viernes, 8 de febrero de 2019

YO NUNCA de Eduardo Soto-Trillo

Conocí a Eduardo Soto-Trillo en la pasada edición de Getafe Negro. Participó en la mesa titulada "El detective en el diván: transtornos mentales y género negro" y pude charlar con él en la presentación que del certamen se hacia en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés. Me habló de esta novela, Yo nunca, que era su primera incursión en el género, ya que anteriormente sólo había publicado libros de ensayo en los que contaba su experiencia en países en guerra. Y lo que me contó sobre ella me llamó poderosamente la atención porque me pareció diferente y a tener muy en cuenta. Amablemente me ofreció un ejemplar que me llegó a casa a los pocos días, remitido por Ediciones B. Por fin he podido leerlo con calma y perderme en las calles de Ramil, un pueblo gallego que guarda en sus gentes y en sus calles más de un secreto y muchas historias que permanecen dormidas pero muy presentes. 

Antes de meterme más a fondo en mi opinión de la novela, he de decir que me ha sorprendido lo que he encontrado en ella: una historia que parece a priori sencilla pero que se va complicando y adquiriendo matices cada vez más inquietantes, sostenida por un elenco de personajes a los que no sabes bien cómo catalogar y que se alejan mucho de los habituales. Un estudio psicológico poderoso de cómo lo vivido y lo que no contamos o no asimilamos nos marca y nos hace ser lo que somos.

PORTAZOS AL PASADO


Luis acaba de aprobar el primer examen de las oposiciones a juez después de varios y desatrosos intentos. Su vida lleva años centrada en el estudio del amplísimo temario y en el cuidado de su madre, con la que ha mantenido siempre una relación compleja y dependiente. Tras la muerte de esta, en un accidente fortuito, y haber conseguido dar el primer paso para lo que él considera su sueño, ser juez, decide volver a la casa de la familia de su madre en Ramil para aislarse de todo y preparar a conciencia la segunda prueba, tan exigente o más que la primera. Cree que allí encontrará la tranquilidad necesaria y que podrá concentrarse rodeado de naturaleza y en un ambiente diferente al de Madrid.

En el caserón familiar, Merlachoca, vive ya solo su tía, una mujer que jamás se ha casado y que pasa los días delante de la televisión viendo un programa de corazón detrás de otro. No parece excesivamente feliz por la llegada de su sobrino. Hace mucho que no se ven y la relación con él y con su fallecida madre, su hermana, dejó de ser buena y fluida hace tanto que casi son dos extraños. Ramil ha cambiado también. Muchos son los vecinos a lo que Luis recuerda y que siguen viviendo en una especie de burbuja temporal, pero también han llegado habitantes nuevos que, de alguna manera, han alterado el microcosmos habitual del lugar. 

Luis los irá conociendo gracias a sus visitas al bar del pueblo, ahora regentado por Pablo, un joven homosexual peculiar y simpático a su manera, que ha remodelado es aspecto del local al que siguen yendo los de siempre y también los nuevos. Conocer a Carmen, una mujer ya en la cuarentena pero con un atractivo que a Luis le resulta irresistible, hará que de pronto todo lo que quiere y lo que busca gire en torno a ella. Carmen ejerce de fisioterapeuta en Ramil y parece tener una relación muy cordial con sus pacientes y vecinos. En el bar también suele pasar muchas horas otro forastero, Javier, escribiendo un libro sobre filosofía y que jamás habla con nadie. En sus largas sesiones de estudio, perdido por los parajes que rodean Ramil, también conocerá a Laura, una joven restauradora que está devolviendo el color a las pinturas de una ermita abandonada.

Luis arrastra una existencia gris y que nunca ha sido fácil. Su madre padecía constantes depresiones, su padre los abandonó y jamás volvió a tener contacto con él. Una mezcla de amor y odio hacia su progenitora le sigue siempre como una sombra oscura y los constantes encontronazos con su tía no ayudan a mejorar su ánimo. Solo Carmen parece ofrecerle un remanso de paz, olvido y amor desbocado, pero ella se le escapa siempre de entre los dedos. Comienza a darse cuenta de que las relaciones entre los nuevos vecinos son extrañas y que hay muchas cosas que no sabe y que ellos parecen esconder o contar solo a medias.

En los alrededores de Ramil comienzan a aparecer perros degollados y lo que en principio parecían muertes aisladas, casi normales en un entorno rural , se va convirtiendo en una preocupación porque no hay un sospechoso claro ni tampoco motivos para que los animales estén siendo tan brutalmente asesinados.

Como decía antes, es muy complicado catalogar a los personajes. Siendo Luis el protagonista principal, me ha resultado muy difícil empatizar con él. No resulta simpático, está lleno de contradicciones, sus reacciones a menudo resultan desasperantes. Pasa del cielo al infierno en segundos, con "pataletas" o enfados que casi catalogaría de pueriles. Saca conclusiones sin pararse a pensar dos veces y, sobre todo en su relación con Carmen, puede mostrarse ciego de amor o tildarla de "zorra" cuando su imaginación le juega malas pasadas. Está muy bien dibujado, eso es cierto. Llegamos a conocerle muy bien, aunque jamás sabremos cómo va a reaccionar ante ciertas situaciones.

Las extrañas relaciones entre Carmen, Pablo, Javier, Guillermo (un escultor excéntrico que vive en las afueras del pueblo), Laura y Miguel, un médico de la zona, confunden a Luis, siempre dispuesto a ponerse en lo peor. A medida que pasan los días, irán saliendo a la luz también muchos secretos de la propia familia de Luis, de los que él no tenía idea ya que su madre se apartó de ellos y jamás compartió con su hijo su historia más íntima. Su obsesión por Carmen, la tensa relación con su tía, las certezas que va descubriendo sobre su familia, lo que ve y lo que imagina, le van metiendo en un laberinto intrincado, casi angustioso y lleno de interrogantes, que Luis se ve incapaz de resolver.

