viernes, 8 de septiembre de 2023

LA DUEÑA de Isabel San Sebastián

 A veces da un poco de vértigo echar la vista atrás y contemplar los siglos que nos preceden. Para mí, que siempre he sentido una fascinación especial por conocer cómo eran las cosas antes, incluso antes del antes, por falta de imágenes suelo refugiarme en los dibujos que se hacen de ellas, en las recreaciones acerca de cómo pudo ser tal catedral o tal ciudad (Rodrigo Costoya, querido, la tuya de Santiago de Compostela aún me resuena en el alma), en los mapas antiguos... pero ¿qué pasa cuando no queda apenas nada de todo esto y solo la Historia y su relato surgen como únicos testigos? Pues queda la novela histórica, por ejemplo. Y queda la capacidad de sus autores para conseguir poner de pie y ante nuestros ojos una sociedad, unos hechos y unos personajes que nos recreen lo que fue el momento que nos pretenden contar. Que saquen a reyes, batallas, pueblos y gentes de todo tipo y condición de las páginas de los libros, con todo el encorsetamiento que allí tienen, para darles vida, hacer que hablen, que se muevan, que sientan. Conseguir que la imagen en sepia que tenemos de ciertos paisajes y lugares deje de ser una postal polvorienta para llenarlos de vida. Nunca es fácil, supongo. Pero hoy os traigo un libro que lo consigue.

Isabel San Sebastián se ha propuesto el reto de novelar la Reconquista. Ocho siglos tremendos, terribles, marcados a fuego, con un enemigo común pero también con luchas entre cristianos. Un periodo de construcción, lenta y trabajada, sobre las ruinas de lo que fue y cayó con estrépito. En La dueña nos lleva hasta el siglo XI, un momento tan complicado como fundamental, en el que la desintegración del califato de Córdoba y la llegada de los reinos de taifas favorece el empuje cristiano hacia el sur. Repoblar las zonas que van quedando vacías es una necesidad tanto logística como poblacional. Y es aquí donde surge Auriola de Lurat, la protagonista de esta novela. ¿Nos damos un paseo hasta entonces?

RECUERDA LO QUE FUIMOS

En el año 1069 casi todo el territorio peninsular está inmerso en luchas y batallas. Los musulmanes, una vez caído el califato de Córdoba y convertidos sus territorios en una pléyade de reinos de taifas, parecen haber perdido parte de su poderío. Los cristianos, también divididos en diferentes reinos, no solo combaten a quienes invadieron su tierra, sino que se enfrentan entre ellos. Auriola, que vive en tierra de frontera, expuesta a todos los peligros, cuenta a su nieto, Diego, la vida de su abuelo Ramiro, que cayó luchando junto a su rey, el rey de León, contra el de Navarra. Auriola, desde que quedó viuda, se encarga de proteger y administrar la tierra que le fue otorgada a su esposo, de cuidar su hogar y también de mantener la memoria del legado familiar.

Pero la vida de Auriola tiene mucho que mostrar. Desde su Lurat natal, llegó a la corte de Pamplona para servir como dama de compañía de la hermana del rey Sancho III, Urraca, prometida del rey Alfonso V de León. Su periplo vital la llevará posteriormente de León y a la tierra de frontera, al lado de su esposo. En Pamplona será testigo de las muchas intrigas palaciegas que recorren, a media voz o a gritos, las estancias de la corte. Pero también conocerá el amor en Ramiro, con quien comenzará una nueva vida. Ahora Auriola intenta que su nieto sea consciente de todo lo que le antecede, del peso de su linaje y de lo que ello supone en su vida.

La dueña es un homenaje a la labor silenciada y callada de las mujeres de la época, capaces de hacerse cargo de familia, hacienda y tierras mientras sus esposos estaban guerreando o cuando estos morían. A su capacidad de trabajo y sufrimiento, a cómo transmitían los recuerdos y tradiciones a sus hijos y nietos. Mucho se ha hablado de la transmisión oral en aquellos siglos, en los que la mayor parte de la población no sabía leer, y mucha de ella estaba en las memorias de las mujeres, que jamás dejaban de recordar e inculcar a los suyos quiénes eran y lo que llevaban detrás. Mujeres fuertes a las que, en muchas ocasiones, les tocaba padecer lo peor de la guerra, pero que supieron estar a la altura.

Y, al hilo de lo que os decía al principio, Isabel ha conseguido que, a través de su narración, estemos allí. Que nos sintamos dentro tanto de la corte y su día a día, como en la vida más común de los pueblos. Cómo eran las viviendas, las ropas, las rutinas. Incluso los olores que inundaban el ambiente. Es una suerte de inmersión en la época, como si al abrir las páginas del libro abriésemos una puerta al pasado para mirar desde allí. En La dueña hay muchos personajes históricos como Sancho el Mayor, Fernando I de León, Al-Mutamid, rey de la taifa de Sevilla, Alfonso VI, Urraca... todos ellos dejan de ser figuras hieráticas en códices o estatuas para llenarse de vida. Y aunque jamás podremos saber cómo hablaban o cómo pensaban, lo hermoso de la recreación histórica en la novela es lo naturales que resultan.

Auriola, la protagonista central, se erige como una figura sólida, creíble, consciente de su papel y de sus responsabilidades. A través de ella, de su nieto y de las vicisitudes que les toca vivir, seremos testigos de cómo la guerra y los grandes conflictos afectan a gentes de todo tipo y condición y, sobre todo, se ceban con los más débiles. A pesar de ello, Auriola hace todo lo que está en su mano por preservar la memoria de su esposo y de la familia, porque realmente es lo que le queda: el orgullo de su linaje y que este no se pierda con el olvido.

Estamos ante una novela intensa que narra con buena mano la crudeza de una época muy compleja. Pero también es un relato lleno de emoción y toda una aventura en la que el coraje, la familia y el honor están siempre en primer plano. Nos sentiremos muy cerca de Auriola y también viviremos episodios históricos importantes como espectadores de excepción. La dueña tiene todo para que el lector se apasione y viaje con la imaginación. Para recordar que lo que entonces fuimos nos ha traído hasta aquí. Os la recomiendo.


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