viernes, 15 de octubre de 2021

¡PELAYO! de José Ángel Mañas

La mítica batalla de Covadonga está en nuestra memoria colectiva como aquella que permitió a los cristianos, encabezados por don Pelayo, comenzar la Reconquista para recuperar el territorio que los musulmanes habían ocupado a sangre y fuego tras vencer a don Rodrigo en la batalla de Guadalete, victoria que pudo ser posible gracias a la traición del conde don Julián y los hijos (o hermanos, depende de las fuentes) de Witiza. Recuerdo siempre la anécdota con mi hermana, poseedora de muchos talentos, habilidades y sabidurías, pero una auténtica negada para la Historia: suele decir que lo único que fue capaz de aprenderse era lo de "la victoria de don Pelayo en Covadonga no pasó de ser una mera escaramuza", que les repetía su profesor de la materia. De ahí en adelante, poca cosa. Ni le gusta ni le llama y para dudas o ayuda de sus hijos me suele pedir socorro. 

En los últimos años parece que el interés por la España visigoda ha ido creciendo, sobre todo a nivel de novela histórica. Y es cierto que es un periodo apasionante, con importantes avances en el campo de las leyes y con unas luchas de poder que darían hasta para series o películas. Pero don Pelayo se nos difumina. Realmente ¿quién era, de dónde venía? Pocos datos ciertos y seguros hay de él. Dos crónicas del siglo IX recogen parte de su vida, pero sobre todo para incidir en su legitimidad para acceder al trono, para marcar una continuidad con lo que fue el reino visigodo con capital en Toledo. Certezas absolutas, muy pocas. Y con eso juega José Ángel Mañas para escribir su novela, una ficción histórica que resulta muy entretenida de leer, pero que ha de tomarse con lo que es. Vayamos, pues, al siglo VIII de su mano a descubrir lo que nos ha preparado.

LA LARGA SOMBRA DE DON RODRIGO

Adosinda, hermana de Pelayo, toma la voz y la palabra para narrarnos en primera persona los hechos sucedidos entre la derrota de los ejércitos de don Rodrigo en el año 711, tras el desembarco de los musulmanes al mando de Tariq, hasta la victoria de su hermano y sus hombres en el 722 en Covadonga. Adosinda se nos muestra como una testigo privilegiada de la mayor parte de lo acaecido y nos hablará también de la infancia y la juventud de Pelayo, de su cercanía como espatario al rey Rodrigo, de su profundo deseo de dedicarse a la vida religiosa, de sus vaivenes emocionales. Pero también nos relata su propia vida y la de aquellos que acompañaron a Pelayo, un relato marcado, de alguna manera, por un cierto resquemor primero y, posteriormente, por un odio cada vez más acusado. Una historia llena de pocas luces y muchas sombras, de pactos y matrimonios de conveniencia, de tensión, de conjuras y traiciones. 

Narrar en primera persona en una novela de este tipo me parece a la vez valiente y muy arriesgado. Es cierto que el relato de Adosinda convierte a los personajes en cercanos, podemos conocer sus miedos, sus decisiones y sus pasos desde su posición tan próxima al protagonista. Pero en muchos momentos esa voz, aún siendo la suya, desaparece al contarnos sucesos, viajes y hechos que ella no pudo ver ni compartir. Ahí es cuando me ha chirriado un poco: por muy bien que le llegasen las noticias, es complicado dar una visión tan perfecta, diálogos de los protagonistas incluídos, por parte de Adosinda. Y ella la da. No quiero decir con esto que la novela avance a trompicones ni que estos episodios rompan la unidad del argumento, es solo una impresión personal. Otra cosa que no me ha convencido es cuando hablan "lugareños" de Concana, en la actual Cantabria, lo hacen con ese localismo tan suyo de terminar las palabras en "u" (religiosu, pueblu) o con términos propios (cova, lloca). Aparte de su lengua propia, el autor asegura que hablaban un "tosco latín", por eso me parece una licencia excesiva. Supongo que lo hace para marcar sin género de duda el lugar donde Pelayo está, pero, igual que en el caso anterior me chirría.

Hay, como os decía al principio, pocos datos sobre don Pelayo que podamos considerar absolutamente ciertos. Las fuentes escritas sobre su vida, la Crónica Albendense y la Crónica del rey Alfonso III, ambas del siglo IX, aportan una visión casi global, genérica. De hecho, en la primera, ni siquiera aparece junto a don Rodrigo. Es en la segunda, en su versión más "vulgar" (la conocida como Crónica Rotense), en la que sí aparece como espatario de Rodrigo, cuenta su huida tras la derrota, sus relaciones con Munuza, su viaje a Córdoba desde Asturias y lo que es más importante para esta novela, la existencia de una hermana a su lado. Imagino que las fuentes del autor van más en este sentido, porque es poco más o menos el periplo que Pelayo va realizando en la novela para acabar convirtiéndose en quien fue, incluyendo la huida a Mérida, la muerte de Rodrigo (que también está envuelta en el misterio), la llegada a Asturias y el viaje que realiza a Córdoba para entrevistarse con el cadí y quejarse por el aumento de los impuestos que Munuza ha ordenado.


Lo que Mañas ha hecho ha sido rellenar los huecos utilizando la información (escasa) que hay sobre la época, un momento histórico profundamente convulso, complicado y lleno de enfrentamientos en una Hispania arrasada. Adosinda nos da una imagen poco "romántica" de don Pelayo. Nada de héroe que sabe lo que ha de hacerse y cuando, sino un hombre lleno de dudas, a quien se le echa abajo su vocación religiosa y que, en muchos momentos, ni siquiera sabe por dónde ir. Ella es un poco la voz de su conciencia, la que trata de hacerle ver cuál es su obligación y lo que la sangre de su estirpe le grita, ya que en la narración se le hace descendiente de Favila, duque de la nobleza visigoda, hecho solo recogido en su crónica por el obispo Sebastián, sobrino de Alfonso III. Adosinda sufre por no ser ella quien tome las decisiones y sufrirá más tarde por amor en dos ocasiones, culpando de ello a su hermano.

Los once años que transcurren desde la derrota de don Rodrigo a la victoria en Covadonga pasan ante nuestros ojos a buen ritmo (la novela tiene apenas 315 páginas), con más de un salto temporal hacia adelante en busca de agilizar la trama. Desde luego, la visión que Adosinda da de su hermano se aleja muchísimo del gran guerrero unificador, del creador de la nueva estirpe de reyes astures. A veces, desde su mirada, puede parecer francamente odioso. Es como si se le borrase la luz bajo la que estamos acostumbrados a mirarle. Pero creo que sí puede favorecer para recuperar el interés por su figura que, a pesar de lo que supuso su victoria, históricamente es casi un misterio.

