mucho, es el mejor resumen que puedo hacer. Por diferente, por arriesgada y por contar una historia llena de historias aparentemente sencillas, pero que esconden muchas esquinas a las que no llega luz.

"TODO MUY BIEN. HACE FRESCO. ME ABURRE VIVIR."


Los años impares, en su brevedad, es una historia muy coral, en la que varios personajes se mueven en sus páginas y a lo largo de sus vidas. De algunos conoceremos más detalles que de otros, pero el conjunto es el que arma una estructura peculiar, de giros en el tiempo, hacia adelante y hacia atrás. De vez en cuando María Sirvent nos deja una pieza, un detalle, algo que al principio nos sorprende y nos deja en un "¿cómo?" que apenas dura unos segundos, porque la pieza cae, silenciosamente, y se coloca justo donde debía estar. Formando la imagen adecuada.

La novela tiene un solo narrador, en tercera persona, aunque haya fragmentos de diarios que, evidentemente, van en primera, pero son varios los personajes por lo que va pasando y a quienes iremos conociendo a poquitos. Y no ya tanto por lo que el narrador cuente de ellos, sino porque sus pensamientos están ahí de forma constante. Sus soliloquios, sus miedos, sus derrotas y sus triunfos. Por eso es complicado hacer un resumen de su contenido. En realidad, creo, Los años impares es la historia de una familia de Argamasilla de Alba a la que su pueblo le aprieta y se le queda pequeño, que intentan salir de él y, cuando lo consiguen, un cordón umbilical invisible los mantiene atados a su casa y a sus calles. Es la historia de Manolo, que bien joven se dejó convencer por su primo para ir a trabajar de camarero a Mallorca, en un momento en que el "boom" turístico empezaba a despuntar. Y allí sigue, anclado al mismo bar, regresando al pueblo de vacaciones, con una vida gris y predecible en la que su mayor logro es no haber perdido jamás el abrebotellas que le entregaron el primer día de trabajo.

Es la historia de Nieves, que quiso ser cantante desde pequeña y muestra una rebeldía feroz ante su madre y ante el mundo, dentro del pueblo que parece estar cerrado por paredes de cristal que no le permiten avanzar. Vive soñando en lo que podría convertirse pero, sobre todo, soñando con triunfar, con ser querida, aplaudida, llevada en volandas por las masas. La de Jose Antonio, que acaba de empezar a trabajar en mismo bar que Manolo, que ya está en horas bajas, y al que todo le viene grande y le supera. José Antonio tuvo cierta fama tiempo atrás al ganar un concurso de talentos musicales en la tele y ahora ya no es nadie. Howard, el amigo de juventud de Manolo en Mallorca, que viajó en vacaciones para acompañarle a visitar el pueblo y ya no salió de él. Adela, la hermana de Manolo, abandonada por su marido y que realmente no sabe qué es vivir. Y Paca, la abuela Paca, perdida ahora en el páramo de su mente, en el que siempre sopla viento y le emborrona los recuerdos.

Todos ansían romper las barreras que el pueblo les pone. El pueblo les limita y se les queda pequeño. Pero incluso así, la autora tiene momentos de feliz sentido del humor y de ironía como ese diario que Paca llevó durante años y que es un prodigio de lógica en su brevedad. Los años impares es una novela sobre la necesidad de buscar un futuro mejor, sobre la relatividad del éxito y del fracaso y sobre hasta qué punto queremos y podemos "vendernos" por conseguir destacar. Es también una imagen certera de la mujer rural, con todo lo que eso conlleva; del turismo y de cómo ha cambiado; de cómo no siempre podemos hacer lo que queremos ni destacar.

El modo de escribir de María Sirvent es distinto, a veces requiere que nos centremos y escuchemos por debajo de las líneas. Personalmente he de decir que me ha gustado mucho y que he disfrutado con ese microcosmos de personajes que parecen moverse ante tus ojos como si los mirases a través de un mocroscopio. Quizá al principio el modo de narrar parezca errático, pero una vez dentro todo va tomando forma y adquiriendo sentido, porque sus protagonistas son reales, de carne y hueso, ante los que tomamos partido de un modo u otro.

