viernes, 30 de diciembre de 2016

LA CARRETERA de Cormac McCarthy



Nunca he tenido muy claro de dónde viene esta vena mía de sentir auténtica atracción por los escenarios postapocalípticos. Me fascinan de un modo intenso. Quizá porque en ellos ya no eres lo que eras, ya no hay lo que había y el olvido es casi dueño y señor de todo. Sí, los protagonistas de estas historias recuerdan, pero los recuerdos son como fotografías en blanco y negro que se van difuminando por efecto del tiempo y su contenido casi deja de tener sentido. También me apasionan narraciones y películas de  desastres y cataclismos, sean naturales o provocados. Incluso, por muy malas que sean, esas cutrecillas de invasiones extraterrestres con mala baba que lo dejan todo convertido en un erial.

Llegué a “La carretera” por un profesor de literatura de mi hijo mayor, que estaba empeñado es descubrirles lecturas diferentes. Es un libro extraño al menos, con una manera de narrar distinta y una forma de presentar los diálogos que a veces es casi descarnada. Desde luego no es una novela que guste a todos y provoca sentimientos encontrados: o te entusiasma o no te gusta en absoluto, pero jamás te deja indiferente. Ni frío. Pero frío es lo que destila cada una de las páginas, un frío gris, sucio, inclemente y aterrador. Quizá lo mejor sea caminar nosotros también en La carretera para entender ese mundo desolado que Cormac McCarthy dibujó con maestría.



EL AUTOR: CORMAC MCCARTHY


Nacido en 1933 en Providence pero criado en Knoxville (EEUU), su padre era abogado y tuvo una educación católica y bastante conservadora antes de ingresar en la universidad. Pasó unos años en el ejército del aire de Estados Unidos sin haber terminado sus estudios. Muy influido por William Faulkner escribió su primera novela, El guardián del vergel, en 1965, con una ambientación muy rural. Tres años después publicó La oscuridad exterior, que mezcla algunos toques góticos con un “western” casi crepuscular.

Su tercera novela tuvo que esperar hasta 1973, Hijo de Dios. En ella el estilo es ya más directo, muy áspero pero con una gran intensidad lírica y una atmósfera inimitable, como es seña de identidad también en La carretera. Meridiano de sangre, en 1985, da una vuelta de tuerca más a su incursión en el “western” más sucio y brutal protagonizado por un grupo de pistoleros que se dedican a exterminar indios. Cormac cambió de registro completamente con Todos los caballos bellos en 1992, ya que la novela puede considerarse romántica, y con la que ganó el National Book Award.

En 2005 publica No es país para viejos retomando de nuevo ese estilo de “western” crepuscular, que tan buenas críticas había cosechado, en la que el asesino a sueldo que la protagoniza es absolutamente aterrador. Ya en 2006 llega La carretera, por la que ganó el Premio Pulitzer, en la que narra la historia de un padre y un hijo en un mundo devastado. También ha probado suerte en el teatro, aunque con menos éxito. En 2013 Ridley Scott estrenó El consejero, protagonizada por Michael Fassbender, en la que Cormac había escrito el guión. Se acusó a Scott de no haber entendido la filosofía de Cormac ni a sus personajes y la película pasó casi sin pena ni gloria. 

FRÍA Y GRIS DEVASTACIÓN

 

El mundo, tal y como lo conocemos, ha desaparecido. Un apocalipsis del que nada se nos cuenta ha convertido el planeta en un páramo gris y helado, en el que los ríos no tienen vida, la vegetación ha muerto y los pocos supervivientes que van quedando se arrastran buscando cómo seguir vivos un día más. La mayoría están solos o en pequeños grupos, intentando encontrar comida y refugio. Pero muchos se han unido en grupos brutales que han optado por el canibalismo como modo de vida.


Camino al sur, un padre y un hijo caminan siguiendo la carretera. Confían en que, al borde del mar, las cosas irán mejor. Ambos sólo se tienen el uno al otro pero tratan, sobre todo, de no perder su humanidad. Huyen a veces. Se alegran otras con pequeñas alegrías inesperadas. A menudo tienen miedo y siempre el frío les muerde la carne. El amor del padre por su hijo y la devoción de éste por su padre son lo único cálido que vamos a encontrar.



LOS RELOJES SE PARARON A LA 1:17



“Al despertar en el bosque en medio del frío y de la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo.”


García Márquez dijo en una ocasión que lo más difícil de una novela era escribir la primera frase, que lo demás saldría más fácilmente. Con estas tres comienza La Carretera, presentándonos la realidad en la que viven los protagonistas, un padre y su hijo pequeño, exactamente como ellos la ven. Tenebrosas tinieblas. Días grises. Frío y oscuridad. A pesar de semejante escenario La carretera es completamente adictivo, emocionante, distinto, único, desasosegante, duro y luminoso dentro del escenario gris y deprimente que nos presenta. Puedo asegurar que La carretera me llegó dentro como un impacto duro pero potente como pocos. Fue capaz de darme imágenes tan vivas, de transmitirme sentimientos tan intensos, que pude sufrir el frío mordiente y crudo que los protagonistas llevan calado hasta los huesos. He podido estremecerme con sus miedos, con cada paso que daban en pos de un posible futuro mejor, de un lugar donde vivir a pesar de que la esperanza parece tan lejana como el centro de la Vía Láctea. La relación entre el padre y el hijo, dentro de un universo hostil y peligroso, es tierna y cómplice. Sólo se tienen el uno al otro y eso es lo que les da fuerzas para continuar.



El mundo que conocemos ya no existe. Un cataclismo ha asolado la humanidad dejándola convertida en un universo gris, inhóspito y desolado. En el libro no se cuenta el origen de ese cataclismo ni qué es exactamente lo que ha ocurrido. La única referencia a ello es que “Los relojes se pararon a la 1.17. Un largo tijeretazo de claridad y luego una serie de pequeñas sacudidas.” Y en otro momento, como de soslayo, dice que esa noche “vieron arder ciudades a lo lejos”. Cuando sucede el desastre el hombre se halla junto a su mujer, embarazada. Pocos días después, ya sin luz eléctrica, ni agua, ni suministros de ningún tipo, el niño viene al mundo sobre la cama de sus padres.

