viernes, 23 de agosto de 2019

SOLEDAD de Carlos Bassas del Rey

No, no ha sido fácil enfrentarme a la lectura de este libro. Venía advertida, pero ha dado igual. Y es que Soledad es una de estas novelas que no admiten etiquetas (con esa manía que tenemos de etiquetarlo todo, es un alivio), de las que a medida que avanzas en los capítulos van saliendo capas y capas de historias, de sentimientos, de dolor. Y, a la vez, el lector se va también desnudando por dentro, reconociendo tantas cosas, tantas noches similares, tantas preguntas sin respuesta que, cuando se llega a la última página te das cuenta de que has estado conteniendo el aliento. O quizá tragándote más de una lágrima. De esas que es complicado digerir.

Soledad se articula desde una muerte, la de una niña de 14 años. Y partiendo de ella, de la investigación que comienza y de las preguntas que se hacen, la historia se va haciendo más grande, mucho más intensa. A veces llega a doler. Entonces tienes que levantar la vista de sus páginas por un momento y respirar hondo, siendo consciente de que hay soledades a las que todos, de una manera u otra, nos vamos a enfrentar. O nos hemos enfrentado ya. Nos reconocemos en muchos párrafos. Por eso se nos queda tan dentro.

LA MADRE MUERTA DE UNA NIÑA MUERTA


En un parque de un barrio obrero aparece el cadáver de Abigail, de 14 años, que había salido la noche anterior de fiesta con su mejor amiga. Dos llamadas de teléfono con la noticia van a cambiar la vida de Soledad, la madre de Abigail, y de Romero, el inspector encargado del caso. ¿Cómo enfrentarse a la muerte de una hija? ¿Cómo lidiar con la pena, con el desgarro, con la dolorosa sensación de culpa y rabia que consumen a Soledad? ¿Cómo va Romero a encarar una investigación cuando muchos pedazos de sí mismo han ido quedando por el camino y su presente se está derrumbando en silencio? Los testigos y las pruebas lo que más claro dejan es que Abigail tenía una vida de la que su familia no sabía nada. Que con 14 años creía ser adulta. Que su crimen puede tener varios culpables. 

Carlos Bassas ha creado dos voces narrativas en Soledad. En segunda persona para la madre de Abigail aunque en realidad sean su propia memoria y su dolor los que hablan. Y en tercera para Romero y la investigación que se pone en marcha para averiguar quién mató a la nena y por qué. Soledad, arrasada, se echa la culpa de la muerte de su hija por todo: por consentirla, por ceder, por aceptar lo que le pidiese con tal de que estuviese contenta. Abigail era su única alegría y su único logro. Su matrimonio es una cárcel en el que ella solo es la criada para su marido, un parásito maltratador que no trabaja, y la madre de este, dos personajes aborrecibles de los que iremos conociendo su auténtica dimensión a través de los recuerdos de Soledad. Inmigrante, mujer, sin estudios... Soledad mantiene su casa y carga con el peso de todo. Aguanta desprecios y humillaciones aunque aprendió a callarse, a soportar, a ahogar su rabia. Ahora la muerte de su hija abrirá una grieta en las compuertas con las que ha cerrado todo que se va a ir haciendo cada vez más grande.

Para Romero, encargarse del crimen de la nena también supone un doloroso reto personal. Tratar de descubrir la verdad acerca de quién la mató le lleva a tener que lidiar con su propio infierno personal y con otra muerte que no puede sacarse de dentro. Su matrimonio se ha convertido en un desierto silencioso, ni siquiera le queda el recurso de hablar y desahogarse cuando vuelve a casa. A medida que Romero va haciendo preguntas a la mejor amiga de Abigail y a su entorno, es consciente de que hay una parte importante de la vida de la nena de la que su familia no sabe nada y de la que sus amigos tampoco quieren hablar mucho.

No hay frases complejas ni párrafos largos en Soledad. No son necesarios. Pero funcionan como caminar sobre cristales: se clavan sin remedio. Carlos ha escrito esta novela de tal modo que todo es frío y gris aunque el sol brille en lo alto, usando una gama de sensaciones acerca del duelo, del dolor y del vacío que acabas por hacer tuyas, porque cualquiera de nosotros, en algún momento, las hemos sufrido. Soy madre, tengo una hija, y este último año me he enfrentado a la pérdida y a la muerte, así que muchas veces era como mirarme en un espejo.

Siendo una novela breve, de apenas 180 páginas, no es una novela ligera. Saber quién ha matado a la nena se convierte en imprescindible porque, al igual que Soledad y Romero, necesitamos a alguien el quien volcar nuestra ira por una muerte tan innecesaria. La nena solo había comenzado a vivir. Con ella se va el único motivo que Soledad tenía para seguir adelante. Ya no es la madre de Abigail, es la madre de una niña muerta y ya nada importa, nada volverá a ser igual. Solo queda su cuarto vacío , tan vacío como ella misma.

Con una prosa directa y dura en ocasiones, pero llena de frases de demoledora y triste belleza, Soledad también nos habla de esos barrios obreros en los que los niños crecen demasiado deprisa, de canchas de baloncesto en las que no se juega o garitos con música machacona en los que todos se conocen pero nadie ve nada. Nos habla de inmigración, de sueños rotos, de tragar sapos a diario para poder comer. De policías que, aunque ya lo hayan visto todo, se quiebran cuando tienen delante una nena muerta con su vestido de flores y sus primeros tacones.

Con todo ese dolor, creo firmemente que hay que leerla. No tengáis miedo a enfrentaros a ella. La historia lo merece desde la primera frase. Araña el alma, es verdad, pero la literatura en ocasiones ha de ser así. Ha de mostrarnos esa realidad que está ahí, aunque pensemos que jamás nos va a tocar. Y porque saber quién mató a la nena también se nos vuelve necesario a nosotros, aunque saberlo pueda abrir la puerta a una oscuridad aún más profunda.

lunes, 12 de agosto de 2019

LA CORDURA DEL IDIOTA de Marto Pariente

Generalmente cuando mi amigo José Carlos, librero y apasionado de la novela negra, me recomienda un título le hago mucho caso. Tiene un alto porcentaje de aciertos. Y aprovechando que íbamos a pasar una tarde a Guadalajara en Negro, el certamen de novela negra que se celebra en esa ciudad, y a conocer a Marto Pariente, me aseguró que no podía dejar de leer La cordura del idiota. Hablando después con Marto, por si no estaba ya convencida, se me multiplicaron las ganas de hacerme con ella y fue el propio autor quien hizo las gestiones para que me llegase un ejemplar a casa. Su lectura ha corroborado que, como suele ser habitual, José Carlos tenía razón. Me la fui bebiendo en tragos cortos, porque me la llevé en la maleta de vacaciones, y allí la iba disfrutando a poquitos, como los buenos vinos.

