lunes, 16 de mayo de 2022

LÁGRIMAS DE ORO de José Luis Gil Soto

Siempre es una alegría que una novela me sorprenda por su planteamiento y su originalidad. Y, si es una novela histórica, más aún, quizá porque este género acostumbra a ser bastante "canónico" en cuanto a estructuras, temas y desarrollo. Cosa que no me parece mal, en absoluto, lo importante es que la historia sea sólida, que no esté llena de arquetipos y, por supuesto, que no contenga esos regustos de "presentismo" que parecen haberse puesto de moda en los últimos años. José Luis Gil Soto me ganó como escritor con su novela anterior, Madera de savia azul, que nos trasladaba a un mundo medieval legendario con una prosa realmente bonita, pero Lágrimas de oro me ha gustado mucho más. Creo que el mestizaje de estilos, del que os he hablado en otras ocasiones, sienta bien y mejora la salud de las novelas. Y aquí tenemos una novela histórica pero también un thriller cuyo eje principal es el robo de obras de arte y el oscuro mundo de los coleccionistas, capaces de lo que sea para conseguir lo que desean. Y funciona de maravilla.

En Lágrimas de oro viajaremos al siglo XVI, al imperio inca y a su conquista, y también al XXI, con una investigación intensa y compleja. Os aseguro que vamos a disfrutar.

"NI EL MISMO SOL PODRÍA OPONÉRSELES"

En 1524, en Castilla del Oro, Panamá, se reunen Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Hernando Luque para decidir si emprenden una expedición hacia las tierras del sur, atraídos por las noticias de las posibles riquezas que allí habría, en lo que es el inicio de un camino muy complicado y peligroso. A su vez, en ese mismo año, en la capital del imperio inca, Cusco, los incas bregaban con sus propios problemas, empujados a una lucha fratricida entre Huascar y Atahualpa y también entre diferentes regiones del propio imperio. Siglos después, en 2019, la teniente Rebeca Parma ve interrumpidas sus vacaciones al tener que acudir a investigar el robo de un collar de oro y esmeraldas que lucía la Virgen de la iglesia de San Lorenzo, situada en el pueblo de Conquista de la Sierra, cerca de Trujillo.

Con estas premisas y una vez leída y acabada, la primera impresión es que se trata de una novela muy ambiciosa. No solo por la mezcla de géneros, sino por la cuidada documentación y la estupenda narración que el autor hace de principio a fin. La parte histórica es apasionante, con unas descripciones del mundo inca muy visuales, llenas de detalles y con una ambientación fantástica en todos los detalles: el paisaje, las ciudades, la ropa, las enfermedades, la comida...Ahí es donde resulta más evidente la gran documentación que ha debido manejar el autor, aunque la va filtrando, dejando que empape el texto y al lector, sin que se note. Sin largas páginas de explicaciones.

Las dos tramas (como comentamos en el podcast del Certamen de Novela Histórica de Úbeda Pedro Pablo Uceda y yo) se pueden sostener perfectamente de forma independiente. Podrían ser dos novelas separadas, aunque funcionan como una maquinaria bien engrasada juntas. Las historias se van entremezclando, alternando los momentos históricos con agilidad, de ahí el magnífico ritmo de la novela que, a pesar de sus casi seiscientas páginas, su lectura corre como la pólvora.

Me ha gustado de manera especial cómo se trata la figura de Pizarro, que en ese momento no es ningún jovencito, ya que acarrea cincuenta años a sus espaldas. Y, sin embargo, físicamente es un titán, capaz de dejar atrás a soldados más jóvenes, de no comer, de dormir apenas nada y seguir adelante con una determinación pétrea. Pizarro arriesgó su dinero y su hacienda en esta gesta y, de hecho, unirse a Almagro y Luque lo hizo casi en exclusiva por motivos económicos.

Tal como nos explicó José Luis Gil Soto en un encuentro que mantuvimos con el club de lectura, el nexo de las dos tramas históricas, la de los incas y la de Pizarro, es la crónica que el inca Garcilaso de la Vega, el primer gran escritor hispanoamericano, de madre inca y padre español, hace del encuentro entre Atahualpa y Pizarro. Y, aunque lo cuenta de oidas, por lo que sabe gracias a la familia de su madre, es de un valor histórico innegable. Su crónica es la más creíble, aunque también contiene algunos errores, introducidos, quizá, para limpiar, de alguna manera, la imagen de su padre, que en su día fue acusado de traición.

Una de las cosas que más me han gustado de Lágrimas de oro es que se mantiene alejada de la "leyenda negra" y también de la "rosa" de la conquista. Además incide en las similitudes en cuanto a los comportamientos humanos. Da igual que sean españoles o incas: en muchas ocasiones se mueven por las mismas ansias de poder y el afán por controlar el territorio. Y nos hace ver, como claridad, que el imperio inca no fue esa Arcadia feliz que muchos se empeñan en contar, sino que también estuvo forjado a sangre y fuego y sus luchas intestinas fueron sangrientas y crueles.

Respecto a la trama que sucede en la época actual, hay una interesante llamada de atención acerca de los robos que se cometen en las iglesias de la España rural, una realidad sangrante y poco conocida. Esas iglesias, que muchas albergan en su interior auténticas joyas, están desprotegidas y al alcance de gente sin escrúpulos. También me ha gustado conocer esa faceta más oscura del coleccionismo, el acaparador, el de la rapiña, encarnado en la figura de Julio Adelman, un hombre fetichista y obsesionado con los objetos de una determinada época. Y, por supuesto, es muy enriquecedor comocer cómo trabaja el Grupo de Patrimonio Histórico de la UCO, tan desconocido como necesario. 

