lunes, 8 de febrero de 2021

EL CANDIDATO de Nacho Abad

En los últimos tiempos no he dejado de preguntarme hasta qué punto vemos lo que nos dicen que veamos y creemos lo que nos aseguran que es cierto, especialmente de tres años hacia acá. No sé si es que, con la poca actividad que conlleva estar confinada en casa, me ha dado por pararme a pensar y empiezo a ser consciente de qué poco pinta el ciudadano medio, el de a pie, en las decisiones importantes, en la política. Nos piden que vayamos a votar cuando toca y punto. Vivimos en un permanente mitin electoral en el que nuestros "representantes" se llenan la boca de autocomplacencia para sí mismos e insultos para los demás. Sinceramente, creo que les importamos, como dice mi admirado Reverte, un huevo de pato. Nos necesitan para que les demos el poder y, una vez allí, los grandes proyectos, las promesas, la ilusión de muchos votantes quedan reducidos a un miserable tablero en el que solo importa lo bien colocados que van a estar ellos. Por eso, cuando terminé el libro al que dedico hoy la entrada, El candidato, he sido consciente aún más, porque junto a una trama envolvente y más oscura de lo que parece, hace que te plantees muchas preguntas. O que seas consciente de cuánto nos mienten tanto políticos como medios de comunicación, redes sociales y periodistas de primera, segunda y tercera línea.

Sí, El candidato es ficción y una ficción que te agarra por las solapas en las primeras páginas y ya no te suelta. Pero dentro de esa ficción hay cosas muy reconocibles y acabas con la inquietante sensación de que nada es lo que parece. Que ya no es que haya hilos que nos manejen, hay sogas. Y esa es la gran virtud de esta novela: darnos una historia llena de intriga y, además, hacernos pensar. Incluso indignarnos. Conmigo, al menos, lo ha conseguido.

VISIÓN PERIFÉRICA

Lázaro Arnau es un carismático empresario dedicado al reciclaje y que aboga por un mundo más sostenible, poniendo a la ecología como el interés principal a la hora de hacer política. Respetado y admirado, decide presentarse a las elecciones como cabeza del partido Brotes Verdes, para intentar una nueva manera de gestionar el país y sus recursos. No hay tradición de partidos ecologistas en el parlamento español, por lo que la apuesta es fuerte. Pero cuatro días antes de las elecciones generales salta la bomba: una mujer, Alina, acusa a Lázaro de haberla violado hace diez años en un hotel de Castellón y, para ratificarlo, se aporta a un medio de prensa un vídeo de aquella noche. El impacto en la opinión pública es tremendo. Los datos de CIS, que otorgaban un buen número de diputados a Brotes Verdes, ya no sirven. La sorpresa y la indignación, junto con programas monográficos en la televisión, las redes sociales ardiendo y la prensa tratando de arrimar el ascua a su sardina, machacan literalmente a Lázaro que ve como su proyecto y su vida se van al garete. Pero no va a rendirse sin luchar. Tiene pocas horas para demostrar que él no cometió el delito del que le acusan y recuperar su credibilidad. Una carrera contra reloj en la que se va a encontrar con muchos abstáculos inesperados. 

Si he titulado este post "Visión periférica" es porque en esta novela es necesario ver no solo lo que tenemos delante, sino darnos cuenta de muchos detalles que están ahí y que pueden pasar desapercibidos. Mensajes que poco a poco nos calan. Obviamente, la profesión de periodista de Nacho Abad y su experiencia, dan una visión muy real del conjunto. De cómo los medios de comunicación actuales pueden encumbrar o defenestrar a alguien en cuestión de horas sin que, después, con las aguas calmadas, sean capaces de rectificar o pedir perdón. Del empuje de las redes sociales, que fagocitan, en muchos casos, a esos medios más "oficiales", y crean círculos y grupos de opinión llenándonos de noticias que ni siquiera contrastan. De la ambición de ciertos periodistas por ser los primeros en dar una notica, la que sea, aunque tengan que pisotear su propia ética o vender su alma al diablo. En un mundo en que la prensa escrita agoniza, hay que vender como sea.


 También es conveniente que, como lectores, usemos esa visión periférica ante lo que se nos está contanto. Intentar ver un poco más allá, incluso leer entre líneas. Y, aunque la manera de narrar de Nacho nos empuje a devorar páginas tras página, pararnos lo suficiente para darnos cuenta de ciertos detalles. Es verdad que no plantea aquel "reto al lector" inolvidable de las novelas de Ellery Queen, ya que hay datos y verdades que irán saliendo a la luz a medias y a medida que lo necesita la novela o que solo se desvelan al final, pero sí que tendremos tiempo de elaborar teorías. 

Los protagonistas de El candidato, actuales y creíbles, no son estereotipos: Lázaro es un tipo atractivo, de fuerte personalidad, con las ideas claras y, como político, un folio en blanco; Silvia, la periodista, no duda en embarcarse en una investigación por su cuenta cuando las cosas no terminan de cuadrarle; Esther, jefa de Homicidios de la policía de Castellón, es profesional y sabe cómo encauzar las investigaciones. Nada de redacciones de periódico oscuras y llenas de humo ni policías aficionados al whisky. La acción es actual y se mueven con parámetros actuales. Particularmente me han parecido una genialidad los nombres de los dos periódicos que luchan por una mejor exclusiva: El Continente y La Península.