Es también un libro sobre la soledad, porque cada personaje lleva la suya a la espalda de modos muy diferentes. Quizá, de todas, me quedo con la de Manolo y su bocadillo de jamón y la de José Antonio comprobando que, después de muchas horas, no tiene ni una llamada perdida ni un mensaje pendiente.

Todos tenemos nuestros años impares. Merece la pena leer la novela de María Sirvent, creedme.

 

martes, 21 de enero de 2020

RÓMPETE CORAZÓN de Cristina López Barrio

Es verdad que muchas veces una portada o un título nos pueden decir bastante de lo que nos vamos a encontrar dentro de un libro. En ocasiones son tan evocadoras que sentimos la necesidad imperiosa de descubrir lo que esconde en sus páginas; otras veces echan para atrás sin remedio aunque el contenido sea fantástico y de, cuando en cuando, las hay que no tienen nada que ver con lo que vamos a leer. Cuando tuve en mis manos Rómpete corazón, de Cristina López Barrio, no supe muy bien a qué tipo de lectura me enfrentaba y, como tampoco me gusta leerme los resúmenes de la contraportada (anda que no me han estropeado lecturas o me han contado cosas que no tenían nada que ver con el argumento), llegué a la novela con curiosidad, aunque con la idea de una trama tirando a romántica y, quizá, con un toque de saga familiar.

Ahora puedo decir que el toque de saga familiar está, aunque diluido en un mar mucho más profundo de lo que a priori podía imaginar. Que no es romántica, aunque haya historias de amor en ella, porque es un amor que se maquilla para esconder otras cosas. Pero sí es profundamente original en su planteamiento y en manera de narrar y te acabas dejando llevar por un entramado de situaciones y sentimientos que te atan fuerte a la historia. 

LUCES QUE SE APAGAN


Cuando comencé a leer Rompete corazón me sorprendió la estructura. Hasta seis voces narradoras, cada una en primera persona, y continuos saltos adelante y atrás en el tiempo. Y me alegré, la verdad, por la originalidad y porque aunque pueda parecer una lectura complicada no lo es. Te va trazando círculos concentricos alrededor de dos hechos paralelos, ambos terribles. Como pájaros volando en círculo sobre una presa, esperando el momento propicio para que todo acabe. 

A la casa familiar del monte Abantos, cerca de El Escorial, ha regresado a vivir Blanca con su nuevo marido y sus hijas (de su primer matrimonio) Aurora y Clara. No es una decisión que le llene de alegría ya que de esa casa desapareció, doce años atrás, otra de sus hijas, Alba de quien nunca se volvió a tener noticias. Jamás hubo pistas ni se encontró rastro alguno, excepto una cinta roja en la valla de la casa: simplemente se esfumó. Un tarde, en plena hora de la siesta, la historia se repite y Clara, la pequeña de las dos hermanas que viven ahora en la casa, desaparece también. Y también vuelve a haber una cinta roja en la valla. Por si eso no fuese suficiente, el policía que se encarga del caso es el mismo que llevó el de la primera niña desaparecida. Todo parece regresar, como si la historia se doblase sobre sí misma para coincidir en un punto de partida. 

Tal como os decía antes, vamos a escuchar seis voces diferentes que nos van a ir contando el pasado y el presente: las de Aurora, Blanca, Arturo, Roger, Ricardo y Estela. Aurora es la hija mayor de Blanca, gemela de Alba (la primera niña desaparecida), una adolescente apasionada de las imágenes que obtiene a través de su cámara de vídeo y que no lleva nada bien haber tenido que mudarse a la casa del monte Abantos. Se siente sola, desarraigada y, además, carga con una escayola en su pierna por una lesión que no termina de curar.  Blanca, la madre, una mujer hermosa y lejana, que ha decidido abandonar su profesión para estar junto a su nuevo esposo y apoyarle en sus proyectos. Arturo, el escritor con el síndrome de la página en blanco, que ha alquilado una habitación en la casa de Blanca y que observa todo con interés creciente. Roger, el policía ya casi jubilado, que vuelve a encontrarse con los fantasmas de un caso que no pudo resolver y le quitó el sueño. Ricardo, el reciente marido de Blanca, pendiente de todo y de todos. Y Estela, la vecina de la finca de al lado, una anciana extraña, que fue gran amiga de la madre de Blanca y que es también casi parte de la familia.


