En He vencido al mundo, Christian nos regala una precuela para narrarnos solo una semana: la que va del Domingo de Ramos al Domingo de Resurrección. Y sí, claro que Jesús de Nazaret es el centro, pero las voces y los ojos importantes, los que de verdad nos tocan el corazón, son los de su madre, María, y los de Judas, el hombre que, más de dos mil años después, sigue siendo el símbolo de la traición. Hay también otra serie importante de secundarios, como os contaré después, que terminan de tejer un tapiz lleno de matices y humanidad. Hace un par de días leía en el post de una "instagramer" que había dejado el libro casi al principio porque "le contaba lo que ya sabía, la misma historia de siempre y se aburría" y me volví a ratificar en lo de que la comprensión lectora se está perdiendo. Y la lectura, como ejercicio reposado, íntimo, personal y tranquilo, también. Tanta prisa y tanta inmediatez roban la delicia de perderse durante horas en las páginas de un libro. Pero esta es otra historia de la que algún día hablaré. Ahora nos vamos al siglo I.
"LO QUE VAS A HACER, HAZLO PRONTO" - JUAN 13:27
La Pascua está próxima y Jesús de Nazaret sabe bien que sus días sobre la Tierra están contados. Conoce su cercano final y, sin embargo, decide entrar en Jerusalén a pesar de las amenazas del Sanedrín que sobre él se ciernen. Los discípulos no acaban de comprender el mensaje del Maestro y, contemplándolo todo, hay un centurión romano que se debate internamente entre su obligación y lo que el corazón le grita. En medio de la tensión creciente, dos de las personas más importantes en la vida del Nazareno van a cambiar el curso de los acontecimientos: Judas Iscariote, uno de sus mejores amigos, cuya alma se encuentra sacudida por mil tormentas, y María, su madre, que, a pesar de saber de la misión de su hijo, no puede soportar la idea de perderle. La cuenta de los días es implacable y el viernes se acerca.
Antes de meterme en la reseña propiamente dicha, quería contaros que este libro me ha llevado a los fríos días previos a la Navidad de 1988, cuando con tres de mis mejores amigos fui a los Cines Renoir de la Plaza de España de Madrid para ver La última tentación de Cristo. Ahora todo lo que pasó ha caído en el olvido, pero la película fue aborrecida por muchos. Hubo amenazas, pintadas en los cines que la exhibían, grupos de gente que imprecaban a los que acudían a verla... Recuerdo que el cartel de la fachada de los cines estaba lleno de manchurrones de pintura y que los cuatro íbamos con cierta prevención. Al final, en la sala apenas estábamos veinte personas. Pero lo que más recuerdo es cómo me impresionó que, en la película, Jesús le pide a Judas que le venda. Que es necesario para cumplir el propósito para el que ha venido.
He vencido al mundo nos lleva a vivir los últimos días de Jesús de Nazaret, su muerte y su resurrección. Pero no es una narración al uso, no se trata de una relación de hechos conocidos que se van encadenando ante nuestros ojos. Vamos a vivirlos desde dentro de los muros de las casas y desde las calles de Jerusalén pero, sobre todo, vamos a vivirlo desde el interior de los protagonistas. En esta novela los sentimientos están en carne viva y, a pesar de que el final es de sobra conocido, la zozobra y la angustia te van ganando página a página.
Si bien, como os decía, Judas y María son quienes nos marcan el camino, hay otros muchos personajes que nos permiten llegar a entender la carga de profundidad que suponía el mensaje de Jesús de Nazaret para la sociedad del momento. Para el Sanedrín era un blasfemo y alguien que socavaba los cimientos de su poder y sus creencias; para los romanos, a quienes el tema religioso les importaba más bien poco, era un agitador y temían por posibles disturbios, pero tampoco le daban demasiada importancia. Sus discípulos han comenzado a temer lo que sucederá cuando Jesús no esté con ellos y el miedo campa libre en sus corazones.
La figura de Judas, siempre controvertida y siempre, desde entonces, denostada y aborrecida, se nos muestra arrastrando una dolorosa tortura personal interna. Sí, tiene fe en el Maestro y le ama, pero hay cosas que no entiende y que le atañen directamente. La angustia es una serpiente que le va ahogando por dentro. María, por el contrario, se nos muestra como fundamentalmente como madre, una madre que conoce bien quién es su hijo y cuál es su misión, pero que no puede dejar de recordarle siendo un niño, jugando, buscando su abrazo. Sabe que va a enfrentarse a horas terribles y también sufre una angustia demoledora. Ambos son dos caras de una misma moneda, solo que, en este caso, una de las dos cae siempre debajo.
He vencido al mundo es una novela de sentimientos profundos, tanto para lo bueno como para lo malo. El odio visceral que los miembros del Sanedrín y sus seguidores profesan a Jesús les cierra los ojos a la compasión. Se convierten en guardianes de lo que ellos considera la verdad absoluta, de la pureza de la religión y, sin embargo, esconden su cobardía detrás de las lanzas y del poder romano. Pilatos, como cabeza de este poder, no entiende a qué tanta inquina con alguien que se limita a predicar, demostrando que, a su vez, él tampoco comprendía a quienes gobernaba.
A lo largo de las páginas iremos reconociendo objetos y señales y otros aparecen para quedarse con nosotros: las palmas al viento en la entrada de Jesús en Jerusalén, el lienzo que cubrió a Jesús, el paño de la Verónica, la lanza de Longinos, las treinta monedas de plata, la sala de la Última Cena, la corona de espinas, el madero de la cruz... y un burrito de madera que va a simbolizar todo el amor, la esperanza y la certeza.
Christian Gálvez nos habla de sacrificio y de pesar, pero también de esperanza, de verdad, de confianza. Y lo hace con un lenguaje cuidado, a veces casi preciosista, en el que consigue que sintamos el calor, el polvo, los olores de la ciudad, de la comida. Que veamos la luz con la que despierta Jerusalén y la oscuridad que cae sobre ella. Hay buenas descripciones de edificios y lugares, pero no se recrea en ellas, deja que el lector complete los huecos al meterle dentro de la historia. Tampoco nos describe las torturas previas a la crucifixión que padeció Jesús, solo contemplamos los resultados, y eso me ha parecido un acierto, porque no creo que hiciera falta añadir más dolor ni recrearse en el suplicio. Es importante también cómo reivindica el papel de las mujeres que acompañaban a Jesús, pero siempre desde el respeto a la realidad histórica y a cómo era su vida en aquel momento.
He vencido a mundo nos habla de una historia conocida, sí; con un final sabido por todos. Pero no lo hace desde el dogma ni con la pretensión de dar una lección: nos pone sobre la mesa los sentimientos de quienes iban a perderlo todo y lo hace hablando de compasión y de sacrificio; de piedad, de ternura y pesar; de confianza y de fe. Muchos de nosotros podemos sentirnos identificados con cada uno de los protagonistas, porque, como dijo el propio Christian en la presentación del libro, no hubo ningún apóstol que, de una manera u otra, no traicionara a Jesús. Todos nos equivocamos, negamos, nos escondemos y dudamos en algún momento de nuestros mejores amigos y hasta de miembros de nuestra familia. Somos humanos, al fin y al cabo, como lo fueron ellos.
Os animo a que leáis esta novela y a que os dejéis llevar por todo lo que hace sentir. Tanto si sois creyentes como si no, el mensaje de fondo sirve para todos. A veces solo es necesario escuchar.

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