Las primeras 150 páginas de la novela son vertiginosas, trepidantes, nos llevan a una velocidad endiablada en la búsqueda de la verdad sobre Lázaro. En ese momento, la acción se detiene y comienza de nuevo, más pausada, pero, como un buen motor diesel, va calentándose y adquiriendo ritmo. La espiral que se nos plantea a los lectores es cada vez más ampia, sus brazos van recogiendo detalles, fechas, más personas implicadas. Ahí es donde tendremos que tomar distancia y mirar desde más lejos. Intentar formarnos una imagen global de lo que es. finalmente, la verdad.

Narrada en tercera persona, excepto las cuatro primeras páginas en las que es Silvia la que nos habla, El candidato no se pierde en recursos literarios profundos. Nacho Abad maneja muy bien la tensión, la dosifica y nos ofrece una historia "limpia", sin tratar de demostrar como sea sus muchos conocimientos. Están, pero no se recrea en ellos. Siendo una narración lineal (excepto algún flashback puntual), avanzamos a buen paso junto a los protagonistas, pero también tenemos tiempo de reflexionar sobre ciertos aspectos de candente actualidad. Conoceremos a psicópatas de manual, esos que no se convierten en asesinos en serie, pero que no sienten empatía ni afecto por nada ni por nadie y que solo velan por sus propios intereses. A encantadores de serpientes de mirada hipnótica. A sicarios por dinero y por convicción. A agentes de la ley que fueron capaces de traspasar muchos límites. A periodistas sin moral cuyo único código deontológico es el dinero y un titular, aunque se lleven por delante vidas y reputaciones. 

Ya os decía antes que hay mucho más de lo que parece en esta novela. Da qué pensar y hace que nos formulemos muchas preguntas o que reconozcamos situaciones y hechos con los que convivimos. Hay. al final, la sensación de que en todo este decorado que es la vida pública se nos escapan datos, que se nos hurta información y se tapan demasiadas cosas, que la política no es limpia, al menos en una gran parte. Que hay demasiados intereses en juego. Queda un cierto desasosiego al acabarla, como si hubiesemos mirado a través de una puerta prohibida que ha quedado entreabierta. Pero la lectura merece la pena; realmente, como lectora, me lo ha hecho pasar genial y esa es una premisa fundamental para recomendarla. Definitivamente, voto por El candidato.

El candidato obtuvo el Premio Letras del Mediterráneo 2020.

 


lunes, 1 de febrero de 2021

LOS AUSENTES de Juana Cortés Amunarriz

Por mucho que haya determinadas voces que quieran taparlo, blanquearlo o, incluso, justificarlo, el dolor causado por el terrorismo de ETA sigue ahí. En los casi mil muertos, en los heridos, en sus familias que jamás van a volver a ser las mismas. Es una llaga que puede que, con los años, deje de supurar, pero que siempre escocerá de algún modo, principalmente en las víctimas, pero también entre quienes tuvimos la desgracia de vivir los terribles "años del plomo", en los que daba miedo encender la radio o la televisión cada día pensando qué nueva atrocidad nos íbamos a encontrar. No podemos dejar de recordar, no podemos convertir a las víctimas en números y dejarlas en una esquina de la historia, allí donde no molesten a ciertos sectores que, en el colmo de la mezquindad, dejan caer que "es agua pasada". Quizá yo no sea nada políticamente correcta, pero me niego. Reivindico su memoria y desprecio con toda mi alma a quienes fueron capaces de matar, generalmente por la espalda o de lejos, como los cobardes que fueron y son. 

No he leído Patria, podéis llamarme lo que queráis, pero sé que me iba a doler en exceso y bastante dolor tengo ya en mi vida para sufrir gratis. Y con la novela que hoy os traigo, Los ausentes, tuve mis días de dudas por el mismo motivo. La cita para un encuentro Zoom con la autora me dio un empujoncito y es verdad que la devoré en apenas dos tardes, aunque me arañó el alma con fuerza y cerré el libro con un peso demasiado reconocible en la boca del estómago. No, desde luego que no deja indiferente, es imposible que lo haga. La maldad siempre nos tatúa por debajo de la piel. 

Y TÚ, VIUDA, LLORARÁS

Año 2007. La última "tregua" de ETA ha acabado de la peor manera posible y, entre sus filas, se busca dar un golpe de efecto que vuelva a colocarles en primera línea. Dos encapuchados secuestran a punta de pistola a Bixen Alzola, un profesor de universidad cuyo único pecado es haber levantado la voz por el fin de la violencia y encontrar vías pacíficas para acabar con ella. Esa tarde Leire, su mujer, recibe la llamada que le cambiará la vida: la que le comunica que su marido ha sido secuestrado. También le dan las pautas que ha de seguir si quiere volver a verle vivo. Durante toda la noche, con su mundo hecho pedazos y desgarrada de miedo, Leire recuerda a tantos y tantos muertos, tantas familias rotas, tantas viudas. Sabe que la suerte de Bixen está echada, pero toma una decisión: no va a rendirse sin luchar. No va a permitir que maten a su marido.

Las siguientes veinticuatro horas son, en realidad, el libro entero. Leire deja de ser quien ha sido siempre para convertirse en lo que más detesta, pero le han dado la mejor razón del mundo. Y comienza por poner otro peón en la partida: sí, tenéis a Bixen; y yo tengo a alguien que le importa mucho a uno de vosotros. Subo la apuesta. 