Son seis narradores y también seis visiones diferentes de lo que sucede y sucedió. Pero cada uno va aportando piezas a un caleidoscopio que parece al principio no tener una forma definida y que va adquiriendo perfiles cada vez más inquietantes. Porque Rómpete corazón es fundamentalmente eso, en mi opinión: inquietud creciente. Una inquietud que a veces se torna en algo mucho más visceral, cuando de la narración de los protagonistas vayamos obteniendo datos que desconocíamos al principio y que van recolocando y definiendo la imagen real del pasado y del presente. Cristina López Barrio ha sido valiente eligiendo ese modo de presentar su novela y creo que es un acierto para enganchar al lector y meterle por completo en la historia.

Muy conseguido también el ambiente de la casa, de la finca y de los alrededores, envuelto todo en un halo extraño y opresivo en el que los recuerdos parecen caminar con la misma soltura que los habitantes. De hecho tenía la sensación, mientras leía, que cuando alguno de los protagonistas dejaba la casa para ir a Madrid o a El Escorial salían de una burbuja, de una realidad paralela. La casa, con su torreón, su finca de naturaleza desatada y sus silencios, siempre está en el centro de esa burbuja.  Pero también lo está Blanca, un personaje con el que no he conseguido empatizar ni un momento. Hermosa y fascinante, sí, pero no termina de quedar claro si es a su pesar o si lo tiene muy claro y lo explota. Un madre que se muestra excesivamente fría y como desapegada tras la desaparición de su segunda hija, pero que se agarra con una enfermiza dependencia a su actual marido. 

De cada uno de los personajes vamos a ir conociendo su vida, sus certezas y sus miedos desde dentro de ellos mismos. El bloqueo creador de Arturo y su visión de la familia, al principio periférica y más tarde mucho más personal. Los demonios que acosan a Roger, el policía, y lo que esconde entre los muros de su piso. Estela y su historia común con la madre de Blanca, además de depositaria de un cuento de hadas que parece tener relación con todo pero que acabará siendo el lienzo de una locura. Aurora, sus miedos, su rebeldía y su pierna escayolada, como una metáfora de su propia vida que no la deja avanzar y la tiene anclada en un presente que detesta. El amor casi desesperado de Ricardo por Blanca. 

Rómpete corazón me ha supuesto una muy agradable sorpresa y me ha mantenido pegada a sus páginas hasta el final, hasta que el caleidoscopio ha dejado de girar y se ha colocado la última pieza. Todo ha cuadrado, aunque la inquietud se ha mantenido. A veces mirar de cerca ciertos aspectos de la naturaleza humana tiene ese resultado y Cristina ha desbrozado muy bien el bosque que cada uno de  los personajes lleva a su alrededor. Blanca, Alba, Aurora y Clara tienen luz en sus nombres, aunque esa luz no traspase más allá de los límites de la finca del monte Abantos.

Y es que no siempre los cuentos de hadas son luminosos. Todos, de un modo u otro, tienen mucha crueldad en su interior.