¡Pelayo! es una novela muy entretenida, que se lee con facilidad y que, sin grandes descripciones y con bastante precisión, nos sumerge en la época y en la vida de sus protagonistas y en la que José Ángel Mañas ha puesto corazón y ganas. Una novela que nos hace, quizá, buscar otras miradas a quienes fueron Rodrigo, Pelayo, Tariq o Egilona, esposa de don Rodrigo. Incluso, como ya me ocurrió con la novela de José Zoilo, El nombre de Dios, recuperar aquellos maravillosos romances de la pérdida de Hispania por culpa del "encadilamiento" de don Rodrigo por Florinda, la Cava.

Y sin querer restar méritos a la novela, que los tiene, quizá debería haberse cuidado un poquito más la edición, ya que hay algunos errores que no son graves ni afectan al relato pero que a mí particularmente me han saltado a los ojos (ya conocéis mi tendencia a detectarlos). Alguno en concreto como si el autor se hubiese planteado escribir la novela en tercera persona y, al pasarlo a primera, ciertas frases se han quedado ahí. Lo importante es recordar, siempre lo digo. No podemos dejar de recordar lo que fuímos, lo que hicimos, porque gracias a ello somos lo que somos. Y don Pelayo merece ser reconocido y recordado porque, gracias a él y a quienes le sucedieron, no vivimos bajo la media luna del Islam. ¡Pelayo! es una buena manera de hacerlo.


 


miércoles, 13 de octubre de 2021

LA CALLE DE VALVERDE de Max Aub

Sé que con todas las posibles lecturas que suelo tener y la cantidad de libros que andan por mi casa (a veces colocados y a veces no) casi colonizándola en una especie de alegre verbena de portadas y títulos, es raro, pero suelo releer. Hay algunos títulos a los que vuelvo en determinados momentos, a veces para disfrutarlos por entero y, en ocasiones, para recordar pasajes o capítulos que me llegaron dentro de forma especial. Me encanta regresar a los cuentos de Julio Cortázar porque me transportan o ponerme a transitar de nuevo las calles de Macondo. O las de la aldea que vio crecer a Daniel el Mochuelo. También a libros de Historia pura y dura, muchas veces buscando algún dato concreto y otras para recolocar mis recuerdos. Por eso celebré tanto recordar el libro que hoy os traigo, un libro que leí cursando COU y no porque fuese una de las lecturas de la asignatura de Literatura, sino por recomendación de un profesor enamorado de su asignatura. Gracias a las colaboraciones con las que participo en el programa de Onda Madrid Esto es Otra Historia volví a esta peculiar joya. Y cómo la disfruté de nuevo. 

Posiblemente para muchos La calle de Valverde sea una obra completamente desconocida, pero me permito, desde aquí, recomendar su lectura. Sobre todo para conocer aquel Madrid y aquella España anteriores a la Segunda República, pero conocerlos a pie de calle, junto a una pléyade de personajes muy peculiares que habitan una casa de huéspedes sita en la céntrica calle Valverde, al costado del Edificio de Telefónica en la Gran Vía. Y, también, para recordar a Max Aub como autor, un francés de padre alemán que cuando tuvo que trasladarse a España con su familia y aprendió nuestro idioma (a una velocidad pasmosa, todo hay que decirlo), declaró que no podría escribir en otra lengua. Un escritor diferente que tuvo gran amistad con muchos de los autores de la Generación del 27 y que había obtenido la nacionalidad española, de la que presumía, junto a toda su familia en 1916. Acabó exiliándose en 1939 a México y solo volvió a España en dos ocasiones: en 1969 y 1971. Pero sobre todo os la recomiendo porque os va a sorprender y a hacer sonreir más de una vez. Como os decía, es una curiosa y brillante joya.

UNA CIUDAD ENTERA EN UN EDIFICIO

España está sumida en la dictadura de Primo de Rivera y Madrid, la vieja ciudad con muchos recodos provincianos aún, está comenzando a asomarse a la modernidad: se construyen nuevos edificios y parques, los coches circulan cada vez con más asiduidad. Pero ninguno de los personajes, reales o imaginarios, que caminan cada día por la calle de Valverde puede siquiera imaginar lo que está por llegar: primero la República; después la terrible Guerra Civil. En La calle de Valverde seremos testigos de la vida común y corriente de los vecinos y también de la vida intelectual del momento, en una novela que se inicia en el ambiente de la portería de la calle Valverde 32, un solar con cierta solera decimonónica. Dividida en siete partes, en cada una de ella Max Aub utiliza a sus personajes para hablar sobre las noticias que recorrían Madrid por entonces pero, sobre todo, para descubrirnos lo cotidiano, los encuentros, las conversaciones, incluso algún que otro suceso luctuoso que alborota al vecindario. La casa y la calle se convierten en un trasunto del Madrid de esos años que, en la novela, Max Aub describe como "Una inmensa casa de huéspedes en la que se albergan jóvenes que hacen oposiciones y viejos que las hicieron. Lo demás es teatro."

La calle de Valverde se publicó por primera vez en 1961 en México. ¿Por qué allí? Pues porque en 1959 la Inspección de Libros del Ministerio de Información y Turismo recibió una instancia para publicarla en España bajo el sello de Seix Barral. El obligado informe censor de la obra dijo de ella: "Es una novela costumbrista que la que se intenta reflejar la España del tiempo del general Primo de Rivera. Puede publicarse con salvedades". Y de ahí en adelante venían las "salvedades" en forma de enormes tachones en color rojo que, a veces, suprimían capítulos enteros. Una orgía de color rojo que, inmediatamente después, pasó al censor eclesiástico, cuyas correcciones y partes del texto tachadas se hacían en azul. Si se hubiese publicado con tanto corte y tanta supresión, de novela habría pasado, con suerte, a un relato corto. 


La calle de Valverde transcurre entre los años 1926 y 1927 y refleja maravillosamente el ambiente de los años anteriores a la Segunda República. Pero sobre todo es un retrato fabuloso de la sociedad madrileña de esos años, centrándose en los habitantes de un inmueble de la céntrica calle Valverde. En él encontramos a opositores de provincias, escritores en ciernes, pintores que aspiran a ser reconocidos, porteras, prostitutas de cierta edad, obreros, trabajadores... todos pasan por delante de nosotros con ss logros y sus miserias. Es el día a día de todos y cada uno de ellos que se enfrentan a los vientos de cambio que empezaban a soplar en España.