Cuándo y cómo decidieron echar a andar hacia el sur no se nos muestra, pero debía ser la única opción posible. A través de los recuerdos del hombre sabremos que empezaron a seguir la carretera, como única vía de escape, los tres. Pero ahora la madre ya no está con ellos y el recuerdo de lo que ocurrió con ella aparecerá como un fantasma. Hay una enorme tristeza en esos párrafos, una sensación de soledad desgarradora. Hombre y niño la recuerdan de formas distintas, pero igual de intensas; una imagen de lo que tuvieron y se perdió. 

Los dos siguen, tiempo después, caminando por la carretera hacia el sur. Buscan calor, lugares con vida, comida, futuro. Llevan todas sus pertenencias en un carrito metálico de supermercado, incluso juguetes que le gustan al niño. Cubiertos con capas y capas de ropa sucia y ajada que ya casi ni les abriga, los pies tapados con zapatos destrozados y ajenos y envueltos en harapos. Pero siguen adelante, día tras día. Cuando cae la noche, se alejan de la carretera para acampar escondidos. Huyen de cualquier otra presencia humana pues la experiencia les ha enseñado que no puede esperarse nada bueno de ellos. Algunos se han vuelto caníbales, otros matan a quien se encuentran en su camino sin mediar palabra. 


Todo es gris y negro a su alrededor. Abrasado antes de estar helado. La capacidad del autor para describir infinidad de matices en ese gris roza la maestría. Las noches se convierten en una negrura insondable, no hay nada que ofrezca ni el más ligero destello. Cuando empieza a nevar, la nieve también es gris. El sol, cubierto eternamente de nubes oscuras, es sólo un recuerdo olvidado. Los ríos no tienen vida, los campos están muertos, los pueblos que encuentran a su paso son ruinas abandonadas y arrasadas por el caos que se produjo tras el cataclismo. Cuando consiguen llegar a una playa, el mar tiene la apariencia del mercurio y ya no alberga nada en su interior. Incluso el aire que respiran es veneno, cargado como está de cenizas. Ambos llevan máscaras hechas con trapos, pero el hombre, aunque lo oculta a su hijo, se ahoga por la tos y escupe sangre cada vez más a menudo.



“Una hora después estaban sentados en la playa contemplando el horizonte cubierto de niebla tóxica............ En la arena de la caleta que había más abajo hileras como caballones de pequeños huesos entre las algas. Más allá los costillares blanqueados por la sal de lo que podían haber sido reses. En las rocas una escarcha de sal gris. Soplaba el viento y unas vainas secas correteaban por la arena y se detenían y volvían a correr.”


Es difícil describir mejor y con menos palabras la desolación. 


El hombre lleva una pistola con sólo dos balas. Y sabe muy bien qué hará con esas balas si llegase el caso. Pero siempre le asaltan las dudas de si será capaz de acabar con la vida de su hijo: le ve tan frágil, tan desvalido, tan delgado que su única obsesión es ponerle a salvo de todo. Habla con él razonablemente, sin eludir las respuestas a las dudas del pequeño pero tratando de adaptarlas a lo que él pueda entender:


“¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos, papá?
No mucho.
¿Eso cuánto es?
No lo se. Quizás un día más. Tal vez dos.
Porque es peligroso.
Sí.
¿Crees que nos encontrarán?
No, no nos encontrarán.
Podrían encontrarnos.
No, seguro que no nos encontraran.”


Los diálogos no llevan los consabidos guiones al principio de cada frase, pero son sencillos de seguir, sin artificios, sin adornos. A veces el hombre es duro con el niño, pero siempre es para ponerle a salvo, para protegerle aunque cuando el pequeño deja de hablarle, enfadado por su dureza, hace lo imposible para que vuelva a dirigirle la palabra. Es como si no soportara aumentar la soledad que les rodea con el silencio de su hijo. 


Hay detalles de una ternura especial, como cuando el hombre encuentra una lata llena de Coca Cola y se la da al niño. El pequeño no sabe lo que es, jamás ha visto o bebido algo semejante y se sorprende de que tenga burbujas y de que le hagan cosquillas en la nariz. O cuando encuentran un bunker de supervivencia en el jardín de una casa completamente intacto, lleno de comida, ropa y camas y el primer deseo para cenar del niño son peras, porque es la primera lata que ha visto al bajar. Incluso existe esa ternura cuando siente lástima de otros humanos con los que se cruzan y quiere ayudarlos de algún modo, a pesar de que su padre le insiste en que no es buena idea.


Por supuesto, no pienso destrozaros los detalles de la novela ni su final, creo que es algo que merecéis descubrir vosotros. Pero si de algo estoy segura es de que os impresionará más de lo que podáis pensar antes de empezar sus páginas, porque a mí me ha ocurrió. Las frases cortas, directas y tremendamente emotivas que Cormac McCarthy utiliza para narrar el viaje del padre y su hijo hacia un futuro y un lugar que no saben si existen son fascinantes. Te convierten en un espectador privilegiado de un mundo que podría ser el nuestro si por un azar todo se va al garete. Y muchas veces sufres la impotencia de no poder ayudar a los protagonistas. O, al menos, de no poder abrazarles como consuelo. 


“El hombre se volvió y le miró. Estaba sumamente concentrado. El hombre pensó que parecía un triste y solitario niño huérfano anunciando la llegada al condado de un espectáculo ambulante, un niño que no sabe que a su espalda los actores han sido devorados por los lobos”

“Sólo sabía que el niño era su garantía. Y dijo: si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca.” 