Que me lo he pasado en grande leyéndola no es un secreto, se lo cuento a todo el mundo. Una ambientanción rural creíble y visual, una trama que parte de un hecho en apariencia sencillo y que se va retorciendo y unos personajes que son un hallazgo, crean un conjunto sólido en el que no queda ni un solo cabo suelto, aunque para ello haya que atarlos fuerte. Y Marto lo hace. Claro que también ata al lector a sus páginas, confío en saber transmitirlo. 

SE ACERCAN DÍAS DE TORMENTA


Ascuas es un pequeño pueblo que dormita en la provincia de Guadalajara, tranquilo y anodino. Toni Trinidad es el policía local, el único, un tipo grandote que parece no alterarse por nada, que jamás se ha enfrentado a un peligro real y que se desmaya si ve una simple gota de sangre. Su debilidad y su cariño son para su hermana Vega, una mujer derrotada por la vida, el alcohol, los recuerdos y sus muchos demonios interiores, que quiere dejar atrás todo eso y mirar al mar de frente. Ascuas, rodeado de campos de labor y de un desguace, en el que trabaja Vega, tiene sus propias historias, odios y afectos. Y, como todos los pueblos pequeños, tiene ojos y oídos en cada esquina.

La calma de Ascuas y de Toni Trinidad se rompen de forma trágica cuando el Triste, el loco oficial del pueblo y buen amigo de Toni, aparece ahorcado. Sin otros signos de violencia ni ninguna sospecha oficial, se da por buena la conclusión de que se ha suicidado. Pero a Toni no le cuadra. Y menos sabiendo que era el único habitante del pueblo que se había negado a vender sus tierras a una constructora, pero no hay pruebas que sustenten lo contrario. Además, aunque Toni no lo sabe todavía, Vega ha decidido conseguir una vida mejor, lejos de todo y de todos, trazando un plan para robarle una buena cantidad de dinero al Colmenero, un tipo muy peligroso, narcotraficante y prestamista usurero, que controla la zona y todo lo que se mueve en ella.

Marto Pariente, a partir de este inicio, va desarrollando una trama en la que se mueve un buen número de personajes de todo tipo y condición, aunque la mayoría cuenta con una biografía cuanto menos peculiar. Y lo hace sin elaboradas descripciones, le bastan tres o cuatro pinceladas o unas líneas de diálogo para que sepamos, más que de sobra, cómo son y qué podemos esperar de ellos. El Colmenero, que ya tiene unos años, no ha perdido ni un ápice de su poder de intimidación y maneja los hilos desde la sombra dejando que sean otros los que se manchen las manos. Y ahí es donde aparecen los Maquénroe, uno moreno y uno rubio (como en la zarzuela), vascos y con un manejo del bate espectacular, amantes de las canciones de Mecano y leales cumplidores de lo que el Colmenero ordene. O Cejónidas Trejo, otro de los fieles del usurero, que juega a dos bandas y que le pasa información a Rocha, un inspector de la UDYCO de vestir un tanto hortera y con muchas ganas de medrar.

Marto tampoco se pierde en largas introducciones. En apenas dos breves capítulos te mete dentro de Ascuas y de todo lo que se está moviendo allí, aunque en la superficie, en la vida corriente de los vecinos, apenas se note nada. Además es valiente y se permite escribir con tres voces narrativas diferentes que aportan mucha más profundidad a los personajes y al trasfondo de la historia, que se va oscureciendo por momentos. En primera persona para Toni Trinidad, con sus pensamientos, conclusiones, recuerdos y deseos. En segunda para Vega, una suerte de conciencia que a veces grita y que nos va llevando a descubrir lo que hay dentro de ella. Y en tercera para el resto de personajes, tanto policías como matones. El caleidoscopio es fascinante por la riqueza de matices.

La cordura del idiota es una novela brillante que ha sabido mantenerme pegada a sus páginas desde el primer momento. Todo en ella nos resulta inquietántemente cercano y real. Tiene un regusto de guión de cine, pero eso solo la hace más visual y creíble. He leído en el prólogo que hay un poco de Fargo y otro poco de Tarantino en ella y es verdad, es posible, pero Marto ha sabido darle una personalidad propia gracias tanto a su modo de escribirla como a a los diálogos, que fluyen naturales y frescos, sin artificios. Y, desde luego, gracias a ciertas escenas que consiguen sacarte más de una sonrisa a pesar de la violencia que encierran. También sabe tocar la fibra cuando nos transporta a los recuerdos de infancia de Toni y Vega, en los que se esconde una historia terrible. Debo decir que me ha hecho una gracia especial descubrir que comparto apellido con uno de los protagonistas, aunque nos parezcamos lo que un huevo a una castaña. Al menos eso espero.

Estoy encantada de haber llegado a La cordura del idiota. Es un soplo de aire fresco muy especial dentro del género, está muy bien escrita y destila un inteligente sentido del humor irónico y tirando a negro, sin caer ni en lo chabacano ni en los excesos. Una novela que, cuando la terminas, solo puedes sonreir y pensar "pero qué buena, demonios" porque, como regalo añadido, cuenta con una serie de geniales epílogos breves que acaban colocando todo en su sitio. Todo encaja. Hasta lo que ya pensábamos resuelto y resulta que no lo estaba.