A lo largo de las páginas de Los ausentes la pregunta que nos ronda constantemente es qué haríamos nosotros en una situación similar y es la angustia la que se enseñorea de toda la trama, encogiéndonos el estómago y sintiendo un frío cada vez más intenso, ese que nace del miedo. A medida que iba leyendo también me preguntaba a dónde me iba a llevar, porque la espiral es cada vez más intrincada y más dura. Bixen, encerrado en un zulo y vigilado, no acierta a imaginar el infierno que se está desatando fuera. El comando terrorista, en su soberbia de sangre y pistolas, se enfrenta a algo inesperado: la víctima, porque Leire lo es también, no se limita a callar y morir. Se ha rebelado. Se les encara poniéndose a su nivel


El paisaje del País Vasco es un telón de fondo impecable que hace juego con los sentimientos que va despertando la novela: toda la gama de grises, los bosques oscuros y empapados, las casas ocultas y heladas, la humedad, el frío, la noche cayendo demasiado temprano... todo va a juego con lo que se nos pone ante los ojos. El viaje interior de Leire hacia lo más oscuro de sí misma es fruto de la rabia aunque hay momentos en que le llegan rayos de luz a ese pozo negro y se cuestiona, pero su amor por Bixen y su necesidad de recuperarle no le permiten más debilidades. 

Entre los miembros del comando, "cachorros" amamantados por eslóganes de fácil digestión y el discurso recurrente de tener razón, hagan lo que hagan, no vamos a encontrar a ninguno con el que empatizar. Son lo que son, tienen claro lo que hacen y les importa nada y menos el dolor que causen. Vamos a conocer, casi de forma tangencial, un poco de la vida privada de alguno de ellos, de cómo han llegado hasta allí, pero eso no les humaniza, al menos en mi opinión. Se creen "gudaris" y son asesinos que cambian el verbo matar por ejecutar, se erigen en jueces y verdugos amparados por una verdad que es solo suya y que, en ese momento, ya estaba más que cuestionada. 

Si bien los etarras a quienes conocemos en Los ausentes (Azeri, Tor, Chus, Maider o Roque) se nos muestran así y no hay segunda lectura posible, para mí el peor de todos es Kuti. Kuti jamás se ha manchado las manos, nunca ha estado en primera línea, pero señala, pone en la diana y, sobre todo, utiliza su voz y su imagen para justificar y amparar, para lanzar sus discursos en los que excusa y defiende a quienes matan. Se parece mucho a otros miserables que siguen delante de atriles y micrófonos para lo mismo. La única inocencia pura en toda la novela es la de Ander, pero esa prefiero que la descubráis vosotros.

Es imposible cerrar Los ausentes sin más. A mí me costó recomponerme. A base de capítulos cortos, que nos van llevando de un protagonista a otro, la novela adquiere velocidad, intensidad y crece en angustia. A veces cuesta respirar. Sin ser una lectura "amable", es de esas que se te pegan y que recuerdas. Quizá, y esta, como siempre, es una opinión muy personal, no habría venido mal explicar con algo más de detalle un par de cosas al final, pero lo que está claro es que la autora ha buscado más que nos hagamos preguntas y nos respondamos a nosotros mismos, que darnos todo masticado. 

Leed Los Ausentes. Creo que es una novela necesaria, aunque nos ahogue en agua helada. Y contadme, porque hay mucho de qué hablar una vez acabada.

viernes, 22 de enero de 2021

NO MORIRÁS de Blas Ruiz Grau

¿Cómo cerrar una trilogía? ¿Cómo poner punto final a una historia que lleva a sus espaldas años de trabajo, de documentación, con personajes que sabes que ya se han quedado en la memoria de muchos lectores? No debe ser fácil, desde luego. Quienes me conocéis, sabéis que no soy mucho de seguir sagas. No sé si es la edad, que me hace no querer cosas a largo plazo, pero en los últimos años opto casi siempre por novelas y libros autoconclusivos, lo que no quiere decir que me cierre por completo a bilogías, trilogías o similares si quien las escribe me gusta o (y lo digo con todas las consecuencias) me cae bien. Yo nunca había leído al Blas autopublicado, el que contaba con legiones de seguidores. Llegue a él con No mentirás, la primera entrega de esta trilogía dedicada al "mutilador de Mors", que veía la luz a través de Ediciones B. Y bueno, pues creo que algunos recordaréis que en mi reseña, aunque remarcaba que la historia era muy entretenida, que atrapaba al lector y que contaba con giros sorprendentes, hablé de ciertos fallos, del mal uso de algunas palabras y de un puñado de incongruencias que, en mi opinión, deberían haberse filtrado y mejorado con una buena corrección y una edición cuidadosa.

Pero Blas es un superviviente (en todas las facetas de su vida) y sabe agarrarse fuerte a las tablas necesarias para capear el temporal. Se atrevió dar un paso adelante en su modo de narrar en la segunda entrega, No robarás, puliendo muchas de las cosas que antes estaban llenas de aristas. Y ahora, en No morirás, ha vuelto a dar un salto de calidad. No puedo negar que el modo de escribir de Blas es muy personal. Muy propio. No se parece a nada que hayamos podido leer antes. Prima, por encima de todo, el uso de frases cortas, la inmediatez, la tensión desgranada a cada vez mayor velocidad. Quizá no es un estilo muy ortodoxo, pero es el suyo, y en él se maneja con una soltura envidiable. No morirás cierra no solo la trilogía, sino un ciclo, y lo hace cuadrando todos los elementos. 