No, no hay ninguna errata, ni falta la coma. Los pensamientos no usan signos de puntuación.

viernes, 16 de diciembre de 2016

ENCUENTRO CON BLANCA RIESTRA, PREMIO DE NARRATIVA TORRENTE BALLESTER

A pesar de que me encuentro en un mes en el que apenas puedo sacar tiempo debido al trabajo, intento dejar espacio para acudir a algúna presentación literaria o, como el caso que hoy os traigo, algún encuentro interesante. El pasado martes, organizado por Pepa Muñoz Escudero y con la colaboración de Alianza Editorial, nos reunimos en el Espacio Leer con Blanca Riestra, ganadora del XXVII Premio de Narrativa Torrente Ballester con su novela Greta en su laberinto


Los que estuvimos en el encuentro, que habíamos leído la novela previamente, teníamos ciertos sentimientos encontrados con ésta, ya que no es una novela con una temática habitual y su ténica narrativa resulta diferente. Quizá, como se expuso en la charla con ella, no sea para todos los públicos y haya lectores que tengan problemas para entenderla, pero sí coincidimos en su originalidad y en su habilidad para crear un universo distinto, una distopía basada en la teatralización de la vida pública. Pero es, como Blanca señaló, sobre todo una novela de vampiros, aunque vampiros que tienen poco que ver con los que conocemos o con los clásicos.

Nacida en La Coruña, Blanca tiene ya un amplio bagaje como escritora, con un buen número de obras publicadas. Con su segunda novela, La canción de las cerezas, ganó el Premio Ateneo Joven de Sevilla en 2001. Vivió durante varios años en Madrid y trabajó como crítica literaria en el Blanco y Negro Cultural, como articulista de opinión para La Voz de Galicia y de viajes en El País y El Mundo. Entre 2005 y 2007 dirigió el Instituto Cervantes de Albuquerque, Estados Unidos. Actualmente es profesora universitaria en La Coruña.  


Lo primero que nos contó Blanca es que había disfrutado mucho escribiendo Greta en su laberinto. Le gustó jugar con los géneros, con lo siniestro, con Madrid. El Madrid que refleja aquí no es el actual sino el de un futuro que ya se está forjando por todo lo que lleva sucediendo desde hace tiempo. Se mostró convencida de que vivimos en una especie de circo, en una sobreexposición, en el que los medios de comunicación y las redes sociales mandan. Por todo ello escribirla fue un poco una "gamberrada" con cierto toque canalla. La novela tiene mucho que ver con la crisis económica y social en la que llevamos inmersos los últimos años, con las movilizaciones del 15M de Sol y con esa sensación actual de que todo se va a pique.

Los protagonistas son individuos perdidos porque se ha olvidado por completo el sentimiento de comunidad, por eso se mueven en el colmo del desengaño. Ya no creen en nada.  

Uno de los comentarios que se hicieron es que la novela provoca cierta sensación de que los capítulos pueden ser leídos de forma individual. O releerlos para formar una imagen de conjunto. Blanca aseguró que no es consciente de esa peculiaridad pero que es factible porque en realidad todos los capítulos y todo lo que sucede va encaminado a un final que redondea todo y que explica todo

Acerca de la idea de la que surgió la novela, nos dijo que fue gracias a la relectura de un cuento de Marguerite Yourcenar, El tiro de gracia, que es la historia desgarradora de un triángulo amoroso marcado por el signo de la muerte. Es un cuento que expresa muy bien el final de una época y está desarrollado como una tragedia clásica en un ambiente muy opresivo y fantasmal. También reconoció que le influyeron mucho las películas de vampiros, que le encantan, y su inmortalidad, que ellos ven como una maldición.

Su primer interés al empezar a escribirla fue crear un mundo compacto que absorbiese al lector. Crear un universo que funcionara en sí mismo. Quería también reflejar la sociedad actual, el modo en que vivimos que no deja de ser una sociedad teatral en la que importan sobre todo las apariencias. El Madrid (Agar en la novela) que nos encontramos está deteriorado, es catastrófico. Realmente no es un retrato fiel de la ciudad porque es un Madrid diferente al actual y al que conocemos. 


Preguntada acerca de cómo escribió la novela, cómo se planteó su desarrollo, Blanca nos explicó que realmente empezó por el principìo, por la parte de Nación que es la que más tiene que ver con el relato de Yourcenar y después pensó que Nación debía estar cerca de una gran ciudad apocalíptica. Lo que resultó fue algo realmente compacto, por eso decidió subdividir la trama para que no resultase complicado de leer. No escribe linealmente, a veces vuelve para atrás y añade cosas o las corrige. Escribir Greta en su laberinto le llevó un año, aunque lo alternó con su trabajo, su familia  y las correcciones necesarias del texto. 

Como suele ser habitual, Pepa lanzó la pregunta obligada: además de la escritora ¿quién es Blanca Riestra? Creo que no se esperaba la pregunta porque, entre risas, apenas pudo definirse como una persona que escribe, que da clases en la universidad y que ha trabajado en distintos medios. Cuando quiere terminar una novela, cerrar bien una historia, no tiene horarios para escribir. Intenta hacerlo siempre que puede aunque con las interrupciones lógicas.

Comentamos también algunas de las razones que el jurado dio para otorgarle el premio. Se incidió mucho en la fuerte crítica social que supuestamente contiene aunque Blanca confesó que su intención original no era esa. No quería hacer una crítica social ni moral aunque reconoció que, personalmente, ella es pesimista, cree que el mundo es bastante catastrófico. En la novela subyace una visión de lo que es nuestra España pero no ha pretendido dar una visión reformista. Greta en su laberinto no es una fábula moralizante sino una distopía descriptiva. Lo cierto es que le resultó complicado describir a Madrid, una ciudad que conoce muy bien, pero con la perpectiva de una ciudad devastada y de los personajes, tan distintos. En ese Madrid-Agar hay un poco de la película Blade Runner, al igual que los vampiros protagonistas tienen muchas similitudes con los cinematográficos. 