Id a visitar Ascuas y a conocer a Toni Trinidad. Y contadme lo que os ha parecio. Yo seguiré recomendándola, os aseguro que merece, y mucho, la pena.












martes, 30 de julio de 2019

UN EPISODIO NACIONAL de Carlos Mayoral

La historia de nuestro país está jalonada por crímenes que siguen en la memoria colectiva. Creo que todos podemos recordar el caso de Los Galindos, Puerto Hurraco, los asesinatos de presidentes del gobierno como Juan Prim o Canalejas o algunos más recientes como los casos de Alcácer o Guadalajara. Cuando pensamos en el concepto de "prensa sensacionalista" siempre nos vienen a la memoria noticias como estas y creemos que es un fenómeno relativamente reciente. Pero el suceso que realmente "creó" este tipo de prensa en España fue el crimen de la calle Fuencarral, un hecho que provocó corrientes de opinión muy encontradas y que, a día de hoy, no ha terminado de ser aclarado del todo.

Este crimen es el punto de partida de esta novela de Carlos Mayoral. Un episodio nacional nos sumerge en el Madrid de finales del siglo XIX, un Madrid muy distinto al actual pero que ya contaba con una personalidad muy acusada, y en el que se movían tanto literatos, políticos y personas acomodadas como gentes venidas de otras provincias a ganarse el pan, obreros, criados y buscavidas de todo pelaje. Un Madrid de dos caras y dos luces, con acusados contrastes, en el que el autor coloca a los personajes de su novela y los va moviendo en una brillante partida de ajedrez.

EL NÚMERO 109 DE LA CALLE FUENCARRAL


A primera hora de la mañana del 2 de julio de 1888 el humo y el fuerte olor a quemado que salían del segundo piso del número 109 de la calle Fuencarral despertaron y alertaron a los vecinos de la calle. Cuando se consiguió entrar en la vivienda se descubrió el cadáver de la dueña de la casa, Luciana Borcino, que había sido apuñalada y su cuerpo envuelto en trapos empapados en petroleo a los que se había prendido fuego. En la habitación contigua yacían sin conocimiento la criada, Higinia Balaguer, y el perro de la señora de la casa. Higinia es acusada del asesinato de su patrona y ella, a su vez, acusa al hijo de Luciana, conocido como "el pollo Varela", de ser el culpable.

Paralelamente, Melquiades, un aspirante a escritor, acaba de llegar a Madrid con la esperanza de que Benito Pérez Galdós, en ese momento en la cumbre de su carrera, le ayude y le enseñe cómo llegar a escribir una gran novela. Galdós había conocido al padre del chico y decide tomarle como secretario. Ambos se acabarán viendo inmersos en la marea del crimen de Fuencarral que está cubriendo Madrid y decidirán investigar por su cuenta qué es lo que sucedió y quién está detrás del asesinato de Luciana Borcino. Hay muchos cabos sueltos en la historia y muchos rincones oscuros que sería conveniente sacar a la luz, pero también van encontrando muchos impedimentos a sus pesquisas. El caso parece complicarse cada vez más.

También, en la trama, es importante y fundamental la relación que Galdós mantenía en ese instante con Emilia Pardo Bazán, una mujer avanzada a su tiempo, inteligente, sarcástica, escritora brillante, de fuerte personalidad y que no dudó en ponerse el mundo por montera para hacer lo que le viniese en gana. Las escenas que comparten son una delicia, sobre todo en los diálogos.


Escrita a dos voces (en primera persona cuando narra Melquiades y en tercera cuando el protagonismo es para Galdós),  Un episodio nacional recrea, hasta cierto punto, el modo de escribir decimonónico y nos ofrece una imagen nítida de ese Madrid de barrios ricos y pobres, con todas sus abismales diferencias, incluso en el habla de las gentes que lo habitan. Melquiades, que ha llegado en busca de inspiración, se ve superado por lo que ve y vive, Madrid le deja sin palabras. Asistiremos de su mano y de la de Galdós a las tertulias de café, en las que intelectuales y escritores hablaban de lo divino y lo humano, caminaremos con ellos por las calles de una ciudad que a veces es reconocible y otras no, pero que cuenta con vida propia.

Cuando Melquiades conoce a Laura, una jovencita segura de sí misma y que sabe perfectamente lo que quiere para su vida, se enamora por completo. Laura y Emilia Pardo Bazán son personajes fuertes, que reivindican el papel de la mujer en una sociedad que las trataba casi como pertenecientes a una casta inferior. Los propios intelectuales de la época no dudaban en justificar que no pudiesen votar o que cobrasen menos por su trabajo que los hombres y hasta dudaban de sus capacidades intelectuales y críticas. En el caso de Higinia, la criada acusada del asesinato, sufre muchos más ataques por ser mujer y pobre, algo que sus "partidarios" (quienes creían firmemente en su inocencia) echaban en cara a quienes la acusaban.

La sociedad madrileña, fuertemente dividida entre quienes consideraban a Higinia culpable (la criada ladrona y traidora que solo buscaba robar y que mordió la mano que le daba de comer) y quienes ponían en la picota al "pollo Varela" (que como coartada tenía estar preso en la cárcel Modelo de Madrid, pero era de dominio público que los pudientes que se encontraban en ella entraban y salían a su antojo), esperaba cada día la salida de los periódicos para conocer de primera mano las últimas investigaciones. Y esto era una novedad que había que agradecer a la nueva Ley de Imprenta de 1883 por la que solo se podían exigir responsabilidades a periódicos y periodistas si sus escritos podían ser constitutivos de delitos según el Código Penal. Eso disparó la libertad a la hora de contar y publicar con todo lujo de detalles hechos como este.

Aunque Carlos Mayoral ficciona desde el punto de partida de algunos hechos ciertos, es verdad que Pérez Galdós se interesó por el crimen de la calle Fuencarral y que escribió una serie de cartas al periódico argentino La Prensa contando los pormenores del caso. En la novela, Mayoral juega un poco también con lo que pudo haber sido, como el modo en que se conocieron Galdós y Baroja. Y, como decía antes, las escenas compartidas de Galdós con Emilia Pardo Bazán son fantásticas. Cuenta lo que debe contar, no se recrea en detalles o noches que todos sabemos que sucedieron porque no es necesario. Ahí reside su elegancia.

Para los amantes de la novela histórica Un episodio nacional es una lectura fantástica porque, además, mezcla un crimen real, una investigación y muchísimas perlas costumbristas que muestran claramente la labor de investigación que Carlos Mayoral ha llevado a cabo. Las descripciones de las calles de Madrid, de sus cafés, bares, pensiones y viviendas están tratadas con mimo y es fácil hacernos una idea mental de cómo eran. Hasta el calor del verano en la ciudad, que puede ser delirante. Estoy segura de que muchos lectores acabarán por interesarse por la vida del gran escritor canario y por el crimen de la calle Fuencarral, que a fecha de hoy sigue sin estar claro.