T


martes, 14 de enero de 2020

SIDI de Arturo Pérez Reverte

Eran otros tiempos, desde luego. La educación ha cambiado bastante y no tengo demasiado claro si ha sido para bien. Pero para los alumnos de mi generación, leer el Cantar del Mio Cid (al igual que el Libro del buen amor, las coplas de Jorge Manrique o las serranillas del Marqués de Santillana) era no solo obligado, sino un motivo más para adentrarnos en la historia de España. Siempre sentí devoción por la figura del Cid, quizá porque tuve la inmensa suerte de contar con un profesor de literatura de su mismo nombre, don Rodrigo, que nos hacía vivir cada una de sus andanzas, al igual que hizo con tantos otros como Machado, Miguel Hernández, don Juan Manuel... y aquella maravillosa Flor nueva de romances viejos que aún releo de cuando en cuando y de la que puedo recitar muchos de sus versos gracias a esta bendita maldición que es mi memoria. También, y lo saben todos los que me conocen, soy revertiana convencida y confesa, aunque haya algún libro de don Arturo que no me ha emocionado especialmente. Y, dentro del universo Reverte, me rendí con armas y bagajes hace ya mucho ante el capitán Alatriste. Por eso, la noticia de la publicación de Sidi me tocó la fibra sensible, una fibra que quedó tensa, dispuesta a vibrar (estaba muy segura de ello) con cada una de sus páginas. Hoy ya puedo asegurarlo: Sidi es un pedazo de libro. Un relato poderoso, lleno de vigor narrativo, con un "crescendo"que se te agarra a la boca del estómago y te lanza hacia adelante, en una cabalgada formidable. Una novela para disfrutar como el mejor cine de aventuras y aplaudir y gritar, en los momentos más álgidos ¡Santiago! ¡Castilla y Santiago!

EL QUE EN BUENA HORA CIÑÓ ESPADA


Sidi encuentra su marco en el Cantar del Mio Cid, con de la jura de Santa Gadea y la niña de Burgos que se atreve a enfrentarse a él para decirle que, si les ayudan, el rey arrasará la hacienda de de padre y sus propias vidas. Sí, hay estudios y documentos que aseguran que el Cantar contiene hechos que no fueron ciertos y otros que están magnificados, pero ¿y qué? ¿Importa? Desde mi humilde opinión, en absoluto. Cualquier héroe, de la nacionalidad que sea, tiene muchas capas doradas forjando y adornando su leyenda, pero eso no desmerece lo que fueron. Fijaos en Nelson, de quien los hijos de la Gran Bretaña dicen que jamás perdió un combate y el tipo se dejó un brazo y mucha dignidad frente a Tenerife, cuando los barcos ingleses hubieron de huir tras una derrota de las buenas. O ese silencio clamoroso en los libros de historia franceses acerca de que a las tropas de Napoleón les dieron las suyas y las de un bombero en Bailén, por no hablar de que el 2 de mayo ni siquiera saben lo que es. Tenemos en este país nuestro la fea costumbre de olvidar a nuestros héroes y, cuando son inolvidables, como el caso de Ruy Díaz de Vivar, tratar de ensombrecerlos, negarlos o catalogarlos de asesinos sin entrañas. A ver si nos quitamos ya los estúpidos complejos y empezamos a sentir orgullo de lo que fuimos.

En Sidi no vamos a leer las hazañas completas de Ruy Díaz, sólo una parte de ellas, una parte apasionante, dura a veces, intensa, con personajes que dejan los versos en castellano antiguo y las fórmulas corteses para volverse de carne y hueso, con sus virtudes y defectos. Con sus miedos y sus deseos, pero con sus lealtades sólidas. Ruy ya ha sido desterrado por Alfonso VI tras la jura de Santa Gadea, ha dejado en el monasterio de San Pedro de Cardeña a su esposa, Jimena, y a sus hijas, y "trabaja" para señores que pueden pagar sus servicios persiguiendo a aceifas moras que saquean pueblos y haciendas. La suya es una hueste de hombres fieles que decidieron seguirle en su exilio, que le guardan respeto y que no dudan ni por un instante de cada orden que da. Pero también merecen comer y un lecho donde dormir, ganar un sueldo, tener su honra a salvo. 

Esto llevará a Ruy Díaz a presentarse ante Berenguer Ramont II, conde de Barcelona, para pedirle trabajo, ofreciéndole poner a su servicio las doscientas lanzas de su mesnada. El conde, soberbio y arrogante, no solo no acepta, sino que trata de Ruy y a los suyos con desprecio. Eso hará que Ruy se dirija a Zaragoza para hacer el mismo ofrecimiento al rey musulmán de la ciudad (no hay que olvidar que, en aquel momento, reyes cristianos y musulmanes podían colaborar unos con otros, unirse para guerrear, pagarse impuestos, jurarse lealtad... y cambiar de opinión al día siguiente), ofrecimiento que este acepta de buen grado, ya que tiene planes muy concretos a corto plazo.