Ello nos llevó a comentar que en la novela es fácil encontrar esos paralelismos con el mundo del cine. Algunos rasgos de Los juegos del hambre en esa exposición a los medios, la sed de los vampiros de Blade, el mundo devastado en el que hasta la geografía cambia de tantas cintas de corte postapocalíptico. Finalmente estuvimos de acuerdo en que, aunque la novela resulta cuanto menos peculiar, una vez que nos metemos en el argumento la lectura se hace más intensa hasta desembocar en un final inesperado pero que redondea y da explicación a todo lo que hemos vivido junto a Greta


Conocer a Blanca Riestra y la charla con ella fue una ocasión cálida, en la que la conversación fluyó de forma amena. Una agradable sorpresa, ya que personalmente nada sabía de ella como autora, que hará que lea alguna obra suya más. Gracias a Pepa Muñoz Escudero por organizar el encuentro y a Alianza Editorial por facilitarlo, ha sido todo un placer.



viernes, 2 de diciembre de 2016

VIAJE EL CENTRO DE MIS MUJERES de Alicia Domínguez

A veces llegas a un libro en un momento muy concreto de tu vida y, en cada página, vas tropezando con pedazos que parecen ser de ti misma. No siempre es una experiencia gozosa pero sí suele ser reveladora, aunque te deje llaguitas de esas que escuecen al tacto. Y eso es lo que me ha pasado con Viaje al centro de mis mujeres, un libro al que llegué sin tener muy claro qué me iba a encontrar en su interior. Además, aunque había reseñas sobre él, alguna de amigos con buen criterio, preferí no leer ninguna, como suelo hacer habitualmente. No quiero que me influyan ni que puedan colorearme de forma diferente la obra de la que voy a disfrutar. A medida que iba leyendo me sorprendía porque de una historia con un punto de partida aparentemente sencillo, surge una suerte de "road movie" literaria que nos lleva no sólo por los paisajes postugueses, sino por las vidas de sus dos protagonistas. Y decidí viajar con Lola y con Sara hasta el final. 

LA AUTORA: ALICIA DOMÍNGUEZ


Gaditana, aunque nacida en Madrid, es Doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la Universidad Abierta de Cataluña. Su línea de
investigación histórica versó sobre el análisis de la violencia social y política del franquismo. Fruto de ella son sus trabajos La represión franquista de la guerra y la postguerra en Cádiz 1936-1945, La causa 259/45: un ejemplo de represión en la posguerra en el Campo de Gibraltar y La superación de la guerra civil española, una aproximación desde la perspectiva de la conflictología.

Es autora de El verano que trajo un largo invierno, editada por Quorum Editores en 2005 y Viaje al centro de mis mujeres, editada por Círculo Rojo en 2015. También es coautora de Las puertas de la memoria y de dos libros colectivos: 102 razones para recordar a Salvochea y 65 Salvocheas.

RUMBO A LA MENUÍTA


Lola, que atraviesa un triste momento personal tras la ruptura con su pareja, se ve de pronto sacudida por la noticia de que un hombre se ha suicidado el mismo día que iban a desahuciarle de su vivienda. Un desahucio que ella, como responsable de la entidad financiera para la que trabaja, ordenó. En ese momento toda su vida parece derrumbarse, cae en una crisis profunda y decide tomarse unos días de vacaciones que, en principio, sólo dedica a dormir y a lamerse sus heridas escondida en casa. Haciendo un esfuerzo de voluntad y con la cercanía de las fechas navideñas, decide hacer un viaje a la aventura a Portugal al que, en última instancia, se unirá su prima Sara. Sara, fotógrafa y algo más joven que Lola, se ha presentado en su casa de forma intempestiva después de haber discutido con su abuela a causa de su activismo en el movimiento 15M y por estar encausada por la ocupación de una casa en Cádiz. 

Las dos parten en coche sin prisa y sin planes previos, aunque con la idea de llegar a Lisboa. El viaje servirá para que ellas retomen una relación que se había fracturado en los últimos tiempos, para que se sinceren, para que hablen. Pero también para poner en orden sus fantasmas personales y familiares, lastradas como están por la mala relación de ambas con sus respectivas madres. En su familia las mujeres son las importantes pero, de una manera u otra, nunca han alcanzado la felicidad.

En su periplo irán topándose con personajes curiosos llenos de historias, con parejas unidas incluso a su pesar, con un hombre capaz de hacer brotar flores en el desierto que es ahora el alma de Lola. Cada uno dejará su impronta en ellas y en los que viajamos a su lado. Hasta que lleguen a un hostal regentado por Amelia y allí entiendan por qué entre sus paredes realmente "se calma el dolor".

ARROZ CON LECHE COCIÉNDOSE A FUEGO LENTO


Es sencillo ponerse en la piel de Lola porque es ella la que, en primera persona, nos va narrando cada paso que da. Sola o acompañada. La que nos sumerge en sus sentimientos, en su desgarro, en sus deseos, en sus decepciones. Pero también en sus recuerdos más amables, en la historia de su familia, en esas mujeres de las que lleva sangre y piel pero con las que nunca termina de encajar, como si hubiese demasiados cabos cueltos. Su relación con Ernesto, que hace poco que ha terminado, aunque con un principio apasionado y prometedor, acabó siendo gris, tensa, con una ex omnipresente y zancadillas constantes. Incluso hubo decisiones unilaterales por parte de él que minaron aun más la confianza. Ernesto va a estar presente también en ese viaje pero sólo como voz o mensajes al otro lado de la línea de teléfono. Y, en muchas ocasiones, Lola se negará a responder porque sabe que sólo servirá para echar sal en la herida.