La novela es muy coral, a veces podríamos pensar que hay un exceso de personajes, pero a medida que vamos avanzando en la lectura nos daremos cuenta de que todo tiene una finalidad, todo encaja. Es una novela muy mundana, profundamente costumbrista, con destellos brillantísimos de crítica política y unos diálogos absolutamente geniales, de una naturalidad asombrosa, llenos de frases coloquiales y para nada encorsetados. Desde ese dificio de la calle Valverde podemos hacernos una idea clara de cómo era Madrid entonces y, por extrapolación, toda España en un momento histórico poco tratado en la literatura, con la Gran Vía recién construída, una monarquía vieja y haciendo aguas y un dictador, Primo de Rivera, que se consideraba "padre" de todos los españoles.

Hay un poco, si me permitís la licencia, de cine de Berlanga en todos los personajes y en muchas de las situaciones y también en el humor que Max Aub destila en toda la novela, una obra llena de ingenio, de personajes humildes que se buscan la vida como pueden. Y de madrileños comunes que hablan como respiran: sin parar y de todo. Brillante, diferente y con muchas frases para enmarcar, La calle de Valverde tiene mucho por descubrir. Muñoz Molina la definió como una "genial gamberrada". Asomaos y veréis.

"A cualquier hora, la calle de Valverde parece de provincia. No que no sea madrileña - lo es como la primera -, pero entre la bullanguería de la de Fuencarral, la algarabía de la Corredera, el tráfico de la Gran Vía, da la impresión, a los pocos que por ella transitan, de un regreso a tiempos pasados; vuelta atrás, como si, todavía, en vez de la Avenida de Pi y Margall y de la de Eduardo Dato que empieza a continuarla, la Gran Vía fuera aún la calle del Desengaño. En cien metros se retrocede cien años. Todo callado, serio, gris, blanco, negro, las sombras más acusadas. Las luces municipales no pasan todavía, ahora, en 1926, de los faroles de gas, adosados de trecho en trecho, a las paredes de las casas quintañonas de las que sobresalen las oscuras vigas de los aleros cortos. El silencio es grato."

 

viernes, 8 de octubre de 2021

LOS CAFÉS LITERARIOS DE MADRID (ESTO ES OTRA HISTORIA)

En pocas cosas nos ponemos de acuerdo los españoles. Parece que llevamos en los genes el gusto por la disputa, por llevar la contraria o, simplemente, tenemos un arte especial para tocar las narices. Ni siquiera a la hora de tomar café; basta ver cualquier mesa de una cafetería con más de dos personas para darnos cuenta: cortado, con leche largo de café, solo, con hielo, con leche fría, para mí un poleo, gracias. Pero al abrigo de esos cafés o de unas cañas o de unas copas tras la cena, disfrutamos de nuestro real deporte nacional: hablar de todo. De lo divino y lo humano. Fútbol, política, la familia, el trabajo, cualquier tema es bueno para ponerlo sobre la mesa y dirimirlo en común. Podemos pasar horas así y para muchos es la mejor terapia después de una semana para olvidar. Supongo que por eso los llamados cafés literarios, las tertulias en ciertos locales que llegaron a adquirir gran fama, gozaron, durante tanto tiempo, de tan buena salud. Hoy día han caído en el desuso y casi en el olvido. Alguna queda en el Café Gijón, que sigue manteniendo alto el estandarte, pero hablar entre nosotros parece que se está olvidando. Las pantallas nos roban la atención y la discrepancia de ideas, en lugar de dar pie a un coloquio enriquecedor y apasionante, hace que nos brote lo peor y se pasa al insulto con una facilidad apabullante. Como si no dejase de perseguirnos, como una maldición, ese poso negro, visceral y de navajazo fácil del que tantas veces habla mi admirado Pérez Reverte.

Pero vayamos al tema que hoy quiero poner sobre la mesa y nunca mejor dicho: contaros cuáles fueron algunos de los más famosos cafés literarios de Madrid pero también de dónde vienen y su evolución, que seguro que puedo sorprenderos. Y es que a lo largo del siglo XIX y buena parte del XX Madrid se convirtió en sede de un importante número de estos cafés literarios en los que artistas, escritores, filósofos, periodistas e intelectuales de todo tipo organizaban tertulias en las que tanto se analizaban sus obras y las de otros como se impulsaban nuevas tendencias literarias y hasta políticas. 


Un antecedente de estas "tertulias cafeteras" fueron las academias literarias del Siglo de Oro, en las que se reunían poetas y dramaturgos en el domicilio de algún noble o personaje encumbrado. En ellas se discutía de temas literarios e, incluso, llegaban a componerse poemas "en directo" y pequeñas obras para ser leídas en el transcurso de las mismas. En Madrid la más famosa fue la Academia Mantuana, en la que Lope de Vega leyó por vez primera su "Arte nuevo para hacer comedias". De ellas derivó la Academia del Buen Gusto que entre los años 1749 y 1751 reunía a sus miembros en un local de la Plazuela del Ángel convocados por Josefa de Zúñiga, condesa de Lemos. Y un par de décadas después tomó cierta fama la Tertulia de la Fonda de San Sebastián, fundada por Nicolás Fernández de Moratín, cuyos componentes, todos admiradores de la Ilustración francesa, hablaban sobre los ideales de Rousseau, apostaban por una literatura mucho más vanguardista y por el teatro neoclásico. A ella acudían regularmente Félix María de Samaniego, Tomás de Iriarte, Jovellanos y Francisco de Goya.


Las mentes más liberales encontraron, durante el siglo XIX, acogida en cafés como el Lorenzini (en la cale de Cádiz, un callejón poco transitado entre las calles Carretas y Espoz y Mina) y La Fontana de Oro (en la calle Victoria 1, a escasos metros de la Puerta del Sol), a la que Benito Pérez Galdós dedicó una novela
. En ellos se acogió con alborozo el pronunciamiento de Riego. La llegada del Romanticismo llevó las veladas y la fama al Café del Príncipe, junto al Teatro Español, cuya tertulia se denominaba El Parnasillo y acudían personajes tan conocidos como Zorrilla, Mesonero Romanos, Bravo Murillo y Mariano José de Larra que, aunque asiduo, decía que el local era "reducirdo, puerco y opaco". Todo un carácter, nuestro Larra. 