En el mismo año en que Jack el Destripador aterraba Londres, Madrid vivía pendiente de un crimen que dividió a la opinión pública. El número 109 de la calle Fuencarral ya no es el de entonces, por los cambios de numeración producidos posteriormente. De hecho ni siquiera existe un número 109, salta del 107 al 111. Hay una versión (la más fiable) que dice que es el actual número 95 y otra que asegura que es el 1 de la Glorieta de Bilbao. Hasta en eso hay cierto misterio. Como lo son las últimas palabras, nunca explicadas, de Higinia antes de ser ejecutada por garrote vil dirigidas a su supuesta cómplice (que fue condenada a 18 años de cárcel): "¡¡Dolores!! ¡¡Catorce mil duros!!"




jueves, 30 de mayo de 2019

CÓMO VIVIR UNA ENFERMEDAD INCURABLE de Carolina Torres Fernández

El mejor regalo, sin duda, que me dejaron los años que estuve participando y dejando opiniones en la página de Ciao! fue conocer a tanta gente maravillosa con los que, aún hoy y después de que la página se cerrase tras una larga agonía, sigo teniendo contacto y amistad. De todos ellos, una de las más especiales es mi querida Conxi, que siempre es una luz que ilumina cualquier oscuridad y una de las personas más generosas y estupendas que conozco. Hace unos meses Conxi me habló de su amiga Carolina y del libro que esta había escrito después de pasar por una etapa terrible de su vida. Carolina era un ejemplo de superación y me pidió que le hiciese un huequito en este blog para darlo a conocer. Y aquí estoy, dispuesta a cumplir mi promesa y a presentaros un libro que, creo, puede ayudar a muchas personas a encarar no solo enfermedades incurables, como la de Carolina, sino otras que nos incapacitan temporalmente o que nos hacen someternos a tratamientos largos y desesperantes. 

He tenido la suerte, además, de que Carolina me explicase de primera mano qué quería conseguir con este libro, como veréis al final de este post.

Cómo vivir una enfermedad incurable nos trae en primera persona lo que le sucedió a la propia Carolina con su salud. Falta de aire, vértigos, síncopes que la dejaban sin conocimiento durante horas... los médicos achacaban todo a un tema psicológico, alegando que estaba somatizando el dolor por la pérdida de su hermana pocos meses antes. Los síntomas fueron a peor, incluso llegó a estar dos días tirada en el suelo de su casa, recuperando la consciencia a cada rato pero sin poder moverse. Se queja, con razón, en las primeras páginas de la actitud de los médicos y los servicios de urgencias que la tildaban de loca y le recetaban ansiolíticos mientras ella sabía que todo iba mal y que agonizaba. Finalmente fue diagnosticada de hipertensión arterial pulmonar, una enfermedad silenciosa y muy grave. Los especialistas tuvieron que pedirle disculpas por no haberla detectado a tiempo, lo que acortaba su esperanza de vida, pero Carolina, deportista, vital y valiente, decidió no rendirse e iniciar una vida renovada a pesar de todo.

Hoy día, con una bomba de perfusión pegada a su cuerpo, Carolina solo quiere vivir y hacerlo de la manera más plena y feliz posible, de ahí este libro. Un libro en el que da consejos de todo tipo para que la enfermedad no se adueñe de todo tu ser, para que no dejes de ser tú y de seguir haciendo, de alguna manera, lo que te gusta. Para alejarte de los días oscuros o, al menos, ser capaz de sobrellevarlos, para organizar tus propias escalas de valores sin importar el qué dirán, para gestionar el estrés. Pero también hay consejos de alimentación, de ejercicios, de posturas cuando estás postrado en la cama y para aumentar y mejorar la autoestima. Una lectura que es un canto a la vida y a las ganas de seguir adelante a pesar de todo.

Y aquí os dejo las palabras de la propia Carolina, que son la mejor carta de presentación.

1. ¿Qué me motivó a escribir el libro?

Me motivó mi vivencia. El proceso de estar muriéndome sin saberlo y llegar a ingresar en la Unidad de Curas Intensivas (UCI) muy grave y con pocas esperanzas de sobrevivir. Ver que no podía irme sin aprender a amar de verdad y a disfrutar de mi existencia, sentir el placer y la paz de ser feliz simplemente porque estaría viva. Si moría, no habría cumplido con este cometido. Tuve experiencias cercanas a la muerte y entendí que podía vivir una segunda oportunidad independientemente de cómo quedase físicamente. Solo quería saber vivir mejor de lo que había vivido. Automáticamente vi un cilindro de luz muy denso y potente que me atravesaba el corazón y los pulmones. Empece a llorar de felicidad. Sentí una paz que nunca había sentido, me sentí salvada. A medida que pasaban los días en la UCI iba mejorando. Los médicos también lo dieron todo, confiaron en que algo mágico también podía ocurrir y respetaron mis necesidades en cambios de protocolo o directrices. El líquido que llenaba mis pulmones y corazón fue disminuyendo, en un mes ya había desaparecido por completo, en tres semanas pude levantarme de la cama, en dos meses me quitaron el suministro externo de oxígeno, en tres salí del hospital… y ahora que han pasado dos años puedo andar hasta 7 km en un dia.

Cuando intuyes que puedes vivir y quieres tomar la enfermedad como camino de aprendizaje, existe una fuerza sobrenatural y un acompañamiento incondicional. Este camino y esta experiencia, pensé que debía estar descrita para dar esperanza a otras personas que están en situaciones graves e intentan vivir para ser mejores a pesar de lo que les haya sucedido. Esta experiencia que te hace evolucionar como persona también puede repercutir en el físico, yo me estoy recuperando de una enfermedad cardiopulmonar grave, progresiva y mortal.

2. ¿Qué espero de él y de sus enseñanzas?