La única aparición de un narrador en tercera persona es en las tres primera páginas, con un anciano cuya memoria es sólo un páramo azotado por una tormenta de olvido. Ese anciano tomará importancia casi al final de la novela y sobre eso no voy a desvelar nada, merece la pena que lo descubráis vosotros. Pero sí puedo contaros que la suya es una historia de amor que trasciende el tiempo, a pesar de no haber sido correspondido con plenitud, y los pocos recuerdos que aun regresan a su mente son para la mujer a la que amó.

A medida que el viaje de Sara y Lola avanza, contemplamos los paisajes portugueses, las ciudades y los hoteles, pero también escuchamos los pensamientos de Lola, contados con intensidad y las conversaciones con Sara. Si bien al principio la comunicación entre ellas va más a trompicones, debido a su poca relación en los últimos tiempos, y parecen sentirse extrañas, a medida que pasen los días se van haciendo hueco los recuerdos y las conversaciones. El viaje a Portugal es para las dos una profunda catarsis personal que les va a ayudar a enfrentarse a las vidas que han dejado aparcadas hasta su vuelta. Y también a su propias "mochilas", cargadas por su historia familiar, por la constante presencia de sus madres y su abuela a las que quieren y no. A las que admiran y no. A las que pueden alcanzar a entender y no. Sin embargo cada día que pasan juntas les acerca más a ellas sin que sean conscientes de ello.

Todos aquellos con quienes se van cruzando dejan en ellas y en quienes leemos un poso diferente. Unos servirán para mostrarnos historias y recuerdos. Otros para mostrarnos que el amor y la pareja, aunque parezcan plenos y completos, no son anuncios de unos grandes almacenes y tienen sus rincones oscuros. Si hay un pero en todo el magnífico desarrollo de la novela que pudiera ponerle es el intento de Javier, uno de los miembros de la pareja homosexual con la que traban una amistosa relación, de llegar a algo más con Lola. Es meramente personal, como todo lo que interpreto al leer, pero me pareció una situación forzada, quizá en un intento de mostrarnos a una Lola muy atractiva, capaz aun de levantar pasiones. Algo que después, con Mauricio, será una realidad. Las expliaciones de Javier no me llenaron y más con la historia vital que comparte con Neal. Pero ya os digo que esto es completamente subjetivo.


Las charlas y confidencias entre Lola y Sara van profundizando en sus vidas y en las vidas de su familia. Los hombres que pasaron o estuvieron en ella se han convertido casi en entelequias y, aunque cargados de amor, buenas intenciones o valentía, se despidieron de la vida quizá demasiado pronto. Sus mujeres quedaron en pie, prestas a hacer frente a lo que viniera. Duras en apariencia pero fágiles como el cristal. Y el cristal se rompió en más de una ocasión haciendo que sus aristas cortantes dañasen a quienes las rodeaban, como Lola y Sara. Lola porque su madre era un espíritu libre que podía pasarse meses sin volver a casa y a la que su hija apenas le importaba, aunque la quería a su modo. Esa ausencia es aun un agujero maloliente en el corazón de Lola. Para Sara, el victimismo de su madre, siempre enferma de forma real o imaginaria, y la rigidez de su abuela la han convertido en más rebelde de lo que ya es por naturaleza. Ambas sufrieron las ausencias paternas, que han conservado idealizadas y envueltas en algodones de recuerdos amables.

Qué fácil resulta entenederlas cuando hablan sobre su familia. Sobre todo porque es muy fácil también encontrar zonas de fricción entre sus recuerdos y los nuestros. Creo que cada uno de nosotros puede verse reflejado en alguna de las situaciones que en la novela se viven o reviven. Incluso sacarnos una lágrma de reconocimiento o de autocompasión. Si para Lola y Sara el viaje es una catarsis personal, leer Viaje al centro de mis mujeres puede serlo también para quienes nos perdemos en sus páginas. Lola y Sara coinciden en estar solas cuando emprenden el viaje. Las dos han padecido la enfermedad de sus madres y el desamor ha cuajado en ellas, si bien Sara parece haberse zafado mejor de sus consecuencias.

Los diálogos son naturales, nada forzados, como los que cualquiera de nosotros mantendríamos con una hermana o una prima. Bien construidos, sin resultar nunca artificiales ni buscando el efecto de cartón piedra teatral, hacen más por la creación de los personajes que la descripción que de ellos hace Alicia a lo largo de la novela, que es más bien somera y a trazos gruesos, como para darnos ocasión de que imaginemos nosotros. Sí detecté, y es algo que ya he comentado con la propia Alicia, alguna palabra de corte escatológico colocada donde no debería estar. Si se nos cuenta, con cierta delectación, una escena en la que prima el placer y todo parece acogedor y privado decir a continuación "necesidad imperiosa de mear" es un anticlimax que, además, me hizo torcer el gesto. No es la única ocasión en que sucede, pero Alicia ya me ha confirmado que en la próxima edición estos detalles van a quedar subsanados y mejorados.

Lola y Sara saben que el viaje tendrá un final. Saben que volverán a sus vidas, a enfrentarse a lo que han dejado atrás sólo temporalmente, pero los días de viaje juntas y lo mucho que han compartido, les otorgan una fuerza suplementaria para encararse con lo que sea. Han abierto un paréntesis en su rutina, en sus dolores, en sus círculos mentales para limitarse a vivir y disfrutar. Eso les da un bagaje de fortaleza y de autoconocimiento del que antes de partir carecían. Y todo rodará hacia un final de los que no esperamos pero que, al cerrar el libro, sabemos que es el que tenía que ser. Por eso Viaje al centro de mis mujeres nos deja con una sonrisa. En muchas páginas la sonrisa habrá sido amarga; en otras nos habrá llegado un pellizco doloroso al corazón. Pero el viaje con Lola y Sara habrá merecido la pena. 

Estoy segura de que dentro de unos meses volveré a leer esta novela. O al menos partes de ella. Porque es de las que llegan dentro, de las que cuentan cosas que pueden ser las de cualquiera. Que, a veces, hace que nos reconozcamos en alguno de sus párrafos como si nos estuviésemos mirando en un espejo. Como decía antes, puede que no sea agradable o que duela, pero al pensarlo después resulta extrañamente satisfactorio y se queda con nosotros. Este es sin duda el gran mérito de la novela.