Siempre he sentido debilidad por las tramas que suceden en los pueblos, en el mundo más rural, proque creo que, como ya dije en la reseña de Los Caín, en sus calles y en sus gentes se puede encontrar lo peor del ser humano. No siempre las grandes urbes tienen ese oscuro privilegio. Allí los odios se enquistan y el mal puede encontrarse detrás de cualquier visillo que se cierra de golpe. Ramil se nos presenta cargado de preguntas que pueden tener respuestas perturbadoras. O quizás es que Luis no sabe cómo formularlas, perdido como está en su propio tormento interior, ese que no quiere reconocer y que, poco a poco, irá saliendo y tomando otras formas. 

Yo nunca es un magnífico tratado de la condición humana, de la psicología de sus personajes. Una novela que te va atrapando sin remedio y metiéndote de lleno en el mismo desasosiego que atrapa a Luis, haciendo que te mantengas alerta en todo momento. Lo que Luis va descubriendo y viendo es lo que el lector descubre y ve, aunque esté narrada en tercera persona. Los silencios, los extraños vínculos que parecen atar a algunos habitantes de Ramil, lo que se va revelando de su madre, su tía y su abuelo van consiguiendo que necesites y quieras saber más. Los paisajes son también fundamentales en la historia. El verde del Galicia que se va agostando con la llegada de un calor insospechado, las calles de Ramil, la ermita abandonada, las ruinas de la antigua finca familiar. Todo tiene una segunda lectura que a mí me ha mantenido pegada a sus páginas hasta el inesperado final.

Yo nunca es también una novela que, como sus personajes, resulta complicado catalogar, pero quizá ese es su encanto. Hay mucho de almas rotas en sus páginas, de querer dejar atrás el pasado, un pasado que puede ser aterrador. Cómo seguir adelante cuando todo se te ha derrumbado con estrépito... Dadle una oportunidad, creo que encontraréis algunas respuestas sorprendentes que, incluso, os resultarán un poco sobrecogedoras. O que os surja más de una pregunta incómoda. Descubridlo.






lunes, 28 de enero de 2019

COMANCHE de Jesús Maeso de la Torre

Conocía la trayectoria de Jesús Maeso de la Torre desde hace tiempo, aunque reconozco que sólo había leído dos libros suyos y hace ya unos años: Tartessos y El auriga de Hispania. Su fama como narrador y como referente de la novela histórica en España es un hecho y el pasado mes de noviembre tuve la fortuna de conocerle en persona en el Certamen de Novela Histórica de Úbeda, en el que está "implicado" de muchas maneras. Descubrí a un hombre culto, encantador y con un fantástico sentido del humor al que da gusto escuchar y con quien compartí más de una interesante conversación. También compartí con él un pequeño secreto, si se le puede llamar así, para aliviar sus migrañas que, espero, le haya seguido viniendo bien.

Aproveché mi estancia allí para comprar un ejemplar de Comanche, su última novela, y traérmela firmada y puedo aseguraros que me ha tenido pegada a sus páginas hasta el final. Primero por su manera de escribir, de contar y de meternos de cabeza en una aventura fascinante y, después, por descubrir detalles de la Historia, con mayúsculas, que no conocía y que me han hecho interesarme más por todo lo que se narra en ella. Con esta manía que hay en ciertos sectores de nuestra sociedad de echar por tierra, ningunear e, incluso, mancillar la memoria de lo que fuimos, libros como Comanche se convierten en imprescindibles. En este caso para recordar que, cuando se produjo la llamada "conquista del Oeste" por parte de los nuevos colonos estadounidenses, los españoles ya llevaban tres siglos en esas tierras fundando ciudades, mercados y fortificaciones, favoreciendo los intercambios con los indios nativos y ayudándoles cuando las tribus más violentas trataban de arrasar todo a sangre y fuego. Recordar que el auténtico genocidio de los nativos de los actuales Estados Unidos se produjo por los colonos ingleses, que fueron ellos quienes los masacraron hasta dejarlos reducidos a indignantes reservas como animales en zoos. Recordar que fue Fernando de Gálvez, gobernador español de Luisiana, quien negoció en nombre de España con Thomas Jefferson la ayuda de nuestro país para apoyar la Guerra de Secesión contra Inglaterra (para que luego los franceses se pongan la medalla, como es su costumbre) y que fue determinante en las victorias militares de los sublevados, como en Pensacola. Allí se le reconoce como héroe y tiene un monumento en su recuerdo. El Senado de los EEUU le nombró en 2014 ciudadano honorario y un cuadro suyo adorna las paredes del Congreso estadounidense. Incluso la ciudad de Galveston, en Texas, lleva ese nombre en su honor. Os recomiendo buscar y leer la biografía de este hombre extraordinario. Quizá convendría que muchos, con perdón, dejasen de cogérsela con papel de fumar y reconociesen nuestros logros.

TRAS LOS PASOS DE LOS DRAGONES DE CUERA

 

Finales del siglo XVIII. En los territorios de Nueva España que pertenecen al Imperio español desde hace tres siglos, los ataques de los comanches contra la población civil crecen en intensidad y crueldad. Los dragones del rey, soldados de frontera, tratan de contener los ataques y proteger tanto a los españoles que viven allí como a la población india asentada en el territorio. Martín de Arellano, hijo de uno de esos dragones de cuera que murió tras un ataque comanche, buscará hacerse un hueco entre sus filas para honrar su memoria. A lo largo de las páginas de Comanche, Martín de Arellano, la apache Wasakie y Aolani, princesa de Alaska, nos llevan de su mano para mostrarnos la vida en aquellas tierras, las relaciones entre indios y españoles, las sangrientas y crueles correrías del jefe comanche Cuerno Verde. Pero también viajaremos a las cortes del Virrey de México y la de Madrid, con todas las intrigas entre los partidarios del conde de Aranda y los de Floridablanca bajo el reinado de Carlos III.


Jesús Maeso, con una narración brillante, nos transporta a aquella época fascinante y llena de peligros pero también vibrante y única. Descubriremos hechos olvidados pero que deberían reconocerse como grandes gestas, como la llegada de los españoles a Alaska y California. La fundación de ciudades como San Francisco, la vida en los presidios, el esfuerzo incansable de los dragones por mantener la influencia española a pesar de todas las dificultades. También habrá ocasión para el amor y la pasión aunque no sean tiempos propicios.