Os reconozco que he disfrutado muchísimo de Lágrimas de oro y no me canso de recomendarla. Os aseguro que es una lectura para perderse en sus páginas y olvidarnos del mundo mientras vivimos en ella.


martes, 3 de mayo de 2022

EL ÚLTIMO VALLE VERDE de Mark Sullivan

Recuerdo con una sonrisa la presentación de la novela anterior de Mark Sullivan, que la editorial Suma de Letras organizó en su sede de Madrid. La Navidad ya lo llenaba todo y hubo tiempo para hablar del libro, compartir brindis con amigos y para recibir un regalito muy especial que aún guardo con mis adornos navideños y saco cada año para colocarlo en algún lugar especial. Descubrimos entonces, en Bajo un cielo escarlata, la historia real, aunque ficcionada, de Pino Lella, en plena Segunda Guerra Mundial, que tuvo que abandonar su sueños y su juventud para unirse a una red clandestina que salvaba judíos a través de los Alpes. Y aunque en algunos momentos tuve la impresión de que la acción era algo plana y con poco desgarro emocional para lo que se estaba narrando, en general me gustó. 

En esta nueva novela, El último valle verde, Sullivan nos vuelve a descubrir una historia real que, hoy día, resulta de dolorosa actualidad: la terrible y peligrosa huida de una familia entera desde Ucrania rumbo a Alemania en pleno 1944, buscando la libertad que los soviéticos amenazan cada vez más. Un viaje lleno de coraje pero también plagado de riesgos, en el que sus vidas estarán expuestas más de una vez. Al igual que en la novela anterior, hay flecos que no han terminado de llenarme y que os contaré más abajo, aunque no deja de impresionar a qué está dispuesto el ser humano para salvarse y salvar a los suyos.

EL EXILIO DE LOS VOLKSDEUTSCHE

A finales de marzo de 1944, con las tropas soviéticas avanzando en el territorio de Ucrania, el matrimonio formado por Emil y Adeline Martel se encuentra en una encrucijada terrible: esperar a que esas tropas terminen de invadirles y correr el riesgo de ser enviados a Siberia o unirse a la caravana que los nazis, que huyen del país, han organizado para salir de allí. No se fían de ellos, saben de lo que son capaces, han vivido sometidos a su tiranía, pero han jurado proteger a quienes viajen a su lado. No todos los ucranianos que lo deseen pueden partir en esa caravana, pero los Martel son una de las muchas familias de ascendencia alemana cuyos antepasados llegaron a Ucrania para cultivar los campos. Los Martel, como tantos compatriotas, han sufrido lo que es vivir bajo el terror del régimen de Stalin, por lo que acaban decidiendo unirse al convoy nazi. Deberán enfrentarse a terribles dificultades, a encontrarse, muchas veces, en pleno campo de batalla entre dos ejércitos poderosos, pero su unión como familia y la esperanza de una vida mejor les dan fuerzas incluso en los peores momentos.

La historia de la familia Martel es, como señalo en el resumen, una historia de superación, de riesgos, de hambre, violencia, miedo y sangre. Pero también una historia de esperanza, que es lo único que acaba por empujarlos a seguir a pesar de todo. Los Martel son descendientes de los llamados Volksdeutsche, los "alemanes del Mar Negro", que llegaron a Ucrania ya en el siglo XIX para repoblar inmensos territorios y cultivar los campos, cosa que hicieron con gran habilidad y éxito. Nunca asimilaron la cultura rusa que se les impuso y, a finales de 1941, tras la invasión nazi de las regiones occidentales de la URSS, los soviéticos deportaron a muchos de ellos a Siberia acusándolos de ser espías alemanes. De ahí la decisión de Alemania de evacuarlos bajo su protección.

La novela es una suerte de "road movie" literaria, ya que seguimos el viaje del matrimonio Martel y sus dos hijos, a quienes acompañan los padres y la hermana de Emil y la madre y la hermana de Adeline en tres carromatos diferentes. Nada es sencillo. Desde el primer momento han de decidir qué llevan y qué no y abandonar la que ha sido su casa durante años, abandonar su pueblo, a sus amigos, sus rutinas. En diferentes momentos, los recuerdos de alguno de ellos nos retrotraen a cómo se conocieron, a cómo era su vida, a su boda y, especialmente, al espantoso Holodomor, el feroz genocidio ucraniano organizado por Stalin, que mató literalmente de hambre a más de millón y medio de ucranianos con la excusa de una "colectivización forzosa". Para conseguir que las tropas nazis los reconozcan como descendientes de alemanes solo cuentan con una Biblia que contiene los nombres de la familia, como tantos otros, pero es lo que les sirve de salvoconducto.

La narración nos va llevando prácticamente día a día del éxodo de los Martel y del resto de la gran caravana organizada para ello. En el camino se enfrentarán a la muerte de muchos miembros de esta gran muchedumbre que huye. Y Emil, por su parte, cargará no solo con el miedo por su familia y su futuro, sino, además, por un secreto relacionado con el mayor Haussman, del ejército nazi, que, de alguna manera, "ayudó" a conseguir su puesto en la larguísima columna de carromatos. El pánico a ser reconocido por él se convierte, en muchas ocasiones, en algo físico y atroz.

Creo que El último valle verde es una buena novela para comprender lo que sucedió, para conocer unos hechos que a mí, personalmente, me han resultado novedosos y para volver a estremecernos ante lo que es capaz el ser humano en su peor vertiente. Pero también en la mejor. Una historia de superación y de sacar fuerzas de donde no quedan para seguir en pie y caminando con tal de que tus hijos alcancen el sueño de una vida tranquila, un techo y comida cada día. Hay escenas duras, aunque, para mi gusto, les falta algo de brío, de "calor" al contarlas y eso es algo que, como os decía al principio, no ha terminado de convencerme.