En la segunda mitad del siglo XIX toma relevancia el Café de Levante, pero el situado en la calle Arenal (había tres locales en Madrid con el mismo nombre) porque a él acudía Valle Inclán y todos conocían su mordaz sentido del humor. Dicen que en este café Valle se inspiró para crear a Max Estrella. Y a la estela del Levante, otros cafés míticos como el Pombo de la calle Carretas, famoso por su leche merengada y al que solía ir frecuentemente Ramón Gómez de la Serna; el Café Comercial de la Glorieta de Bilbao, felizmente reabierto y recuperado con brillantez; el Café de la Montaña, que estaba en lo que hoy es una tienda de una conocida marca de tecnología en la Puerta del Sol y en cuya puerta, en una pelea a bastonazos con el periodista Manuel Bueno, Valle Inclán perdió el brazo; el Suizo y el Fornos, que casi estaban frente a frente, en la calle Alcalá esquina a la calle Sevilla y, por supuesto, el Café Gijón, en el que era fácil ver a Baroja, a Ramón y Cajal, a Pérez Galdós, a Camilo José Cela... Respecto a Cela, tanto el Gijón como el Comercial se disputan el mérito de haber sido la inspiración para "La colmena", su gran novela. Ahí sigue el Gijón, en el Paseo de Recoletos, en buena forma y con su evocador aire bohemio.


No quiero terminar sin contar una anécdota protagonizada por Valle Inclán, cuya fama de pendenciero y de gastar un acusado "mal café" era mítica. La anécdota me la contó un familiar muy querido que ya falleció y es posible que sea apócrifa, porque no la he encontrado reflejada en ningún sitio, pero es tan representativa que creo que merece la pena. Se dice que en una de las tertulias a las que acudía Valle solían sentarse a prudente distancia, y solo como oyentes, jóvenes aspirantes a escritores, impresionados por las conversaciones de los grandes. Su máxima aspiración era que, en algún momento, les dejasen leer alguna de sus obras y ser escuchados y aconsejados y, para ello, se dejaban un dinerito invitando a cafés o licores. Había uno especialmente insistente que estuvo yendo meses y meses y, finalmente, se le permitió leer uno de sus poemas ante la cara de malas pulgas de Valle Inclán, que detestaba este tipo de "detalles". Apenas llevaba el joven rapsoda recitados tres o cuatro versos, cuando del lugar en el que estaba sentado Valle surgió un escandaloso rebuzno que retumbó en toda la sala. Pálido, el poeta preguntó con la voz entrecortada que quién había sido. Y el irrepetible Valle, con toda tranquilidad, soltó:

- Nadie, es que hay eco. 

Lo cierto es que "si non e vero, e ben trovato".

¿Tomamos un café?





miércoles, 6 de octubre de 2021

LOS DIEZ ESCALONES de Fernando J. Múñez

Me gusta mucho cuando los autores deciden romper por completo con la novela que les ha reportado más o menos fama y se lanzan de cabeza a tramas diferentes, a épocas distintas. Aunque su esencia como escritor esté presente, saber girar y mimetizarse con una nueva historia que en nada se parece a la anterior es, en mi opinión, una muy buena señal para tenerle en cuenta como autor a seguir. Conocí a Fernando J. Múñez como escritor como creo que casi todos: cuando publicó La cocinera de Castamar, un libro que le ha reportado reconocimiento y que se ha llevado a la pequeña pantalla en forma de serie. Y a él, personalmente, en la Feria del Libro de Madrid de 2019, gracias a un divertido encuentro dentro de la propia feria que organizó la editorial. Lo que más me llamó la atención fue su alegría, la complicidad sonriente que mostró en todo momento y la felicidad que irradiaba viendo a su "criatura" ponerse de largo. Nos ganó a todos, creo.

La cocinera de Castamar me gustó como lectura, pero mi querencia por la novela histórica ha hecho que Los diez escalones me haya gustado más, a pesar de algún pequeño "pero" que más adelante os contaré. Aunque ya os adelanto que no son "peros" graves ni que ensombrezcan la novela; además son impresiones personales de las que, por supuesto, podéis discrepar. Nos vamos a la Castilla del siglo XIII y el recorrido va a ser muy interesante.

"AÚN NO SE HA ESCRITO NINGÚN LIBRO DONDE EL ASESINO SEA EL LECTOR." - UMBERTO ECO.

El cardenal Alvar León de Lara regresa a la abadía cisterciense de Urbión, en la que se formó y pasó su juventud, a petición de Rafael, su antiguo mentor y prior del monasterio. La petición es urgente, pero Rafael solo le hace saber que ha encontrado un extraño manuscrito de cuya lectura, de caer en malas manos, podrían derivarse consecuencias muy peligrosas. Alvar vuelve a la abadía después de veinte años de ausencia. De allí partió con el corazón desgarrado por el amor imposible de Isabel y ahora, quizá, deba enfrentarse de nuevo a ella además de conocer lo que su maestro quiere desvelarle. Un poco antes de llegar a la abadía, Alvar se encuentra con Mario, el joven monje que se le ha asignado como ayudante y que ha acudido a su encuentro.

A su llegada, Rafael le explica que un gran y terrible secreto se esconde tras los muros que les rodean, algo que puede, incluso cambiar el rumbo de la cristiandad y quiere que Alvar le ayude con él. Pero antes de que pueda detallarle qué es y qué sucede, Rafael muere envenenado. El ambiente enrarecido que Alvar ha detectado desde que cruzó las puertas de la abadía se tensa aún más. Hasta sus antiguos compañeros parecen mirarle con recelo. La muerte de Rafael abre la puerta a un infierno inesperado: enigmas escondidos, crímenes inexplicables, extraños símbolos, pistas que pueden conducir a un peligro cierto...Alvar deberá enfrentarse a todo ello y hacer lo posible por saber la verdad de lo que le contó Rafael y quién está detrás de todo. También luchar contra sí mismo cuando vuelve a tener enfrente a la mujer que ha marcó su vida, incluso habrá de pelear por mantenerse vivos.

Antes de seguir, he de confesaros algo: cuando comencé la novela e iba avanzando en la historia, torcí el gesto. Había tantas cosas que me recordaban a la monumental El nombre de la rosa (libro que forma parte de mis relecturas obligadas cada cierto tiempo) que me dio la sensación de que el autor trataba de seguir su estela demasiado cerca. Y mi vena tiquismiquis se activó con todas las alarmas. Pero al mismo tiempo me gustaba lo que estaba leyendo, el modo de narrar de Fernando J. Múñez, así que decidí quedarme y disfrutar sin más. Fue una muy buena decisión, desde luego. 