Es inmegable la labor de documentación del autor, tanto a nivel histórico como en cuanto a las costumbres y modo de vida de las diferentes tribus indias, sus enfrentamientos y odios y hasta el modo en que se vestían. También las relaciones entre españoles e indios, de la que es buen ejemplo la de Martín y Wasakie, criados juntos desde niños, lo que provoca que ambos entiendan mejor la posición del otro a lo largo de los años. Wasakie fue la única superviviente de su poblado cuando fue masacrado por los comanches y el padre de Martín decidió llevarla a su casa y criarla como a una hija. Fueron muchos los pueblos indios que decidieron pactar con los españoles y vivir en paz, comerciando con ellos y buscando su protección frente a comanches y apaches, mucho más violentos y despiadados.

Si he de poner un "pero" a Comanche, y lo digo con cierta reserva, es cuando la acción se traslada a Madrid, bajo el reinado de Carlos III, monarca empeñado en renovar y mejorar el reino. La época es fascinante y los cambios que se produjeron remodelaron tanto la fisonomía del país como el modo de hacer política, pero dentro de la novela es como si te sacara de situación. Una especie de ruptura algo brusca cuando más metido estás en las aventuras de los dragones  y las correrías de Cuerno Verde. Supongo que la intención del autor era definir aun más el marco histórico y las abismales diferencias entre lo que se vivía en la capital, donde se tomaban las decisiones, con respecto a Nueva España.

La recreación histórica de la época es impecable y muy visual, con descripciones que nos trasladan sin dificultad a los lugares por los que transcurre la acción, y nos va sumergiendo a lo largo de sus páginas en los paisajes americanos, en el honor y la valentía de los dragones españoles, en las sanguinarias incursiones de los comanches que apostaban por no dejar nada vivo a su paso. Conoceremos cómo funcionaban los presidios de frontera que, pese a su nombre, no eran cárceles sino fortificaciones militares españolas para el acuartelamiento de tropas y que sirvieron como baluartes de defensa y de amparo.

Aunque novelados, los hechos más importantes que se narran en Comanche sucedieron así, solo que hemos preferido olvidarlos. La presencia española en lo que ahora es Estados Unidos, alcanzando horizontes impensables teniendo en cuenta los pocos efectivos con los que se contaba y los muchos obstáculos que tuvieron que sortear, fue un hito que es necesario reconocer y admirar. Como es necesario rendir homenaje a quienes lo hicieron posible y favorecieron la negociación con los pueblos indígenas como Juan Bautista de Anza, fundador de San Francisco, que firmó con los principales pueblos indios, al mando del gran jefe Ecuerapaca, la Paz de Anza, un pacto de concordia que se mantuvo vigente más de un siglo y que jamás volvió a repetirse.

Por cosas como esta merece la pena leer Comanche pero también para disfrutar de una novela con todos los ingredientes para revivir una época apasionante. Aventuras, acción, amor e historia convierten a Comanche en una gran elección para los lectores amantes de la novela histórica en la que, además, encontramos en ella motivos para la curiosidad y para querer saber más. Y eso, creo, es todo un regalo.

"Cuenta lo que fuimos", le dice Sebastián Copons a Iñigo Balboa en la adaptación al cine de las aventuras del Capitán Alatriste. Aquí Jesús Maeso lo ha contado. Como decía más arriba, no podemos dejar de recordarlo.



 

lunes, 14 de enero de 2019

LA MELODÍA DE LA OSCURIDAD de Daniel Fopiani

El final de 2018 no ha sido, a nivel personal, ninguna bicoca. Diciembre, en su conjunto, se me ha hecho tan duro que eran muchos los días en que salir de la cama resultaba un esfuerzo titánico. Y leer, que es lo que me reconcilia con el mundo, quedaba apartado por esa especie de desidia triste que lo envolvía todo. Quería haber aprovechado las vacaciones navideñas para ponerme un poco al día y, al final, ni siquiera eso pudo ser. Pero sí me leí, en un fin de semana perezoso y de completa soledad, La melodía de la oscuridad, el libro que hoy os traigo, y que Espasa me había facilitado de forma anticipada.

Me apetecía mucho volver a Fopiani después de La carcoma, que me sorprendió gratamente por su originalidad. Y además venía recomendado por Benito Olmo y César Pérez Gellida, de quienes me fío mucho. Que el protagonista fuese invidente me llamaba poderosamente la atención, porque investigar crímenes sin el sentido de la vista me parecía una vuelta de tuerca interesante. Y así fue: me bebí la novela casi sin respirar hasta la última página y puedo adelantaros que me gustó. Solo fruncí el ceño en un par de ocasiones con fallitos de procedimiento que os contaré un poco más adelante.

"ENTRE CIEGOS, EL ÚNICO QUE NO VEÍA ERA YO" (Alejandro Lanús)


Adriano es un antiguo sargento de la Guardia Civil que sufrió en sus carnes un atentado en el cuartel de Intxaurrondo. La explosión le dejó ciego al reventarle los globos oculares, además de otras secuelas físicas que le han convertido en una sombra de sí mismo, un ser doliente, amargado y sin ilusiones ni esperanzas. Ahora vive en Cádiz con su mujer, Patricia, de la que es absolutamente dependiente para todo, una situación que los está destrozando también como pareja porque Patricia carga con más peso del que puede soportar. Además no han tenido hijos y ese es, para ella, un dolor añadido a su vida.

En el Museo Arqueológico de Cádiz, uno de los vigilantes nocturnos aparece asesinado y salvajemente mutilado y el teniente Román, al cargo de la investigación y antiguo amigo de Adriano, solicita la ayuda de este ya que años atrás trabajó en el museo. Nadie se explica cómo pudo entrar y salir del lugar sin ser visto. Adriano no puede negarse. Además algo en su interior parece iluminarse ante la posibilidad de volver a ser útil. Sin embargo para Patricia la situación le supone una angustia extra. Pronto aparece una segunda víctima, también con una sangrienta puesta en escena, en uno de los parques gaditanos más visitados. Adriano, atando cabos, se percata de que el asesino está llevando a cabo un remedo de los doce trabajos de Hércules y que, posiblemente, no ha hecho más que empezar.