NO ERES EL DIABLO. ERES UN INTENTO

Nicolás Valdés lleva más de un año sin dar señales de vida. Desapareció del mapa al final de la anterior entrega, desbordado por todo lo que había sucedido e incapaz de hacer frente siquiera a su reflejo en el espejo. Sus compañeros de la policía han tratado de seguir con sus vidas y sus trabajos, pero se sienten, en cierto modo, traicionados por la espantada de Nicolás. Fernando, a su vez, parece haberse hibernado y tampoco ha vuelto a dejarse ver ni a cometer ninguna atrocidad. Pero esta calma tensa tiene de fondo un temporizador para que, en un determinado momento, todo vuelva a saltar por los aires. Y es que solo una persona podría hacer que Nicolás vuelva de su exilio voluntario para enfrentarse, en un último duelo, a Fernando, que ha aprovechado su "descanso" para planificar y ejecutar un plan que volverá a sembrar el terror en Madrid. El fin último es acabar con Nicolás, destrozándole también emocionalmente. La partida ha comenzado. 

Contado así, a priori, y para alguien que solo ha seguido la trilogía desde fuera, podría plantearse la pregunta de ¿otra vez Fernando matando gente con un plan oculto? Pues sí y no. Fernando es un asesino psicópata convencido de que lo que hace, hay que hacerlo. Que el fin justifica los medios y que hay ciertos hechos que no pueden quedar impunes. Matar, para él, es la manera de conseguir llegar a su meta particular y lo hace a conciencia, disfrutando y creando un escenario que, visualmente, impacte. Cada muerte es un mensaje a descrifrar, una miguita en el camino que lleva a su objetivo final. Obviamente, no lo pone fácil y, además, acelera el ritmo para que seguirle sea una tarea de titanes.

En este momento, Nicolás Valdés es cualquier cosa menos un titán. Optó por borrarse de todo en una decisión egoísta y poco valiente, pero que tenía mucho que ver con su agotamiento psicológico. Pero ahora es momento de volver, aunque la decisión no sea fácil. Un terrible suceso en el Templo de Debod y una fotografía van a ser una soga que tire de él de vuelta a Madrid. Y aquí le esperan sus amigos, sus compañeros y sus superiores que siguen escocidos y decepcionados por la huída del inspector, especialmente Alfonso. Pero no hay tiempo que perder, la espoleta ha saltado y ahora han de volver a formar una piña unida.


En No morirás vamos a volver a conocer la parte más íntima de los protagonistas, incluso la que no comparten con nadie. En el caso de Sara, por algo que puede afectar a su vida y su futuro. Sara vive con una máscara, buscando el respeto de sus compañeros y no dejando ver ni una sola debilidad. Pero lo que le sucede en esta entrega hará que su personaje evolucione, que se le rompan algunos diques de contención y que se de cuenta de que sola no puede escalar todas las montañas. Alfonso no cambia, es ese amigo que todos querríamos tener, capaz de decirnos las cosas que nadie más nos diría y que, aunque esté enfadado hasta la ira, conserva la lealtad. A Nicolás esta fortaleza le hace falta. Sabe que marcharse fue la peor decisión de su vida, pero estaba perdido en su propia autocompasión. Ahora va a tener que dejar todos sus fantasmas a un lado y agarrar fuerte las riendas de un caballo desbocado, mientras intenta recuperar la amistad y el apoyo de los suyos. 

Si bien, como os decía al principio, el estilo de Blas tiene sus propias particularidades, en esta tercera entrega ha seguido puliendo tanto diálogos como la parte narrativa. Sigue utilizando frases cortas, que a veces son como disparos de metralleta, especialmente en las escenas más tensas consiguiendo que, como lectores, nos sintamos cada vez más inquietos. Él mismo reconoce muchas veces que su técnica no es la más pulida ni la más ajustada a los cánones, pero a medida que escribe los defectos que puede tener los va difuminando y haciéndolos más pequeñitos. Hay veces que la línea temporal se le acorta en exceso y otras en que puede pecar de generosidad en lo que a homenajes a compañeros escritores se refiere, pero al fin y al cabo es lo que él quiere, lo que busca y lo que le convence.

Toda la acción de No moriras transcurre en las calles de Madrid, una ciudad que aparece dibujada con soltura y que pasa a ser un tablero único para que Fernando y Nicolás traten de darse jaque mate. La aparición de Carlos, sometido y aplastado bajo la personalidad de Fernando, que lucha por volver a la luz, será una de las bazas más atractivas de la novela. 

Tensión a raudales, crímenes terribles, una cuenta atrás angustiosa... motivos hay más que suficientes para disfrutar cada capítulo de No morirás. Y, por supuesto, llegar al final de ese duelo, sea el que sea. ¿Nicolás o Fernando? Se admiten apuestas.

martes, 12 de enero de 2021

EL NOMBRE DE DIOS de José Zoilo

Hay momentos y periodos de la historia que, aún siendo conocidos, se pierden en una especie de bruma. Podemos conocer los hechos que sucedieron a grandes rasgos, pero se nos escapan muchos otros simplemente porque apenas quedaron reflejados en las crónicas o casi no hay datos ni referencias. Uno de estos periodos es el que sucede tras el desembarco de las tropas bereberes en el sur de España, en el año 711, al mando de Tariq. Sí, sabemos que derrotaron a las tropas del rey visigodo don Rodrigo y que ya no pararon en su camino hacia el norte hasta que don Pelayo en Covadonga y Carlos Martel en Poitiers les hicieron retroceder y asentarse en la península. Pero de ese camino, de cómo llegaron hasta allí y de las diferentes escaramuzas, batallas y tomas de pueblos y ciudades poco nos ha llegado. Es un largo periodo con muchas lagunas y José Zoilo, en esta novela, trata de llenar algunas

También hay mucho de leyenda en el modo en que se cuenta la llegada de los árabes: la traición de conde don Julián, que abre el camino a los árabes; la de los hermanos (o los hijos, están las dos versiones) de Witiza, rey anterior a don Rodrigo, que abandonan el campo de batalla y a su suerte al rey y a sus tropas; la desaparición de don Rodrigo tras la derrota en Guadalete... Realmente sí hubo un tal Olián en Ceuta que ayudó a los musulmanes y se dice que fue en venganza por la violación de su hija por parte del rey visigodo. Y la traición de los hijos (o hermanos) de Witiza se debió a que no estaban de acuerdo con la elección de Rodrigo como rey. Pero hay que reconocer que la mezcla es fascinante. Tan fascinante como lo es El nombre de Dios, una novela de las que crean afición por la novela histórica y que nos traslada a aquel siglo VIII, tan complejo y complicado, de forma brillante. ¿Vamos hasta allí?

