Volver al Certamen de Úbeda no es solo un placer personal (compartido con mucha más gente), sino que es volver a asistir, de alguna manera, a un milagro, como ya mencionaba mi querido David Yagüe en su artículo en El collar de Wamba. Este tipo de eventos requieren no solo una planificación inmensa, sino contar con un apoyo económico que les permita ir creciendo y brillando más cada año. Ningún autor invitado cobra nada por acudir y es justo recordar que los organizadores del evento, encabezados por Pablo Lozano y la Asociación Cero Culture, el trabajo lo hacen de forma voluntaria, sin recibir ni un euro por dedicar buena parte del año a ello, pero gestionan, para los escritores invitados, billetes de avión, de tren, estancias en hotel, comidas...y ya sabemos que cada vez todo es más caro. Hay que añadir a esto que llegar a Úbeda por tren o avión no es nada sencillo y requiere transbordos, cambios de medios de transporte y kilómetros en coche (generalmente particulares de miembros de la organización) para llegar desde los aeropuertos más próximos. Desde aquí me gustaría hacer una llamada a quien corresponda para que lo económico no se acabe llevando por delante una cita tan importante del calendario literario español.
Volver al Certamen de Úbeda es también reencontrarme con mis compis del podcast, Pablo, Pedro Pablo, Eva y David, y darnos los abrazos que dejamos pendientes el resto del año. En esta ocasión nos faltó Ren, que sufrió una lesión en un pie días antes de viajar y que nos dejó un poco huerfanitos. Y compartirlo, como es habitual en los últimos años, con mis amigas Belén y Ana, con las que todo siempre es mejor. Confieso que en esta edición no he pisado La Beltraneja por puro agotamiento, pero sé de buena tinta que ha habido noches gloriosas allí.
UN CERTAMEN PARA ENAMORARSE DE NUEVO DE LA LITERATURA Y DE LA CIUDAD
Y es que es algo que se repite habitualmente entre quienes vivimos el Certamen en primera persona: en Úbeda se produce una comunión muy especial entre organización, escritores, medios y público para convertirse casi en una reunión de amigos. En esta edición hemos contado con 35 autores, además de editores de diferentes editoriales y escritores que, sin tener presentación como tal, llegaron para las sesiones de firmas.
Este año, como novedad, se incluyeron dos mesas de temática específica: una sobre el western, moderada por Pablo Lozano, y en la que participaron David Yagüe, Javier Santamarta y Alfredo Lara (de la editorial Valdemar) y otra sobre la novela histórica en el mercado anglosajón, con Matthew Harffy y Mark Knowles charlando mano a mano sobre parecidos y diferencias con el nuestro. Resultaron no solo muy entretenidas, sino que se vivieron con un estupendo sentido del humor. También, como es habitual, se entregaron los tres premios centrales del certamen: el Premios Ivanhoe a la trayectoria literaria, que recayó en Luis Zueco; el Premio Cerros de Úbeda a la mejor novela histórica publicada el año anterior, que se llevó Sebastián Roa con La estirpe del águila (es el primer autor que lo gana dos veces) y el Premio Ciudad de Úbeda a novela inédita, que recayó en José Manuel Sala Martí con Arde Malta. Fue en la entrega de este último cuando se rindió un emocionado homenaje a nuestra querida Conchi Gábana, editora de Pàmies, que nos dejó el pasado mes de julio de forma totalmente inesperada y dolorosa.Ha sido también la edición en la que he realizado más presentaciones (entre Pedro Pablo Uceda y yo creo que tenemos un nuevo record), pero como me encanta tener la posibilidad de hablar directamente con los autores de su obra, para mí es un regalo. Poder charlar con Olga Luján en la librería Libros Prohibidos fue el feliz arranque. Después con Fernando Bonete, cuya novela, La hija del Fénix, se ha convertido en mi mejor descubrimiento de 2026; con Santiago Díaz Morlán, madrugando el sábado; con mi querido y admirado Juan Tranche, con quien siempre es un placer conversar; con el ganador del premio, José Manuel Sala, que ha escrito un novelón de altura; con Javier Pérez Bolet, donde tuvimos hasta la recreación del enfrentamiento entre Pedro el Cruel y Enrique de Trastámara; y, finalmente, con Carmen Blanco Sanjurjo, que llegó acompañada de unas aves preciosas que nos fascinaron a todos.
Pero hubo muchos más: Lorenzo Silva inauguró las presentaciones el martes 13 de octubre hablando de su última novela en la sede de la UNED y, desde ese momento, todo se aceleró: Jorge Molist, Francisco Narla, Christian Gálvez (con anécdota incluida al pasar una procesión justo al lado de donde se celebraba la charla y que casi puso la banda sonora), Luis García Jambrina, Emma Lira, Andrea D. Morales, Robert Fabbri, Luis Villalón, Joan Barbero, Fernando Nadal, Mireia Jiménez (con la que me gané una estrellita del alférez especialista en abordajes), Alfonso Solís, Antonio J. Carrasco y Miquel Fornera nos regalaron momentos únicos de literatura. Algunos de ellos contaron, además, como en el caso de Bolet, con actores que recrearon partes de las novelas y que se metieron al público en el bolsillo.
Las recreaciones históricas en la calle, como de costumbre, congregaron a mucho público. Esta vez se homenajeaba a dos clásicos de la literatura universal: Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, y El último mohicano, de James Fenimore Cooper. Ver batirse a los mosqueteros con la guardia del cardenal Richelieu, asistir a las explicaciones de que realmente su manejo de la espada no era para nada hábil, disfrutar de la guerra franco-india en el siglo XVIII en Norteamérica... los colores, los uniformes, las armas, todo está realizado con un cuidado y detalle trabajados de forma extraordinaria y el resultado es tan brillante como emocionante. El público se lo pasa en grande y participa con entusiasmo; hasta los más pequeños de la casa disfrutan
Úbeda se convierte en el escenario perfecto para cada acto. Es una ciudad que nos hace viajar en el tiempo, con un patrimonio histórico y cultural apabullante. Poder entrar en el bellísimo palacio Vela de los Cobos, pasear por la impresionante plaza Vázquez de Molina, sentarse al sol en un receso frente al edificio del ayuntamiento, descubrir la iglesia de Santo Domingo y las estrechas calles que la circundan... el conjunto convierte los días pasados allí en gasolina mental para el resto del año. Si le sumo, además, volver a coincidir con amantes de la novela histórica como José Lacueva y su mujer, con Manuela Navarro y su marido, ya bastante recuperado de sus operaciones, con miembros del club de lectura de Baeza, con Marta Perea, con Fernando, todo suma para que Ubeda siga siendo mi burbuja de felicidad anual.
No puedo dejar de mencionar al Hotel María de Molina, que me acogió este año y en el que he estado muy a gusto, al Hotel Palacio de Úbeda, donde siempre nos tratan de maravilla y a Jesús Delgado e Inma Cejudo por sus increíbles fotografías. A Begoña, por su increíble trabajo en la sombra, a Sebastián, Cecilia, Luis y todos los miembros de la organización. A Pablo Lozano, por su dedicación, su entrega y por seguir contando conmigo Ya sueño con regresar y quiero, deseo, que mi sueño se cumpla.
Larga vida a la novela histórica. Larga vida al Certamen de Úbeda.