Gracias, Alicia, por descubrírmelo.


martes, 22 de noviembre de 2016

ENCUENTRO CON FÉLIX G. MODROÑO

El pasado 15 de noviembre, y organizado por Pepa Muñoz Escudero, los integrantes del Club de Lectura Qué locura de libros asistimos a un encuentro con Félix G. Modroño, en el Hotel de las Letras de Madrid, para hablar tanto de su última novela, Sombras de agua, como de su trayectoria y sus obras anteriores. Si algo caracteriza a Félix es su cercanía y su cordialidad y llegó con la mejor disposición, a pesar de que le habíamos robado un día de descanso en su gira de presentación. Hizo bromas acerca de que, a medida que pasaban los días inmerso en ella, perdía la frescura de cara a las fotos pero se prestó a todas las que quisimos hacer (con el detalle de coquetería del pañuelo al cuello) y habló de todo lo que fue surgiendo. No hubo una línea recta en la conversación, los temas se alternaban y hubo tiempo hasta para las confidencias (que no revelaremos ni en presencia de nuestros abogados), lo que hizo del encuentro una tarde cálida y enriquecedora. Allí estábamos Pepa Muñoz Escudero, Eduardo Heras, Concha Yunta Ferrer, Esperanza Redondo Morales, Marcos Sangrador, David J. Skinner, David Verdejo y yo misma, encantados con la oportunidad que se nos daba.


Retomar el personaje de Don Fernando de Zúñiga después de dos novelas completamente distintas tiene un poco de reivindicación del personaje y de los primeros libros que le dieron a conocer. Tras haber publicado inicialmente La sangre de los crucificados y Muerte dulce, que en ventas y crítica fueron bien, La ciudad de los ojos grises le sorprendió porque fue espectacularmente bien, al igual que la posterior Secretos del Arenal. Pero se ha arriesgado ahora de nuevo con Zúñiga porque, quizá, no vuelva a retomarlo nunca, declaración que provocó nuestras quejas. Félix nos aseguró que considera Sombras de agua la mejor novela de Zúñiga, en lo que todos estuvimos de acuerdo pero que, como es lógico, el mercado y las ventas mandan, y necesitaría que se vendiese mucho para volver al personaje. Puede que en un futuro lo haga simplemente por el placer de escribir sobre él y seguir sus aventuras, pero ahora tiene otros proyectos en mente. 

Respecto a si consideraba su novela como histórica, explicó que es más histórica que otra cosa aunque no entre exactamente en esa categoría. Le ha gustado especialmente crear la ambientación y el marco histórico porque la labor de documentación ha sido ingente. Incluso le gusta por encima de la historia que se narra. Recrear la Venecia de la época era fundamental, por eso le dedicó mucho tiempo y muchos esfuerzos a la hora de recabar datos, incluso en textos en otros idiomas. La trama es importante, por supuesto, y aun más importante es que esté bien escrita para que el lector esté metido en ella desde el primer momento. El punto medio ideal de una buena novela es una mexcla entre las ventas y la aceptación de un best seller y una historia bien escrita, que atrape. En Sombras de agua Valencia y Venecia adquieren también la categoría de protagonistas, de ahí el mimo y el detalle con el que están tratadas.

A nivel personal Félix nos repitió una idea que yo ya le había escuchado en otras ocasiones: que ha perdido la inocencia como lector y que es muy difícil ya sorprenderle. Pero por encima de todo prefiere una novela muy bien escrita a cualquier otra consideración. Actualmente tiene la opción de presentarse a algunos premios literarios importantes, pero es una decisión que no sabe si va a tomar. De los premios actuales, cree que el Ateneo de Sevilla y el Nadal son diferentes al resto y los que más le gustan y, aunque no le atraen mucho los premios grandes, ganar el Ateneo de Sevilla con Sombras del Arenal le hizo una ilusión especial porque escribió la novela con la clara intención de ganar. Realmente los premios suponen un importante anticipo de ventas y la perspectiva de que éstas se prolonguen en el tiempo, aunque de momento no tiene en mente presentarse a otro.


Ante la pregunta de quién es realmente Félix G. Modroño, después de pensarlo un poco, nos dijo que tiene diferentes vidas: la laboral en el mundo financiero, la personal y la que le depara la escritura. Es muy disciplinado a la hora de escribir y siempre se marca los mismos plazos: catorce o quince meses de documentación y preparación y nueve meses para escribir la novela. Semanalmente procura dedicarle unas quince horas. Es su método y el que le va bien. Además no suele corregir ni borrar, cree que bastante trabajo conlleva ya la escritura de la novela como para estar repasando palabra por palabra. Tampoco su editor, con el que lleva en Algaida desde su primera obra, suele corregirle nada y en eso se considera afortunado.

Como la documentación siempre es parte importante de sus novelas, cada vez que va a una ciudad o un sitio nuevo acostumbra a comprarse libros escritos en el lenguaje local. Por eso en cada una de sus novelas hay un pequeño homenaje a esas hablas y lenguajes diversos, tan ricos: el lenguaje de las Germanías, el de la Tierra de Campos, el del antiguo Bilbao... Para los diálogos que se suceden en sus novelas se convierte un poco en actor, poniéndose en la piel del personaje y en cómo actuaría o respondería. Pero si hay algo que está presente en todas sus obras y que es protagonista por encima de todo es el amor.

De don Fernando de Zúñiga aseguró que cada vez se parecen más y que, obviamente, hay mucho de su personalidad, de sus pensamientos incluso de sus miedos en él. Considera que, realmente, se influyen de forma mutua. También sacamos a colación la gran evolución que como personaje tiene Pelayo, ya convertido en un joven con ideas propias pero que no cede ni un milímetro en su lealtad a don Fernando. Félix nos aclaró que para crear el personaje se inspiró en el Crispín de las aventuras del Capitán Trueno, pero que después se ha desarrollado de forma propia. Ha dejado de ser el sirviente del obispo de Zamora para ser el asistente de don Fernando, su estatus ha aumentado y ha ganado en seguridad y convicciones. 