EL REINO PERDIDO

"Subiose encima de un cerro, el más alto que veía; desde ahí mira a su gente cómo iba de vencida; de allí mira sus banderas y estandartes que tenía, cómo estan todos pisados que la tierra los cubría; mira por los capitanes, que ninguno aparescía; mira el campo tinto en sangre, la cual arroyos corría"  (Flor nueva de romances viejos. La derrota de don Rodrigo en Guadalete)                             

En el año 711 d.C las tropas musulmanas desembarcan en la península al mando de Tariq con un único ojetivo: conquistar todo el territorio posible en una marcha militar imparable hacia el norte. El último rey visigodo, Roderico (Rodrigo), debe enfrentarse a ellos para impedir su avance pero no solo tiene al enemigo enfrente: también cuenta con poderosos adversarios dentro de su propio bando que terminarán por inclinar la balanza hacia los musulmanes. La batalla de Guadalete, en la que las tropas de Roderico fueron derrotadas de forma amplia, es el inicio de El nombre de Dios. A esa batalla trata de llegar como sea un peculiar religioso, Bonifacio, acompañado de una partida de hombres muy heterogénea. Porta una reliquia que podría decidir la victoria para el bando visigodo.

Por su parte, Ademar de Astigi, caballero fiel a Roderico, parte a la batalla junto con la leva de su ciudad, en lo que piensa que va a ser, simplemente, una escaramuza contra unas pocas tropas musulmanas. La realidad no tardará en imponerse y él perderá mucho más que una batalla y un rey. Desde ese momento, la venganza será el motor de su existencia. 

Con semejantes puntos de partida es imposible despegarse de la lectura de El nombre de Dios. Además a mí me ha servido para recuperar una de mis lecturas favoritas: Flor nueva de romances viejos, de Ramón Menéndez Pidal, una maravillosa recopilación de romances cuyas primeras composiciones están dedicadas al rey Rodrigo, a su historia con Florinda (la Cava) y a la pérdida de su reino. Don Rodrigo es uno de esos personajes históricos a los que parece perseguirles un destino fatal en cada paso que dan. Si a eso le sumamos la codicia del trono (en el reino visigodo se obtenía por votación entre los nobles) por parte de los herederos del rey anterior, la expansión bereber en el norte de África y un ejército que les triplicaba, como poco, en hombres, la derrota era una realidad incluso antes de la batalla. Pero Rodrigo desconocía todo esto. 


Si la trilogía anterior de José Zoilo estaba narrada en primera persona, con la voz de Attax, su protagonista, aquí utiliza la tercera para conseguir tener una perspectiva mucho más amplia de todos los personajes. El nombre de Dios es más coral, cuenta con un mayor número de protagonistas cuyas vicisitudes estarán en lugares muy diversos, y este modo de narrar facilita más contar qué hacen, sienten y esperan en cada momento. En mi opinión, uno de los atractivos principales de esta novela son las magníficas escenas de batallas, contadas desde dentro, desde las emociones de quienes están allí, y desde fuera, en una mezcla que las envuelve de una épica poco común. Les da una mayor intensidad y también las convierte en muy humanas y muy reales, casi puedes sentir la tensión, el miedo, el retumbar de los cascos de los caballos, el estruendo de hierro contra hierro.

También vamos a disfrutar de diferentes paisajes y lugares, con una geografía que, si bien es muy similar a la actual, a su vez tiene grandes diferencias. Las ciudades, descritas con detalle, muestran, en cierto modo, la decadencia de un modo de vida. No hay que olvidar que los visigodos, siendo un pueblo germánico, estaba profundamente romanizado, como casi todos en los primeros siglos de nuestra era. Muchas de las ciudades conservaban edificios, defensas y monumentos romanos, pero ya entonces eran antiguos. La imagen que se nos da de esas ciudades está teñida de la melancolía del declive, de lo que fue y ahora se cae a pedazos. Las ruinas de un imperio que dominó el mundo conocido y que ya solo es recuerdo.

Los personajes, todos y cada uno, están perfectamente dibujados: desde su físico (aunque Zoilo juega más en ese plano a dar pocas pinceladas y dejar trabajar al lector) hasta su psicología. Y ahí es dónde te enganchas sin remedio, porque se les ama y se les odia con intensidad, algo que es fundamental en una novela de este tipo. Ademar, que se adorna con todas las virtudes de hombre y de caballero, será la perfecta imagen del espíritu de la venganza porque ya no tiene nada que perder. Ragnarico, su antítesis, tiene una evolución mucho más complicada porque sus motivaciones y sus odios le llevan, en muchas ocasiones, en lomos de un caballo desbocado. 