En Sidi vamos a encontrar a los conocidos compañeros de mesnada de Ruy Díaz: Minaya Alvar Fáñez, Diego Ordóñez, Pedro Bermúdez...y otros que se añaden, como Galín Barbués o Muño García. Cada uno de ellos está lleno de matices pero, sobre todo, de humanidad, incluso la más bárbara, como la que manifiesta Diego Ordóñez cada vez que va a entrar en combate. Pero es la figura de Ruy Díaz la que se erige ante nuestros ojos con toda la grandeza de ser humano excepcional, por mucho que él ni siquiera lo considere de ese modo. Él, como todos, hace lo que tiene que hacer, lo que le toca hacer. Estamos en la segunda mitad del siglo XI y casi todo el territorio de la hoy España era tierra de frontera, tierra peligrosa por la que había que luchar. Ruy Díaz pelea, combate, mata, captura esclavos, pacta con quien le de garantías, pero manteniendo alto su estandarte de honor y lealtad. Es un hombre de su época, a quien no podemos medir con los estándares actuales ni pedir cuentas ni juzgarle con nuestros ojos. Es una insensatez y, seguramente, saldríamos perdiendo.

Ruy Díaz, el Cid, Sidi Qambitur para los musulmanes, es un hombre fiel a sus principios. Leal a un rey que le ha desterrado pero que es "su señor natural", con un concepto del honor y la honra que hoy día ni siquiera concebimos. Es implacable si es necesario, matar a los enemigos es algo natural, pero también es ecuánime y justo. Respeta profundamente a quien tiene enfrente y a los muertos de todos los bandos cuando el combate ha sido en buena lid. Tiene sus propios miedos y sus propios recuerdos, pero sabe que sus hombres dependen de él y de sus decisiones. Unos hombres que se dejarán despedazar por él si llega la ocasión.


He disfrutado especialmente con la narración de las batallas, quizá porque desde que visité el Museo de las Navas de Tolosa y me explicaron de forma detallada cuáles eran los modos de combate de cada bando, las entiendo mucho mejor. El tornafuye de los musulmanes, más ligero y con menos enfrentamiento frontal, frente a la carga de caballería castellana. Debía ser impresionante ver un muro de caballos, jinetes y lanzas pegados, casi unidos por los estribos, ir cogiendo velocidad hasta el ataque final. Pérez Reverte ha conseguido dar a estas escenas una intensidad que te hace contener el aliento, describiendo no solo la parte más obvia de sangre y cuerpo a cuerpo, sino los olores, los sonidos, el caos, el polvo levantado, las gargantas rotas de gritar, el miedo, la sensación de soledad del que pelea por su vida. Sé que suena muy manido, pero Reverte consigue que puedas "ver" lo que él te cuenta, como una gran película de aventuras.

Y a lo mejor es que mi mente, como de costumbre, enlaza y relaciona cosas que, a priori, tienen poco que ver, pero hay algunos guiños cinéfilos que me han sacado media sonrisa, como cuando Ruy Díaz decide que ya está bien de estar casado pero no hacer uso del matrimonio y se lleva la puerta del dormitorio de Jimena por delante. Me acordé muchísimo de una escena similar de la gran película El hombre tranquilo, de John Ford, aun cuando haya algunas diferencias. O esa imagen de Diego Ordóñez con un collar de orejas cortadas a los enemigos, igual que el que luce el personaje interpretado por Dolph Lundgren en Soldado universal.

Sidi me ha hecho pasar unas cuantas horas de lectura de absoluta burbuja feliz. He disfrutado, me he emocionado, he vivido junto a las huestes de Ruy Díaz, he sufrido y he gozado. Y hasta ganas he tenido a veces de dar saltos en mi butaca con gritos tan poco políticamente correctos como "¡¡dales caña, Sidi!!"  No puedo pedirle más a un libro. Gracias, don Arturo, por volver a darme tanta felicidad.