Y es que, a pesar de todas las penalidades que los Martel sufren y, como ellos, todos los ucranianos que escapan de los soviéticos, me ha faltado empatía con su dolor por parte del autor. Creo que peca de frío, de no poner el corazón en lo que nos muestra, como si fuese un mero documental. Incluso en las reacciones de los personajes existe esa sensación de poca emoción. Está todo bien contado pero carece bastante de dramatismo, de emotividad, algo que ya detecté en la novela anterior del autor. Hay. incluso, alguna escena que debería resultar terrible y estremecedora y que acaba convirtiéndose en algo que chirría por el modo aséptico con que nos la presenta. Y no se si será debido a la traducción, pero la palabra "carromato" se repite hasta la extenuación, llegando a aparecer seis o siete veces en un par de párrafos.

A pesar de todo, creo que merece la pena leer El último valle verde para conocer lo que fue aquel periplo extenuante y lleno de dureza que sacó a tantos ucranianos de su tierra. Es un canto a la valentía y al coraje de quienes lo dejaron todo buscando otra vida, con la ilusión y la esperanza como únicas certezas. Y os recomiendo que investiguéis sobre la vida de los Martel, os van a sorprender.



martes, 19 de abril de 2022

LAS MANOS TAN PEQUEÑAS de Marina Sanmartín

En los últimos años, con el auge de la novela negra y todos sus mestizajes (la mayoría interesantes, al menos a priori), los autores buscan explorar nuevos caminos que lleven a que el lector se quede pegado a las páginas, que disfrute y sufra a partes iguales, que se involucre para saber quién es "el malo" o los motivos que este tiene para hacer lo que hace. En ocasiones, la obsesión por rizar el rizo ha provocado resultados un tanto peculiares; en otras, por suerte las menos, pero con mucha repercusión, el exceso se esas peculiaridades las hace complicadas de creer. Y es cierto que, en muchas, hay estereotipos que se repiten, personajes que parecen cortados por el mismo patrón, o errores flagrantes legales y de procedimiento. Eso no es impedimento para que el género siga fuerte y que me encante, por eso agradezco tanto cuando una novela calificada de "negra", aún cuando esta etiqueta a veces sea muy, muy genérica, me sorprende por su originalidad. Las manos tan pequeñas, de Marina Sanmartín, lo ha conseguido con creces. No solo por el planteamiento y el lugar en que se ambienta, sino por sus personajes, tan alejados de los moldes habituales. Y por su prosa, bellísima, fluida, sin artificios que distraigan.

Cierto es que hay en ella un crimen con detalles algo escabrosos, pero, a pesar del misterio que supone y de las presuntos culpables, es casi una excusa para que su protagonista principal, Olivia Galván, tome la palabra y nos hable de su vida, de su relación con César Andrade, de su dualidad, de sus miedos y sus certezas, de la verdad. Su verdad. 

"NADIE, NI SIQUIERA LA LLUVIA, TIENE LAS MANOS TAN PEQUEÑAS"

El matrimonio formado por Olivia Galván y César Andrade llega a Japón para que él imparta un curso de posgrado en la universidad. César es catedrático de Literatura Comparada y toda una eminencia en su campo; Olivia, una conocida autora de novela negra con una muy vendida saga de novelas protagonizada por Lolita Richmond. Ya en Tokio, Olivia recibe un mensaje a través de redes sociales de Gonzalo Marcos, miembro de la Embajada española en la capital nipona, en el que se ofrece a hacerle de guía por los lugares menos conocidos de la ciudad. Al día siguiente de su llegada, mientras almuerzan con Gonzalo, llega la noticia de que las manos cortadas de la famosa bailarina Noriko Aya han aparecido tiradas en el estrecho espacio antisísmico que hay junto a su hotel. En uno de sus dedos, un delicado anillo de oro y rubíes que en pocas horas señalará a César como principal sospechoso del asesinato. Olivia se refugia en Gonzalo y acabará por abrirse a él y contarle cosas de ella misma y de su matrimonio que nadie sabe. Quizá la solución del caso esté ahí. O quizá la verdad, como una piedra preciosa bien tallada, tenga muchos matices.

Os decía antes que, si algo prima en la novela, es la originalidad. Primero por su extensión, apenas doscientas páginas intensas, duras en muchos momentos, hermosísimas en otros. En segundo lugar, por el lugar en el que se desarrolla, Tokyo, una ciudad que para los occidentales resulta tan extraña como otro planeta y que aquí se nos muestra hostil y bella a la vez, cubierta buena parte de la trama por el gris y la lluvia, con paisajes que alternan la más fría modernidad con la tradición milenaria. Y finalmente, por la propia Olivia, una "mujer caleidoscopio", con una cara pública y otra privada tan diferentes que puede resultar más que inquietante. 


Partiendo del último día de la estancia en Japón de Olivia hacia atrás, sus conversaciones con Gonzalo nos llevan a conocer los pormenores del viaje de ella con César pero, sobre todo, los detalles de una relación tóxica y consentida, en la que ella ha convertido a su marido en alguien que, quizá y solo quizá, no quisiese ser. Una relación de dependencia pedida, casi exigida, que para Olivia es la que la mantiene viva y de la que no quiere desprenderse. Pero es Olivia la que nos habla en primera persona en todo momento y lo hace empujada por Gonzalo. ¿Realmente lo que ella cuenta es la verdad? ¿O está dando un curso perfecto de creación literaria, en el que la confusión se enseñorea de todo? ¿Está tan segura de lo que dice o solo trata de desorientar a su oyente?

Olivia fue alumna antes que esposa de César. Nunca han tenido hijos. De cara al exterior son una pareja brillante, exitosa, con carisma. Pero una vez que cierran la puerta de su hogar, la realidad es otra. La sumisión consentida, las infidelidades, los celos, las palabras convertidas en látigos deseados, el placer conseguido ¿a qué precio? Gonzalo consigue que Olivia hable, pero él se mantiene en la sombra, sin aportar nada sobre sí mismo. Busca conseguir la verdad sobre lo sucedido con Noriko, aunque eso le haga escuchar cosas demasiado íntimas y dolorosas. En los días posteriores al crimen, se van viendo en lugares emblemáticos de Tokio, en restaurantes, librerías, parques... la ciudad se abre a nuestros ojos a través de los suyos, tan atrayente como extraña.