Que ayude a todas  las personas, enfermas y no enfermas, porque es un canto a la vida. Mi libro está lleno de mensajes y aprendizajes para todo ser humano. Debemos entender que lo único importante es qué alma entregamos en el momento de morir, no que cuerpo vamos a dejar. Debemos entregar algo mejor de lo que se nos fue dado al nacer.
Con el método flowing health descrito en el libro, el cual significa fluir en tu estado de salud, las personas enfermas pueden aprender a ejercitarse cuando están en la cama hospitalaria y en casa sin poder moverse mucho. También incluye tres meditaciones imprescindibles para vivir cualquier proceso de recuperación o vital, funcionan! Puedes vivir cualquier proceso con más serenidad y confianza, en ti mismo y en la situación.
El método que he creado a partir de mis conocimientos y aprendizaje personal me ha salvado la vida y me está ayudando día a día (estoy mejorando físicamente y a pesar de mi diagnóstico, vivo feliz!).

Un abrazo,
Carolina Torres.






lunes, 27 de mayo de 2019

EL EDÉN DE LAS MANITAS DE CERDO de Enrique Pérez Balsa

Lo cierto es que en los últimos años el Premio Wilkie Collins de Novela Negra me está trayendo muchas alegrías. En general las obras ganadoras son un soplo de aire fresco en el género, arriesgan, se salen de los cánones habituales. Ya hace dos años quedé completamente impactada con Ya no quedan junglas adonde regresar, de Carlos Augusto Casas, una historia oscura, dura, sin concesiones, con un plantel de personajes entre los que ninguno destacaba, precisamente, por su bondad y que fue una de mis mejores lecturas del año. Hoy día la sigo recomendando y más después de saber que Netflix ya tiene los derechos para llevarla a la pantalla. 

Este año el ganador ha sido Enrique Pérez Balsa, con una novela de título sorprendente y contenido más sorprendente aún, El edén de la manitas de cerdo, con la que reconozco que he disfrutado una barbaridad. No solo por la originalidad del planteamiento y de la historia, sino por algunos episodios que me han hecho, literalmente, llorar de risa. Y seguramente la pregunta sea si caben esas carcajadas en una novela negra: la respuesta es que sí, sin duda, porque no están forzadas ni son un intento de hacer la trama más ligera para ganarse al lector y porque la risa, al fin y al cabo, forma parte también de nuestra realidad.

ELEGÍ UN MAL DÍA PARA CAMBIAR DE VIDA...


Luis lleva una vida anodina y absolutamente gris. Divorciado, con una relación tensa con su ex mujer, dos hijos adolescentes, con un sueldo del que la mitad se le va en pensiones y harto de todo y de todos. En su trabajo tampoco las cosas van mejor, porque su jefe parece experto en ponérselo todo muy difícil. Aún puede contar con sus padres, que siempre están para lo que necesite, pero el resto de su mundo es un completo desastre. El tema del dinero es el que más le escuece porque sabe que no puede comprar a sus hijos lo que le piden ni permitirse ninguna "alegría" a nivel personal. Sigue comiendo más o menos bien porque su madre le surte de tápers pero hay poco más de lo que pueda sentirse feliz.

Sin esperarlo, una puerta parece abrirse: el contable de su empresa, en la comida de Navidad, le habla de la posibilidad de un negocio seguro y muy lucrativo que, además, le pondrá al día en sus apolillados asuntos sexuales: inscribirse en una web de citas como "acompañante" de mujeres que lo solicitan. A pesar de las comisiones que debe pagar de lo que cobre y de saber más bien poco acerca de lo que se va a encontrar, Luis ni se lo piensa. Dinero y sexo fácil. Un chollo. Pero no todo iba a ser tan sencillo, claro. Las mujeres que solicitan sus servicios no son las sumisas muñecas que aparecen en las películas porno: exigen, saben lo que quieren, reclaman, sin complejos, que su dinero sirva para cumplir lo que desean, sea lo que sea y Luis se ve enmedio de un mundo en el que no sabe que esperar. Un mundo en el que hay proxenetas violentos y una peligrosa red delictiva que le van a exigir los pagos debidos y no precisamente de forma amable. Por si fuera poco, un crimen inesperado pone a Luis en el punto de mira de la policía y todo comienza a torcerse y a volverse muy turbio.

Narrado en todo momento en primera persona por Luis con un lenguaje sencillo, coloquial, a veces coloquial y vulgar sin llegar a ser chabacano, El edén de las manitas de cerdo consigue algo fundamental en una lectura: agarrarte con fuerza desde la primera página. Es fácil empatizar con el protagonista: un antihéroe absoluto rendido ante las circunstancias de su vida y que pocas veces se atreve a decir lo que piensa de verdad, aunque dentro de su cabeza tenga respuestas para todo:

" - ¡Qué bastardo más simpático!, como te pille en un callejón sí que vas a parecer que te has caído por un barranco, pero después te ha sepultado un alud y luego te han roído las alimañas. Y podías tener un mínimo de respeto, ya que vienes a comer por la gorra, que, por cierto, como no te quites esa gorra de mierda, te la meto por el culo y te la saco por el aro ese que tienes en la oreja...
   - Papá - me interrumpe mi hija - ¿qué te pasa? Te has quedado sonriéndole a Nano y murmurando algo que no hemos entendido."

Un tipo gris, sin demasiadas ilusiones, que de repente cree que se le abren las puertas del paraíso, que va a tener sexo a destajo y que, encima, le van a pagar por ello. Que podrá comprar el ordenador y el móvil que le piden sus hijos. Que va a ser un triunfador. Hasta que la cruda realidad se impone y las sucesivas citas que va teniendo son cualquier cosa menos noches de gozo de macho dominante. Y que, para colmo, las comisiones que debe abonar a la organización en la que ha entrado le son exigidas con métodos muy poco cordiales. El miedo se va imponiendo y más cuando se ve involucrado en un crimen del que no puede dar muchas explicaciones.

Como os decía arriba, hay pasajes realmente hilarantes no solo por lo que se cuenta en ellos sino por cómo se cuenta. Los efectos de una sobredosis de viagra, las peticiones de algunas de sus "clientas", los resultados de alguna cita que no son los esperados... he llegado a tener serios problemas para contener ataques de risa en el metro. Pero también, como buena novela negra, además del crimen, de la investigación y de la tensión que se va incrustando en la vida de Luis, hay una fuerte carga de denuncia social, empezando por esas páginas de citas que esconden trastiendas escabrosas de las que nadie te habla.