Con un planteamiento como este es imposible no sentir una curiosidad irrefrenable. ¿Cómo va a ser capaz un hombre invidente de sacar conclusiones o ayudar en una investigación criminal? Y ese es uno de los méritos de la novela, haber conseguido transmitir cómo "ve" y siente una persona sin el sentido de la vista, no solo a nivel físico sino también emocional. Y cómo el teniente Román es capaz de describir de la manera más certera posible los escenarios y a las víctimas para que Adriano se haga su propia composición de lugar.  Un Román que no puede evitar sentirse culpable por no haber estado pendiente de Adriano desde que sufrió el atentado y que, ante las secuelas físicas que sufre su amigo, no sabe qué hacer ni qué decir. Sin embargo confía plenamente en la sagacidad y en la capacidad de análisis de Adriano y sabe que es su mejor aliado ante lo que se les ha venido encima.

En esta novela no es necesario averiguar quién es el asesino que va dejando un rastro de cadáveres por Cádiz. Se nos presenta casi desde el principio, narrándonos su vida desde su infancia en flashbacks intercalados en los primeros capítulos y, posteriormente, contándonos cómo vive las "resacas" de sus crímenes. Alceo, el asesino, es un psicópata lleno de demonios internos que busca la redención a través de sus actos. Un hombre con una historia personal terrible que le ha convertido en lo que es. Y, a pesar de ello, es imposible sentir por él ni la más mínima simpatía, como en otras ocasiones me ha podido suceder. Hay "malos" con los que se puede empatizar o llegar a entender, pero Alceo no provoca nada de esto, solo una frialdad absoluta, casi desprecio.

El contrapunto a tantas historias que duelen es Acho, el perro guía de Adriano, que a veces tiene hasta sus propias páginas y del que me enamoré sin remedio. En muchas ocasiones parece tener más sentido común que los humanos que le rodean y se toma su vida con una filosofía perruna muy particular.

Respecto a las cosas que me hicieron fruncir un poco el ceño, como os decía antes, se refieren al procedimiento forense y pericial. Ya conocéis mi odiosa habilidad para detectar este tipo de detalles, aunque es cierto que es un tema que conozco bien. Quizá para un lector menos avisado o que no tenga conocimiento sobre ello pueden pasar desapercibidas o que no se les de importancia. Pero estoy segura de que a quienes fascina la novela negra y suelen leerla habitualmente, aun sin tener conocimientos técnicos específicos, llamarán la atención. Es cierto que no empañan el conjunto, pero sí hacen que el engranaje de los plazos y de la práctica de las pruebas chirríe y no cuadren con la realidad, al igual que ciertas filtraciones a la prensa que jamás se producirían en un caso real de tales características. Pero, como digo, es algo puntual.

Lo que sí ha hecho Daniel Fopiani con maestría es dibujar unos personajes poderosos, diferentes. Personajes que están rotos de muchas maneras, que han perdido pedazos de sí mismos por el camino y que casi no se reconocen. Adriano, roto por fuera y por dentro, a quien la bomba terrorista despedazó físicamente pero también en su interior, hundido en su rabia por saberse dependiente, por considerarse inútil, por tener la certeza de que su mujer puede decidir en cualquier momento dejarle y eso le destroza. Sin embargo su propia amargura le hace tratarla mal, hablarle con dureza, incluso con desprecio. Patricia, rota por la onda expansiva de la bomba que, sin haber estado presente, le llegó hasta ella en forma de un marido al que ama pero que ve convertido en un tullido resentido con la vida y con su suerte. Patricia necesita vivir, necesita respirar, necesita volver a ser una mujer completa. El teniente Román, roto y recosido, con unos cuantos años ya a sus espaldas, viudo y solo, sobrepasado por unos crímenes que se salen por completo de lo que está acostumbrado y que, cuando se mira al espejo, ve algo parecido a una ruina. Alceo, el asesino, roto desde los años en que debería haber sido cuidado y amado y sólo encontró dolor, golpes y miedo y que intenta recomponerse destrozando a otros. 

Son muy gráficas también las descripciones de los crímenes y los cadáveres, con detalles que dan fe de la crueldad con que se han cometido. No son escenas agradables, pero sí necesarias para el desarrollo de la novela y para explicar lo que el asesino pretende decir con esa puesta en escena. La luz de Cádiz, tan brillante, se convierte en un contraste perfecto, iluminando con su calor el escenario más horrible, como una metáfora de que la vida, a pesar de todo, sigue su curso, indiferente a lo que sucede mientras sigue caminando.

La melodía de la oscuridad alterna la investigación de los asesinatos de Alceo con la vida personal de sus protagonistas, sobre todo Adriano y Patricia. A ella es fácil comprenderla. Cualquiera que haya pasado por el trance de tener que lidiar con le enfermedad grave de tu pareja o, en su caso, con las secuelas de un atentado, sabe bien lo que es luchar también por no mandarlo todo al carajo. Por anteponer al otro negándose a sí misma. Por no dejar que la ira y el resentimiento se apoderen de ti cuando quien depende de tu ayuda se comporta como un perfecto desagradecido. Pero también Adriano lleva lo suyo a cuestas. A la ceguera y las secuelas de la bomba se suma una soledad interior que siente como una losa, la certeza de que no sirve ya para casi nada. La suma de los dos abre capítulos que pueden llegar a ser desgarradores.

Con menos de 300 páginas, La melodía de la oscuridad resulta una lectura que te mantiene interesado y en tensión hasta el final. Que te deja el regusto de haber leído algo diferente y que está esrita con vigor. Merece la pena dejarse llevar por sus notas.


jueves, 20 de diciembre de 2018

AUTOFOBIA de Juan Ramón Biedma (RESEÑA Y ENTREVISTA)

Conocí a Juan Ramón Biedma hace unos años, en Getafe Negro. Presentaba, en aquella ocasión, su novela Tus magníficos ojos vengativos cuando todo ha pasado (que se ha retitulado para las ediciones más actuales, a mi pesar, como Londres, 1891). Por entonces no había leído nada de este autor y me fascinó el título y lo que se contaba en la charla, así que me hice con él y desde ese día me enamoré del modo de escribir de Juan Ramón. De la ambientación que es capaz de crear, llena de nieblas y frío aunque luzca un sol espléndido. Todo en la narrativa de Juan Ramón es extraordinariamente original, diferente a nada que hayamos podido leer antes. No tiene miedo a tocar temas que puedan resultar incómodos o levantar ciertas ampollas. Tampoco a dejar un regusto de pellizco en el estómago al terminar de leer algunas de sus páginas. Pero eso es lo que a sus fieles, que somos muchos, nos encanta.