Sobre los personajes femeninos, que en Sombras de agua son sumamente importantes, quiso dejar claro que las mujeres en su vida siempre han tenido mucha relevancia, que admira a la mujer por muchas cosas y que le gusta que adquieran esa trascendencia en las tramas. A Zúñiga cree que a veces le "maltrata" demasiado, como si cada vez que alcanza un trocito de felicidad se lo arrancase de golpe. Nos gustó darle sugerencias para que, cuando lo retome, le de alguna alegría, porque se lo merece. Prometió pensarlo. 


Respecto a lo que tiene previsto escribir nos avanzó poquito, pero sí que sería una novela sobre el amor, algo que lleva tiempo queriendo hacer aunque esté presente en todas sus ficciones. Seguramente hablará en ella de las nuevas formas de amar, es lo que de verdad le apetece hacer. En su vida personal se avecinan tiempos de grandes cambios y puede que todo ello le aporte tiempo para dedicarse a escribir sin otras ataduras. 

Gracias Félix por la fantástica tarde que nos regalaste. Y gracias a la Editorial Algaida por propiciar el encuentro y darnos tantas facilidades.

lunes, 14 de noviembre de 2016

SOMBRAS DE AGUA de Félix G. Modroño



A don Fernando de Zúñiga le conocí hace ya unos años. Mi amiga Sara, salmantina ella y lectora apasionada, me obsequió con un ejemplar dedicado por el autor de La sangre de los crucificados y el personaje me conquistó sin remedio. Por hacer un paralelismo, algo del estilo a lo que me pasa con el capitán Diego Alatriste. No sé si son las épocas históricas en las que se mueven, que me apasionan, o que los dos tienen características que ya no son fáciles de encontrar a pesar de las diferencias que les adornan. Por eso saber que Félix G. Modroño volveria a retomar a Zúñiga en su último libro me alegró de forma especial. No me había dado cuenta, pero le había echado de menos.
  
En Sombras de agua don Fernando sale por primera vez al extranjero con una misión concreta que posteriormente se complica, al igual que se complicará su corazón. O quizá sólo demostrará que aun es capaz de sentir. Madrid, Valencia y Venecia son la ruta que ha de seguir para su misión y esa está bien trazada. Pero los caminos de su alma le llevarán a destinos que no esperaba. 

EL AUTOR: FÉLIX G. MODROÑO


Nacido en Vizcaya y actualmente residiendo en Sevilla, su primera obra fue una recopilación de fotografías llamada Villalpando, paisajes y rincones, hecha como homenaje al pueblo de sus padres. Posteriormente un accidente le dejó postrado e inmóvil y en esa larga recuperación retomó la pasión por escribir, que había abandonado. En 2007 publicó La sangre de los crucificados, primera aventura de don Fernando de Zúñiga, a la que siguió en 2009 Muerte dulce con el mismo protagonista. En 2012, con La ciudad de los ojos grises, consigue su primer gran éxito literario en un registro completamente diferente al de las dos anteriores. El premio Ateneo de Sevilla en 2014 con Secretos del Arenal supuso el espaldarazo definitivo a su carrera. Sombras de agua, de nuevo con el doctor Zúñiga, es su última novela.


LA CONJURA VENECIANA


Don Fernando de Zúñiga recibe el encargo de la reina regente, Mariana de Austria, de que viaje a Venecia para que prospere la alianza de naciones católicas en contra de los turcos. España, arruinada y en pobres condiciones, no puede participar de forma efectiva pero la reina cree imprescindible estar junto a los que lucharán. Junto a Pelayo, su asistente, partirá primero a Valencia y de allí embarcará hasta la Serenísima República de Venecia. Corren los primeros días de 1684. 

Una vez solventados los asuntos oficiales que le llevan a la ciudad, el propio dogo solicita su ayuda para un tema más oscuro: se ha recibido un anónimo en el que se avisa de que existe un plan para que la ciudad se hunda. Venecia, que vive sus carnavales con intensidad y que, además, acoge una importante reunión de científicos organizada por Elena Corner Piscopia, la primera mujer en la historia en conseguir un doctorado universitario, empezará a verse sacudida con muertes violentas y robos de reliquias que parecen sustentar el plan contra la ciudad. La amenaza cada vez resulta más concreta y hay poco tiempo para evitarla. Don Fernando de Zúñiga deberá echar mano de su intuición y sus artes deductivas para resolver el peligroso puzle que tiene ante sí para salvar Venecia.

CREER QUE EL CIELO EN UN INFIERNO CABE


"Cien profundas soledades forman juntas la ciudad de Venecia. Esa es su magia. Una imagen para los hombres del futuro". Friedrich Nietzsche

Sombras de agua, tal como refleja el resumen que os dejaba arriba, es la historia de una conjura peligrosa. También de unos asesinatos que parecen seguir un ritual muy concreto, unidos a los robos de importantes y sagradas reliquias que se conservan en Venecia y alrededores. Pero es más que eso. Es también una historia en que los sentimientos brotan y crecen, en la que el amor está muy presente. Amor que don Fernando y Pelayo viven de forma diferente como diferentes son las damas de sus desvelos. 