 La ambientación es, quizá, lo mejor. No solo la recreación de la época, sino lo bien que nos encierra Fernando dentro de los muros de la abadía, la sensación de peligro, la tensión siempre constante con el ritmo justo. El mundo religioso dentro de la abadía también se nos muestra con detalle: la fe y el miedo al infierno, la devoción, pero también las dudas a las que se enfrentan los monjes, su naturaleza humana pugnando por saltar por encima de los votos.  

Hay también momentos duros, con el maltrato y la violencia sexual como telones de fondo. Ahí es donde la figura de Isabel, que tras la partida de Alvar veinte años atrás se vio obligada a casarse con Sancho Osorio, cobra dolorosa importancia. Pero ella es una mujer que, aunque vive la época que le ha tocado con sus obligaciones, sus silencios y sus renuncias, sabe sobreponerse a lo peor y saca fuerzas de donde ya parece que no quedan. Tanto ella como Alvar me han parecido dos personajes poderosos, de esos a los que el lector se queda pegado y sufre, ama y vive con ellos. A Mario es imposible no cogerle cierto cariño: le vamos a ver madurando a marchas forzadas siempre al lado de Alvar, fiel y comprometido. Alvar, a pesar de su condición religiosa, es valiente, entregado y leal, todas las buenas condiciones del caballero medieval, pero, a su vez, tiene una fantástica capacidad de raciocinio, es observador y sabe sacar conclusiones. Desde mi punto de vista tiene una pizca de fray Guillermo de Baskerville, otra de Sherlock Holmes, un poquito de la disciplina y valores templarios y una ligera sombra del agente Pendergast. Aunque seguramente todo esto es solo cosa mía.

En mi opinión Los diez escalones, aún siendo una novela histórica por el contexto en el que se sitúa, tiene un mestizaje interesante: es también un thriller intenso, con crímenes y misterios por resolver, y muestra algunos toques de novela de aventuras. Además, como os decía más arriba, está escrita de un modo muy cuidado, tratando de ser fiel al momento histórico en el que está. La narración fluye y la lectura se hace bastante ágil. Y aquí uno de mis "peros": creo que, en ocaciones, el autor le da un exceso de importancia a detalles que luego resultan nimios o apenas tienen importancia y eso provoca un exceso de páginas en algunos momentos. Personalmente hubiese acortado algunas cosas, pero es verdad que esto no afecta al resultado final. Además el ritmo no deja de aumentar, en la parte final es casi trepidante. Entre esto y las ganas que tienes de saber qué sucede, de quién es el responsable de lo que sucede y de que se de respuesta a todos los misterios, las últimas cien páginas volaron en mis manos.

Una semana es el tiempo que recorre la trama de Los diez escalones. Una semana llena de intriga, de asesinatos, de dolor, de misterios por resolver y también de amor. Y es que, en ocasiones, basta una semana para recolocar el mundo que nos rodea o terminar por echarlo abajo. Leed la novela y descubrid cuál de las dos opciones triunfa.



lunes, 4 de octubre de 2021

CAMPOS DE GLORIA de Pedro Santamaría

Cada vez que Pedro Santamaría publica una nueva novela tengo dos cosas muy claras: que me lo voy a pasar en grande leyendo y que me voy a encontrar con una historia perfectamente armada, documentada y bien anclada a los hechos históricos. Y que su parte de ficción, tan lógica y necesaria en cualquier novela histórica que se precie, no va a chirriar ni va a estar metida con calzador para que cuadre con determinados hechos. La llegada a mis manos de Campos de Gloria sirvió para corroborar todas mis certezas con respecto a Pedro y a su narrativa: es, como siempre, muy entretenida (y esto no conlleva el matiz peyorativo que algunos quieren darle al adjetivo), ágil, intensa y original en su planteamiento. Si ya en El ateniense me fascinó su modo de presentar al protagonista y contar su vida sin ponerle a él en primer plano y haciendo que le conociéramos a través de las voces de otros, en la novela que hoy os traigo nos lleva a la batalla de los Campos Catalaúnicos, ocurrida en el año 451 d.C. y, prácticamente, nos la cuenta hora a hora desde la perspectiva de todos los que tomaron parte en ella.

En un momento histórico poco tratado y también poco conocido como fueron los últimos años de existencia del Imperio Romano de Occidente y de Roma como capital del mundo, Pedro Santamaría sabe reflejar la impotencia de sus defensores, la amenaza creciente de las hordas de Atila, los movimientos para conseguir pactos que aumenten el número de guerreros que se enfrenten a ellas y, también, la corte de Rávena de Valentiniano III, un emperador incapaz y veleidoso perdido en un mar de conspiraciones. 

BELLUM OMNIUM CONTRA OMNES

En el año 450 d.C., Atila ha extendido su imperio desde el Rin hasta el Mar Negro. Sus hordas invencibles han sometido a las tribus germánicas y derootado una y otra vez a las tropas del Imperio Romano de Oriente, que ahora le paga tributos para mantener la paz. Desde el Danubio a Constantinopla, todo está arrasado. Flavio Aecio, general de las tropas romanas de occidente, sabe que más pronto que tarde les va a llegar el turno. El imperio de occidente está débil y solo. La provincia de África ha caído en manos de los vándalos, los suevos campan a sus anchas por Hispania y al sudoeste de la Galia, con capital en Tolosa, se ha creado el reino godo. La corte del emperador Valentiniano III, en Rávena, es un nido de víboras, llena de conspiraciones y traiciones con un emperador incapaz de tomar decisones y excesivamente joven. Flavio Aecio sabe que si quiere salvar lo que queda de Roma tendrá que pactar con sus antiguos enemigos, los godos de Teodoredo, y enfrentarse a Atila en la que será la última gran batalla del ejército romano. Un batalla de una sola jornada en la que el destino de occidente se dirime a todo o nada. 

Obviamente, con estas premisas ¿quién no se lanzaría de cabeza a la lectura? Pedro Santamaría, con la agilidad narrativa que le caracteriza y que ya es marca de la casa, nos va llevando a todos los escenarios y junto a cada uno de los protagonistas principales. Qué fácil es ponerse del lado de Flavio Aecio, con su sentido del deber y de la lealtad a pesar de que todo lo que le rodea se cae a pedazos. La decadencia del Imperio Romano de Occidente, y en Campos de Gloria hay párrafos fabulosos que lo reflejan, es lo más parecido al final de un sueño perfecto. Una gran civilización que se derrumba con estrépito pero en la que aún quedan muchos con el espíritu que la levantó y la hizo poderosa dispuestos a defenderla.