Gran conocedor la de literatura gótica y de terror, Biedma es capaz de dar una vuelta de tuerca incluso a los clásicos para hacerlos más turbadores por el simple hecho de hacerlos más próximos. Es posible que tengamos el mito del vampiro ceñido a las capas negras y a los Cárpatos o, los más jóvenes, a bisoños estudiantes de instituto que pegan saltos entre los árboles. Pero qué diferente puede verse cuando nos contempla desde debajo de unos cartones, apestando a alcohol y pidiéndonos una ayuda, por favor. Seguramente no sea una moneda lo que busque.

ES IMPOSIBLE QUE ESTEMOS ESCUCHANDO UN COLUMPIO EN LA BUHARDILLA


Autofobia es una selección de relatos que Juan Ramón Biedma ha elegido de su abundante producción de este tipo de narraciones. Pocos como él son capaces de provocar un escalofrío en apenas dos líneas. Es cierto que su estilo y el modo descarnado de presentar personajes y hechos que se salen por completo de lo habitual no sean para todos los públicos. O la manera en que nos hace caminar por el filo de la navaja entre la realidad y los miedos, tan comunes para todos y, a la vez, tan ocultos detrás de nuestras miradas. Quizá por eso es difícil sustraerse una vez que caes dentro, porque reconocemos pequeños pedacitos de nuestras pesadillas.

En Autofobia vamos a conocer a un monstruo de Frankestein en plena Guerra Civil española. La noche de Reyes de un pederasta. La búsqueda que Gaspar hace de su amigo Antón en una ciudad dirigida y hasta reconstruída por la masonería con el frío del invierno mordiendo los huesos. Y conoceremos a uno de los personajes más inquietantes con los que he tenido la suerte de dar: el padre Full, un sacerdote sin fe que conoce todos los infiernos. 

Juan Ramón Biedma tiene una inquietante capacidad para hacernos mirar hacia aquellos rincones oscuros  que no queremos ver, hacia lo más roto de la sociedad, hacia las mentes enfermas que viven en mundos que nada tienen que ver con el nuestro. Nos enseña las calles abandonadas, los edificios en ruinas en los que se hacinan los que ya no tienen nada que perder, porque hasta el alma han vendido al mejor postor. Las perversiones más bajas, la locura, la aterradora indefensión de los más débiles, las palabras que no curan ni salvan porque quien las pronuncia sabe de su falsedad, los demonios que llevamos dentro listos para saltar o lo que se acercan a un confesionario en una iglesia. 

Hay una enorme calidad literaria en cada uno de los relatos. El oficio de escritor es algo que el autor parece llevar en el ADN. Y ese es solo uno de los motivos por los que podría recomendar la lectura de Autofobia o de cualquier otro libro de Biedma. El principal es que nos saca de nuestra zona de confort, nos hace salir de la experiencia habitual y conocida de leer un libro para llevarnos un paso más allá y que levantemos los ojos de la última página con la sensación de que hemos traspasado un umbral diferente. Puede que no muy confortable y que salgamos arañados, pero merece la pena. Siempre merece la pena.

La autofobia es, en realidad, el miedo a nosotros mismos, a la soledad, a ser conscientes de lo que somos en realidad. Y descubrirnos quizá no sea un ejercicio muy placentero porque todos tenemos esquinas en las que no queremos que entre la luz, en las que escondemos lo peor de nosotros mismos. Esas mismas esquinas que Juan Ramón Biedma convierte en recodos reales de calles reales habitadas por gentes capaz de lo peor. Sí, exactamente como podemos llegar a ser cualquiera si se tocan las teclas adecuadas. 

Aunque penséis que no es vuestro tipo de lectura, dadle una oportunidad. A veces es mejor bajar un poco al inframundo. Se sube, en cierto modo, renovado.

Para terminar os dejo una pequeña entrevista con Juan Ramón. Puede parecer que alguien capaz de escribir cosas como las que él escribe nos haga pensar que vamos a encontrarnos con una especie de señor oscuro sentado en un salón en tinieblas y apenas amueblado. Pero es todo lo contrario: un hombre que emana una calidez que envuelve, generoso, con un enorme sentido del humor y capaz de abrazarte solo con la mirada. 


1.      Los relatos contenidos en “Autofobia” los has ido escribiendo en los últimos años y han sido publicados en medios muy diferentes ¿Cómo surge la idea de recopilarlos en este libro?
En realidad han sido los lectores los responsables de su gestación, por eso este libro tiene ese carácter tan particular, una especie de encargo de todos. Hace mucho tiempo que me preguntaban dónde podían encontrar ciertos relatos que fueron editados en antologías hoy descatalogadas, además de la dificultad que supone buscar en muchas fuentes distintas,
De ahí que cuando Grupo Tierra Trivium me propuso el proyecto, me pusiera rápidamente manos a la obra.

2.      Tus novelas han sido catalogadas en muchos casos como inclasificables por la mezcla de géneros que suelen albergar (negra, policíaca, de ficción, sobrenatural…), algo que también podríamos afirmar de tus relatos, en los que te mueves con mucha soltura. Pero ¿prefieres uno de los géneros sobre el otro?
No puedo decir que lo prefiera pero sí es cierto que el policíaco prevalece sobre los demás aunque también debería decir que, fusionado con ellos, los articula, los refuerza y los compacta.
Aún no me tropezado con ningún tema o peripecia que no puedan ser presentados al lector bajo la forma de una novela delictiva.

3.      Conociendo la intensa planificación con la que afrontas tus novelas ¿qué es lo que te inspira a la hora de escribir un relato? ¿Algo que ves, que te llama la atención? ¿Una noticia, una imagen?