Una época poco conocida pero fascinante, personajes inolvidables, batallas, intrigas, venganzas y una reliquia legendaria construida por el rey Salomón, que, al parecer, otorga poder a quien la posea son las premisas de El nombre de Dios, con la que José Zoilo da un gran paso para convertirse en uno de los autores de novela histórica más interesantes. Estoy segura de que cabalgar junto a él va a ser toda una aventura.


viernes, 8 de enero de 2021

RIAÑO de Miguel Hernández Paniagua

He comentado en otros post lo escasos de andamos de memoria en cuanto a lo que nuestra historia se refiere. Entre la leyenda negra que nos han creado otros (y que muchos sectores se creen como si fuesen una secta repitiendo un mantra), la falta de conocimientos y los planes de estudio (sobre los que habría mucho que hablar también), hay hechos que se difuminan o se quedan en el limbo porque, simplemente, no interesa hablar sobre ellos. Si hoy día hay una generación entera que ni siquiera tiene claro lo que supuso ETA en nuestro país ni saben nada del desgarro que nos recorrió con el asesinato de Miguel Ángel Blanco, por poner solo un ejemplo, cómo vamos a pedirles que tengan noticias del desastre de la presa de Tous  (1982), la explosión del colegio de Ortuella (1980) o la riada que se llevó por delante el camping de Biescas (1996). Y lo mismo sucede con el tema central de la novela que hoy os traigo: Riaño, del vizcaíno Miguel Hernández Paniagua.

Para los desmemoriados, el embalse de Riaño, en la provincia de León, se llevó por delante la existencia de hasta nueve pueblos en 1987, que fueron desalojados previamente por las bravas. Un embalse que llevaba proyectado desde principios del siglo XX, pero que por motivos diversos y muchos retrasos no se llevó a cabo. Hoy ya no recordamos las movilizaciones sociales que se produjeron, las manifestaciones, ni siquiera el suicidio de uno de los vecinos que se negaba a abandonar su casa. Un incipiente movimiento ecologista alzó la voz para proteger la flora y la fauna de las tierras que quedarían anegadas, pero todo fue en balde. Actualmente, el embalse de Riaño está entre los 10 más importantes de España.

TODO BAJO EL AGUA

El año 1987 transcurre en Riaño con la sentencia de muerte recorriendo sus calles. Los más jóvenes tratan de agarrarse a las últimas esperanzas de los movimientos ecologistas que se están llevando a cabo para impedir el llenado del embalse, al tiempo que intentan recorrer los caminos y disfrutar por última vez de lo que hasta ahora ha sido su hogar. Las aguas lo cubrirán todo a final de año y, bajo ellas, quedarán no solo sus pueblos y sus casas, sino también sus recuerdos, su memoria común. Las manifestaciones y protestas recorren también las calles de Madrid, clamando por la cancelación del proyecto, pero se dan de bruces con el muro inamovible y helado de la administración, que ya ha decidido y no va a dar ni un paso atrás.

El verano de ese 1987 está cubierto de una fuerte melancolía. Los habitantes de Riaño saben que harán de ir a vivir a otro sitio y que su pueblo, sus raíces y sus recuerdos serán primero echados a bajo y luego inundados. Toda la novela está cubierta de ese manto de tristeza y rabia, de la certeza de que, al igual que podemos quedar huérfanos de padres, el destino nos puede dejar huérfanos de nuestro lugar de origen.


Riaño es una novela con un fuerte trasfondo social y también supone una denuncia y una reivindicación: la de la hoy llamada España vaciada, que en aquellos años empezaba a ser una realidad demasiado penosa. Inmensas zonas de pueblos abandonados porque la maquinaria del estado nunca hizo nada por mantenerlos con vida. La soledad del campo que se agosta y se muere y, quienes quedan,  resisten con la firmeza de los héroes en condiciones de hace cincuenta años.

Ambientada en León, en la comarca de actual embalse, y en Madrid, Riaño contiene un buen número de componentes románticos (en cuanto al recuerdo y al amor por la tierra) y costumbristas, descubriéndonos ese mundo rural que casi ha desaparecido, las tradiciones, su modo de vida, la naturaleza que lo rodeaba. Lo que más emociona es esa sensación constante de muerte lenta, de saber que todo acabará de la peor manera posible y que solo queda agarrarse a los recuerdos que se quedan solos gritando su impotencia.

La novela mezcla la realidad de los hechos, que tuvieron lugar en 1987, con la ficción, utilizando a sus personajes como portavoces de una realidad que en aquel momento era demoledora: daba igual su opinión, el embalse se llenaría y se llevaría por delante los pueblos y todas las pequeñas historias de sus habitantes. Sí, habría pueblos nuevos, construidos para sustituir a los que iban a desaparecer, pero necesitarían años para tener alma y calidez. 

Solo tengo un par de "peros" que ponerle a esta novela: que hubiese necesitado una corrección más y una edición más cuidada, ya que hay errores en la puntuación y en la construcción de algunas frases. No son excesivamente graves, pero están aunque, por fotuna, no empañan demasiado la lectura ni la ralentizan. También he echado de menos un poco más de intensidad en el perfil de algún personaje y que ciertos diálogos sonasen más naturales, pero, como en el caso anterior, tampoco supone nada insalvable.