Estaremos junto a Flavio Aecio, pero también junto a los godos (esos godos que han sido el hilo conductor de las últimas novelas de Pedro). Seremos testigos de sus decisiones  y también de la ambición de Atila, cuyos ojos están fijos en Roma. Y en los pasillos del palacio de Rávena asistiremos a las maquinaciones e intrigas que se esconden tras cada esquina. 

De nuevo los personajes protagonistas saltan de las páginas de la Historia para hacerse muy humanos, muy próximos, algo que, al igual que el ritmo, es habitual en las novelas de este autor. Luces y sombras, dudas, decisiones, miedos... todo se nos muestra con naturalidad, sin crear estereotipos. Y, aunque vayamos saltando de una facción a otra, creo que es Flavio Aecio el que mayor peso lleva, sin desmerecer a Teodoredo, al propio Atila o a Turismundo. Está mostrado de tal modo que no pude por menos que admirarle y comprender cada paso que da porque sirve a un fin mayor, sirve a la gloria de Roma, aunque esta gloria ya casi sea solo un recuerdo. Lo que sí señalaría, y no es una crítica sino una apreciación persnal, es que al ser una novela ambientada en un momento histórico concreto y muy corto, la evolución de los personajes, que suele ser una de las grandes bazas de Pedro Santamaría, no está tan desarrollada como en las novelas anteriores. Cierto es que tampoco hay "tiempo" para ello: los hechos fueron los que fueron.

Las escenas de batalla tienen ese matiz épico necesario pero también miedo, dolor y muerte, como no puede ser de otra manera. Pero llenan. Enardecen a veces y emocionan otras. Si te dejas llevar, casi puedes sentirte dentro de ella y creo que es por la naturalidad con la que Pedro cuenta y relata. La batalla de los Campos Catalaúnicos fue la última gran hazaña del ejército romano, un clímax atronador antes de que el telón se desplomase sin remedio apenas 25 años después, con la caída definitiva de Roma. Pero también marcó el principio del fin del imperio que Atila había levantado y, curiosamente, estas dos caídas propiciaron el nacimiento de los diferentes reinos germánicos, como los visigodos que llegaron a Hispania y que estaban profundamente romanizados. Ellos mantuvieron aún unos siglos la luz de lo que fue Roma. 

Hay un detalle en la novela que a nivel personal me ha encantado: un guiño a la figura del mítico rey Arturo. Una de las teorías es que él y sus caballeron (algo que se reflejó en la película El rey Arturo, protagonizada por Clive Owen) eran realmente soldados sármatas integrados en las tropas romanas de Britania. Aquí aparece un Flavio Artorio que llega de Britania solicitando ayuda a Aecio para luchar contra las invasiones sajonas. Supongo que la mayoría ya sabéis que mi hijo mayor se llama Arturo precisamente por mi pasión por las leyendas artúricas, por el gran Arturo de Camelot, así que este episodio me ha sacado una sonrisa muy cómplice.

Parece ser que Campos de Gloria es el final de la magnífica serie de novelas que Pedro Santamaría ha dedicado a los godos y creo que es un brillante cierre. Tiene todos los ingredientes para mantener el interés hasta la última línea, es apasionante, dinámica, está narrada con brío y, aunque de los hechos originales falten bastantes datos, Pedro ha sabido cerrar los huecos con una ficción sólida que no hace aguas por ninguna parte. Y por si algún aspirante a historiador con conocimientos muy sesgados quiere pensar que los Campos Catalaúnicos tienen algo que ver con Cataluña y su paisaje (que ya lo he escuchado y he sufrido escuchándolo), que sepa que aunque el enclave es impreciso, sí se sabe que tuvo lugar en la región francesa de la Champagna, cerca de la localidad de Châlons-en-Champagne (Chatalan).

Voy a echar de menos a los godos de Pedro Santamaría, pero estoy segura de que sus futuras novelas seguirán siendo apasionantes. Y pienso disfrutarlas todas.

martes, 7 de septiembre de 2021

LAS HUELLAS DE ERNEST HEMINGWAY EN MADRID (ESTO ES OTRA HISTORIA)

Este es el primer post que voy a dedicar a mis participaciones en el programa de Onda Madrid Esto es Otra Historia, presentado y dirigido por David Botello y Esther Sánchez, una delicia de una hora de duración para desayunar con una sonrisa (y aprendiendo) los domingos por la mañana. Y que, además, puede escucharse posteriormente en formato podcast para los poco madrugadores. Soy muy afortunada por tener amigos como David y Esther, que me ofrecieron ya hace meses un pequeño espacio para hablar de literartura en Madrid y, aunque empecé haciendo simples recomendaciones de libros, con el paso del tiempo me decidí a darle una vueltita de tuerca: la literatura son también los escritores, sus vidas, las anécdotas, la creación, el ambiente, las huellas que quedaron impresas en nuestras calles. Por eso hoy estreno "sección" con un grande: el autor estadounidense Ernest Hemingway, un enamorado de España y de Madrid. Visitaremos los lugares que él pisó, los que siguen en pie y los que ya son historia. Y escucharemos los ecos de sus recuerdos en sus novelas. ¿Me acompañáis?

PASIÓN, GUERRA Y RECUERDOS

En su novela Muerte en la tarde, Ernest Hemingway dijo: "Madrid es la más española de las ciudades de España. Cuando uno ha podido tener el Prado y al mismo tiempo El Escorial (...) y Toledo al sur y un hermoso camino a Ávila y otro bello camino a Segovia, que no está lejos de La Granja, se siente dominado por la desesperación al pensar que un día habrá de morir y dejar todo aquello.". A pesar de los tiempos duros que le tocó vivir aquí, siempre decía que habían sido los mejores años de su vida.

Y es que todos sabemos que el premio Nóbel visitó en muchas ocasiones España, y más concretamente Madrid, y se confesaba completamente enamorado. Ya en los años 20 del pasado siglo venía acompañado de su familia y lo hizo así hasta en nueve ocasiones. Posteriormente, durante la Guerra Civil, en los años 1937 y 1938, llegó a Madrid como corresponsal del North American Newspaper Alliance para cubrir como periodista el conflicto y en los años 50, como tantas fotografías y documentos gráficos lo avalan, era muy habitual su presencia en nuestro país, sobre todo para asistir a espectáculos taurinos.