El Madrid más popular sale a la palestra, el de los barrios y los bares de toda la vida, para ser el escenario de las peripecias de Luis y su entorno. La narración es dinámica, muy ágil, sin perderse en largas descripciones. Enrique Pérez Balsa sabe ir dosificando la tensión haciéndola crecer en cada capítulo, pero sin salirse del peculiar modo que tiene Luis de contar las cosas, intercalando incluso conversaciones de whatsapp o correos electrónicos. Su vida, tal como la conoce, está a punto de volar por los aires y él no sabe desde dónde le va a llegar el próximo golpe o el siguiente mal rato. Por más que intenta controlarlo todo hay demasiadas cosas que se le escapan y cada vez va más a la deriva, pero sin perder su singular modo de pensar y actuar. Y eso es lo que hace esta novela tan especial.

Definitivamente El edén de las manitas de cerdo es una novela que os invito a conocer porque sé, positivamente, que la vais a disfrutar y que encontraréis en ella una propuesta original y diferente dentro del género negro. Una apuesta ganadora, sin duda.


lunes, 22 de abril de 2019

NO MENTIRÁS de Blas Ruiz Grau

Conocí a Blas Ruiz Grau en las redes sociales, como creo que le ha pasado a casi todo el mundo. Me han llamado siempre la atención su frescura al escribir, su coraje, su amor por la vida y por los suyos y le sigo a menudo en los artículos que publica en Zenda. Pero, y aquí agacho las orejas con cierta vergüencilla, jamás había leído ninguna de sus novelas. Compré para mi Kindle Siete días de marzo cuando se publicó en Amazon y allí se quedó, porque el Kindle decidió dejar de funcionar de un día para otro. Y regalé ¡Que nadie toque nada! a mi sobrina, aprovechando que estaba a punto de acabar la carrera de Criminología. La noticia de que Blas daba el salto de la autoedición a una editorial de peso, como es Ediciones B, me alegró porque es de estos autores que se les ve el empeño y la ilusión que ponen en lo que hacen. Tuve la suerte, además, de que nos programasen un encuentro con él antes de su presentación en Madrid, para poder conocer pormenores de la novela.

Hoy, con la novela ya leída, tengo una sensación extraña, como una especie de irritación efervescente. La empecé con ganas, la historia prometía y el arranque parecía el inicio de una estupenda aventura lectora. Y aunque el argumento tiene su intriga y buenas dosis de misterio, hay muchas cosas que me han sacado por completo del libro e, incluso, tuve que dejarlo un par de días porque empecé a enfadarme mucho y necesitaba darme un respiro. Blas me cae muy bien, me parece un tipo fantástico, por eso esta reseña me cuesta tanto. Pero, honestamente, creo que tengo que hacerla con todo lo que conlleve. Solo espero ser capaz de explicarme correctamente.

PUEBLO PEQUEÑO, INFIERNO GRANDE


Carlos Lorenzo es un brillante abogado de éxito que ejerce en Madrid y que jamás deja nada al azar o a la improvisación. Cumple a rajatabla los estrictos horarios que se ha marcado y todas y cada una de las rutinas creadas por él en las que se siente cómodo. Por eso recibir una llamada de la policía en la que le comunican que su padre, Fernando, se ha suicidado, hace tambalear todos los cimientos de su tan ordenada existencia. Carlos se ve obligado a desplazarse a Mors, un pequeño pueblo de la provincia de Alicante en el que su padre residía, para hacerse cargo de los trámites. El problema es que hace casi veinte años que Carlos no sabía nada de él, desde que les abandonó a su madre y a él para no volver nunca. Completamente descolocado intenta, simplemente, pagar lo que haga falta a la funeraria y dejar el tema zanjado para volver a Madrid cuanto antes. No quiere saber nada, no quiere complcaciones.

Pero no va a ser tan sencillo. Mors, un pueblo tranquilo (en el que nunca pasa nada, como repiten sus habitantes a menudo) que también se encuentra sacudido por la noticia y por la negra novedad, va a convertirse, muy a su pesar, en el lugar en el que Carlos ha de permanecer más tiempo del que le gustaría. Un mensaje oculto de su padre en una pieza de ajedrez, un inexplicable y terrible suceso en el tanatorio y la aparición de un segundo cadáver, esta vez asesinado, son el inicio de una espiral de muertes y sospechas. Nicolás Valdés, un inspector novato, es el encargado de una investigación que se va complicando a cada hora que pasa y que parece no tener fin. 

En otras ocasiones ya he comentado cuánto me gustan las novelas negras o los thrillers ambientados en el mundo rural. Aquí es donde los odios más enquistados pasan de generación en generación, como las herencias y donde nadie, al parecer, olvida. Ni lo bueno ni lo malo, especialmente esto último. En No mentirás nos encontramos un pueblo pequeño, en el que todos se conocen y parecen saber la vida entera de los demás, y en el que sucesos como los que comienzan a ocurrir hacen que se sospeche hasta del aire que respiran. Nadie se siente seguro y cualquiera es un posible asesino.


Es cierto que la novela de Blas se lee con rapidez, que es intensa y te lleva de un escenario a otro sin pausa, sin dejarte apenas respirar. También es cierto que ha intentado crear una trama enrevesada y hasta cruel, con un asesino en serie que va cambiando su modo de actuar en cada crimen haciendo que toda la investigación se complique muchísimo. Y, para quienes han leído los libros anteriores de Blas con Nicolás Valdés como protagonista, La verdad os hará libres y La profecía de los pecadores, seguro que encuentran un aliciente extra en conocerle cuando era un novato lleno de dudas y, muchas veces, superado por los acontecimientos y un hecho del pasado que no deja de martirizarle. Asimismo encontramos diálogos rápidos, naturales, sin ninguna impostación, que hacen que nos parezca estar escuchando a los protagonistas.

Y ahora vamos con la parte que hubiese preferido no tener que escribir. Por encima de todo quiero dejar claro que Blas me parece un tipo fantástico que pone mucho corazón en lo que hace. Y, en ningún caso, querría que tomase lo que voy a decir como un ataque personal ni como un intento de boicotear su novela. Respeto y admiro profundamente el trabajo de los autores y creo que me conocéis lo suficiente para saber que hacer "sangre" gratis no es mi estilo.