He disfrutado cada página de Las manos tan pequeñas. Por diferente, por intensa, por todas las dudas que crea, por ese juego de verdades que lo son de quien las dice, pero puede que no sean las de otro. Por, como Gonzalo, saber quién miente. Y por qué las pequeñas manos de Noriko fueron desgajadas de su cuerpo. ¿Os atrevéis con el reto?



miércoles, 6 de abril de 2022

YO NO MATÉ A FEDERICO de Carlos Mayoral

Jorge Guillén decía que "cuando estás con Federico no hace ni frío, ni calor, hace Federico". Y de Federico jamás es necesario ya decir sus apellidos. No hace falta. Todos sabemos quién es, todos creemos conocerle, a él y a su historia de vida y de muerte. Pero siempre parece rodeado de la aureola de los mitos, como si nos perteneciera a todos sin ser de nadie y que, al mismo tiempo, hay muchos aspectos de su existencia, de su poesía y de su obra en general que se nos escapan. Como esa melodía que nos viene a la cabeza y de la que somos incapaces de recordar la letra. Carlos Mayoral me fascinó con su novela anterior, Un episodio nacional, en el que, al hilo del misterioso crimen de Fuencarral, nos ponía delante a Benito Pérez Galdós en una faceta diferente: investigando el caso y sacando conclusiones. 

En Yo no maté a Federico su protagonista principal es el poeta, incluso cuando no está presente en la acción. Partiendo de hechos reales y de los últimos días de su vida, Carlos ha creado una hermosa ficción utilizando a Germán Monteverde, un niño al que Federico da clases de piano en la casa de la Huerta de San Vicente y con el que acaba teniendo una gran complicidad, para contar el entonces y el después. El entonces, en la Granada de antes de la Guerra Civil. El después, en la posguerra, con todas las heridas abiertas. Una novela que recuerda y reivindica y que se lee con ese poso de nostalgia que deja lo que pudo ser y no fue. 

QUE AL AMANECER DEN DOS CLAMORES DE CAMPANAS

Corre el verano de 1935 y el joven Germán Monteverde acompaña a su padre en su habitual visita a los terratenientes para quienes recoge el tabaco en la Vega de Granada. Cuando llegan a la Huerta de San Vicente, les recibe don Federico García para abonar los pagos pertinentes y Germán queda embelesado por la música de piano que se escucha. Don Federico da permiso al chico para que se acerque a un salón en el que su hijo, Federico García Lorca, está tocando y el poeta, al ver el interés del jovencito, se ofrecerá para darle clases de piano. Al poco, Federico irá descubriendo en Germán un talento innato y tremendo, talento que le abrirá las puertas a un mundo nuevo, lleno de promesas y completamente inesperado.

Unos años después, en plena posguerra, Germán malvive en la escasa trastienda del estanco en el que ha conseguido trabajo gracias a su madre. La música ya no forma parte de su vida y la ausencia de Federico en su vida le duele como una llaga. Por un azar del destino, un militar, el capitán Nestares, de quien se dice que participó en la muerte del poeta, detiene a Germán por un delito de estraperlo. Germán no lo conoce, pero Nestares sí sabe quién es él y el talento que Federico supo ver será el que salve a Germán de la cárcel.

A estas alturas supongo que todos tenemos una idea formada sobre Federico. No ya solo por esa categoría de mito de la que os hablaba antes, sino por su obra, por todo lo que se ha hablado sobre su evolución literaria, por su marcada personalidad y, sobre todo, por la crueldad de su muerte. Lo que Carlos Mayoral hace en esta novela es sacar a Federico de la categoría de mito y humanizarle. Porque Federico fue niño, fue hombre, fue alguien físico, con alegrías y penas. Alguien que marcó mucho a quienes le conocieron y que tenía fama de buena gente, de disfrutar de un gran sentido del humor y con un talento inmenso, del que era consciente y del que disfrutaba mostrándolo a los demás. Curiosamente, no sé si por una mal entendida conciencia de clase (Lorca no dejaba de ser un "señorito bien" de Granada), a quien no soportaba era al pobre Miguel Hernández, con quien procuraba no coincidir nunca.

En Yo no maté a Federico se narra la curiosa y fructífera relación que Germán Monteverde y Lorca afianzan a través de la música y el piano, pero también nos lleva a los últimos días de la vida del poeta y a conocer a José María Nestares, un hombre de fama terrible en Granada. Cómo Germán va desarrollando su talento bajo la atenta mirada de Federico, que hace lo que sea para que mejore y para lanzarle adelante. Incluso le lleva a casa de Manuel de Falla para que lo conozca. Un pigmalión que grabará a fuego las lecciones de música y de vida en su discípulo y con quien mantendrá una relación llena de cariño y complicidad. 

La otra cara de la moneda sería José María Nestares, militar que estaba al mando de la La Colonia, un centro de detención del bando nacional recién sublevado en Viznar, y en el que se fusilaron a cientos de "disidentes". Allí fue llevado Federico García Lorca antes de ser asesinado. El Nestares de Yo no maté a Federico tenía cierto poder en 1936, pero en 1942 lo ha aumentado. Han pasado seis años de aquel fatídico verano y el nuevo régimen se ha enseñoreado de todo. Pero también guarda una historia personal que le corroe.