Muchas calles, bares, hoteles y parques de Madrid han quedado inmortalizados para siempre en sus obras y en la mayoría de ellos también queda su recuerdo. Por ejemplo en el Restaurante Botín, lugar en el que transcurre la última escena de su novela Fiesta. Hemingway se hizo muy amigo de Emilio, entonces gerente del local, y le rogó encarecidamente que le enseñase a hacer paella. Pero el resultado fue un total desastre y, tras varios intentos, el escritor aseguró dejar las cocinas y seguir dedicándose a la literatura. 

También solía frecuentar el restaurante El Callejón, en la calle de la Ternera número 6 (calle en la que tuvo su vivienda nuestro héroe del 2 de mayo, el capitán Luis Daoiz), del que dijo en la revista Life que tenía "la mejor comida de la ciudad". Y, por supuesto, era un habitual de Chicote, el mítico local de la Gran Vía. En su relato La denuncia usa este bar como ejemplo del afecto que sentían sus clientes extranjeros por España y vuelve a darle protagonismo en su novela La quinta columna, en la que hay una amplia escena que se desarrolla en su interior.


Pero no solo de pan, buena comida y buenos vinos vive el hombre y Hemingway tenía varios hoteles de referencia en Madrid a los que le gustaba volver, como el Hotel Gran Vía (hoy Tryp Gran Vía) que cuenta con una placa en su entrada como recuerdo de la presencia del escritor, aunque a pesar de haberse alojado en varias ocasiones y haber escrito en él algunas de sus mejores crónicas sobre la Guerra Civil, en un artículo manifestó que el lugar "siempre le ponía furioso", sin dar demasiadas explicaciones. A pesar de ello, solía volver y también aparece como uno de los escenarios en La quinta columna. En sus primeros viajes a Madrid, con su familia, se quedaban en la habitación número 7 de la Pensión Aguilar (hoy Hostal Aguilar), en la Carrera de San Jerónimo.

Otro hotel que solía frecuentar era el Hotel Florida, que estaba en la Plaza del Callao y que, por desgracia, ya no existe. Este hotel sí que fue el escenario principal de La quinta columna, que, como vemos, es una novela profundamente madrileña, y tenía una característica única: era uno de los pocos edificios madrileños que en plena Guerra Civil contaba con agua caliente. Fue en sus pasillos y habitaciones donde Hemingway conoció a la reportera Martha Gelhorn, de la que se enamoró hasta el tuétano y en él vivieron buena parte de ese amor.


En la que es quizá la novela más conocida de Hemingway, Por quién doblan las campanas, se menciona al Hotel Gaylord, sito en la calle Alfonso XI, hotel que fue el más importante durante el transcurso de la Guerra Civil por todos los políticos, periodistas y personajes de cierta fama que se alojaron allí. El protagonista de la novela, Robert Jordan, dice de él una frase muy elocuente: "es demasiado bueno para una ciudad sitiada". De la mano de Jordan visitaremos también en la novela el Cuartel de las Brigadas Internacionales, que estaba en la calle Velázquez 63 y que hoy es un edificio precioso y único, además del Retiro y el Jardín Botánico.

Aunque de lo que sí le gustaba hablar (y disfrutar) a Ernest Hemingway en sus artículos era sobre la gastronomía de la que disfrutaba en Madrid. Era muy asiduo a la Cervecería Alemana, que sigue abierta y en perfecto estado de revista en la Plaza de Santa Ana y del desaparecido bar Álvarez, que se encontraba en la calle del Príncipe, donde le gustaba pasar las horas bebiendo cerveza y degustando raciones de gambas.

Pero si hay un lugar que impresionó a Hemingway fue el edificio que estaba en la calle Pintor Rosales número 14, justo frente al Cuartel de la Montaña, un edificio que, durante la Guerra Civil era una ruina absoluta, con el hueco del ascensor retorcido, la escalera destrozada y las puertas, milagrosamente intactas, abriéndose hacia un terreno totalmente yermo. Estaba tan cerca de la línea de fuego que podían verse las trincheras republicanas que estaban un poco más abajo. Para el escritor, esta finca desolada representaba fielmente el Madrid abatido por los bombardeos, destrozado por una guerra cruel. Tal fue la impresión que siempre le causó, que le dedicó un relato llamado Landscape with figures. Poco tiempo después, cuando le propusieron colaborar como guionista en la película The spanih earth, pidió que el edificio saliese en ella y hay un buen número de escenas en las que aparece, con su portal desvencijado y casi cayéndose a pedazos. 

Puede que muchas de las cosas que escribió y contó Hemingway sobre España y sobre Madrid se hayan convertido en estereotipos, pero nos puso en el mapa de millones de estadounidenses y ciudadanos del mundo que lo desconocían todo sobre nuestro país. Solo por eso merece la pena escuchar sus los susurros que fue dejando por nuestras calles.

jueves, 2 de septiembre de 2021

EL MINISTERIO DE LA VERDAD de Carlos Augusto Casas

 

Seguro que me lo habéis escuchado más de una vez: una de las mejores novelas negras que he leído nunca fue Ya no quedan jungas adonde regresar, la primera de Carlos Augusto Casas, que ganó el premio Wilkie Collins. Pocas veces una novela tan corta ha pegado tan duro. Nadie queda indiferente ante su lectura y por eso la sigo recomendando. Desde 2017 he estado esperando con ganas una segunda novela del autor y, lo confieso, cuando por fin se anunciaron portada y resumen me quedé un poco descolocada. Más bien muy descolocada. ¿Una distopía basada en el control absoluto por parte del gobierno de lo que hace y piensa la población? ¿Y a solo nueve años vista? Lo reconozco sin pudor: aquello me hizo torcer el gesto de mala manera, no era lo que me esperaba y las distopías no son lo mío. Salvando algunos relatos de Asimov, que me parecen un prodigio de ironía, los futuros distópicos nunca me resultan creíbles.

Pero claro, me he tenido que comer con patatas todos mis prejuicios, porque no solo Carlos Augusto Casas nos vuelve a impresionar con su capacidad narrativa, con esas frases que son como puñales y que te gustaría haber sido capaz de crear, con unos personajes potentes (si bien alguno se guarda algún estereotipo muy concreto), unos diálogos demoledores y una trama que, por cercana y conocida, provoca muchos escalofríos. Al menos a mí me los ha causado incluso en plena ola de calor madrileño. Nos vamos al 2030 (no sé si la famosa Agenda 2030, de la que tanto se habla, tendrá algo que ver en esto). Pasado mañana, como quien dice. ¿Venís?

