En La venganza del Apóstol, el viaje nos lleva al siglo XIII y vamos a ser testigos de hechos que cambiaron el rumbo de la Reconquista, de otros que supusieron la revancha de un pasado doloroso y, como es habitual, lo haremos de la mano de un personaje central que va creciendo y cambiando ante nuestros ojos, adaptándose a lo que le toca vivir.
Coged la espada y el escudo, nos adentramos en terreno peligroso.
"VOS Y YO AQUÍ MURAMOS" - ALFONSO VIII DE CASTILLA
Beltrán López de Cazorla es el hijo menor de una familia ligada y cercana al rey Alfonso VIII de Castilla. Su padre luchó en la batalla de las Navas de Tolosa y su hermano mayor, Fadrique, es un portento de fuerza y habilidad guerrera. La sangre de Beltrán arde en deseos de mostrar al mundo y a su padre que es digno de su estirpe, pero la naturaleza no le ha regalado poder físico ni destreza con las armas. A pesar de ello, participa en una cabalgada comandada por Álvar Pérez de Castro para caer herido en el primer encontronazo. El regreso a casa es doblemente triste. Su hermano mayor no deja de zaherirle por su debilidad; su padre parece avergonzarse de él. Y la actitud sobreprotectora de su madre, que opina que su futuro está en la Iglesia, no le ayuda en absoluto. Es tal su humillación, que escapa del hogar familiar dispuesto a encontrar fama y fortuna.
Optará por dirigirse a Martos, al castillo de Álvaz Pérez de Castro, pero su admirado guerrero no está allí. Será uno de sus hombres de confianza, Tello Rodríguez, quien le ofrecerá una solución: ya que el arte de la guerra no parece hecho para él, quizá haya otras labores que pueda llevar a cabo para colaborar en la derrota del enemigo. Y le propone ser espía en Sevilla, para comprobar desde dentro sus defensas y los posibles puntos débiles de la ciudad. A pesar de sus reticencias iniciales, Beltrán acaba aceptando y, con ello, sellará su destino.
Siendo Beltrán el protagonista central de la novela, Isabel San Sebastián aprovecha la figura de su padre para narrarnos, el principio de la novela, el desastre de Alarcos, primero, y, a continuación, la Batalla de las Navas de Tolosa y la importante victoria frente a los almohades de Miramamolín. Particularmente he disfrutado mucho de la escenificación de la batalla, tanto de sus prolegómenos como de su desarrollo: me ha parecido brillante. Cruda y terrible, pero épica. Ese espíritu y ese resultado son los que Beltrán desea para sí mismo, a pesar de sus limitaciones. Aspira al honor y la gloria, a la victoria por las armas, a ser recordado por su valentía.
Beltrán, a lo largo de la novela, va cambiando y dándose cuenta de que puede ayudar sin coger una espada. Si bien al principio la propuesta de Tello Rodríguez le parece ofensiva (hacerse pasar por comerciante lo toma como un insulto personal, ya que los nobles consideraban esa tarea como algo innoble), y solo decide participar de ella como una huida hacia adelante que le lleve a conseguir lo que anhela, poco a poco se dará cuenta de que su misión es trascendental para el bando cristiano. La vida le va moldeando y deja atrás al adolescente rebelde, malencarado y cargado de resentimiento, para convertirse en una pieza muy valiosa en el tablero de la guerra.
La novela también utiliza, como en el caso del padre de Beltrán, a su madre para hablarnos de la reina Berenguela y de su importancia como figura política en la sombra, además de traer al primer plano las intrigas cortesanas, las anulaciones (en ocasiones bastante cogidas con alfileres) matrimoniales por parte del Papa y las luchas de poder. La política en los reinos cristianos vivía en una continua tensión y, si bien es este momento histórico eran los musulmanes los que se encontraban en franco declive, esa tensión influía también en las decisiones que se tomaban. Aparecerán otras figuras históricas importantes, como Fernando III o Ruy Pérez, quien, años después, tendría una importancia capital en la toma de Sevilla.
La ambientación es otro de los puntos fuertes de la novela. Isabel nos regala una recreación del interior de las ciudades de Sevilla y Córdoba fascinante, en la que los colores y los olores, las esquinas menos soleadas, las viviendas, las calles y los edificios públicos se hacen fuertes en nuestra imaginación. Asimismo, el modo de vida de los musulmanes, la mayoría alejados del integrismo salvaje de los almohades, queda reflejado de forma muy auténtica. Es interesante comprobar el contraste de las dos sociedades, la musulmana y la cristiana, y las aspiraciones de una y otra.
El regreso de las campanas robadas por Almanzor a Santiago de Compostela marca una parte importante de la novela. El viaje, en el que los Caballeros de Santiago cobran una gran importancia, nos lleva a recordar el que el protagonista de Las campanas de Santiago, Thiago, tuvo que sufrir en su día. La afrenta sufrida por los cristianos queda vengada. Y en este punto insisto en que nos olvidemos de mirar al pasado con los ojos de hoy, aunque estoy convencida de que habrá quien lo haga.
Isabel San Sebastián ha ido ganando en fortaleza narrativa a lo largo de esta saga de novelas. El encuadre histórico es sólido, real, lo trabaja y lo conoce perfectamente. Y, además, sabe transmitirlo. Pero la parte ficcionada gana peso, porque de eso se trata en la novela histórica. La humanidad de los personajes, un estilo ágil, con capítulos que terminan en alto, y un ritmo que mantiene hasta el final el interés del lector, convierten la lectura en todo un viaje en el tiempo. Y en toda una aventura a lado de Beltrán. ¿Os embarcáis?