Es Riaño una novela sobre nuestro pasado más reciente. Siempre merece la pena echar la vista atrás y aprender o, al menos, extraer alguna lección de lo sucedido. O, al menos, saber qué ocurrió y lo que se esconde bajo la lámina cristalina de las aguas del embalse de Riaño.


lunes, 4 de enero de 2021

EL SALTO DE LA ARAÑA de Graziella Moreno

Desde la primera novela que leí de Graziella Moreno, siempre supe que, como autora, era apostar a caballo ganador. No solo porque escribe muy bien, con una narración que no decae, sin huecos, sin cabos sueltos, sino porque trata temas delicados en ellas que se salen de lo habitual siendo, la mayor parte de las veces, más comunes de lo que creemos. Lo extraordinario en lo ordinario. Y con más frecuencia de lo que nos gustaría. Ya en su anterior libro, Invisibles, se nos hablaba de esas personas que desaparecen y jamás son halladas y a las que, además, no se pone ningún empeño en buscar. Solo queda el hueco que dejan en sus familias y en su entorno más cercano. Simplemente se desvanecen sin ningún motivo aparente para ello. Qué bien supo Graziella transmitirnos una inquietud constante y creciente en una trama mucho más compleja de lo que parecía a primera vista. En esa ocasión, con El salto de la araña, Graziella nos lleva al espinoso tema de la culpa y de las decisiones que tomamos en determinados momentos de nuestra vida, que pueden hacer caer, como fichas de dominó, todas y cada una de las cosas y las personas que nos rodean.

Es una novela corta, de apenas 233 páginas, que se lee casi del tirón. Graziella ha sabido dar una vuelta de tuerca más a su narrativa para crearnos una imperiosa necesidad de saber qué ocurrió en una vivienda de Villafamés (Castellón) a la que la guardia civil acude una noche de agosto de 2018. Esa noche es el comienzo y el fin de todo. El comienzo y el fin de la narración de Javier. 

SALTAR SIN RED

Agosto de 2018. La Guardia Civil acude a una casa de Villafamés, en Castellón, con el aviso de que se ha producido una muerte. En esas tres primeras páginas, las únicas escritas en tercera persona, asistimos a un escenario extraño y a la vez dolorosamente habitual: una casa desordenada, una mujer que se desgarra llorando a gritos, un hombre marcado de arañazos y en shock y un niño que rompe a llorar en brazos de uno de los agentes. A partir de ese momento, la voz narrativa la toma Javier un año después. Él es el hombre que lucía las largas heridas en la casa de Villafamés. En una libreta va contando, paso a paso, los últimos años de su vida tratando de explicar (y también de explicarse a sí mismo) por qué las cosas fueron como fueron. Cómo se llegó a aquella noche. 

Javier ha estado en prisión preventiva unos meses y ahora ha vuelto a Barcelona a esperar el juicio. Para la sociedad es un apestado. Todos los medios de comunicación le crucificaron a él y a su pareja, Alba, tras lo sucedido en Villafamés y apenas le quedan apoyos: solo su madre, su hermano y su amigo Dani, que siempre estuvo, está y estará. Aquella noche terrible se cometió un asesinato y él siente y sabe que tiene que pagar por ello, pero también necesita contar su historia, desnudarse y abrirse como nunca lo ha hecho. Esa suerte de diario será la que nos vaya llevando por la vida de Javi, por todas las decisiones que tomó, por cada paso que dio, por cada momento de felicidad y por cada problema, cada duda, cada rabia, cada cesión, cada tropiezo. 

Discrepo de la etiqueta puesta a El salto de la araña como novela negra, porque no creo que lo sea. Sí tiene matices (pocos), pero en mi opinión es narrativa pura y dura, con algunos matices oscuros, de esos que procuramos no mirar de frente si suceden a nuestro alrededor porque nos estremecen. Pero la vida de Javier es la misma que puede tener cualquier otro chico de su edad: una familia normal y trabajadora, amigos, poco éxito en los estudios, conocer a una chica que le hace perder la cabeza, un embarazo temprano y no deseado... Lo que Javier nos cuenta es la vida pasando ante nuestros ojos, una vida normal que se va volviendo amarga. Me han gustado mucho las escenas "de barrio", en las que se nos describe el día a día de ciertas calles y zonas de Barcelona y Villafamés, con toques costumbristas muy reales, creando un escenario perfecto para todo lo que se relata. 

Aunque en la narración de Javi hay continuas referencias a lo que le sucede en ese momento, en su día a día en Barcelona, ciudad a la que regresó tras ser puesto en libertad, volvemos siempre con él a su ayer, a sus recuerdos. De forma lineal los va desgranando y exponiendo. No busca justificarse, sólo contar cómo sucedieron las cosas. Cómo una vida que parecía alegre y algo idílica se va torciendo y cómo ciertas decisiones le hicieron dar saltos en el vacío sin saber si tenía dónde agarrarse o dónde caer

El salto de la araña es, por encima de todo, un tratado sobre la culpa. No solo la culpa penal, la del castigo por un hecho cometido que está contemplado como delito en el código correspondiente y que es la que es: si matas, has de ser castigado. Es la culpa como peso en el alma, como monstruo que nos devora, como cárcel sin rejas que llevamos dentro y que nos condiciona de por vida. Javier se enfrenta a las dos, pero no es la cárcel física de barrotes y puertas cerradas a la que más teme. Sabe que, pase lo que pase, la otra seguirá ahí, como una herida sin cerrar, infectando para siempre el resto de su existencia. También es un cálido homenaje a la amistad, personalizado en el personaje de Dani, leal hasta las últimas consecuencias. A la inocencia truncada de Kevin, el hijo de Javi y Alba. A cómo el amor, o lo que creemos que es amor, es capaz de hacernos vulnerables y rompernos en pedazos.

De lo que sucedió aquella noche de agosto y de cómo se llegó allí lo tendremos solo en la versión de Javi. Nosotros, como lectores, nos haremos una composición de lugar y podremos llegar a comprender o no. Y eso es lo fascinante de esta novela: el grado de implicación que consigue del lector que, incluso, hace que nos preguntemos qué habríamos hecho nosotros en la misma situación. Si asumir los errores y saber hasta dónde nos hemos equivocado nos da derecho a una segunda oportunidad. Os aseguro que es muy difícil cerrar el libro sin tomar una decisión sobre lo que se nos ha contado, pero ¿y si escucháramos la otra versión? 