NO NOS ESCUCHES, YA ESTAMOS TODOS MUERTOS

"Primero cerraron los cines; anto seguido, las pequeñas librerías, y, por último, desaparecieron los periódicos de papel. La vida no deja de mandarme señales, mi mundo se acaba."

Tras la Gran Pandemia, España se ha convertido en un país sin libertades en el que las prohibiciones campan a sus anchas sin que la mayor parte de la población sea consciente. Adocenados por móviles, tablets y ordenadores, contemplan sus pantallas como se contempla a un dios. Nadie cuestiona las informaciones que llegan a través de ellos, nadie se rebela, nadie se hace preguntas. Casi ni se recuerda cómo era acudir a un bar de barrio a tomar unas cañas y una tapa: todas las cafeterías pertenecen a la misma franquicia. Los libros aparecen tirados en contenedores porque no son útiles y ocupan espacio. La diferencia de clases ya no es un escalón, es un abismo. No hay libertad de pensamiento: este es único y marcado por el Ministerio de la Verdad, tan omnipresente como poderoso. Pero muy poca gente es consciente de ello.

Incluso en la universidad, tradicionalmente tan libre, existen ghetos y dos clases de estudiantes: los que cuentan con dinero para pagarse las matrículas y mensualidades más caras y que tienen acceso a los mejores medios, bibliotecas y prácticas y los que apenas pueden costearse la matrícula, los del "plan B", que se hacinan en clases masificadas sin ninguna posibilidad de estar a la altura de sus compañeros. Julia Romero es una joven periodista del "plan B" que consigue, gracias a su amistad con una adinerada y bien relacionada compañera del "plan A", un puesto menor de redactora en un periódico. Su padre, Gabriel Romero, había sido un periodista de raza, de los de la antigua escuela, pero tras la muerte de su mujer y el abandono de su trabajo, se sumerge en una espiral de alcohol y autocompasión. La relación entre ambos es complicada, dolorosa. Hasta que su padre aparece muerto al pie del viaducto de Madrid. Aparentemente se ha suicidado. Pero hay muchas cosas que no cuadran en su muerte y la realidad se vuelve cada vez más oscura cuando descubre que todos los artículos que escribió su padre han desaparecido. No hay rastro de ellos. ¿Qué se contaba en ellos? ¿Por qué y a manos de quién ha muerto Gabriel Romero?

A priori, para un lector que se base simplemente en la contraportada del libro, le puede parecer una novela de misterio más, pero ambientada en 2030. Lo que realmente a mí me ha provocado esos escalofríos que os decía al principio son ciertos detalles que ya estamos viviendo ahora, esa pérdida de la libertad de pensamiento (o piensas como nosotros o eres tal o cual cosa), ese "buenismo" imperante que nos trata a los ciudadanos como si fuésemos idiotas, incapaces de enfrentarnos a la realidad. Esa dependencia cada vez más absoluta de la tecnología, que se va pareciendo más a una secta destructiva que a un modo de relacionarse o informarse. El Ministerio de la Verdad se erige como una sombra que lo cubre todo, una entidad capaz de dirigir hasta la intención de voto en una dirección u otra, que filtra las noticias para que solo lleguen a los ciudadanos las que a él le interesan. Y que dispone de una suerte de "vigilantes" dispuestos a lo que sea con tal de preservar esa "verdad" oficial.

Si hay algo que me da miedo, más que un holocausto nuclear o un meteorito reventando la Tierra (ya conocéis mi marcada vena apocalíptica), es que me impongan lo que he de pensar, lo que tengo que leer, cómo he de hacer las cosas. Me aterra. Y eso es lo que Carlos Augusto Casas nos vaticina en su novela: una sociedad de ovejas moviéndose al son de algunos pastores y con una jauría de perros que muerden sin piedad a las que se salen del camino. Una sociedad sin capacidad crítica, de pensamiento único, sin disidencias, que se ha ido instaurando sin prisa pero sin pausa y que ni siquiera se cuestiona. Todos los bares iguales, las mismas bebidas, las mismas comidas, uniformidad. Con los ciudadadanos controlados a través de sus móviles o sus ordenadores. Paisaje en gris. No me digáis que no es para echarse a temblar.

Los únicos que se rebelan ante ello son los ancianos, que se manifiestan ante las puertas del Ministerio de la Verdad cada día. Y los más desfavorecidos, los sin techo que, en cada vez mayor número, pueblan los rincones de la ciudad y que se mueven todo lo posible por detrás de la línea de visión del Ministerio, avisando a quienes están en peligro con un ejemplar de 1984, de George Orwell. 

Carlos Augusto Casas, a lo largo de las páginas de su novela, nos va creando cada vez una mayor sensación de incomodidad, de impotencia, a veces con un puntito de desesperación. Es cierto, como os decía al principio de la reseña, que a veces "los malos" y la organización del Ministerio nos resultan reconocibles, similares a otros, pero eso no les resta ni pizca al miedo que causan. Y quizá también sea recurrente el marcado alcoholismo del padre de Julia y de Varona, el veterano periodista, antiguo compañero de este, que parece haberse resignado a vivir anestesiado, a no pensar, hasta que un destello le hace ponerse en marcha de nuevo.

Abundan los diálogos a lo largo de toda la obra, diálogos que fluyen naturales, sin acartonamientos ni demagogias. Y ellos son los que mejor nos dibujan a los personajes, los que marcan a fuego sus características. La tensión, presente desde las tres primeras páginas, va creciendo sin estridencias pero también sin pausa, provocando una inquietud muy poco cómoda pero fascinante porque no es fácil intuir por dónde nos va a llevar.

El Ministerio de la Verdad tiene muchos y buenos ingredientes para mantenernos pegaditos a sus páginas. Quizá porque, de pronto, recordamos que, si hacemos una búsqueda de sillas de escritorio, nos comenzarán a aparecer decenas de anuncios sobre ellas. O cómo, en ocasiones, nos hemos creído bulos muy bien montados. O por qué las redes nos llevan a esa crispación constante. A veces conviene recordar que un mundo mejor es posible, que lo tuvimos en las manos y lo estamos desguazando a pedacitos. ¿Nos atreveremos a asaltar la habitación 101 del Ministerio de la Verdad para recuperar la libertad?