¿Por qué la novela no me ha convencido¿ ¿Por qué tengo esta sensación (y perdón por la expresión) de cabreo? Supongo que algunos recordaréis el post que escribí hace unos días quejándome del poco mimo en cuanto a corrección y edición que parece haber últimamente. Para los que no, lo podéis leer aquí. En más de una ocasión he estado tentada de dejar la lectura de No mentirás porque era tal el cúmulo de errores que se iban apilando, página tras página, que me salía por completo de lo que estaba leyendo. Repeticiones innecesarias, palabras mal usadas, frases impersonales mal construídas, loísmos constantes... Puedo entender, y lo dije en el post que antes mencionaba, que un autoeditado caiga en estas cosas pero ¿una novela publicada por una editorial de prestigio se puede permitir estos lujos? ¿Dónde está la corrección del texto, dónde la labor de la editora y la editorial?

Puedo poner muchos ejemplos, pero solo voy a hacer mención a los más flagrantes o los que de peor humor me han puesto. Una de ellas, que llama mucho la atención y más teniendo en cuenta que Blas ha publicado un libro dedicado a la investigación forense, es que en un determinado momento habla del departamento de DACTILOGRAFÍA (palabra que define la técnica de escribir a máquina) en lugar de hacerlo del de DACTILOSCOPIA. Bueno, quiero pensar que puede tratarse de un fallo de transcripción, aunque digo yo que en las correcciones del propio autor y las de la editorial deberían haberse percatado del error y haberlo corregido. Aunque lo que más me ha dolido es el constante mal uso de la palabra PERTINAZ porque, además, aparece en varias ocasiones. Me temo que Blas ha confundido este adjetivo con PERTINENTE. Por ejemplo en la novela se dice que "lo etiquetó de manera pertinaz", "tras el pertinaz saludo" o "tras las pertinaces explicaciones". En esos momentos me sentí realmente mal como lectora. Quizá puede ser que Blas no tenga claro el significado del adjetivo pero ¿de verdad no lo ha visto nadie más? ¿Nadie ha podido explicarle que se había equivocado?

Lo del lenguaje malsonante puedo llegar a perdonarlo en función de la tensión creciente que los protagonistas van viviendo, pero me ha parecido excesivo en bastantes ocasiones. En un mismo párrafo podemos encontrar la palabra puto/a en tres ocasiones y no hablemos ya de una página entera. Pero, como digo, es una licencia que, con buena voluntad, se puede dejar pasar en función de la naturalidad de los diálogos que, como os decía antes, son directos y sin florituras, aunque ya os digo que, personalmente, a mí llegaba a sobrarme. Las repeticiones de ciertas frases sí que me hicieron caminar a trompicones: brazos en jarras, con pelos y señales, jugar a jueguecitos, prueba dubitada (por señalar los más habituales) eran como agujeros en los que me caía constantemente. Tampoco es que el estilo de Blas sea muy ortodoxo, y eso no es malo en sí mismo, pero sí que le hace caer en una redacción pobre, con una sintaxis que, lo digo desde el respeto y el cariño, debería haber revisado con calma y con varios pares de ojos ajenos que repasasen y retocasen lo que él, como autor y desde dentro, seguramente ya no acierta a ver

Respecto al final del que, obviamente, no voy a contar nada, tampoco he quedado demasiado contenta. Demasiadas cosas en el tintero o sin explicar. Sobre todo sin explicar. Además de ser tremendamente enmarañado, trata de liquidarlo en apenas tres páginas dejándome con la sensación de que se han quedado muchas preguntas sin respuesta o, las que les da, no me han resultado muy plausibles. Según nos explicó Blas, se trata del primer volumen de una trilogía, quizá haya que esperar a las próximas entregas para tenerlo todo claro. Y eso tampoco me consuela.

Supongo que esta reseña va a ser una voz discordante entre tantas buenas opiniones que está cosechando No mentirás pero, ante todo, he querido ser sincera. Estoy convencida de que Blas irá puliendo estilo, vocabulario y redacción y confío en que la editorial que ha apostado por él le ayudará en la tarea. Escribir es una carrera de fondo, lo que importa es la distancia recorrida y sentirse satisfecho al final, a pesar del cansancio. Así pues, a seguir adelante y a seguir disfrutando con lo que haces, Blas.






viernes, 12 de abril de 2019

EL ÚLTIMO BARCO de Domingo Villar

Tengo un especial cariño a la ría de Vigo, una atracción que viene de largo, desde que siendo bastante pequeña conocí la historia de la Batalla de Rande. Mi abuelo y mi tío hablándome de los galeones hundidos, de un supuesto tesoro perdido, hacián que casi escuchase el eco de los cañonazos sonando en mi imaginación. O que viese al capitán Nemo con su Nautilus aprovisionándose con los restos de la batalla que quedaban en el fondo, como Julio Verne contó en 20.000 leguas de viaje submarino. También ha sido el escenario de algunos de los veranos más divertidos de mi juventud, cuando los amigos que aún somos alquilábamos un piso en Moaña y disfrutábamos de mañanas de playa, tardes de paseos descubriendo la zona y de noches en garitos acogedores y cómplices. La lectura de El último barco me ha llevado de nuevo allí, he reconocido calles, lugares, paisajes. He vuelto a cruzar la ría, como entonces, en el barquito que lleva a Vigo. Y he disfrutado de una novela redonda, cuidada, pensada, magnífica.

Domingo Villar ha tardado ocho años en volver a la primera línea y, con él, ha vuelto Leo Caldas en una trama que se desarrolla en menos de una semana y que te va envolviendo hasta que acabas formando parte de ella. Sus setecientas páginas pueden echar atrás antes de empezarla, pero, una vez dentro, ya no puedes escapar y los capítulos vuelan. Ha merecido la pena la espera, sin duda.

