Esta vez Alan abandona las tierras de Nueva España para retrotraerse a finales del siglo XIII y principios del XIV y centrarse en el Reino de Castilla y en la figura de María de Molina, esposa de Sancho IV, una mujer que luchó por los derechos de su hijo Fernando como heredero al trono, enfrentándose a la nobleza y hasta a la propia ilegitimidad de su matrimonio. Pero, a pesar de que la novela gira en torno a ella, realmente no se trata de una narración al uso: sentimientos, recuerdos, palabras dichas y no dichas, pesar, olvido, cicatrices de guerra, lealtad y aprendizaje son el lecho en el que los personajes se reuestan creando una novela histórica diferente y, en muchos momentos, muy conmovedora.
REY O NADA. LA CORONA O LA MUERTE
Sancho IV, apodado el Bravo, acaba de morir. Su viuda, María de Molina, sabiendo que su heredero, el infante Fernando, puede estar en peligro, al ser muchos los que ansían manejarle o apartarle, decide ponerlo a salvo enviándolo al norte. Para esa misión, tan peligrosa como de final incierto, pone su confianza en Ruy Castro, un soldado veterano, un almogávar marcado y desfigurado por unas cicatrices provocadas en la defensa de Tarifa. Un hombre que ya parece de vuelta de todo, pero que comparte pedazos de su pasado con la reina. Si bien la misión que le encomiendan no es de su agrado, su lealtad a la soberana será determinante.
El infante Fernando, demasiado joven y sin apenas haber salido de la corte, tampoco está muy contento con la escapada. No sospecha que para él ese viaje supondrá también una iniciación a la vida, un cambio en su espíritu y en su manera de ver las cosas. La reina, regente de Castilla, debe sortear conspiraciones y más de una traición. Ruy Castro, a su vez, ha de enfrentarse a su pasado y a lo que el destino le ha puesto delante, en un viaje que no estará exento de peligros.
Cuando os decía antes que estamos ante una novela histórica diferente, tiene mucho que ver con este último párrafo. Sí, se narran hechos ciertos. Sí, hay figuras históricas relevantes que se yerguen ante nuestros ojos y cobran vida. Pero Alma de Castilla es, sobre todo, una novela de recuerdos y de vidas que, quizá, no deberían haber transcurrido como lo hicieron.
Su estructura tampoco es la habitual. Un hecho, un pequeño detalle, desata la memoria de los protagonistas, por lo que viajamos con frecuencia al pasado para entender lo que está sucediendo en el presente. María de Molina y Ruy Castro compartieron momentos en su juventud, en Montealegre, antes de que ella se casase con Sancho. Para el almogávar, ella es un recuerdo siempre presente y una herida que no termina de cicatrizar. La reina, a lo largo de la novela, descubrirá que tampoco le había olvidado y que, a veces, mirar juntos al horizonte castellano desde lo alto de un cerro puede unir más que ningún tratado, que ninguna orden.
Alma de Castilla es una novela que sabe tocar el corazón y, a la vez, sabe mantener la tensión de lo que los protagonistas tienen que vivir. El peligro cierto al que se enfrenta el infante Fernando y la relación que va abriendo con Ruy, al principio tan complicada, le hacen entender que no todo son camas blandas y salones con comida abundante. Que su pueblo es real y debe ganárselo. Que un rey es más que una corona y un trono. Para Ruy, el camino le devuelve en muchos momentos a su pasado, a las decisiones que tomó, a los enemigos que se creó sin pretenderlo, a su propia soledad.
Al no ser una narración lineal, puede que a veces el lector se despiste o no entienda ciertos giros, pero basta con dedicarle un mínimo de atención para descubrir que, como nos pasa a cualquiera de nosotros, un atardecer, una luz, un color o un sonido nos pueden llevar de regreso a cosas vividas, a nuestra infancia, a momentos que casi creíamos olvidados. Este es el recurso que Alan Pitronello utiliza a menudo en la novela y, quizá por eso, resulta tan evocadora.
Los protagonistas principales y los secundarios no son arquetípicos en absoluto, están llenos de matices y nada en ellos los hace perfectos ni inmaculados. Todos tienen luces y sombras, todos tienen mochilas a la espalda que deben cargar. Por eso nos resultan tan cercanos. Eso hace que los diálogos fluyan con naturalidad y que sus reacciones no parezcan impostadas. Si bien tiempos y costumbres han cambiado, hay sentimientos que jamás lo harán y eso queda reflejado en la novela, incluso a veces de forma muy poética. El estilo de Alan ha madurando y se nota.
No le hacen falta descripciones detalladas ni largos párrafos de contexto histórico para colocarnos en el momento y lugar que quiere. Crea una ambientación más basada en lo que los personajes ven y sienten, en lo que les rodea y, a través de ella, nos traslada a otros puntos de las vidas de los protagonistas, consiguiendo que entendamos cómo y por qué hicieron las cosas que hicieron. El amor de María de Molina por su hijo y su deseo de protegerle a toda costa, la lealtad, el corazón y el valor que Ruy pone por delante de todo a pesar de tener el alma rota, las intrigas palaciegas que buscan hacerse con la voluntad del futuro rey para sus propios intereses, los odios enquistados que no atienden a razones y que buscan cumplida reparación al precio que sea... todo ello convierte a Alma de Castilla en una novela que te acoge y te envuelve. Que emociona y llega dentro. Que la cierras con un suspiro de nostalgia.
Dadle una oportunidad y dejaos llevar por ella. Es toda una aventura para los sentidos.

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