En capítulos muy cortos, a veces de una sola página, Carlos Mayoral nos va llevando a 1935, 1936 y 1942. Sigo, como siempre, sintiendo escalofríos en esas horas previas a la muerte de Federico, esa crónica de una muerte anunciada que hoy hemos interiorizado pero que, en aquel momento, nadie se esperaba. Porque más que un tema político (Federico tenía amigos en ambos bandos), quienes llevaron a la muerte a Lorca pertenecían a su familia y hubo más de venganza en su asesinato que ninguna otra motivación. Y desde hace unos años se trata de "descargar" de algún modo a Nestares de la decisión final, que ya estaba tomada cuando a él le llegó la orden. Él la cumplió, como con tantos otros, pero no lo decidió. Sobre esto hay mucha tela que cortar y como os he dicho otras veces: investigad, investigad.

La maestría de Carlos Mayoral con la ambientación consigue que nos parezca que los paisajes y las calles se vayan tiñendo de gris a medida que avanzamos en la lectura. Al principio conseguimos ver los colores, aspirar el olor de los jazmines y el calor del verano, pero hay algo frío y acerado que se va colando por todos los rincones. Más que descripciones, Carlos nos brinda sensaciones. El paisaje y la ciudad las vemos a través de los personajes, que, a su vez, nos los presenta llenos de matices y aristas, profundamente humanos, adaptándose al tiempo que les toca vivir. 

Yo no maté a Federico merece, a pesar del ritmo que el autor le da, una lectura pausada. Quizá un poco de introspección y de mirar algo más allá en el horizonte. Federico jamás perderá su aureola de mito, pero esta novela nos aclara ciertos porqués y algunos quiénes. De muchos de ellos ya os hablé AQUÍ, pero creo que merece la pena ir descubriéndolos. Hay mucho de poesía en esta novela. Mucho de nostalgia, de oportunidades perdidas, de esperanza, de redención. Disfrutadla y, como escribió Federico en Mariana Pineda, "No interrumpas la lectura. Un corazón necesita lo que pide en la escritura".

jueves, 31 de marzo de 2022

LAS OTRAS NIÑAS de Santiago Díaz

Hay hechos que, aunque pasen los años, se quedan en nuestra memoria y en la de nuestra generación por el impacto que nos causaron. Creo que todos pordemos recordar dónde estábamos o qué hacíamos el 11 de septiembre o el 11 de marzo, no hace falta ni decir el año. El caso Alcasser es algo similar. ¿Quiénes de más de cuarenta años no nos estremecemos todavía con la desaparición de las tres niñas y el posterior hallazgo de sus cadáveres, con los detalles de las autopsias, con la huída del sospechoso número uno, con aquel juicio tan mediático al segundo implicado? Nunca es sencillo escribir sobre algo que levantó tantas ampollas en su día, pero creo que Santiago ha sido valiente. Y no solo eso: ha sido original, huyendo del efectismo y del morbo, cambiando por completo las reglas del juego en cuanto a lo que es la resolución de un crimen. 

Cierto es que, incluso pocos días antes de la publicación, ya circulaban reseñas, notas de prensa y comentarios que anticipaban parte del argumento de la novela y "descubrían" quién era el criminal tan buscado al que se hace referencia en la contraportada. Es lo que tiene la inmediatez de las redes en estos tiempos. Pero, a pesar de todo, creo que eso no empaña el resultado final de la novela, que sabe mantenerte en una constante tensión. Santiago dosifica muy bien esa tensión, como os contaré ahora; para el lector eso es un aliciente. Sí que hay un par de cosas que me han "chirriado" un poquito, aunque estemos hablando de ficción en la que, de una manera u otra, todo puede valer a veces. Es ese "a veces" el que a mí me araña, pero ahora os doy más detalles.

VOLVER A MATAR

Tras todo lo sucedido en la novela anterior, El buen padre, la inspectora Indira Ramos está a punto de terminar su excedencia en un pueblecito extremeño en el que ahora vive con su madre. Han pasado casi tres años y debe reincorporarse a la policía, pero, personalmente, se ve incapaz de volver a tener delante al subinspector Ivan Moreno y más por algo que lleva ocultándole todo este tiempo. Pero casi no habrá tiempo para saludos: los dos deberán trabajar codo con codo para resolver el mayor rompecabezas criminal de la historia más reciente de España. Y es que, en una gasolinera, y casi por azar, aparecen las huellas dactilares del que, durante muchos años, fue el hombre más buscado del país. Su crimen, atroz y muy mediático, según las leyes ya ha prescrito y la policía sabe que no tiene razones para mantenerle detenido. Él lleva años viviendo bajo una identidad falsa, parece un ciudadano normal y corriente, pero Indira Ramos tiene la certeza de que un asesino como él tuvo que volver a matar en algún momento. Comienza una febril cuenta atrás para encontrar el crimen que impida que el monstruo quede libre.

Esta es la vuelta de tuerca de la que os hablaba: tenemos al criminal, ahora hay que encontrar el crimen. Un crimen que, realmente, no se sabe si sucedió, ni dónde, ni cómo. Indira, Ivan y todo su equipo van a tener que hacer encaje de bolillos para ir hacia atrás en el tiempo, reconstruir una vida inventada y encontrar algo que les marque el camino a seguir. Y no es tarea fácil. Por si esta trama no fuese suficiente, también habrán de investigar el asesinato de un arquitecto, con un escenario del crimen impoluto y sin ninguna prueba, que va a afectar de forma inesperada a la agente Lucía Navarro.


La premisa de partida me pareció francamente original. Os decía al principio que Santiago ha sido valiente por meterse en ese "avispero" que aún colea y que no ha terminado de cerrarse, con todo el ruido mediático que causó y que aún, cuando se habla de él, causa. Creo que ponernos ante los ojos a un criminal que se ha convertido casi en un mito de la encarnación del mal y que veamos que ha llevado una vida aparentemente tranquila y bastante normal, nos hace plantearnos muchas cuestiones. ¿Un asesino puede amar, puede convertirse en otra persona? Incluso yendo más allá: ¿puede haber cambiado?