Al abrir el libro lo primero que nos encontramos es un mapa de Valencia de la época y se cierra con otro de Venecia. Siempre he sentido fascinación por los mapas antiguos de las ciudades y éste es especialmente atractivo para comprobar cómo ha evolucionado y cambiado la ciudad desde finales del siglo XVII hasta ahora. Conservo, enmarcado y todo, el que acompañaba a Un día de cólera, de Arturo Pérez Reverte, de ese Madrid que se levantó en armas el 2 de mayo de 1808. La calle de mis abuelos, en la que me crié, ya existía y en él se ve. Seguro que los valencianos encontráis en ese mapa muchos lugares que aun pisáis. Aunque el paso por Valencia de don Fernando y Pelayo es breve, les dará tiempo a conocer el robo del Santo Grial que se custodiaba (y se custodia) en la Catedral de la ciudad. Aunque Zúñiga será requerido para ayudar en la investigación, no tendrá más remedio que negarse: el encargo real es ineludible y de gran importancia.  

A lo largo de Sombras de agua iremos conociendo la apasionante historia de Venecia, con sus luces y sus sombras. La labor de documentación se nota detallada y cuidada con mimo, algo que es muy de agradecer sobre todo de cara a entender qué significaba Venecia en su momento. Nada que ver con esa imagen estereotipada actual, que más parece un decorado sin alma por el que pasear y hacerse fotos. La Serenísima República de Venecia lo fue todo; ahora apenas podemos intuirlo. También resulta apasionante la descripción del sistema político veneciano, creado de cara a evitar corruptelas y enriquecimientos ilícitos, algo de lo que podríamos aprender actualmente y nos evitaría muchos problemas.  

El carnaval que por entonces vivía Venecia no se parece en nada al actual, que casi resulta un artificio turístico. Podía alargarse hasta seis meses y era habitual que sus habitantes vistiesen largas capas negras y sombrero de tres picos y portasen una larva blanca (la que aparece en la portada de la novela) cubriéndoles el rostro. Todos iguales, imposible distinguir hombres y mujeres o la clase social a la que pertenecían. La época de carnaval servía sobre todo para aventuras galantes, para vivir y disfrutar lo que en el resto del año estaba mal visto o perseguido.  

La reunión para crear una liga que luche contra los turcos es la que lleva a Venecia de don Fernando y a Pelayo. Pero una vez allí don Fernando, cuya fama de buen investigador le precede, es requerido para ayudar a indagar qué se esconde tras un anónimo que amenaza con hacer desaparecer la ciudad bajo las aguas. Ésta, que se encuentra inmersa en los carnavales, empieza a verse sacudida por muertes violentas y aparentemente rituales. Pero la reunión de naciones para impulsar la lucha contra los turcos no es la única que se celebra en esas fechas: también hay un importante encuentro de científicos de toda Europa que debaten sobre las tesis aristotélicas, encuentro que está impulsado por Elena Corner Piscopia. Elena Corner es un personaje fascinante, no sólo por su inteligencia y por haber logrado doctorarse cuando las mujeres casi tenían vetado estudiar, sino por esa mezcla de intensa religiosidad y constante curiosidad científica. Don Fernando no será inmune a sus muchos encantos y algo en él, mezcla de admiración, pasión y ternura, despertará. 

Pelayo, que ha evolucionado mucho como personaje desde La sangre de los crucificados, es ya un joven despierto y prudente, siempre leal a don Fernando. Viajar con él a Venecia le abre los ojos al mundo, a una sociedad nueva muy diferente a la que conoce, a costumbres muy distintas. Pero sobre todo le abre los ojos a un tipo de amor desconocido, alejado del que profesa en silencio, desde hace años, a Leonor, la hija menor de don Fernando que es religiosa en un convento de Salamanca. Por primera vez es consciente del deseo, una ansiedad ardiente que causa en él Águeda, una jovencita con la que se irá encontrando en su viaje y en su estancia en Venecia. Su corazón se parte en dos: no puede olvidar a Leonor, a la que ama sin remedio y casi sin esperanzas, pero Águeda está ahí: hermosa, real y al alcance de su mano y de su piel. 

En la presentación en Madrid, Félix comentó que le había gustado escribir, de forma especial, los encuentros, charlas y paseos entre don Fernando y Elena Corner. Y es cierto que están rodeados de un atractivo especial. Tan intensas son sus palabras como sus silencios. También en don Fernando hay una fractura emocional: el recuerdo de Pilar, su esposa, la mujer a la que más ha amado y a la que es fiel a pesar de haberla perdido, y el presente de Elena Corner, ante quien sólo puede rendirse. Incluso imaginar salas con chimeneas y libros y la mutua compañía mientras atardece. En Sombras de agua, como suele ser marca del autor, son mucho más importantes los sentimientos que la acción en sí, aunque ésta es apasionante y nos mantendrá en vilo hasta la última página.

A lo largo de la novela también iremos tropezando con personajes históricos muy importantes como Antonio Vivaldi, Isaac Newton, Leibniz… incluso aparecen los extraordinarios violines fabricados por Stradivari, de los que hoy día se sigue desconociendo la fórmula que usó en ellos para su maravillosos sonido y resonancia. Todo ello consigue transportarnos sin dificultad a esa ciudad prodigiosa que a menudo se esconde tras la niebla, como una dama pudorosa tras un velo.

Félix ha conseguido sumergirnos por completo en ella. En ese entramado de calles que a los forasteros podía enloquecer. En sus días nebulosos y húmedos de invierno. En sus canales, en sus hermosos palacios de encanto decadente, en sus tabernas. No es difícil “ver” la ciudad a través de sus palabras. Incluso sentir la humedad y el frío. Sombras de agua no es una novela clásica de intriga ni tampoco una novela histórica al uso, pero conjuga aspectos de las dos mezcladas con el estilo personal de su autor, que en ocasiones es muy lírico sin caer en lo almibarado. Venecia es un personaje más y como tal está tratada. 

Montad sin miedo en la góndola que Félix G. Modroño nos ofrece y seguid los pasos de don Fernando y Pelayo por la ciudad que, de alguna manera, cambiará sus vidas. Probad a encontrar esos pequeños guiños que dedica a otros autores y a otros personajes. Os aseguro que va a ser una aventura fascinante. 

"...creer que el cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe"
Lope de vega