Tu pregunta me hace retroceder y analizar un proceso en el que raramente reparo y me deja un poco descolocado, hasta concluir que aunque es cierto que en ocasiones hay determinados estímulos del exterior que me turban lo suficiente como para ser susceptibles de terminar convertidos en narración, la mayoría de las veces se trata de una búsqueda de los elementos que conforman una historia cuyo origen termino olvidando en la transición.
Es necesario tener que presente que algunos de estos relatos parten del requerimiento de antólogos que ya me proponen un tema o un género; mi trabajo consiste entonces en respetar esos parámetros pero hacer saltar los límites en pedazos para que no sofoquen mi propio estilo.

4.      El padre Full es protagonista de varios de los relatos. Un sacerdote que podríamos denominar “peculiar” y que puede provocar cierto escalofrío. ¿Quién es el padre Full? ¿De dónde sale? ¿Qué le mueve?
El padre Full surge de los guiones de una serie radiofónica que se emitía de madrugada en Canal Sur hace quince años. Ya en aquella época llegamos él y yo a un buen entendimiento y de vez en cuando sigue resurgiendo entre mis páginas.
Al contrario de lo que se podría pensar, Full no tiene problemas de conciencia -ahí estriba su singularidad-. De ninguna clase. Hace ya tanto que dejó de creer en Dios que Dios ha dejado no sólo de ser un problema para él, sino hasta un componente de su ecuación. Le queda el resto de la gente y un tedio interminable, así que se dedica a ponerse y a ponernos a prueba para ver qué es lo que ocurre.

5.- En todos los relatos de “Autofobia” aparecen personajes que parecen sacados de algún infierno cercano. También calles o lugares que van más allá de lo marginal, casi propios de una pesadilla. ¿Te inspiras en la realidad o más bien optas por crearlos, por dibujarlos con palabras?
La realidad está aquí, más pujante, envolvente, chirriante, asquerosa, amenazante, adictiva y enloquecedora que cualquiera de mis personajes o escenarios, pero es que salimos poco.

6.- Una nota común en lo que escribes es tu capacidad para estremecernos con apenas dos pinceladas. Con la descripción de un sonido, tal vez. O con una sombra que no sabemos si va a moverse. ¿Está el miedo en nosotros mismos? ¿Qué es lo que a ti te da miedo?
No creo que tuviera más de seis o siete años la última vez que experimenté miedo artístico (ese terror delicioso provocado por novelas, cómics o películas). Desde entonces me paso la vida observando e intentando desentrañar los mecanismos que provocan esa clase de miedo en los demás, que, por cierto, constituye una de las emociones más fascinantes del ser humano, por su cualidad de atracción / rechazo.

7.      No temes enfrentarte a temas tan delicados como la pederastia, la prostitución, las drogas, los gustos sexuales extremos. ¿Hay algún límite a la hora de trasvasarlos al papel? ¿Te impones tú algún límite?
No sólo procuro no censurar ningún tema, por extremo, odioso o inaceptable que sea, sino que considero que cualquier escritor está obligado a manejarlos si sus tramas los conducen hasta ellos.
El problema no está en el tema sino en el tratamiento con el que lo presentemos. Encontrar ese punto en el que, sin faltar a lo que nosotros consideremos verdad, podemos  vencer las convenciones sociales y espolear al lector, sin caer en excesos ni en torpes sobreactuaciones es lo auténticamente complicado.

8.      “El sueño de la razón produce monstruos” ¿Lo ratificas o lo desmientes?
La estupidez produce aberraciones. Esto, sin duda es una gran verdad. Algunas de las más implacables. Pero la inteligencia también produce monstruos, monstruos con poderes muy refinados con una capacidad de transformación que los hace aún más peligrosos.

9.      ¿Qué autores son tu referencia, a los que te gusta volver, esos que hacen que te sientas como en casa?
Me encanta como me formulas la pregunta, porque no quieres saber cuáles son mis autores preferidos (cuestión que en cada ocasión respondo con una terna distinta).
Verás, me siento perfectamente acogido en las novelas y en la obra dramática de Enrique Jardiel Poncela, en los policíacos de Edgar Wallace y de Sax Rohmer -tan próximos al folletín, tan de otra época-, en los cuentos de Arthur Machen y de Juan García Hortelano... Todos medio olvidados, todos muertos.

10.   ¿En qué estás trabajando ahora? Hasta donde puedas contar…
Pues trabajo en diversos frentes, querida Yolanda.
Reviso una novela que está a punto de publicarse, un policíaco situado entre Sevilla y México. Escribo a cuatro manos una obra de no ficción con una estupenda compañera y preparo la documentación de mi nueva novela: una actualísima historia de fantasmas ubicada en la Sevilla del siglo pasado.





lunes, 17 de diciembre de 2018

LOS CAÍN de Enrique Llamas (RESEÑA Y ENTREVISTA)

Llegué a Los Caín por la recomendación de mi buen amigo Óscar, con el que suelo coincidir en apreciaciones en lo que a lecturas se refiere. En otras ocasiones ya he dejado caer que el mundo rural me fascina sobre todo cuando se trata de novela negra porque creo, sinceramente, que en pocos lugares como en los pueblos pueden entenderse los odios que se pierden atrás en el tiempo. Odios que pueden acabar desembocando en sucesos terribles, en crímenes que nos dejan sin aliento por su brutalidad, como hemos podido vivir en nuestro país en muchas ocasiones. Solo hay que recordar los oscuros, y aún no resueltos, asesinatos de Los Galindos o la matanza de Puerto Hurraco, por poner dos ejemplos conocidos. No solo eso: uno de mis escritores favortios de siempre es Miguel Delibes, que supo reflejar como nadie ese microcosmos que puede ser un pueblo, en el que dificilmente se olvidan las cosas que han pasado e, incluso, se anticipan las que están por llegar. El camino y Los santos inocentes son dos de mis lecturas de cabecera, a las que vuelvo de cuando en cuando. Tan diferentes y tan parecidas. Tan brutalmente sinceras. Un poco de Delibes hay en Los Caín, tanto en la ambientación como en el dibujo de los personajes y en algunas descripciones. Pero Enrique Llamas, además, ha sabido crear una novela negra diferente, inquietante, misteriosa, que hunde sus raíces en el pasado de un pueblo que parece incapaz de escapar de sí mismo.