Santiago Díaz se mueve con soltura en la narración. Su trabajo como guionista para cine y televisión  aporta al ritmo y a la alternancia de escenarios una fluidez especial. Dosifica la tensión, como ya os comentaba, realmente bien, creando constantes "picos de sierra" a lo largo de las páginas, provocando en el lector la necesidad de seguir avanzando, de querer saber qué va a pasar a continuación. Sabe introducir, en ocasiones, pequeños destellos de humor, sobre todo respecto a las manías de Indira, procurando, eso sí, que nunca resulten demasiado caricaturescos. Y aquí es donde aparece mi primer "pero", con Indira. Es verdad que es un personaje potente, lo ha venido demostrando desde las entregas anteriores. Está perfilada con originalidad y es de todos sabido que padece un trastorno obsesivo compulsivo muy fuerte con una causa probada y cierta. Es una gran policía y, al parecer, la mantienen en su puesto por su pericia, su buen trabajo y su instinto. Pero, en mi opinión, son demasiadas "manías". La escena con la alfombra de su superior, de alguna manera, fue como si hubiesen arañado una pizarra a mi lado. Tengo la suerte de conocer tanto a policías como guardias civiles en activo y, hablando de esto con uno de ellos en concreto, me aseguraba que por una simple crisis de ansiedad puedes verte abocado a dejar el cuerpo o que te jubilen anticipadamente. Por muy buena hoja de servicios que tengas. Más que nada porque van armados y cualquier inestabilidad emocional es un riesgo. Estamos ante una novela y una ficción e Indira puede funcionar bien ahí, pero dudo mucho que en la vida real siguiese en activo.

No lo puedo evitar, a pesar de todo no acabo de cogerle el punto a Indira. Ya no son solo sus obsesiones, es su carácter en general. Incluso con los que más quiere, a veces, más que hablar, suelta auténticas bofetadas. Siento decirlo así, pero no me cae simpática, qué le voy a hacer. Supongo que es de ese tipo de personajes a los que amas u odias, pero no dejan indiferente a nadie y eso sí que se lo reconozco a Santiago. Ha hecho de ella un referente y eso hay que aplaudirlo, aunque a mí la inspectora Ramos se me atragante mucho.

El otro aspecto que no me ha convencido es el de la niña que aparece en la novela. Tiene dos años, por edad se la consideraría prácticamente un bebé aún. Y, aún siendo cierto que hay crios que con esa edad son loritos y no paran de hablar (los míos por ejemplo, sobre todo la pequeña, que desde que arrancó con sus primeras palabras, y lo hizo muy pronto, todavía no se ha callado) lo de utilizar la lógica o el razonamiento casi adulto, como demuestra esta pequeña, no es normal. Pueden repetir frases elaboradas que han escuchado a sus padres o abuelos, a sus hermanos, pero usar hasta el chantaje emocional con solo dos añitos no me resulta muy real. Se comporta más como una cría de seis o siete años. Santiago, en el encuentro que tuvimos con el club de lectura para hablar del libro, nos decía que, al no tener hijos, había preguntado a amigos por el tema. E insisto: como en el caso de Indira, estamos en una ficción. Pero me gustaría mucho contrastar con vosotros estos extremos.

Salvando estos dos detalles, que son exclusivamente opinión mía y no un dogma de fe, la novela es un puro entretenimiento de los buenos. Un ejercicio muy original para ir a esos "primeros principios" de los que hablaban en El silencio de los corderos y para sentir un escalofrío muy real ante lo que es la maldad humana con nombre y apellidos. Y creo que, a todos los que lo hemos leído, ahora nos ha quedado un pequeño posito de inquietud. ¿Seríamos capaces de darnos cuenta de que a nuestro lado vive un asesino?



viernes, 18 de marzo de 2022

LA NIÑA DEL MERCADO de Olga Mínguez Pastor

Ya lo he comentado en post anteriores: las novelas negras que publica M.A.R. Editor me gustan especialmente. Son originales, tienen planteamientos diferentes a las corrientes mayoritarias y suelen ser más oscuras, más intensas. De nuevo me he encontrado en esta ocasión con estas premisas, aunque reconozco que, al finalizar le he visto algunos "peros" que os contaré después. La historia central te engancha y te mantiene en una tensión constante, pero lo que la rodea, quizá, y esta solo es mi opinión, a veces peca un poquito de histriónico. ¿Me ha gustado? Sí, ya sabéis que a mí me pones una novela con muertitos, investigación y misterio y soy feliz y La niña del mercado tiene de eso para dar y tomar. Y, además, la trama nos va a llevar a hechos terribles sucedidos en Alicante durante la Guerra Civil, especialmente el atroz bombardeo de su mercado central. Lo que sucede es que ha habido varios aspectos en ella que no han terminado de "redondearla", por decirlo de alguna manera.

La niña del mercado es la continuación de La absurda existencia de Dalila Conde, aunque yo desconocía este dato antes de empezar a leer. Y tampoco ha tenido demasiada importancia, porque las referencias que se hacen a la novela anterior siempre se explican, con lo cual la lectura puede hacerse de forma independiente y casi acabas sabiendo a grandes rasgos lo que sucedió en la otra entrega. Al menos a mí no me ha resultado nada complicada la lectura ni me he ido tropezando con datos que desconocía, porque, como os digo, cuando aparecen siempre hay una aclaración o alguna línea de diálogo que nos da respuesta, y eso es muy de agradecer. Dicho esto, vamos con la novela.