"ES LO QUE HACEN LOS BARCOS: ZARPAN Y SE VAN" (UN OCÉANO ENTRE NOSOTROS, 2018)


A Leo Caldas, en principio, no le hace demasiada gracia el encargo de su superior: que investigue la desaparición de Mónica Andrade, hija de un prestigioso cirujano de Vigo. A todas luces lo que parece es que Mónica ha decidido irse sin más, incluso faltan algunas cosas personales en su casa. Incluso hay testigos que la vieron en su bicicleta, a primera hora de la mañana del día que desapareció, camino al puerto de Moaña para coger el barco que cruza a Vigo. En ese puerto sigue su bicicleta atada con un candado, su casa de Tirán, parroquia perteneciente a Moaña, no está revuelta ni hay indicios de nada extraño. Pero Mónica no acudió a las clases de cerámica que impartía en la Escuela de Artes y Oficios de Vigo. Tampoco a la cita a comer que tenía dos días después con su padre. Nadie ha vuelto a verla.

Caldas y Rafael Estévez, el inspector aragonés que le acompaña desde las entregas anteriores (Ojos de agua y La playa de los ahogados) comienzan a trabajar sobre el terreno: la casa de Tirán, los alrededores, la escuela en la que Mónica daba clases, los vecinos, amigos, profesores... Ninguno parece explicarse los motivos por los que pueda haberse ido aunque algunos hablan de un inglés con el que ella solía pasear y que, al parecer, también se ha marchado. Estévez cree firmemente que se han ido juntos, pero a medida que van recogiendo piezas se dan cuenta de que la imagen que se forma con ellas no acaba de estar clara. La presión constante del padre de Mónica tampoco ayuda. El principio del hilo de toda esta madeja parece estar en el barco, ese último barco que Mónica Andrade cogió antes de desaparecer por completo.



Como os decía al principio El último barco impresiona, según ves el ejemplar, por su tamaño. Pero que no os engañe. Termina haciéndose corta e impresionando por lo que vamos leyendo. Domingo Villar ha dado un salto de calidad, en mi opinión, realmente largo, digno de record, creando un argumento que se va retorciendo y complicando delante mismo de nuestros ojos. Pero lo hace casi en tiempo real, poniéndonos como espectadores de lujo de lo que Caldas va viendo, investigando, preguntando. Solo el primer día de investigación ya ocupa 203 páginas y os aseguro que no sobra ninguna. Todo, en especial en la primera mitad de la novela, se va desarrollando de forma pausada, casi metódica porque cada dato cuenta, pero impregnando al lector de una inquietud creciente y bastante desasosegante que te empuja a seguir leyendo sin parar.

No solo El último barco es la historia de la desaparición de Mónica Andrade, aunque este sea el hilo conductor de todo. Descubriremos a un Leo Caldas más maduro y más humano, muy pendiente de su padre (un pedazo de personaje que cada vez que aparece llena por completo el espacio) aunque él no esté muy por la labor de "tener miedo de vivir" cuando su hijo le aconseja poner rejas o llevar el teléfono encima. Y es que esta novela toca muchas formas de paternidad y cómo nos enfrentamos a ella: la inquietud de Caldas por su padre, la ansiedad del padre de Mónica por lo que haya podido pasarle aunque su relación no fuese, ni de lejos, la mejor, el amor de Rosalía por su hijo Camilo a pesar de que él no pueda corresponderle, la ternura que Rafael Estévez deja traslucir ante su futura paternidad. También hay una acerada crítica a la crisis social y económica que se ha llevado por delante vidas y ciudades. Ahí está Napoleón, otro pedazo de personaje, el mendigo que acostumbra a sentarse junto a la puerta de la Escuela de Artes y Oficios  y que cuenta con un bagaje cultural impresionante, pero que no le sirvió para escapar del desastre. O los carteles que se han ido colocando en ciertas calles de Vigo mostrando los edificios históricos que cayeron bajo la piqueta para construir horrores arquitectónicos.

Estévez, a pesar de su carácter arisco (aunque se le ha suavizado un poco gracias al embarazo de su chica), te gana sin remedio. Al menos a mí, aunque ya me tenía ganada en las novelas anteriores. A pesar del tiempo que hace que llegó a Galicia sigue siendo un recién llegado. Y es de él de quien se sirve Domingo Villar para mostrarnos o explicarnos cosas que allí dan por sentadas y que, para alguien de fuera, son diferentes. Casi extraordinarias. Es Estévez el que busca respuestas que también lo sean para el lector, como qué es una nasa, una batea, el nombre de la planta de flores naranjas que ven en Tirán. Es él quien se sigue asombrando de los paisajes y de las costumbres, el que mantiene una mirada más "limpia" de lo que les rodea. Sigue siendo un cascarrabias y los perros le odian (hay alguna escena sobre esto con la que no puedes evitar sonreir de oreja a oreja) pero a mí me resulta casi adorable.


La Escuela de Artes y Oficios, que existe y es una fértil realidad en Vigo, está descrita con la minuciosidad que dan la admiración por lo que se enseña allí y el cariño que los profesores ponen en lo que hacen. Un lugar en el que se respira calma y que parece estar al margen del caótico mundo que queda fuera de sus paredes, un reducto ajeno a las prisas y muy distinto al trabajo que podemos considerar "normal".

Los diálogos son uno de los ingredientes fuertes de la novela, en los que se entra con facilidad porque jamás suenan impostados o fuera de tono. Se adaptan a cada situación, a cada persona, a cada necesidad de la narración. Fluyen maravillosamente y participan con brillantez de ese camino que Domingo ha trazado para llevarnos por él hasta la última página. Son 151 capítulos que comienzan con una palabra polisémica y sus diferentes acepciones en el diccionario de la RAE, una palabra que aparecerá en algún momento de ese capítulo.

El último barco es una gran novela de principio a fin que sabe dosificar e ir incrementando la inquietud del lector acerca de lo que ha pasado o ha podido pasar, pero que no se queda solo en eso. Los personajes están trazados de forma fabulosa, incluso los que apenas tienen una pequeña aparición y son ellos los que más nos van a sacudir dentro, los que más nos van a llegar. Una novela que hace que nos preguntemos cómo reaccionaríamos nosotros ante ciertas situaciónes y que no juzga a los personajes por ello. Está llena, igualmente, de compasión, de redención, de la crueldad de los que opinan sin saber, de dolor, de amor y de esperanza. Pero sobre todo está llena de barcos, esos últimos barcos que, por un motivo u otro han de coger los protagonistas antes de que zarpen.