El salto de la araña consiguió el Premio Letras del Mediterráneo 2020




martes, 22 de diciembre de 2020

EL PRIMER SENADOR DE ROMA de Juan Torres

Casi un mes después retomo el blog, parado por diferentes motivos (especialmente familiares, burocráticos y, por qué no decirlo, cierta falta de inspiración) y lo hago con un libro que para mí se ha convertido en especial, ya que tuve la suerte de presentarlo en el marco del pasado Certamen de Novela Histórica de Úbeda: El primer senador de Roma. Compartir, además, charla con el autor y poder conocer de primera mano cómo se gestó y desarrolló la novela, las anécdotas  y la caracterización de los personajes, fue un auténtico lujo.

Ambientada en el siglo II a.C, en plena época de la República, una de las preguntas que le hice a Juan fue por qué se hacía más hincapié, tanto en la literatura como en el cine, en el periodo del Imperio porque, en cuanto a intrigas, guerras y política, la República tuvo mucho de todo y cuenta con momentos absolutamente apasionantes. Los emperadores dan más juego, concluímos. Y es cierto en parte, es más sencillo orientar el foco hacia una sola persona, espeialmente si esa persona es cruel, llena de vicios o simplemente extravagane. O si es un compendio de virtudes. Pero reconozco que, mientras Roma fue una República, sucedieron hechos únicos de las que aún se pueden escribir muchos libros.

DELENDA EST CARTHAGO

Roma es ya la máxima potencia del Mediterráneo una vez derrotado Aníbal y tras haber vencido a Siria y Macedonia. Corre el siglo II a.C y, a pesar de que la República se ha desangrado tanto en sus ejércitos como en las arcas públicas, hay determinadas e influyentes familias predominantes en el Senado que siguen empeñadas en aumentar su prestigio, sus cargos y su poder gracias a las gestas militares. La paz no les interesa, ya que no sirve a sus propósitos. Por ello, no van a dejar de tejer una fuerte red de intrigas y alianzas para seguir abriendo frentes bélicos al precio que sea.

Los nietos del gran Escipión el Africano, Tiberio y Cayo Sempronio Graco, serán algunos de los más activos en estos planes amparados por su madre, Cornelia, una mujer que parece representar en sí misma todas las virtudes de la matrona romana, si bien, dependiendo de quién cuente la historia, Cornelia es la gran matrona o la gran manipuladora. Las mujeres en Roma, especialmente las pertenecientes a las grandes familias, sabían muy bien cómo manejar los hijos desde las espaldas de los hombres que estaban en primera fila. Ese era su poder. También será el momento para que destaquen Escipión Emiliano y Apio Claudio Pulcro, ambos empujados por su ambición y sus deseos de convertirse en personajes públicos muy influyentes, respaldados por victorias. El empuje popular a volver a abrir frentes de guerra lo da Marco Poncio Catón, que ya anciano y con escasas fuerzas pero con su carisma intacto, no deja de proclamar que Cartago debe no ya ser vencida, sino destruída: Carthago delenda est.

El primer senador de Roma no es solo la narración de una época única y fascinante, sino una novela de corte muy clásico que los amantes del género histórico apreciamos en lo que vale. Porque, además, está escrita de una manera muy visual, poniéndonos ante los ojos una recreación fiel de la Roma de la época, tanto desde dentro de las calles de la gran urbe como en los frentes de batalla, que se describen con mucha fuerza. No son meros relatos de asedios o movimientos de ejércitos, nos vamos a ver dentro de las tropas romanas, junto a Escipión Emiliano, y sintiendo la incertidumbre, el miedo y la estrategia de la Tercera Guerra Púnica. 


Para darle aún más interés, nos vamos a ver en las puertas de las guerras íberas y lusitanas, que tuvieron lugar en la Península Ibérica. Pero, sobre todo, vamos a ser conscientes de las enormes diferencias que existían entre la Roma patricia, la de las familias influyentes, la de los senadores y gentes principales de la ciudad, y la Roma real, la de los ciudadanos de a pie. El primer senador de Roma es también un magnífico manual para conocer costumbres y ritos de los romanos, la educación de los hijos de las familias predominantes y cómo se planificaban y se llevaban a cabo las guerras, promovidas, en muchos casos, por intereses políticos.

Lo que más me ha gustado es que en ningún momento he tenido la sensación de estar ante un decorado o ante personajes acartonados, perdidos en el tiempo. Todos es profundamente real y se hace casi presente. Las personalidades de Catón y Escipión Emiliano destacan por encima de las demás a pesar de las diferencias que les adornan (uno ya anciano, que ha hecho de la austeridad su modo de vida, pero que mantiene su prestigio, y el otro joven, con empuje y mucha ambición y un modo de vida más distinguido y selecto). Hay algo oscuro en Escipión Emiliano, a pesar de su sobresaliente biografía, un personaje que Juan Torres ha sabido dibujar con una brillante gama de matices y eso le convierte en un protagonista muy atractivo para el lector.

No sobra ni una página en El primer senador de Roma. Desde el primer momento nos vamos a ver arrastrados por una acción que no decae en ningún momento y que nos mantiene interesados hasta el final. Empatizaremos con algunos protagonistas y detestaremos a otros, pero jamás vamos a permanecer impasibles ante lo que vamos leyendo, porque estaremos disfrutando de una época y unos hechos poco conocidos pero que siguen muy vivos y palpitando con fuerza. Creedme, el viaje merece la pena.