CELOS, AMBICIÓN Y VENGANZA

El inspector Leo Vélez, mientras está en su tiempo libre en un local de copas, recibe un sobre extraño, decorado con una cenefa griega y un lacre rojo. Dentro, una carta le anuncia que ha empezado un macabro juego, una espiral de muerte, en que las víctimas ya están marcadas. El asesino busca completar un círculo de sangre muy personal. Antes de que amanezca, Candela Satorre, una anciana viuda que vive sola, despierta sobresaltada por un ruido: alguien ha entrado en su casa, pero no para robar. Piensa llevarse algo mucho más valioso: la vida de la anciana. Vélez comienza una frenética carrera contra el reloj y tratará de encajar las piezas de un puzle complejo y extraño, ya que el escenario del crimen de Candela Satorre está preparado en cada detalle: un número escrito con sangre, manzanas rojas sobre la cama y un intenso olor a fruta. Junto con su mano derecha, Juanjo Arjona, y la ayuda de Irene Garrido y Carlos Linares, con quien mantiene muchas diferencias, vivirá un caso que se va complicando y poniendo a prueba la inteligencia y el olfato policial de los miembros de la brigada, obligándolos a retroceder hasta un hecho acaecido ochenta años atrás: el bombardeo del Mercado Central de Alicante.

Un asesino en serie, una trama que nos lleva atrás en el tiempo para dar sentido a unos crímenes actuales, cartas extrañas... elementos ideales para dejarse llevar por la lectura. La autora, además, nos va relatando hechos del pasado, los únicos que, en su cabecera, tienen fecha y lugar, trasladándonos al Alicante de la Guerra Civil. Ambas tramas van a converger, pero lo interesante es saber cómo. Y cuándo. 

Leo Vélez, en esta novela, es un inspector de policía de gran experiencia que salió muy tocado, y no sólo físicamente, de un caso anterior. Ahora es reconocido incluso por la calle. Tiene un insinto muy especial para descubrir motivaciones ocultas o para interpretar las pruebas. Mantiene una relación amorosa (de hecho viven juntos) con Martín Rueda, un luthier que sabe cómo ponerle los pies en el suelo y sabe organizar su brigada como un grupo de trabajo bien engrasado, aunque Carlos Linares trate siempre de ponérselo difícil debido a su animadversión personal.

Un personaje carismático, sin duda, pero no he logrado nunca empatizar con él. En ningún momento. Por capítulos me ha ido pareciendo inestable, soberbio, pagado de sí mismo y hasta arrogante. Presume de que siempre tiene razón en sus intuiciones. La autora lo dibuja, además, como un tipo atractivo, de muy buena planta, al que sus jefes consideran "el mejor policía del país". Cierto que lleva a sus espaldas episodios terribles y una vida personal muy complicada, hoy ya un mar de calma gracias a Martín. Pero, como personaje, me ha dejado fría. Después os detallaré más.

Toda la trama paralela de lo sucedido en Alicante en la guerra sí que me ha gustado mucho, y eso que ya sabéis que no soy muy fan de ese periodo histórico, que creo ya muy machacado. Pero la autora aporta datos que desconocía y que me han interesado hasta el punto de ir a buscarlos para enterarme de primera mano de cómo fueron aquellos años allí. También están muy bien contadas las vidas de quienes lo vivieron, con descripciones muy reales, mostrándonos sus alegrías, sus penas y hasta sus miserias. Es curioso que, habiendo crímenes de por medio, me haya fijado tanto en esa otra parte.

Con esto no quiero decir que la parte actual, con los asesinatos y la investigación del grupo de Vélez no me haya gustado. Todo lo contrario, me ha mantenido interesada hasta el final para saber qué pasaba y quién estaba detrás de lo que sucedía. Mi problema, simplemente, se llama Leo Vélez. Es inestable, tiene estallidos de ira y se considera imprescindible. Además mantiene una cierta obsesión con la supuesta homofobia de los demás y hay reacciones de él, en ese sentido, que no tienen demasiada explicación. Sí que es un buen policía, tiene instinto, sabe leer las pruebas como nadie y enlazar unos hechos con otros, pero le encanta demostrar que tiene razón.

El asesino, por su parte, no ha dudado en dejarse ver desde el primer momento, convencido de que su juego sangriento es perfecto. No se esconde, no se disfraza, pero se escurre entre los dedos de la policía como el agua. Hay, entonces, una constante lucha de egos entre él y Vélez. También es un hombre de los que llaman la atención. En su caso me han chirriado algunos pensamientos personales suyos, muy físicos: busca hundir a Vélez pero también le desea... Peculiar, como poco.

Lo mejor de la novela es el ritmo, que la autora dosifica muy bien: rápido en los capítulos de la trama policia y los asesinatos y más pausado en el "histórico" y los hechos que acaecen en Alicante. Pero juntos funcionan bien y la lectura gana muchos enteros con esa combinación. Los diálogos también colaboran en esa impresión general, porque no suenan acartonados ni falsos y aportan realidad a lo que sucede. 

Respecto a los "peros", además de lo que os contaba del personaje de Leo Vélez, están los clichés. Para mi gusto, hay demasiados. El asesino que lleva años pergeñando las muertes, las cartas con características especiales, los mensajes que van en ellas, crípticos, para poner a prueba a los investigadores, las puestas en escena de los címenes... Mucho estereotipo, quizá. Eficaces dentro del argumento, pero conocidos en exceso. Y también pequeños detalles de redacción. A veces repite una cierta característica de un personaje en más de una ocasión casi con las mismas palabras, hay algunos errores tipográficos que, sin ser nada extraordinario, sí que me llaman la atención porque la editorial suele ser muy puntillosa con eso. Y, sobre todo, el uso de las comas, mal colocadas en muchas frases, especialmente entre sujeto y predicado. Cierto que todo esto no influye en la trama y en el buen argumento, pero a mí me saltan a los ojos, no lo puedo evitar.