FLORES EN LA TUMBA DE LA NIÑA ESTHER


"Dicen que Dios hizo el mundo en seis días y el séptimo descansó. Por eso, a veces, las cosas más horribles ocurren en domingo. Mientras Dios duerme."
                                                                          De la película El séptimo día, dirigida por Carlos Saura.

Héctor Cruz, un joven e inexperto maestro madrieño, es destinado como profesor a la escuela de Somino, un pueblo perdido en la meseta castellana del que jamás ha oído hablar. La oportunidad de hacerse cargo de una clase durante un curso completo es el mejor aliciente, a pesar de la lejanía. Son los últimos años del franquismo y, aunque en Madrid las cosas empiezan a modernizarse, en Somino todo sigue como siempre, anclado. Cuando llega a Somino todo le es extraño y Héctor se siente por completo fuera de lugar. Los ciervos, que abundan en los alrededores, empiezan a morir sin que haya una explicación y el joven profesor no comprende a los habitantes, que viven con rencores de los que nadie ya recuerda el motivo. El pueblo está dividido en dos: son quienes son y sienten lo que sienten por haber nacido en una parte u otra de Somino y, como marcado en el ADN, crecen con el odio a los de enfrente. Héctor irá desbrozando parte de la historia del lugar y descubrirá muertes que siguen sin explicación: el extraño accidente de una adolescente que trataba de huir; una niña ahogada veinte años atrás, a cuya tumba llevan flores vecinos de las dos partes del pueblo. La llegada del invierno y la nieve encierra todavía más a los vecinos y a Héctor, que no puede conducir a Madrid, y a quien no le queda sino la rutina y la inquietud.



Si hay una cosa que me llamó la atención de Los Caín es la sorprendente juventud de su autor, Enrique Llamas, que ha escrito una novela madura, oscura, que contiene un retrato absolutamente real del mundo rural de aquellos años. Ha sido capaz de crear una ambientación única y absorbente, que te traslada a las calles de Somino y que te hace querer saber más, indagar en los motivos que aquellas gentes tienen para hacer lo que hacen y ser como son. Eran tiempos (y eso se mantiene en la actualidad) en que en los pueblos no había las distracciones que podían encontrarse en las ciudades, de ahí que observar al vecino fuese el mejor entretenimiento.

Las gentes se rebautizan de acuerdo con la familia en la que ha nacido. El único teléfono de la localidad está en casa de las chicas de teléfonos, que siguen siendo las chicas aunque casi estén ya en edad de jubilación. Hay un general temor mezclado con odio hacia la Guardia Civil, a los que miran con recelo y como si fuesen invasores. La muerte de los ciervos está dejando sin su medio de vida a quienes conseguían dinero vendiendo su carne y eso enrarece más la atmósfera que rodea al pueblo.

Enrique ha escrito una novela fantástica, en la que es muy fácil caer dentro. Una novela que trata, sobre todo, de la maldad humana y de cómo hay personas que disfrutan siendo malas. De como en el mundo rural hay esos enfrentamientos que pueden durar años y años, ese "germen de Guerra Civil" que definió Arturo Pérez Reverte en una ocasión. De que hay cosas que suceden, incluso las más terribles, porque no hay nada más en lo que pensar. La prosa es magnífica, con descripciones tan intensas que puedes sentir el frío de la nieve caída, el temor de Héctor ante todo lo que no entiende, la soledad de las calles apenas iluminadas, las ventanas que esconden, tras sus cortinas, miradas que buscan y juzgan. Y la ambientación, como decía antes, impresionante. Nada sobra. Es sencillo hacer propios los miedos y las preguntas de Héctor. Incluso las carreteras se confabulan para convertir a Somino en un mundo aparte: es largo y complicado llegar y casi imposible abandonarlo, incluso para quienes ya se han ido.

Los Caín me ha supuesto un brillante descubrimiento, una novela que se sale por completo de los cánones de la novela negra pero que lo es por derecho propio. Muchas de sus páginas te provocan un escalofrío muy real en la espalda. Ha sido una de mis lecturas más impactantes de este año y os la recomiendo encarecidamente. Somino os está esperando y, con este inicio, querreís llegar cuanto antes:

         "Nadie supo nunca que aquella noche la tumba de Arcadio Cuervo quedó mal cerrada. Y nadie, ni siquiera sus hijas, supo que siempre habría de estarlo porque en la tarde del entierro ya anochecía, y la cerraron deprisa y a ciegas. No sirvió de nada que al día siguiente, cuando la mañana apenas clareaba, la persona encargada intentase sellarla con la tranquilidad de quien sabe que, entre los vivos, los muertos solo dejan herencias."

ENTREVISTA A ENRIQUE LLAMAS


Debo agradecer, por encima de todo, la amabilidad de Enrique que, después del encuentro que mantuvimos con él, aceptase contestarme a estas preguntas con su mejor disposición.


-        - ¿De dónde parte la idea de escribir este libro? ¿Cuál fue la primera idea que te surgió y de la que nació el germen de esta novela?

En el verano de 2010, los ciervos de la sierra de la Culebra (en Zamora) empezaron a morir de forma masiva y sospechosa. Las autoridades tardaron en ponerse manos a la obra para saber qué era lo que pasaba, y parecía importarles poco que gran parte de la población de la zona viviera del comercio de esa carne de ciervo. Al final todo desembocó en que morían por una enfermedad relacionada con las altas temperaturas de aquel verano. En lo que tardaron en averiguarlo yo ya me había construido la historia de Los Caín en la cabeza, donde buscaba otra explicación más escabrosa, que es la que aparece en la novela. Esta idea estuvo bastante tiempo en mi cabeza, hasta que empecé a escribir.

-        - Sin definir detalladamente el marco temporal, sitúas la acción en los últimos años del franquismo, en un pueblo bastante aislado, y muestras con bastante realismo la España rural de ese momento. Por tu edad, es obvio que no has vivido esa época. ¿Cómo te documentaste? ¿Contaste con testimonios reales, con historias vividas por otras personas?