¿La recomiendo? Sí, por supuesto, creo que es una novela capaz de mantener nuestra atención hasta el final, con una buena dosis de crímenes "originales" y una segunda línea temporal muy interesante. Si la leéis, por favor, contadme si compartís mis apreciaciones. Seguro que da para una conversación muy interesante.

miércoles, 16 de marzo de 2022

SI TE DIGO QUE LO HICE de Jaime de los Santos

No acostumbro a leer los resúmenes de los libros ni las contraportadas, generalmente porque lo que cuentan o es mucho y te desguaza la novela, o se parece al contenido lo que un huevo a una castaña. Así que llegué a Si te digo que lo hice sin más información que una portada con media cara de mujer y que su autor, Jaime de los Santos, es senador. Pero apenas empecé a leer descubrí a mi propio yo en muchos momentos de mi vida, pasados y actuales. Una descripción sobre la pena y la soledad tan desgarradora que era como mirarme dentro y ver el vacío. "La soledad es caprichosa. Se instala en el corazón y te hunde en la amargura. Te confunde. Te acompaña. Y, da lo mismo si tienes uno o un ciento de amigos, su sabor amargo te despierta por las noches. Te persigue". Tras terminarla me di cuenta de que de su protagonista, Elvira, todas llevamos pedacitos dentro y, cuantos más años acumulamos, más pesa todo. O quizá es que ese todo está compuesto de muchos todos más pequeños que se suman, se amontonan, a veces se rebelan, y ya no caben en la mochila.

Si te digo que lo hice es la narración de una vida, la de Elvira, y la de quienes la compartieron: sus padres, sus hermanos, sus hijas, su marido. Puede parecer algo sencillo, pero os aseguro que no lo es, como para ninguno de nosotros es sencillo enfrentarnos a nuestra propia vida con un mínimo de objetividad. Los recuerdos infantiles, sobre todo los que dolieron y nos hirieron, permanecen como cicatrices molestas. Y nunca podremos volver al lugar al que fuimos felices alguna vez, porque no es solo que el paisaje haya cambiado y hasta los olores sean otros, es que nuestro yo de entonces ya murió. Supongo que, a lo largo de la vida, morimos muchas veces: con cada decepción, con cada buena noticia, con cada pérdida, con cada cambio. Quiero pensar que nos reinventamos o, al menos, aprendemos a sobrevivir que es, exactamente, lo que Elvira consiguió.

TODO PARECE MÁS TRISTE CUANDO DESPUNTA EL INVIERNO

Sentada en la misma cama en la que nació, Elvira trata de aceptar que su hermano Gonzalo acaba de morir. La desoladora pena por su pérdida comienza a mezclarse con recuerdos de su vida, con otras pérdidas, con el frío que la agarrota. Solo ella y sus cinco hijas asisten a la misa funeral por Gonzalo. Es el inicio de un monólogo emocionante de Elvira consigo misma, llevándonos desde antes de su nacimiento hasta el momento presente. Una vida llena de carencias en la infancia, de educación rigurosa, de aceptar las cosas gustasen o no, de tristezas y también de algunos amores que colorearon su existencia. Pero Elvira sabe que nunca aprendió a querer, ni tampoco supo dejar que la quisieran.

"Si las palabras no se las dices a alguien no son nada" decía Menchu mientras velaba a su marido en la inmortal Cinco horas con Mario. Algo hay de Menchu en la narración de Elvira, solo que Menchu, delante del cadáver de Mario, por fin se atreve a hablar aunque nadie la escucha, a veces de forma exasperante, demostrando que nunca le conoció. Y Mario tampoco a ella, supongo, a pesar de los años y de los hijos. Elvira, igual que ella, solo habla para sí misma, pero para recordarse y recordar. La culpa es solo la suya.

Elvira ya es anciana, pero aún sigue teniendo muy presente la niña que fue. Una niña que perdió a su madre demasiado pronto y que vio a su padre deshacerse ante sus ojos, consumido por la tristeza y el alcohol. Siendo consciente de que el cariño y el amor le faltaban cada día, una carencia que se hizo enorme, que se filtró en su cuerpo y en su mente, y que la dejó llena de goteras. Conoció el amor con su marido, Claudio, y tuvo cinco hijas a las que sobreprotegió porque fue su manera de quererlas. El recuerdo de sí misma, esperando a su padre, que nunca regresó, en una boca de metro, está tatuado en su alma.

Escrito en primera persona, con frases cortas que a veces son como arañazos, es la voz de Elvira la que escuchamos y es su alma la que se desnuda. La que nos habla de esa educación dura y represiva que le tocó vivir en plena posguerra, que también cercenó de muchas maneras su modo de enfrentarse a los afectos. De sus cuatro hermanos, que nunca acabaron de entenderla. De su instinto de protección con Gonzalo, el más frágil de todos ellos, que se perdió muy pronto en un mar de abandono y, también como su padre, de alcohol. De sus hijas, especialmente de Adela, la que le confesó que amaba a otra mujer y Elvira solo pudo aprender, a tropezones, a aceptarlo. De Claudio y su vida juntos. 

El monólogo de Elvira es, ante todo, una reflexión sobre la soledad y la muerte en esa España de lutos eternos en los que las mujeres se convertían en sombras y que, cuando llegaron los vientos del cambio y la libertad, no supieron qué hacer con ellos. Elvira aún no acaba de enterderlo demasiado bien, aunque sus hijas ya han crecido bajo su amparo y lo ven todo de otra manera. 

Si te digo que lo hice toca muchas teclas, pero sobre todo sabe tocar la de la emoción y la de la cercanía, porque todos, de un modo u otro, hemos sentido o sentiremos cosas similares a las que Elvira hace frente. Jaime de los Santos nos envuelve con una prosa preñada de sensibilidad, en ocasiones con poesía sin versos ni métrica, en este viaje sentimental por buena parte de nuestro siglo XX. La travesía está llena de tormentas, pero a mí me ha encantado encararlas.

**Jaime de los Santos es Historiador del Arte, madrileño, y un apasionado de la belleza y de Lorca. Colabora habitualmente con varios medios de comunicación como El Confidencial, Antena 3 y Onda Cero y es senador y exconsejero de Cultura de la Comunidad de Madrid