Mi documentación no viene de las bibliotecas, sino de las conversaciones que mantengo con mis padres y de recoger expresiones que oigo a gente mayor. Durante el proceso de escritura fui anotando nombres de colonias, coches, tabacos ya en desuso que me podían servir para esta ambientación. Todo lo que aparece existe o existió fuera de los libros.

-    - Tu novela es un tratado sobre la maldad y el odio. Muchos de los personajes viven con esos sentimientos enquistados, son incapaces de sortearlos o superarlos. ¿Crees que en las zonas rurales este tipo de situaciones son más habituales que en las ciudades o es que, quizá, se viven de otra manera?

Esas situaciones son comunes en cualquier zona. ¿Cuál es el problema? Que en un lugar pequeño donde todo el mundo conoce a todo el mundo se nota más, hay menos espacio para ocultarse, la mentira es descubierta antes. Me interesaba por eso un lugar pequeño, una geografía que, además, conozco bien debido al entorno en el que crecí: mis cuatro abuelos son de pueblos pequeños.

-        - También en Somino, el pueblo en que se desarrolla la acción, conviven esas eternas dos Españas. Las de “conmigo o contra mí”. Las que te colocan en un lugar de nacimiento y este determina a quién has de amar u odiar toda tu vida. ¿Hasta qué punto crees que aún perdura este sentimiento?

Ese sentimiento está presente en todos los lugares, y no todo el mundo es capaz de enfrentarse y sobreponerse a ellos, de trazar su propio camino independientemente del que le ha marcado su entorno. Es un tema universal de la literatura, lo es, por ejemplo, en Romeo y Julieta.

-       - Todavía hoy, en pleno siglo XXI, hay pueblos en los que hay familias enfrentadas desde que tienen memoria. Incluso que no van a misa si la otra familia ha llegado antes a la iglesia. Este año he conocido un pueblo así, en la provincia de Soria. ¿En el mundo rural no está permitido el olvido?

En el mundo rural es más difícil ese tipo de olvido porque la tradición oral tiene una presencia mucho más potente que en las ciudades. Además hay menos entretenimientos, y en consecuencia la vida de las calles y las viejas historias cobran gran importancia. En las ciudades, para bien y para mal, nos olvidamos de eso.

-     - Hay dos tumbas en el cementerio de Somino que reflejan muy bien los secretos que el pueblo guarda: la de Arcadio, que se cerró mal tras el entierro, y la de la niña que murió años atrás ahogada en una alberca. ¿Has buscado hacer de ellas metáforas en sí mismas o son el reflejo de lo que allí se lleva viviendo desde que tienen memoria?

Las dos tumbas son metáforas. La tumba que no se cierra bien nos habla de los asuntos mal curados, que con el tiempo se pudren y huelen. La otra tumba, la que cuida todo el mundo, nos habla de la culpa, de sucesos que se podrían haber evitado y no se evitaron debido a la ignorancia, a la falta de cuidado. Todo son fantasmas.

-        - ¿Cuáles son tus influencias a la hora de escribir? ¿Qué autores o qué paisajes están en “Los Caín”?

El paisaje más reconocible es el de Miguel Delibes, que a su vez es el mío. Me impresionó mucho leer sus novelas de niño, porque comprobé en ellas que la literatura puede estar hecha con lo cercano, no sólo con lugares que no conocía. Por eso este autor está siempre presente. Está también gran parte de su generación, como son Ana María Matute o  Martín Gaite… pero en “Los Caín” se ven obligados a convivir con otras influencias más propias de mi generación: la cultura de la ficción televisiva, como puede ser “Twin Peaks”. Un cóctel extraño.

- Para terminar voy a proponerte una suerte de ejercicio acerca de imágenes, frases e ideas que me han venido a la cabeza mientras leía tu novela. Te las presento y me argumentas qué te cuentan a ti: 

               1.- Miss Marple, protagonista de muchas novelas de Agatha Christie, decía que la maldad humana era la misma en todas partes y que, viendo el comportamiento de los habitantes de un pueblo pequeño, podría saber cómo es cualquiera en cualquier parte.

No puedo estar más de acuerdo. Tenemos que partir de la base de que todos somos humanos, es decir, de la misma raza. Y que como decía Ortega “yo soy yo y mis circunstancias”. Y las circunstancias de un pueblo pequeño nos hacen mostrarnos tal y como somos… en toda nuestra bondad y en toda nuestra maldad.              

               2.- Tras el crimen de Los Galindos, que aún está por resolver, y que también sucedió en la España más rural, apareció una pintada en el muro de la finca que decía: “Aquí mataron a cinco”

La España Negra me parece fundamental a la hora de conocer la historia de nuestro país. Revela como es el ser humano, más allá de la imagen de modernidad que hemos querido transmitir desde la transición y que muchos otros países se esfuerzan por aparentar. Esa pintada en Los Galindos nos habla de una persona que la hizo porque se sentía fascinada, atraída, por ese suceso, por ese lado oscuro de las personas. Como bien dices, es un suceso nunca resuelto…

               3.- Miguel Delibes dijo: “Cuando a las gentes les faltan músculos en los brazos, les sobran en la lengua”.

Que es lo  mismo que decir “qué osada es la ignorancia”. Pero con elegancia, con la elegancia sobria que caracterizaba a don Miguel Delibes.

               4.- También de Delibes y leída en “El Camino”, una de mis novelas favoritas: “Cada individuo del pueblo preferiría morirse antes que mover un dedo en beneficio de los demás. La gente vivía aislada y sólo se preocupaba de sí misma. Y a decir verdad, el individualismo feroz del valle sólo se quebraba las tardes de los domingos, al caer el sol”.

Eso es precisamente lo que he querido retratar en la novela, algo que él ya hizo con una sencillez y una maestría digna de ser admirada. Aunque también hay gente buena, como lo era el propio Delibes. Para darse cuenta de esto sólo hay que leer lo que todos sus compañeros decían de él y, también, leerlo a él, su prosa es un acto de bondad.